Esa noche descubrí lo que mi marido callaba
Tenemos treinta y dos años los dos. Esteban es delgado, casi de mi misma estatura, de piel canela y manos largas que siempre parecen tibias. Yo, Carolina, soy morena, de tetas chicas con pezones oscuros y caderas anchas, un culo grande que él siempre me agarraba en la calle cuando nadie miraba. Desde que empezamos a salir, hace más de diez años, nunca tuvimos problemas en la cama. Lo hicimos donde se nos ocurrió: en la oficina donde él lleva las cuentas, con mi falda arremangada hasta la cintura y su polla clavada de pie contra el escritorio; en el auto del jefe, yo montada encima moviendo el culo mientras le mordía el cuello; una vez en el cuarto de servicio de un hotel al que entramos para hacer tiempo, y terminé chupándosela arrodillada entre trapos de piso mientras él me tiraba del pelo.
Y entonces, sin que pueda señalar el día exacto, eso se apagó.
No fue de golpe. Fue como un grifo que va perdiendo presión hasta que solo cae una gota por minuto. Él me veía salir de la ducha con las tetas al aire y miraba el teléfono. Yo despertaba al lado de su erección matutina, con la punta de su verga rozándome el culo por debajo de la sábana, y le daba la espalda con un bostezo. Llevábamos meses así cuando por fin lo hablamos, sentados en la mesa de la cocina, con dos cafés que se enfriaron entre los dos.
—Tenemos que hacer algo —dijo él, mirando la taza.
—¿Qué cosa? —pregunté, aunque sabía que la pregunta era una forma de pasarle la pelota.
—No sé. Algo distinto. Salir de la rutina.
Estuvimos un rato en silencio. Después, casi de costado, lo soltó.
—¿Y si probáramos un trío? ¿O un intercambio?
Lo miré como si me hubiera propuesto mudarnos a la luna. Pero no me reí. Algo en su voz, una mezcla rara de vergüenza y deseo, me dijo que hacía tiempo lo venía pensando.
Lo pensé yo también. Días, semanas. Le di vueltas en la cama, en el trabajo, en el supermercado eligiendo manzanas. Al final acepté, con una condición que repetí varias veces para que quedara clara.
—Si lo hacemos, te lo aguantás. Vos lo propusiste. Nada de celos después, nada de reclamos si otro me coge y yo grito.
Él aceptó sin dudar, como si esa parte le importara menos que la otra.
***
Esteban dijo que conocía a una pareja «abierta», según él. Adrián, un compañero del estudio contable, y su mujer, Camila. Habían hablado del tema en una cena de fin de año a la que yo no había ido, y la conversación quedó suspendida hasta que él, esa misma semana, le escribió.
Los conocimos un sábado por la noche en su departamento. Camila era delgada, de piel muy blanca, tetas medianas con pezones rosados que se le marcaban debajo de la blusa fina, y casi nada de caderas. Adrián era todo lo contrario a Esteban: corpulento, ancho de hombros, con una barba de tres días que le tapaba media cara y unas manos enormes. Antes de sentarnos, los dos nos dijeron lo mismo, casi con las mismas palabras: nada era obligatorio, podíamos parar cuando quisiéramos, podíamos elegir solo mirar.
Eso me relajó un poco. No del todo, pero lo suficiente para aceptar la copa de vino que me ofreció Camila.
Hablamos de cosas tontas un rato largo. Del barrio, de los precios, de una serie que ellos veían y nosotros no. En algún momento, sin que yo notara cómo, Esteban se había deslizado en el sofá hasta quedar al lado de Camila. Le dijo algo al oído. Ella se rió bajito y dejó que la mano de él bajara hasta su rodilla, después al muslo, después debajo de la falda. Vi cómo los dedos de Esteban desaparecían entre las piernas blancas de Camila y cómo ella abría un poco más los muslos para dejarlo pasar. Escuché el suspiro corto que se le escapó cuando él le tocó la bombacha.
Esperé sentir rabia. La esperé como quien espera un tren. Pero en su lugar me llegó otra cosa: un calor extraño que me subía desde la pelvis al pecho, una humedad que se estaba armando entre mis piernas sin pedirme permiso, y una respiración que de pronto se volvió corta.
