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Relatos Ardientes

La voz del tallerista que me obsesionó por meses

La voz de Tomás me pareció hermosa la primera vez que la oí. Era el instructor de un curso obligatorio que mi empresa nos hacía tomar a distancia. Suena ridículo ahora que lo escribo, ya lo sé. Pero hay que tener en cuenta el contexto: yo recién empezaba a vivir sola, la pandemia me había dejado aislada y un poco rota, y apenas estaba recuperando el hábito de salir, de ver amigas, de caminar por la ciudad sin sentirme un fantasma. Sexo, casi nada. Te lo digo con franqueza.

Y entonces, Tomás. En las videollamadas nunca encendía la cámara, pero esa voz grave, segura, casi acariciadora, me ponía nerviosa de un modo que no me esperaba. La semana que duró el taller miraba cómo se iluminaba el ícono de su nombre cada vez que hablaba, y empecé a imaginar qué cara tendría. Pensé que le correspondía una mandíbula marcada, una barbilla con hoyuelo y unos ojos verdes muy oscuros. Pensé que sería moreno, como esos hombres de pueblos costeros, y que tendría unas manos grandes, nerviosas. Grandes y nerviosas…

Empezaba a frotarme los muslos despacio, más para calmarme que para otra cosa. Pero una vez que arrancaba, ya no había marcha atrás. De pronto metía la mano dentro del short y me tocaba mientras lo escuchaba hablar de presupuestos, de indicadores, de no sé qué. No sé si eso era masturbarse; era algo tenue, casi distraído, y nunca terminé con un orgasmo. Pero supongo que sí, me masturbaba.

Imaginaba que el taller era presencial. Que yo estaba en un auditorio pequeño, sentada entre otras personas, escuchándolo hablar. Imaginaba que él se daba cuenta de lo que hacía y no se inmutaba, sólo me clavaba esos ojos verdes muy oscuros mientras seguía con su exposición. Yo veía la forma de su erección a través del pantalón y me mordía el labio.

De repente Tomás, en la realidad, me pedía intervenir.

—¿Alguien quiere agregar algo? Daniela, por favor…

Sus palabras se colaban un segundo dentro de la fantasía y, en el auditorio, él me hablaba mientras me observaba tocarme. La mezcla de morbo y vergüenza se me anudaba en el pecho cuando prendía el micrófono y le respondía. A él le gustaban mis respuestas. Debatíamos, y siempre empezaba recordándome cuánto le interesaban mis ideas. No sé si intentaba conquistarme, pero le estaba funcionando. Y ni siquiera me conocía.

Poco a poco la vida se acomodó y la oficina reemplazó al departamento. O el instructor no formaba parte fija de la empresa, o estaba perdido en alguna otra sucursal. Como fuera, me olvidé del asunto. Volví a salir. Tuve algo de sexo de aplicaciones, bastante decente, y conocí a un chico fantástico con el que empecé a salir más en serio. ¿Me había encaprichado con la voz de un desconocido? Qué cosa más infantil y triste, pensé.

Y entonces me citaron a la sala de juntas, porque tocaba un taller. Y ahí estaba él. Reconocí su voz antes incluso de cruzar la puerta. El taller era el mismo, palabra por palabra, pero no dije nada. Cuando me oyó hablar, se mostró extrañadísimo.

—¿Daniela? No me digas que te hicieron tomar este taller otra vez —dijo, ya molesto con quien fuera que lo hubiera dispuesto.

Le contesté cualquier tontería: que el primero no me había valido para no sé qué cosa, que me había faltado una sesión. Ninguno de los dos le dio importancia.

Verlo en persona fue una mezcla rara de curiosidad y decepción profunda. Era alto, sí, pero de brazos largos y delgados, barbilla redonda, ojos castaños y piel pálida tirando a rosada. Lo único que coincidía con mi fantasía eran un par de manos largas, velludas, fuertes, de nudillos marcados.

En ese mismo taller también estaba Camila. La conocía desde antes de la pandemia. Era una chica muy linda y muy graciosa. Ojos largos y muy abiertos, cejas tupidas pero perfectamente prolijas. La piel con la que yo había imaginado a Tomás era exactamente la de ella. La boca parecía pintada con un lápiz finísimo, como si los labios fueran apenas un juego de sombras sobre el mismo tono de la piel.

Tenía cintura de avispa, que aprovechaba con blusas ceñidas, debajo de las cuales se le marcaba un sostén rígido y voluminoso. Camila me caía bien, la consideraba una compañera alegre. Y era un encanto para los hombres en otro sentido. Me hacía pensar en esos cuadros antiguos donde una esfinge gatuna se le sube al pecho a un hombre dormido, y nunca se sabe si va a besarlo o a devorarlo.

