Confesión: cómo seduje al novio de mi examiga
Me llamo Laura. Tengo veintinueve años, soy de piel clara, pelo castaño hasta los hombros y unos ojos verdes que aprendí a usar desde muy joven. Mi cuerpo es esbelto y lo cuido a fuerza de pilates tres veces por semana: pechos firmes, cintura estrecha y un trasero que, lo admito sin pudor, me gusta mirar en el espejo cada vez que salgo de la ducha. No lo cuento por vanidad; lo cuento porque sin ese detalle esta historia no se entiende.
Lo otro que conviene saber es que tengo una cara que engaña. Mejillas redondas, labios grandes que pinto siempre con brillo, gesto de niña buena. Cuando me lo propongo, ese contraste entre la cara y el cuerpo funciona como una trampa silenciosa. Y a mí me gusta tender trampas.
Camila fue mi amiga durante años. Una de esas amistades que parecían inmunes al tiempo hasta que dejaron de serlo. Ella organizaba reuniones pequeñas en su departamento, comidas largas con vino y música baja, y a una de esas reuniones llevó por primera vez a su novio. Se llamaba Mateo.
Mateo era alto, delgado pero marcado, con los brazos cubiertos de tatuajes que se perdían debajo de la manga corta. Ojos celestes, pelo rubio ceniza, mandíbula pronunciada. La clase de hombre que entra en un lugar y todas las mujeres se acomodan en la silla sin darse cuenta. Yo me acomodé también.
Esa noche cruzamos cuatro o cinco frases nada más, pero nos miramos demasiado. Él disimulaba peor que yo. Y aunque hubo un instante en el que nuestras manos quedaron a un centímetro de distancia sobre la mesa, no pasó nada. Camila era celosa hasta lo enfermizo. Lo vigilaba sin esconderlo, lo interrumpía si hablaba mucho con alguna mujer, y a él se le notaba ese cansancio mudo del que no se anima a romper. Pobre. No lo dejaba ni respirar.
Pasaron meses. Mateo y yo terminamos siguiéndonos en redes, sin hablar nunca. Yo subía mis cosas, salidas, viajes y, de tanto en tanto, alguna foto en lencería para un grupo cerrado de amigos hombres. Nada explícito, pero sí lo suficiente para que se entendiera el mensaje. Mateo era el primero en ver cada una de esas historias. Siempre. A veces el cronómetro marcaba apenas treinta segundos desde que la había subido. Pero nunca escribió. Y yo tampoco. Era un juego silencioso y los dos sabíamos cómo se jugaba.
Con Camila las cosas se fueron deshilachando solas. Dejamos de coincidir, después dejamos de hablar, y un día me di cuenta de que llevaba seis meses sin saber nada de ella. Mateo desapareció también de mis vistas, como si una orden invisible se lo hubiera prohibido. Supuse que ella había olido algo, aunque dudo que se hubiera enterado de las fotos.
***
El azar es buen guionista. Casi un año más tarde, una amiga organizó un cumpleaños en una terraza del centro y entre los invitados estaba Mateo. Lo vi llegar y supe que la noche se torcía. Él me vio y se quedó un segundo de más en la puerta, como calculando si saludarme o fingir que no me había visto. Saludó.
Costó arrancar. La sombra de Camila pesaba en cada frase. Pero después de un par de copas, el muro empezó a ceder. Hablamos de música, de trabajo, de cosas que no tenían nada que ver con ella. Nos reímos. Intercambiamos número con la excusa de que él tenía un contacto que me servía para algo del laburo. Mentira evidente y mutuamente aceptada.
Empezamos a vernos como amigos. Cafés, alguna cerveza después de la oficina, mensajes cada vez más largos. Mateo se relajó. Hablaba de su relación con Camila con un tono que dejaba claro que la cosa no andaba. Yo escuchaba, asentía, no metía el dedo. Sabía que no hacía falta empujarlo. Solo tenía que esperar a que se diera la vuelta el día correcto y empujarlo apenas con la punta de un dedo.
El día correcto llegó un jueves de marzo.
