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Relatos Ardientes

Confieso lo que pasamos los cuatro esa noche

Habíamos quedado para hacer algo esa noche, pero al final el plan se redujo a tirarnos en casa y poner Netflix. Estábamos bien acomodados en el sofá grande, con la luz tenue de las tiras led tiñendo de azul las paredes. Los cuatro ensimismados en la pantalla. Tan metidos en la serie que nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando casi sin querer.

Yo estaba recostada de lado, con la cabeza apoyada entre el hombro y el pecho de Mateo. Él, mi «amigo» de toda la vida, estaba sentado un poco caído en el respaldo, con el brazo pasado por encima de mí. Tenía la mano metida por dentro de mi pantalón y mi ropa interior. No hacía nada en concreto, simplemente la dejaba ahí, posada, tibia. De vez en cuando la movía despacio, como acariciando, pero más por jugar que por otra cosa.

Justo en el otro extremo del sofá pasaba algo parecido. Carla estaba acurrucada hecha una bolita, con los pies sobre el regazo de Diego, manoseándose el pecho por encima de la camiseta sin darse cuenta. Diego, con las dos manos, le masajeaba los pies en silencio.

No sé bien en qué momento ocurrió, pero hubo un instante en que la pantalla se quedó en negro entre escena y escena. Y en ese reflejo oscuro nos vimos todos. Carla pegó un respingo y levantó las manos, como excusándose. Mateo reaccionó igual: no solo sacó la mano de dentro de mi pantalón, sino que agarró un cojín y se lo plantó en la entrepierna para tapar una erección que creo que nadie llegó a ver del todo. Diego se quedó con cara de susto, de no entender nada. Y a mí, según me contaron después, se me puso la cara roja como un tomate.

Todo eso pasó en décimas de segundo. Tan rápido que apenas un momento después, cuando caímos en lo absurdo de la escena, nos entró la risa floja a los cuatro. Carla fue la primera en romper el hielo.

—¿Soy la única a la que esta peli le parece un bodrio? —dijo, todavía riéndose.

Le dimos la razón en seguida. Ella se encogió de hombros y soltó lo que estaba pensando.

—Igual es momento de cambiar de plan a uno mejor.

Lo dijo con un tonito que no dejaba ninguna duda de a qué se refería. Y, total, para qué disimular: Mateo ya estaba empalmado, yo seguía colorada y caliente, Carla llevaba un rato tocándose. Qué más daba reconocerlo.

No le faltaba razón. Aunque también coincidimos los cuatro en la pereza que daba levantarse y repartirnos por los cuartos. Lo de follar, en cambio, sonaba a un plan estupendo. Así que la idea quedó flotando en el aire sin que nadie la dijera del todo: follar los cuatro, ahí mismo, en el salón. Carla era, de lejos, la que más ilusión le ponía.

Tanta, que no tardó nada en quitarse la camiseta y quedarse en topless. Con sus pechos pequeños es normal que ni se molestara en llevar sujetador. No lo necesita. Es muy natural, de las que les da todo igual. Diego hacía como que no miraba, pero se le notaba que esas tetas menudas, de pezón pequeño y areola del color de la canela, lo tenían a mil. Mateo era más descarado y miraba sin disimular, con la erección apretando la tela del pantalón.

A Carla no le hizo falta mucho más. Se acercó a Mateo y le restregó los pechos por la cara. Él se puso de pie resoplando y se bajó el pantalón de un tirón.

—Mamada en el salón —anunció, como si fuera un grito de guerra.

Diego, creo, es de esos a los que les pone más mirar y compartir que ser el protagonista. Hasta que no vio a Carla arrodillada en la alfombra no terminó de reaccionar. Yo, que la conozco bien y con la que más de una vez he hablado de estas cosas, y hecho alguna más, decidí entrar al juego. Desde el sofá me saqué los pechos y la animé.

—Ven a comértelas —le dije.

Tengo bastante más que ella. Una copa D generosa. Me las sujeté por los lados y apreté hacia el centro. Carla las miró y se le iluminó la cara.

—Esas me las quiero comer —soltó, casi enloquecida.

Ya sabía yo que eso la pone como una moto, y no era la primera vez. Se vino directa hacia mí y hundió la cara entre mis tetas, olvidándose por completo de las pollas de los otros dos. Le hacía más ilusión eso. De pie, con el culo en pompa, me las tocaba y me las amasaba. Yo aproveché para sujetarla y devolverle el favor, manoseando sus pechos pequeños, jugando con esos pezones diminutos que ya estaban duros como piedras.

Mateo estaba descompuesto de morbo. Buscó mi mirada cómplice, pidiendo permiso. Y, siendo amigos como somos, no le iba a decir que no.