Resultó que no me había equivocado con el coqueteo digital de Tomás. Ahora estaba claro que sí quería conquistarme. Sus ojos se encendían cuando yo hablaba… pero también cuando hablaba Camila. Las semanas siguientes el trabajo me lo cruzó cada vez más. Lo veía una vez por semana. Compartíamos un café antes del horario y hablábamos de cualquier cosa, del pasado de cada uno. Yo era un par de años mayor que él, pero algo de su autoridad de tallerista no terminaba de irse. También quedaba algo de mi encaprichamiento, aunque físicamente él no fuera para nada lo que me atraía.

De cualquier manera, pronto empezamos a mirarnos los labios, a bromear con juegos de palabras de doble sentido, a guiñarnos el ojo en las despedidas. Tomás era de esos hombres que cortejan despacio. Los hombres que saben que no son lindos y que no pueden apostarlo todo al carisma suelen esperar que, por la carretera de la amistad, se les abra un desvío que los lleve directo a tu cama. La idea no es mala. Antes de la pandemia me había acostado con un par de amigos que habían tomado un camino parecido, y no me arrepiento. Pero en ese momento yo tenía novio y, si Tomás no me proponía nada concreto, yo no iba a arriesgarme. O eso pensé.

Un día estaba aburrida y ansiosa, en uno de esos días incómodos de mi ciclo, y me masturbé. Mi relación era estable y feliz, pero ese día el cuerpo me pedía imaginar algo que la estabilidad no me daba. Me faltaba imaginación. Pensé en Tomás. Pensé en que me hacía sexo oral en la sala de juntas. Yo llevaba la falda más corta que tengo, una falda negra, ajustada, apenas más larga que los dos bolsillitos absurdos que tiene.

Me sentaba sobre una de las mesas largas que forman una herradura. Él se arrodillaba —en la postura más incómoda del mundo— y me sacaba la ropa interior. Olía mi humedad, me acariciaba los labios, me abría y me cerraba la vulva con dos dedos, esparciendo mi excitación y entreteniéndose en el clítoris. La puerta de la sala tiene dos ventanitas altas, y aunque estuviera cerrada, yo veía cómo varios pares de ojos curiosos se ponían en puntas de pie para verme gemir.

***

¿Y si me acostaba con Tomás una sola vez? Le aclararía que era para sacarme una fantasía de la cabeza y nada más. Y si iba a cumplir esa fantasía con él, tenía que ser en la sala de juntas. Antes de proponérselo necesitaba verificar que fuera posible y reducir todo el riesgo. La sala se cerraba a las seis y media, y la bitácora ya no admitía reservas más tarde. Cuando las luces estaban apagadas, no se veía absolutamente nada desde las ventanitas exteriores.

Estaba insonorizada, así que los gemidos —que probablemente los iba a haber— no eran un problema. Me había hecho amiga de la secretaria del jefe, la que abría y cerraba la sala. Le solté no sé qué excusa sobre una actividad de la semana siguiente y que necesitaba probar si entraba cierto equipo en ciertos enchufes. Como no estaba entendiendo nada, me prestó las llaves sin discutir.

Vi pasar a Camila y nos saludamos. ¿Qué la traía a nuestra sucursal tan tarde? Bueno, pobre, pensé. El día terminaba y todos nos íbamos. Las últimas computadoras se apagaban, los últimos maletines firmaban la salida, una última ronda de limpieza en los baños, los jefes de sección se encerraban en sus oficinas para hablar con sus superiores por videollamada. Ni rastro de Tomás, lo que era raro porque casi nunca se iba sin pasar a saludarme. Justo ese día yo tenía las llaves. Quizás debí avisarle antes. Estaba tan segura de que iba a decirme que sí al instante, que no se me ocurrió que él pudiera irse temprano. ¡Si ni siquiera tenía idea de lo que yo estaba planeando, el pobre!

Bueno. Todavía faltaba ver si a alguien le parecía raro, a esa hora, que yo —y no la secretaria— abriera la sala. «Probemos», me dije, y entré. Es verdad que desde fuera no se ve nada, pero ya adentro era obvio que había una persona sentada, a oscuras, a sus anchas, en la cabecera.

Prendí la luz por reflejo. Sí se me cruzó por la cabeza que pudiera ser otra persona haciendo algo tan inapropiado como lo que yo planeaba, pero ¡imagínate que hubiera sido un jefe! Al día siguiente me hubiera quedado sin trabajo. Así que no, no hubiera prendido la luz si lo hubiera pensado dos segundos.

