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Relatos Ardientes

Lo que pasó en aquel hotel no estaba en la agenda

El congreso en Valencia llevaba tres días devorándoles las horas, y Lucía empezaba a odiar el olor del café malo de los pasillos. Trabajaba como consultora en una firma de software, de esas que mandan a sus mejores cuadros a cerrar contratos lejos de casa, y le había tocado viajar con Diego. Lo conocía desde hacía un año, lo justo para saber que era brillante en una sala de reuniones y peligrosamente fácil de mirar cuando se aflojaba la corbata.

Esa tarde, la última presentación se había alargado hasta vaciar la sala. Cuadros de PowerPoint que nadie recordaría, cifras que se repetían como un mantra, y entre todo eso, las miradas. Diego la observaba desde el otro extremo de la mesa cada vez que ella tomaba la palabra, y Lucía sentía esa atención en la nuca como una mano apoyada en la piel.

—Sobrevivimos —dijo él cuando por fin salieron al vestíbulo—. ¿Cena? Me niego a comer otro sándwich del minibar.

—Solo si hay vino —contestó ella, y se odió un poco por la sonrisa que se le escapó.

Cenaron en el restaurante del hotel, frente a un ventanal que daba a la ciudad encendida. Una botella de tinto entre los dos, las velas a media luz, y una conversación que dejó de hablar de trabajo demasiado rápido. Diego le contó de su divorcio reciente con una honestidad que la desarmó. Ella le habló de cosas que no le contaba a nadie de la oficina.

Hubo un silencio que se alargó más de la cuenta, de esos que dicen más que cualquier frase. Lucía jugaba con el pie de la copa, consciente de pronto de cada gesto suyo, de cómo cruzaba las piernas bajo la mesa y de cómo la falda se le subía un poco al hacerlo. Diego lo notó. Bajó la mirada un segundo y volvió a subirla, y en ese recorrido ella sintió un calor que no tenía nada que ver con el vino.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo él—. Que llevo todo el congreso intentando concentrarme en las cifras y no he conseguido dejar de mirarte ni una sola reunión.

—No deberías decirme esas cosas —contestó ella, aunque no quería que parara.

—Probablemente no —admitió él, sin apartar los ojos.

En algún momento, al pasarle la sal, los dedos de él rozaron los suyos y ninguno de los dos retiró la mano enseguida.

—Estás distinta esta noche —murmuró Diego, con esa voz grave que en las reuniones usaba para cerrar tratos.

—Estoy cansada —mintió ella.

No estaba cansada en absoluto.

Subieron juntos en el ascensor. El silencio se volvió denso, cargado de todo lo que llevaban meses sin decirse. Lucía miraba los números encenderse —cuatro, cinco, seis— y sentía el calor del cuerpo de él a pocos centímetros del suyo. Cuando el ascensor se detuvo en la séptima planta, fue ella quien giró la cabeza primero.

No supo quién dio el paso. Solo supo que de pronto la espalda de él estaba contra el espejo y su boca contra la de ella, y que el beso no tenía nada de tentativo. Las manos de Diego encontraron su cintura, la atrajeron, y Lucía sintió contra el vientre lo evidente de su deseo.

—No deberíamos —dijo ella sin apartarse ni un milímetro.

—Lo sé —contestó él, y volvió a besarla.

Las puertas se abrieron. Caminaron por el pasillo sin soltarse, tropezando, riéndose de los nervios, hasta la puerta de la habitación de Lucía. Ella tardó tres intentos en pasar la tarjeta. Cuando entraron, el mundo de fuera dejó de existir.

***

Diego la apoyó contra la pared con una suavidad que contradecía la urgencia de su boca. Le desabrochó la blusa botón a botón, despacio, mirándola a los ojos como si le pidiera permiso en cada uno. La tela cayó al suelo. Debajo llevaba un sujetador negro de encaje que él recorrió primero con la vista y después con los labios, besándole la clavícula, el nacimiento de los pechos, el borde de la tela.

—Llevo meses imaginando esto —confesó él contra su piel—. Cada reunión, cada vuelo. Pensaba que era el único.

—No lo eras —respondió ella, con la respiración ya entrecortada.

Se arrodilló frente a ella. Le subió la falda con las dos manos, despacio, hasta dejar sus muslos al descubierto, y la besó por encima de la ropa interior, justo donde ella ya estaba húmeda. Lucía dejó escapar un sonido ronco y enredó los dedos en su pelo. Diego apartó la tela a un lado y la recorrió con la lengua, primero con un movimiento largo y deliberado, después en círculos lentos que la hicieron arquear la espalda contra la pared.

—Así, no pares —pidió ella, con la voz quebrada.

Él no paró. Sumó dos dedos, curvándolos para encontrar ese punto exacto que la hizo apretar los párpados, mientras seguía con la boca. El placer le subió por las piernas en oleadas hasta que las rodillas le fallaron. Diego la sostuvo por las caderas y la llevó hacia la cama antes de que cayera.