***
Quedamos en un bar de Palermo a media tarde. Yo había planeado todo desde la noche anterior. Minifalda corta de jean, tanga rosa pálida, top color durazno que dejaba adivinar mis pezones sin mostrarlos del todo. Tacones bajos para no asustarlo, brillo en los labios, rubor. Cuando me senté frente a él y crucé las piernas, vi que tragó saliva.
Estuvimos dos horas hablando de cualquier cosa. Él intentaba mirarme a los ojos y se le iba la vista a mi escote. Bajo la mesa, sus rodillas rozaban las mías sin retirarse. En un momento se inclinó para alcanzar el salero y me di cuenta de que estaba mirando entre mis muslos. No se movió cuando lo descubrí.
Cuando llegó la cuenta supe que era ahora o nunca.
—Mateo —dije, apoyando la mano sobre la suya—. Hay algo que quiero decirte y prefiero ser honesta.
—Decime —contestó, retirando la mano con un gesto automático.
Lo hizo con miedo, no con rechazo. Lo registré. Bajé el tono de voz, suavicé la cara, puse la versión más inocente que tengo.
—Somos dos adultos hablando como amigos, ¿no? Pero también sabés que te atraigo. Te vi mirarme el escote tres veces en los últimos diez minutos. Y eso pasa, Mateo, porque vos también me atraés. Y me gustaría que pudieras imaginarte cómo estoy en este momento.
Se puso colorado. Se enderezó en la silla. Por un segundo creí que iba a levantarse e irse.
—¿De qué estás hablando? No podés decirme algo así.
No le contesté. Le tomé la mano otra vez, con calma, y se la llevé despacio por debajo de la mesa. La pasé por encima de mi tanga. Se la sostuve un segundo ahí, lo justo para que sintiera la humedad que llevaba arrastrando desde que había salido de mi casa. Después la solté.
—Estás empapada —dijo en voz muy baja, mirando hacia adelante como si no quisiera comprometerse con sus propios ojos.
—Sí.
No retiró la mano. La movió. Dos dedos por encima de la tela, después debajo. Yo me mordí el labio y dejé escapar un sonido apenas audible. Estábamos en un bar lleno y nadie se daba cuenta de nada. Eso me prendió el doble.
—Esto no puede ser, Laura —dijo él, sacando la mano de golpe como si se hubiera quemado.
—No te pido nada. Solo que disfrutes. Lo que pase queda entre vos y yo.
Se quedó callado, mirando el vaso vacío. Era una batalla interna y yo decidí no intervenir más. Saqué el celular y pedí un Uber. Lo vi pelearse con la idea durante los tres minutos que tardó el auto en llegar.
—Vení conmigo —le dije, parándome.
—Tengo que irme.
Le tomé la mano y se la llevé sobre mi pecho. Lo miré. Él me miró. No dijo más nada. Subió al auto detrás de mí.
***
El trayecto duró quince minutos en silencio. Yo miraba por la ventanilla con la mano apoyada en su muslo, sintiendo el bulto que se iba formando bajo el jean. Él no se animaba a mirarme.
Vivía con dos compañeras en un departamento sobre Avenida Córdoba, así que cuando entramos lo arrastré directo a mi cuarto y cerré la puerta con llave. El celular de Mateo vibraba sin parar en su bolsillo. Camila, seguramente. Lo escuché vibrar tres veces antes de que él se sentara en el borde de la cama, derrotado y caliente al mismo tiempo.
Me subí encima de él, le saqué el celular de la mano, lo dejé boca abajo sobre la mesa de luz y le agarré la nuca.
—Olvidate de eso. Besame.
Lo besé con todo lo que había acumulado en meses de espera. Le metí la lengua, le mordí el labio, lo agarré del pelo y lo tiré para atrás. Él me respondió igual. Sus manos bajaron por mi espalda hasta el culo, levantaron la falda y me amasaron por encima de la tanga.
—Qué culo tenés —dijo, casi en voz baja, como si no terminara de creerlo.
—Tocalo todo. No te frenes.
Empecé a moverme sobre él en círculos lentos, frotándome contra el bulto del jean. Mi humedad ya había traspasado la tanga y le estaba mojando el pantalón. Mateo gemía con la boca pegada a mi cuello. Yo le tiraba del pelo y le mordía la oreja.