Lo primero que vi fue la cara de Tomás, blanca de pánico encima de su palidez de siempre. Después, saltó disparada Camila, que debía estar de rodillas debajo de la mesa. Esas mesas tienen una tabla que las cierra por detrás, así que prácticamente no la hubiera podido ver si no se hubiera movido. ¡Ay, Camila! Qué tontos somos cuando nos descubren.

—Perdón. Por favor. Perdón —empezó a decir mientras caminaba hacia la puerta.

Se pasó la mano por la comisura de la boca para limpiarse. Al notar que casi no había nada que limpiar, creo que se sintió tonta por el gesto y me volteó la cara. Debió haber sido una felación muy breve, porque Camila lucía perfecta: ni un mechón fuera de lugar, ni una gota de sudor. Pasó al lado mío repitiendo todavía:

—Perdón. Por favor. Perdón.

Supongo que quería decir algo así como «perdón porque hayas tenido que ver esto; por favor no se lo cuentes a nadie, y menos a los jefes». Unos días después Tomás se disculpó por la escena, pero midió mucho las palabras. Se disculpaba, no por haberme ofendido como pretendiente, sino por haber faltado a la ética profesional. Me pareció un poco hipócrita y se lo dije.

—La verdad, a mí no me importa. Estás jugándote tu puesto, eso sí. Sé un poco menos imbécil.

Quizá soné más despechada de lo que quería.

***

A partir de ese momento, el cuerpo de Camila empezó a aparecer en mis fantasías. La veía bailando para Tomás con ese trasero enorme. La veía sentándose encima de él y restregándosele, apoyándole las nalgas sobre el pantalón. ¡Cómo la odiaba! Y aun así, no podía parar de imaginarla. La imaginaba cabalgándolo, con sus pechos color miel saltando dentro de ese sostén rígido que siempre usaba. En algún momento yo era Camila y Tomás me ponía en cuatro. Me tomaba de la cadera y me empujaba contra su cuerpo. Sus manos enormes me manipulaban, y yo gemía, y el gemido se salía de la fantasía y se me volvía real.

Y aun así, cada vez que vi a Camila después de aquello fui muy amable con ella. En el fondo sabía que ella no tenía culpa de nada, y mi odio siempre se quedó en el plano de la ficción. Por eso un día me animé a preguntarle.

—¿Tomás y tú…?

—¿Qué? ¡No! —me contestó—. O sea, puede que alguna vez haya estado con él. Y bueno, me daba morbo hacerlo en la oficina. Tomás es un buen chico. Con cualquier otro no me hubiera animado. Pero después de que nos encontraste me da más miedo que morbo. Acordamos que no se repite.

«¿Un buen chico?» Sí, estamos en una generación rarísima. Tomás tiene la edad de un hombre hecho y derecho, pero es «un buen chico». Sentí mucha vergüenza por todos nosotros, y esa misma vergüenza fue la que me empujó a confesarme.

—Hace mucho que le tengo ganas. No me gusta y tengo novio. Pero me gusta su voz, y yo también quería hacerlo con él en la sala de juntas.

—Él se muere por ti.

—Ya lo sé.

—Pero olvídate de la oficina. No vale la pena.

***

La primera vez que me acosté con Tomás fue en mi casa. Los invité a él y a Camila, y vimos una película tumbados los tres en un sillón viejo y ancho, como tres adolescentes. Había una escena erótica entre dos mujeres, breve, y me dio risa sentir cómo la respiración de Tomás se volvía más controlada, justamente para no acelerarse.

En algún momento de la película Camila se levantó al baño, como habíamos acordado. Yo le pasé a Tomás una pierna por encima de la suya, y empecé a balancearla. Primero apoyé la mano sobre mi propia pierna; después la fui moviendo despacio hasta la suya. Lo acaricié un poco, con tres dedos que caminaban como las patas de una araña, y poco a poco la araña fue subiendo hasta llegar al glande de su pene ya erecto.

—Camila no va a volver hasta que yo le avise —le dije—. Y tú parece que tienes un problema. ¿Qué tal si lo arreglamos? No, no hablo de tu erección. Hablo de cómo nos miramos desde hace meses.

—Haremos lo que tú quieras.