Lucía aprovechó para devolverle el favor. Le desabrochó el cinturón, le bajó los pantalones, lo liberó. Lo acarició con la mano sintiéndolo latir, y cuando bajó la cabeza y lo tomó en su boca, Diego soltó un juramento entre dientes y le hundió los dedos en el pelo.

—Para —jadeó él al cabo de un momento—, o esto termina antes de empezar.

Ella sonrió, se tumbó de espaldas y lo atrajo. Diego se colocó entre sus piernas abiertas, se detuvo un segundo a mirarla, y entró en ella de un empujón lento y profundo que les arrancó un gemido a los dos a la vez.

—Joder —susurró él contra su oído—. Esto es mucho mejor de lo que imaginaba.

Empezó a moverse con un ritmo constante, sin prisa, dejándola sentir cada centímetro. Lucía le clavó las uñas en la espalda y subió las piernas para rodearle la cintura, buscando que llegara más hondo. El cabecero golpeaba suavemente la pared, el sonido de sus cuerpos llenaba la habitación, y ella ya no pensaba en el contrato, ni en la oficina, ni en las consecuencias.

—Mírame —pidió él, y ella abrió los ojos. Sostener su mirada mientras él se hundía en su cuerpo era casi demasiado.

—Voy a... —empezó ella, y no terminó la frase.

El orgasmo la atravesó de golpe, intenso, contrayéndose alrededor de él, y Diego tuvo que detenerse un instante para no seguirla de inmediato.

***

Cuando recuperó el aliento, él la giró con cuidado, le levantó las caderas y volvió a entrar desde atrás. La nueva posición lo dejó más profundo, y Lucía hundió la cara en la almohada para ahogar un gemido más alto que los anteriores. Diego le acarició la espalda, le apartó el pelo del cuello y le besó el hombro mientras se movía.

—Quédate así —murmuró—, no quiero que esto se acabe.

Ella empujó hacia atrás, encontrando cada embestida, y deslizó una mano entre sus propias piernas. El segundo clímax la sorprendió antes de que pudiera anticiparlo, más largo que el primero, y esta vez arrastró a Diego con ella. Lo sintió tensarse, sujetarla con fuerza por las caderas y dejarse ir con un gruñido ahogado contra su nuca.

Se derrumbaron sobre las sábanas revueltas, las respiraciones desacompasadas, la piel brillante de sudor. Por un rato no dijeron nada. Lucía trazaba con el dedo una línea distraída sobre el pecho de él, y Diego le acariciaba la espalda con la punta de los dedos.

—Mañana vamos a tener que mirarnos a la cara delante del cliente —dijo ella al fin, y se rió por lo absurdo de la situación.

—Y delante de medio departamento cuando volvamos —añadió él—. ¿Te arrepientes?

Lucía se lo pensó. Buscó dentro de sí el arrepentimiento que se suponía que debía sentir, el que dictaban las normas no escritas de la empresa, y no lo encontró por ninguna parte.

—No —admitió—. ¿Y tú?

—Llevaba un año arrepintiéndome de no haberlo hecho antes.

***

No durmieron mucho. La madrugada los encontró de nuevo enredados, esta vez sin la urgencia de la primera vez, con una calma que daba más miedo que el deseo. Más tarde, bajo el agua caliente de la ducha, él la sostuvo contra los azulejos mientras el vapor lo emborronaba todo, y Lucía pensó que jamás volvería a ver un hotel de congresos de la misma manera.

Cuando el cielo empezó a aclararse sobre Valencia, yacían entrelazados, demasiado despiertos para fingir que iban a dormir.

—Cerramos el contrato en cuatro horas —recordó ella contra su pecho.

—Y después tenemos un vuelo de vuelta —dijo Diego, y por el tono ella supo que no estaba pensando en el avión—. Tres horas, sin reuniones, sin clientes.

Lucía sonrió contra su piel. Sabía que de regreso a la oficina vendrían las miradas furtivas, los roces fingidamente accidentales junto a la máquina de café, la cuidadosa coreografía de dos personas que comparten un secreto. Sabía que era una mala idea, de las que se cuentan en voz baja y nunca por escrito.

Pero también sabía que, cuando alguien le preguntara cómo había ido el viaje a Valencia, ella contestaría que había sido productivo, y que se guardaría para sí la única parte que de verdad importaba. Algunas confesiones no se hacen nunca en voz alta. Esta, decidió mientras él la abrazaba más fuerte, iba a guardársela entera.

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Comentarios (4)

NocheRoja

Buenisimo!!! Quede con ganas de mas, necesito saber como termina todo eso

Rodrigo_spa

El momento del ascensor lo describiste perfecto. Esa tensión acumulada que de un momento a otro estalla... muy bien logrado.

LectoraClandestina

Me senti re identificada con Lucía jaja. Eso de fingir que no hay nada cuando obviamente hay algo es agotador. Lo capturaste muy bien.

FernandoK

segunda parte porfa!!!

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