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Relatos Ardientes

Volví a estar con mi cuñada diez años después

A Daniela la conocí mucho antes que a Camila, mi esposa. Fue en una conferencia sobre cerámica andina en el museo del centro, una tarde fría de mayo. El salón estaba medio vacío y nos tocó sentarnos en la misma fila. Ella iba con su hijo pequeño y dos amiguitos del niño, que se aburrían en la butaca de atrás y no dejaban de patear el respaldo.

En algún momento me pidió el favor de cuidarle el asiento mientras llevaba al chico al baño. Cuando se levantó para pasar, la vi caminar de espaldas por el pasillo angosto y se me quedó la mirada pegada en sus caderas. No fue algo elegante de mi parte, pero ocurrió. Volvió a los pocos minutos y, ya sentada otra vez, me sonrió como si me hubiera leído el pensamiento.

Hablamos del expositor, de las piezas, de cómo el guía pronunciaba mal los nombres en quechua. Aproveché un silencio para decirle que arriba, en el tercer piso, había otra muestra más pequeña, y que si le interesaba podíamos subir más tarde. Me explicó que tenía que dejar a los niños en sus casas antes de las seis y que su hijo entraba al colegio temprano. Me dijo, sin que yo lo preguntara, que su marido viajaba mucho. No supe muy bien por qué me lo aclaró, pero lo registré.

Le anoté mi número en el reverso de la entrada y nos despedimos en la vereda. Pensé que no iba a llamar.

Llamó dos días después, un martes a media mañana. Hablaba con voz neutra, frases cortas, como midiendo cada palabra. Entendí enseguida que no estaba sola en la casa. Quedamos en vernos el viernes temprano, antes del horario de oficina, para volver al museo.

Llegó con un vestido floreado, escote en V, sandalias de plataforma. Cuando me dio el beso en la mejilla, sentí el perfume y la primera punzada baja. Daniela era unos kilos más rellena que las mujeres con las que solía salir, pero tenía algo. Una mezcla rara de timidez y de cuerpo. Senos pequeños, piernas firmes, una cintura blanda que invitaba a poner la mano. Y un culo. Un culo que no parecía pertenecer al resto del cuerpo.

Subimos los tres pisos por la escalera de mármol y me las arreglé para ir un paso detrás de ella. El vestido se le movía con cada peldaño. Cuando llegamos al rellano, ella se giró riéndose, con la cara colorada.

—Me muero de vergüenza —dijo—. Me has visto todo.

—Soy un caballero —mentí.

Vimos la muestra sin prestarle demasiada atención. Después la acompañé hasta la boca del metro y la dejé ahí, con la sensación rara de no haber hecho nada y, al mismo tiempo, de haber cruzado una línea.

Salimos tres veces más esa semana. Un café cerca de su oficina, otra exposición en una galería privada y una caminata por el cerro del centro de la ciudad, donde se ven los techos de zinc y, los días claros, la cordillera al fondo. La última tarde la fui a dejar al metro en mi auto. El vestido se le había subido por encima de las rodillas y ella no hacía nada por bajarlo. Yo manejaba mirando al frente, con las dos manos en el volante, las orejas calientes.

Cuando paramos cerca de la estación, me incliné para despedirme y nos besamos. Fue un beso corto que se alargó. Le rocé el muslo con el dorso de la mano y ella me dijo, casi en un susurro:

—Eres muy tierno.

Esa frase me dio permiso para todo. Subí la mano un poco más y la toqué por encima de la ropa interior. Estaba mojada. Empezó a respirar fuerte, con la frente apoyada en mi hombro.

—Vámonos de aquí —dijo—. Si seguimos acá me da algo.

No me acuerdo bien del trayecto. Sé que terminamos en unas cabañas en el sector alto, de esos lugares discretos donde nadie te pide nombre y donde la persona del mostrador no te mira a los ojos.

***

Adentro del cuarto, Daniela se quedó parada al lado de la cama, sin saber dónde poner las manos. Le saqué la ropa despacio, una prenda por vez. Cuando le desabroché el corpiño y le vi los senos por primera vez, me di cuenta de algo que sospechaba: esa mujer casi no tenía experiencia. Se dejaba hacer. No iniciaba. No proponía. Se quedaba quieta mirándome, esperando la próxima instrucción como una alumna aplicada.