Y entonces vi algo que no esperaba ver nunca.
Adrián se acercó a Esteban por el otro lado del sofá, le tomó la cara con una mano y lo besó en la boca. No fue un beso de prueba. Fue un beso largo, hondo, con saliva y con lengua. Esteban no se sorprendió, no se sobresaltó, no me miró buscando permiso. Le devolvió el beso como si lo viniera esperando hacía rato, la boca abierta, la lengua respondiendo, la mano de Adrián agarrándole la nuca para que no se moviera.
Me quedé clavada en el sillón. Mi marido. Mi marido se estaba besando con un hombre.
¿Cuánto tiempo llevaba sin saberlo?
Camila debió notarme la cara, porque se levantó con suavidad de donde estaba y se sentó a mi lado. Me apoyó una mano en la rodilla, sin decir nada al principio, y después empezó a hablarme cerca del oído.
—Tranquila —murmuró—. No tenés que entender todo ahora. Solo respirá.
Su voz era grave, casi un susurro de mujer mayor, aunque tenía mi misma edad. Yo no podía dejar de mirar a Esteban y a Adrián, que ahora se desabrochaban las camisas el uno al otro con dedos rápidos, torpes, tirando de los botones. Vi el pecho lampiño de mi marido y el pecho ancho y peludo de Adrián pegándose en un abrazo, sus bocas volviendo a buscarse.
—No sabía —le dije a Camila, sin girar la cabeza—. No tenía idea.
—Ya lo sé —contestó ella—. Hay cosas que cuesta mucho contar.
***
Camila empezó a besarme el cuello. Despacio. Casi pidiendo permiso con cada beso. Yo nunca había estado con una mujer, nunca lo había deseado, nunca lo había imaginado. Pero el calor que tenía entre las piernas no estaba esperando a que mi cabeza terminara de ordenar el escándalo. Cuando me besó en la comisura de la boca, dudé un segundo y después le devolví el beso.
Tenía la boca más suave que cualquier boca que yo hubiera tocado. Olía a un perfume con algo de cítrico. Sus manos eran finas, pero sabían exactamente dónde apretar. Una me subió por debajo del vestido hasta la teta y me pellizcó el pezón por encima del sostén, tan fuerte que se me escapó un gemido en su boca.
—Ah, así te gusta —susurró contra mis labios—. A las morenas les gusta que las traten un poquito mal.
Me dejó desnudar como si fuera una muñeca. Me sacó el vestido, después el sostén, después la bombacha empapada, y a cada prenda le siguió un beso nuevo en otra parte del cuerpo. En el hombro, en el costado de una teta, chupándome un pezón hasta ponerlo duro como una piedra, después el otro. Bajó la lengua por el vientre, me metió un dedo en el ombligo y sonrió cuando le apreté la cabeza sin querer. Cuando llegó al pubis, levantó los ojos para mirarme. Yo asentí con la cabeza, casi sin pensarlo.
Me abrió las piernas con las dos manos, sin apuro, mirándome el coño como quien mira algo que se va a comer despacio. Después bajó la cara y me dio un beso largo en los labios de abajo, con los suyos cerrados, como si me estuviera besando en la boca. Y ahí empezó todo.
Lo que vino fue una sorpresa que no me sale describir bien. Camila hacía con la boca cosas que yo no había sentido nunca. Esteban, todos esos años, había hecho el oficio con ganas, pero apurado, como si fuera un trámite previo a lo otro. Ella, en cambio, se tomaba el tiempo. Me besaba los labios de abajo como si fueran los de la cara. Entraba despacio con la lengua, salía, volvía. Me chupaba el clítoris con los labios flojos, después lo apretaba entre la punta de la lengua y el paladar, después soplaba encima para que el frío me hiciera saltar. Me metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando un punto que yo ni sabía que tenía. Cuando lo encontró, sonrió con la boca todavía pegada a mi coño y no lo soltó más.
—Corréte en mi boca —me dijo bajito, con los labios brillantes—. Quiero probarte.