Me bajé de un salto, le desabroché el cinturón y le bajé el jean y el bóxer hasta los tobillos. Me arrodillé entre sus piernas. Su pija estaba dura, gruesa, marcada de venas, ya con una gota brillante en la punta. La agarré con la mano y le di un par de movimientos suaves. Él echó la cabeza hacia atrás.
—Así, Laura. Despacio.
La pasé entera por mi cara antes de meterla en la boca. Le lamí los huevos con la lengua plana, le besé la base, volví a la punta. Cuando finalmente lo chupé en serio, él soltó un puteo largo. Subí y bajé con un ritmo firme, ayudándome con la mano, mirándolo a los ojos cada tanto. Sé que se la chupo bien. Me lo han dicho varios. Y aquella tarde Mateo no fue la excepción.
—No mames cómo lo hacés —dijo, agarrándome del pelo.
Aceleré. Sentí que el sabor cambiaba, que se ponía más espeso. Me sacó del pelo y me apartó.
—Pará, pará. No así.
Me levanté. Quise besarlo. Él inclinó la cara hacia atrás y me sostuvo la barbilla con el pulgar.
—No, putita. Con esa boca no me besás.
Que me hablara así me hizo derretirme. Le chupé el pulgar mirándolo a los ojos. Mateo entendió el código en un segundo. Me empujó sobre la cama, me abrió las piernas y me arrancó la tanga con un tirón.
—Querés que te coja, ¿no?
—Sí.
—Decilo.
—Cogeme.
Me clavó la pija de una. El gemido que solté no fue calculado. Empezó a moverse fuerte desde el principio, agarrándome los tobillos para abrirme más. Yo no podía hablar. Solo jadear. Él había cambiado por completo. Ya no era el chico nervioso del bar. Estaba arriba mío llevándose adelante todo lo que se había aguantado durante un año.
—Sos una puta, Laura. Pero sos mi puta.
—Soy tu putita, no pares.
Sacó la pija de golpe. Me dio un beso largo en la boca, esta vez sí, y me dio vuelta. Me puso en cuatro y me agarró del pelo. Antes de volver a metérmela, me dio una palmada fuerte en el culo. Después otra. Después una tercera.
—Quería hacerte esto desde el primer día —dijo.
—Hacelo todo.
Volvió a entrar y empezó a embestirme con un ritmo que me dejó sin aire. Yo movía las caderas hacia atrás, pidiendo más. Mis pechos rebotaban con cada golpe. Él me agarraba de la cintura con las dos manos, hundía los dedos en mi piel y me clavaba la pija hasta el fondo. Tuve un orgasmo silencioso, de los que te empiezan en las rodillas y te suben hasta la nuca. Apreté la mandíbula contra la almohada para no gritar y despertar a las chicas.
—Me voy a venir —dijo él, frenando.
—En la cara.
Sacó la pija, yo me di vuelta y me arrodillé en el borde de la cama. Lo miré desde abajo. Él se la agarró con la mano y se acabó sobre mí en tres movimientos. Sentí los chorros caer en mis mejillas, en la boca, en el pecho. Cerré los ojos. Me quedé quieta. Cuando todo terminó, me pasé el dedo por el labio y me lo chupé.
***
Nos quedamos tirados en la cama un rato largo, en silencio, recuperando el aire. Él miraba el techo. Yo miraba su perfil. No le pregunté nada. Sabía que la culpa iba a llegar más tarde, en el viaje de vuelta, cuando se metiera en la ducha de su casa antes de que Camila volviera del trabajo. Eso era problema suyo. El mío ya estaba resuelto.
Esa tarde fue la primera de muchas. Mateo volvió al día siguiente, y a la semana siguiente, y a la otra. Le agarró el gusto. Yo también. Nos vemos cada quince días, a veces más seguido, en mi departamento o en un hotel barato cerca de Once. No nos hacemos preguntas que no podamos contestar. Camila no sospecha, o si sospecha no le importa. Yo prefiero pensar que no sabe.
Soy una persona práctica. Sé que esto no va a ningún lado y no quiero que vaya. Lo que tenemos es un acuerdo silencioso entre dos cuerpos que se buscaron durante demasiado tiempo. Cariño hay, complicidad también, pero sobre todo discreción. Esa es la regla. La única.
Besos.
Laura.