—¿Tu marido nunca te besa acá? —le pregunté después, con la cara entre sus piernas.

—Nunca —dijo, y se tapó la cara con el antebrazo.

Le enseñé a chupar despacio, sin apuro, y le pedí que me mirara cuando lo hiciera. Le pedí también que se diera vuelta, y al principio se negó. Le expliqué con palabras simples que boca abajo se sentía distinto, que la posición cambiaba todo. Cuando finalmente se entregó, con la cara hundida en la almohada y un cojín bajo la cintura, soltó un sonido grave que no parecía suyo. Volvimos a esa misma postura el resto de la tarde.

Estuvimos viéndonos casi tres semanas, dos veces por semana en el mismo lugar, siempre por la mañana, siempre antes del mediodía. Aprendía rápido. Una tarde la hice acabar nada más mordiéndole los pezones. Otra vez intenté llevarla al ano y se cerró. Me dijo que tenía miedo, que esas cosas las hacían otras, que con su marido nunca había siquiera hablado del tema. Le pedí perdón y no insistí.

Lo nuestro terminó de la manera más obvia posible. Su marido empezó a preguntar por las mañanas, ella se puso nerviosa, las llamadas se espaciaron. Un mes después me mandó un mensaje corto: «mejor lo dejamos acá». No discutí. Yo también estaba cansado de cuidarme.

Lo curioso vino unos años más tarde. Daniela, sin tener idea de qué pasaba por mi cabeza, le habló de mí a su hermana menor. Le dijo que yo daba unos talleres en la universidad y que valía la pena anotarse. Camila se anotó. Camila terminó en la primera fila. Camila me invitó un café al final de la tercera clase. Tres años más tarde, Camila se casó conmigo.

***

Camila tiene la cintura más fina que su hermana y las caderas más anchas. Pero hay cosas que comparten: los senos pequeños y firmes, la espalda larga, los muslos llenos, la piel con olor a vainilla. Y un culo. El mismo culo. Como si la madre lo hubiese diseñado y luego repetido el molde con leves correcciones.

Mi mujer es, además, mucho más caliente que su hermana. Tiene kilometraje, le gustan los juegos, dice las cosas sin rodeos. Le encanta el sexo anal y mama como si lo necesitara para vivir. Es difícil pedir más. Y aun así, durante años, cargué con la imagen de Daniela bajo mi cuerpo. La traía a veces a la cabeza en los peores momentos, justo antes de acabar, y nunca se lo conté a nadie.

Con Daniela, después del casamiento, acordamos sin decirlo: nos saludábamos en las fiestas, hablábamos del clima, evitábamos quedarnos solos en la cocina. Funcionó durante una década. Hasta el verano pasado.

Camila compró, con la herencia de su padre, una casa en una playa del norte. Era su sueño. Y su primer plan, apenas firmó la escritura, fue invitar a su hermana con marido y los dos hijos para inaugurarla. Yo le dije que prefería que fuéramos solos la primera vez. Me respondió que era mezquino. No insistí.

Llegaron un viernes a media tarde. Daniela bajó del auto con una bata por encima del traje de baño y no se la quería sacar. Su marido la cargaba un poco, riéndose. «Ya, amor, vamos al agua, ¿qué te pasa?». Camila le sacó la bata de un tirón y le dijo a su hermana que dejara de ser tonta. Daniela obedeció. Cuando vi a las dos hermanas paradas una al lado de la otra, en bikini, casi se me sale el aire.

Eran dos versiones de la misma mujer. Recordaba el olor de Daniela. Recordaba la textura de su espalda. Recordaba cómo le temblaban los muslos cuando estaba por terminar. Y todo eso volvió de golpe, en plena playa, con mis sobrinos jugando a las palas a tres metros.

Esa tarde almorzamos los cuatro en la terraza. Conversaciones de cuñados, vinos blancos, un asado mal hecho por su marido. Yo no podía dejar de mirar de reojo. Daniela tampoco. Cada vez que se cruzaban nuestras miradas, ella bajaba la suya al plato y yo me servía más vino.