Lo masturbé un rato. Por si alguien tiene curiosidad, no, su pene no me decepcionó. También era largo, firme, con venas marcadas, como me lo había imaginado. Después nos acomodamos en el sillón. Me subí la falda negra, me saqué la ropa interior y le puse el pene entre las piernas, mientras él me acariciaba los pechos desde atrás. Me gustan mis pechos, y parecía que a él también. De pronto recordé esas miradas suyas en la oficina y concluí que estaba mirándome los pechos.

La verdad es que la razón por la que me gustan los hombres de manos grandes es porque tengo los pechos grandes. Más grandes que los de Camila, creo. Y me gusta estar con un hombre al que le excite estrujarme los pechos enteros entre las manos. Claro que me gustó que me jugara con los pezones. Pero sobre todo me gustó sentirme «agarrada».

De a ratos su mano bajaba a masturbarme. De a ratos yo abría las piernas: su pene dejaba de embestir y yo lo tomaba con firmeza y lo iba bajando hasta los testículos.

—Quiero sentirlos contra la vulva —le dije.

Él se irguió, apoyó su pene, ya húmedo, sobre mi vello, y dejó que le restregara los testículos.

—¿Soy muy brusca? —le pregunté.

Él negó con la cabeza.

Mientras se lo restregaba empecé a gemir mucho. Volví a poner la película desde el principio y le subí el volumen, porque me preocupó que Camila nos escuchara.

Volvimos a la posición de antes, y él siguió contento, embistiéndome los muslos. Mi plan era que no hubiera penetración, que se terminara entre mis piernas. No sé en qué momento cambié de opinión y le dije «métemela»; sé que se lo dije; sé que me puso en posición de misionero y que me penetró de un golpe. El sillón era viejísimo y empezó a chillar de una manera horrible. Probablemente fue ese ruido lo que terminó de decidir a Camila a salir del baño. Tomás la vio antes que yo y se frenó.

—Sigan, sólo vengo por agua —dijo, y efectivamente se sirvió un vaso.

Después, obviamente, se quedó mirándonos. Tomás, un poco descolocado, siguió. Disfrutarlo, para mí, estaba siendo un poco complicado. Era demasiada sensación a la vez. Se estaba cumpliendo una fantasía y eso me hacía feliz. El pene de Tomás era más grueso de lo que yo acostumbraba, y sobre todo cuando llegaba al fondo yo tenía que repetirme que me estaba dando más placer que dolor. Y no era él, que estaba siendo amablemente lento. Era que yo estaba un poco estrecha; mi ciclo o la propia excitación.

Conforme seguíamos, el dolor disminuyó y me entregué por completo a la sensación. Tomás empezó a acelerar, a tomar ritmo. Yo gemía sin freno, sin pensar ya en Camila. Sentía cómo se me desorbitaban los ojos y cómo el pecho se me ponía rojo. Y cuando más necesitaba ese ritmo, cuando más adentro estaba de mi propio placer, él, de la nada, se vino dentro. Medio muerto, se sentó en el sillón, y yo, sinceramente molesta, tuve que sentarme a su lado.

Camila adivinó que yo no había terminado. Seguramente fue porque tenía los ojos tensos y abiertos y todavía respiraba con dificultad. Se arrodilló y me hizo sexo oral. No lo hacía nada mal, aunque me resultó un poco raro entender que en realidad estaba saboreando la corrida de Tomás. La miré con algo de extrañeza, pero no podía verse más natural: ahí estaba, hermosa como siempre, sin mancharse en lo más mínimo con mis fluidos. Me masturbaba con delicadeza y me sonreía.

En algún momento Tomás tuvo una segunda erección y volvió a penetrarme, esta vez al ras del sillón. Camila se alejó y volvió a mirarnos, como si no quisiera participar más. Al final, Tomás me puso en cuatro aprovechando el brazo del sillón, me tomó de la cadera y me empujó contra su pelvis una y otra vez, haciendo sonar mi trasero, justo como en mi fantasía. Esta vez le pedí que aguantara y nos vinimos juntos. Caímos los dos en el sillón, acurrucados otra vez, mientras la película que ya habíamos visto seguía corriendo. Camila se nos sumó en silencio, muy sonriente.

—La verdad es que quiero renunciar al trabajo —les confesé en el sopor poscoital—. Creo que no estoy entendiendo esta vida.

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Comentarios (3)

Pasajera_R

Dios mio, que final tan inesperado... me quede con la boca abierta literalmente. Tremendo!!

Memo1987

por favor contá que paso despues!! me quede con ganas de mas, no puede quedar asi

LectoraNocturna

Me recordo mucho a una situacion que yo viví hace tiempo con alguien del trabajo. Esa clase de obsesion que no le contás a nadie porque ni vos mismo la entendes. Muy bien captado.

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