—Dale —le dije por lo bajo.

Se acercó a Carla por detrás y empezó a bajarle la ropa interior. Cuando ella lo notó, me miró y sonrió. Conexión mental, de las nuestras. Con un gesto me preguntó si era uno o los dos. Yo le hice una seña discreta: solo el mío. Ella resopló y puso los ojos en blanco. Aunque no sé si fue por la respuesta o porque, en ese mismo segundo, Mateo ya se la había metido. Porque mientras hablábamos por gestos, lo vi de reojo agarrarle las nalgas, escupirse la mano, frotársela en la polla y empujar.

***

Diego, hasta ese momento, solo miraba y se la meneaba. Tampoco me fijaba mucho en él, la verdad, porque Carla no paraba y nos comíamos la boca sin descanso. Hasta que, agitada y a punto de perder la cabeza, se separó de mí.

—Parad un segundo, que no puedo más —dijo. Me miró con una chispa rara—. ¿Os da igual?

No tenía claro a qué se refería, pero le dije que adelante. Entonces agarró a Diego, lo empujó sobre el sofá y lo hizo tumbarse boca arriba. Se subió encima de él para cabalgarlo y, sin soltar el mando de la situación, le ordenó a Mateo que se pusiera por detrás.

La imagen era espectacular. Carla, con ese cuerpo menudo de poco más de metro y medio, delgadita, aguantando las dos pollas a la vez. La de Diego dentro del coño, la de Mateo abriéndose paso por el culo. Esa segunda entrada no fue fácil. Necesitaron varios intentos. Vi el esfuerzo en la cara de Mateo y el sufrimiento en la de ella. Pero estaba decidida. Aun con una lágrima rodándole por la mejilla, le insistía a Mateo que siguiera, que la metiera del todo.

—Ya casi, ya casi —repetía él, animándola entre dientes.

Los gemidos de Carla mezclados con los resoplidos apretados de Mateo eran pura electricidad. Con todo lo que hemos llegado a hacer, nunca había visto los pezones de mi amiga tan duros y puntiagudos, ni su cara tan desencajada y colorada, como a punto de estallar. Igual que la de Mateo.

Yo me calenté demasiado mirándolos. Me puse de pie sobre el sofá, encima de Diego, y le acerqué el coño a la boca de Carla. Lo entendió al instante y lo intentó varias veces. Pero con tanto placer recorriéndola le era imposible concentrarse en comerme. En esas, sentí unas manos subiéndome por los muslos. Miré de reojo y era Diego, relamiéndose desde abajo, aunque por pura física fuera imposible que él también me alcanzara. Me hubiera encantado que Carla me comiera el coño y él, que parecía deseoso, se ocupara del culo.

De vez en cuando miraba a Mateo y lo veía disfrutar como pocas veces. Me hacía gestos: lo apretado que estaba, que se iba a correr ya.

—¡Me corro! —gritó.

Diego sujetó a Carla, que se dejó caer sobre su pecho. Yo me eché hacia atrás y aproveché para ponerle el culo en la cara a Diego. Eso lo terminó de volver loco.

Carla empezó a gemir más fuerte, repitiendo que ahora sí, que ahora sí.

—La noto entera dentro, me está rompiendo —decía con la voz quebrada.

Mateo le miraba la espalda mientras empujaba sin parar. En un momento giró la cabeza hacia mí, con una cara de satisfacción que casi nunca le he visto.

—Toda dentro, toda dentro —repetía.

No hablaba solo de la polla, también de su corrida. Diego, debajo, le arañaba la espalda a Carla mientras casi la levantaba en vilo, al borde de correrse él también. Y yo notaba mi propio culo abriéndose a su lengua, su barbilla a medio afeitar arañándome con pinchacitos suaves por todo el coño.

El siguiente recuerdo que tengo es ya el de después. Los cuatro desmontando aquel puzzle humano, agotados, riéndonos. Metiéndonos juntos en la ducha a comentar la experiencia y rememorar los mejores momentos, como si acabáramos de salir de una película mucho mejor que la que habíamos puesto.

Y, aunque nunca lo conté en voz alta hasta ahora, lo confieso: de todas las noches que hemos compartido los cuatro, esa fue la que más me cuesta sacarme de la cabeza.

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Comentarios (4)

TatoRosario

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

VeroM_online

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

IgnacioSF

Como termino todo? Alguno habló al otro dia o fue un secreto para siempre? Me quedé con esa duda

SilviaCba33

Que tension desde el principio hasta el final. Me encanto como lo fuiste construyendo de a poco, sin apuro. Muy bien escrito.

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