Cuando llegué a la primera ola, fue tan distinta a las que conocía que casi me dio risa. Se me arqueó la espalda del sillón, le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra mí, gritando bajito, con los muslos temblándome alrededor de sus orejas. Ella no paró hasta que le empujé la frente para que aflojara.
***
Del otro lado de la sala, Esteban y Adrián habían pasado a otra cosa. No quiero ser cruda, pero tampoco quiero esquivarlo: Adrián estaba detrás de mi marido, con su verga gruesa y venosa metida hasta el fondo, y mi marido, apoyado sobre la alfombra con la cara pegada al suelo y el culo levantado, le pedía que no parara. Lo pedía con esa voz quebrada que yo le había escuchado solo en los momentos más íntimos conmigo.
—Más fuerte —le decía Esteban, con la voz medio ahogada—. Cogeme más fuerte.
Adrián lo tenía agarrado de las caderas y le clavaba la polla con embestidas largas, sacándola casi entera y volviéndola a meter de un golpe. El ruido de las pelotas contra el culo de mi marido llegaba hasta donde estábamos nosotras. Vi la mano de Esteban buscándose la propia verga, meneándosela al ritmo en que lo cogían. En otra época me habría parecido el fin del mundo. Esa noche, con las piernas abiertas y la boca de otra mujer entre ellas, me pareció apenas una escena más de algo que ya nos había rebasado a los cuatro.
Camila levantó la cabeza y me miró con una sonrisa torcida, con mi flujo brillándole en la barbilla.
—¿Ves? —dijo—. A vos también te calienta.
No le contesté. La agarré del pelo y la traje hacia mí para besarla con todo lo que tenía adentro. Sentirme el sabor en su boca, ese gusto ácido y espeso que era mío, terminó de empujarme a una zona de la que ya no quise volver esa noche.
Después se acomodó al revés, con la pelvis encima de mi cara y la boca de nuevo entre mis piernas. Un sesenta y nueve como los que había visto en los videos que Esteban miraba a escondidas. Hasta ese momento yo no había pensado, ni en sueños, en chupar un coño. Pero estaba ahí, arriba de mi boca, rosado y brillante, y olía bien, y todo era nuevo. Le abrí los labios con los dedos y saqué la lengua y traté de imitar lo que ella me había hecho a mí. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, larga, aplastada, como lamiendo un helado. Después me concentré en el clítoris, que era más chiquito que el mío, y lo apreté entre los labios como me había mostrado ella. Por la forma en que empezó a moverse, en que empezó a gemir con la boca todavía enterrada entre mis muslos, no lo hice del todo mal.
Le metí un dedo, dos, y sentí cómo se le apretaba el coño alrededor. Se me montó más encima, ahogándome, moliéndome la cara contra ella. Yo saqué la lengua todo lo que pude y dejé que se corriera así, empapándome la boca y la barbilla, mientras temblaba encima mío y dejaba escapar un grito largo que yo sentí vibrar en mi propio clítoris.
Estuvimos así un rato largo, hasta que paramos las dos al mismo tiempo, agitadas, riéndonos sin saber por qué, con los pelos pegados a la frente y el sabor de la otra en toda la boca.
Esteban y Adrián también habían parado. Estaban tirados en la alfombra, abrazados, los dos sudados, los dos callados, con las vergas todavía a medio bajar brillando de saliva y semen. Le vi a mi marido un hilo blanco corriéndole por el interior del muslo y entendí, sin que nadie me lo dijera, hasta dónde había llegado con Adrián. Esteban se incorporó un poco al verme y, por primera vez en toda la noche, me buscó la mirada. No supe qué decirle. Él tampoco a mí.
***
La segunda vuelta vino casi de inmediato. Camila propuso que cambiáramos: que ella se ocupara de Esteban y yo de Adrián. Ahí descubrí dos cosas. La primera, que Adrián tenía un cuerpo que en una fila de hombres jamás habría elegido, pero que de cerca, con la luz tenue y el vino encima, funcionaba mejor de lo que esperaba. La verga la tenía gorda, más gorda que larga, con un glande ancho y colorado que me quedó dando vueltas en la boca un rato largo antes de que él me pidiera que me diera vuelta.