Por la noche, Camila me buscó en la cama. Hicimos el amor en silencio, intentando no hacer crujir el somier, y mientras estaba dentro de ella escuché que en el cuarto de al lado pasaba lo mismo. Mi cabeza se fue. No era a mi mujer a quien me estaba culeando esa noche. Era a su hermana, diez años atrás, en una cabaña del cerro.

Camila terminó y se durmió de inmediato. Del otro lado de la pared, los sonidos no paraban. Me levanté en silencio, salí descalzo a la terraza y me asomé por la rendija entre la cortina y el marco de la ventana del cuarto contiguo. Daniela estaba boca arriba, con las piernas abiertas, y su marido —ese hombre flaco y callado, que en la mesa parecía tímido— la estaba penetrando con una fuerza que no le había imaginado. Acabó sobre su cara, ella con los ojos cerrados, sonriendo apenas. Volví a mi cama temblando.

***

A la mañana siguiente nos tocó ir a buscar el pan, los dos solos. Caminamos por la vereda angosta, en silencio, hasta que no aguanté más.

—Los escuché anoche —le dije sin mirarla—. Y me dio envidia. Estás igual que antes.

—Cállate, por favor.

—No quiero callarme.

Caminamos otra cuadra. Cuando ya volvíamos con las bolsas, ella habló sin levantar la vista del piso.

—Yo también te escuché. Y vi que me espiabas por la ventana, no te creas. Estoy nerviosa. No hagamos tonterías.

—Tengo una calentura contigo que no se me va —le dije.

No me contestó. Pero antes de empujar la reja de la casa, me apretó el brazo un segundo. No hizo falta más.

Las tres noches que estuvieron alojados, hice el amor con Camila las tres. No por amor —que también— sino porque la idea de volver a estar con su hermana me dejaba duro durante horas. Mi mujer notó algo y me dijo, riéndose, que la playa me hacía bien. Daniela no me cruzó la mirada en toda la estadía. El último día, mientras cargaban el auto, me rozó la mano al pasarme una bolsa y me clavó los ojos un instante más de la cuenta.

***

Volvimos a la ciudad y a la semana exacta sonó el teléfono. Era ella.

—Un café —dijo—. Una mañana. Nada más.

Quedamos en el centro, en uno de esos cafés viejos con sillones de cuero gastados. Llegó con un vestido recto, sin escote, casi de oficina. Pero la cara la traicionaba. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa nerviosa que no podía controlar.

—No sé qué me pasa —me dijo—. Esto es una locura. No le contemos a nadie, pero quería verte.

Habíamos dejado los autos en el mismo estacionamiento subterráneo. Bajamos los dos juntos, sin tocarnos, y cuando llegamos al rincón donde estaba el suyo la apoyé contra la puerta y la besé. Diez años desaparecieron en ese beso. Le metí la mano debajo del vestido y la encontré igual que aquella tarde en el auto camino al metro: empapada, temblando, mordiéndose la boca para no hacer ruido.

Dejamos su auto ahí y nos fuimos en el mío al mismo lugar de hace una década. Las cabañas seguían en el mismo sector, pintadas de otro color pero idénticas. Estuvimos dos horas. Daniela tenía cuarenta y ocho años y, sin embargo, parecía más mujer que entonces. Había aprendido a pedir. Acabó dos veces: una con mi boca entre sus piernas y otra, para mi sorpresa, cuando le pedí permiso para entrar por detrás. Lo aceptó sin discutir, con los ojos cerrados, mordiendo la almohada. Me terminó con la boca y se tragó todo. Después se quedó mirándome desde abajo, con una sonrisa que no era de mujer casada.

—No volvamos a hacer esto —me dijo en el ascensor del estacionamiento.

—No —contesté.

Los dos sabíamos que mentíamos.

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Comentarios (2)

MauroV88

Uno de los mejores relatos de confesiones que lei en mucho tiempo. Gracias por compartirlo!

CintiaVL

Por favor seguí con esto, quede con mil preguntas sin respuesta 😩

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