Me puse en cuatro sobre la alfombra, con el culo levantado y la cara girada para poder mirar. Adrián me abrió las nalgas con las dos manos, me escupió entre medio y me pasó la punta de la polla por todo el coño antes de metérmela. Cuando entró, entró de un solo empuje, y yo sentí que se me acomodaban las tripas de otro modo. Era gruesa de verdad. Me abrí la boca sin darme cuenta y solté un gemido largo que se cruzó con otro que venía del otro lado de la sala.
Ahí giré la cabeza y los vi. Camila estaba encima de Esteban, montada, moviéndose de arriba abajo con las tetas chicas rebotándole en el pecho. Mi marido la tenía agarrada de las caderas y la miraba con una cara que no le había visto nunca: mitad hombre, mitad chico al que le dan un juguete que no sabía que quería. Ella se inclinaba de a ratos para chuparle un pezón y volvía a subir, sin dejar de moverse.
La segunda cosa que descubrí de Adrián fue que era atento de un modo distinto al de mi marido. Preguntaba en voz baja, sin frenar el ritmo, si me gustaba esto, si quería lo otro, si seguía o cambiaba. Me pasó una mano por debajo, me encontró el clítoris con el pulgar y empezó a trabajarlo mientras me seguía cogiendo por atrás. Cuando sintió que me iba a correr, aceleró, y las palmadas de sus pelotas contra mis nalgas se juntaron con los gritos de Camila del otro lado. Me corrí con la cara enterrada en la alfombra, mordiéndome el brazo para no despertar a los vecinos, mientras él vaciaba adentro mío una corrida caliente que sentí correr después por el muslo cuando la sacó.
Casi al mismo tiempo, Esteban terminaba en la boca de Camila, que se había bajado de él justo para recibirlo con la lengua afuera. La vi tragar la mitad y dejar que la otra mitad le cayera por el mentón, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Cuando terminó, los cuatro nos quedamos un rato en silencio en la sala, mitad vestidos, mitad no, mitad sucios, mitad limpios. Camila trajo agua y toallas. Esteban, sentado en el suelo con la espalda apoyada en el sofá y una toalla sobre la entrepierna, me miraba como esperando que yo dijera algo grave.
No dije nada hasta que llegamos a casa.
***
En el auto, los primeros diez minutos los pasamos sin hablar. Yo manejaba, con la bombacha todavía guardada en el bolso y el coño ardiendo debajo del vestido. Él miraba por la ventana las calles vacías. Cuando paramos en un semáforo, fue él quien habló.
—Carolina —dijo—. Tengo que contarte algo.
—Ya lo vi.
—No, escuchame. Desde la escuela. Desde mucho antes de conocerte.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque te quería. Porque pensé que se me iba a pasar. Porque tenía miedo.
Asentí mirando la luz del semáforo, que tardaba en cambiar. No estaba enojada, no exactamente. Estaba cansada, y también un poco aliviada, y también triste por todos los años en los que él había tenido que callar algo así.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora no sé. Lo que vos quieras.
Lo que yo quería esa noche era llegar a casa, sacarme los zapatos y dormir doce horas. Lo demás iba a venir después.
***
Y vino, sí. Vinieron meses de conversaciones largas, de noches en las que él hablaba más de lo que había hablado en toda nuestra historia juntos. Vinieron decisiones que no creí que íbamos a tomar nunca. Vinieron Adrián y Camila otras veces, con más confianza, con menos vino de por medio, con la ropa cayéndose antes de sentarnos, y también algunas en las que nos vimos con ellos sin que pasara nada más allá de una cena. Vino, sobre todo, una manera distinta de mirarnos los dos: él sin esconder lo que era, yo sin pretender no ser lo que también, al parecer, estaba escondiendo sin saberlo.
A veces, cuando alguna amiga me pregunta por aquella noche, no sé bien cómo contarla. Si la cuento entera, parece una película. Si la cuento por partes, parece otra cosa. La verdad es que esa noche no descubrí solamente el secreto de mi marido. Descubrí también uno mío.
Y, después de todos estos años, sigo sin estar segura de cuál de los dos pesa más.