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Relatos Ardientes

Descubrí que no necesitaba a nadie para sentirme así

Voy a contar algo que nunca le he dicho a nadie, ni siquiera a las amigas con las que creo compartirlo todo. No es una historia de un amante ni de una noche que terminó en la cama de un desconocido. Es más simple que eso, y por eso me costó tanto entenderlo: es la historia de la mañana en que aprendí a desearme a mí misma.

Me llamo Lucía, y aquel domingo me desperté sola. Mi compañero de piso se había ido el viernes a casa de sus padres, en un pueblo de la costa, y no volvería hasta el lunes por la noche. Tenía el apartamento entero para mí: dos habitaciones pequeñas, una cocina estrecha y una ventana grande que daba al patio interior, por donde a esa hora entraba una luz blanca y limpia que lo bañaba todo.

No tenía planes. No había puesto el despertador. Me quedé un rato larguísimo bajo las sábanas, escuchando el silencio raro de un edificio que los domingos por la mañana parece deshabitado. Ni voces, ni televisores, ni el ascensor subiendo y bajando. Solo el roce de mi propia respiración y el peso tibio del edredón sobre las piernas.

Hacía meses que no estaba con nadie. No por falta de oportunidades, sino por una especie de pereza emocional, de no querer explicarme ante un extraño. Y, sin embargo, aquella mañana sentí algo despertarse en el bajo vientre, una corriente perezosa y cálida que no tenía nada que ver con ningún hombre. Era mía. Empezaba en mí y se quedaba en mí.

¿Cuándo fue la última vez que me dediqué tiempo de verdad?

No supe responderme. Y esa pregunta, tan tonta, fue la que me hizo apartar las sábanas y quedarme tumbada boca arriba, desnuda, mirando el techo donde la luz dibujaba la forma temblorosa de la ventana.

***

Me levanté descalza y fui hasta el baño. No para ducharme: para mirarme. Hay un espejo de cuerpo entero pegado a la pared, junto a la puerta, y casi nunca me detengo frente a él más que para comprobar si la ropa me queda bien antes de salir. Esa mañana me planté delante sin nada encima y me obligué a mirarme de verdad, despacio, como si fuera la primera vez.

Me solté el pelo, que llevaba recogido para dormir. Me cayó sobre los hombros, todavía revuelto, y me gustó la imagen: una mujer cualquiera, sin maquillaje, con los ojos hinchados de sueño, pero entera. Me toqué la clavícula, bajé por el costado, sentí el camino de mi propia mano como si fuera ajena. La piel se me erizó, no de frío, sino de atención.

Siempre me habían enseñado a verme con ojos críticos. A buscar el defecto, el kilo de más, la marca que no debería estar. Aquella mañana, por una vez, decidí mirarme con los ojos con los que mira alguien que desea. Y descubrí que me gustaba lo que veía. Las caderas anchas que tanto había detestado de adolescente. La curva del vientre. El peso de los pechos cuando me incliné un poco hacia el espejo.

Empañé el cristal con el aliento sin darme cuenta de lo cerca que estaba. Me reí sola, en voz baja, y ese sonido en el silencio del piso me pareció casi obsceno. Como si me hubieran pillado.

***

Volví a la habitación. Abrí las cortinas del todo, algo que nunca hago, porque el patio interior tiene enfrente otras ventanas y siempre me ha dado pudor. Pero a esa hora estaban todas con las persianas bajadas, y la idea de hacerlo con la luz entrando a raudales me encendió de una manera que no esperaba.

Me tumbé en la cama, encima del edredón revuelto, y dejé que el sol me diera en la piel. Estaba tibio. Cerré los ojos y empecé despacio, sin prisa, recorriéndome el cuello, los pechos, el vientre, como si me estuviera presentando ante mí misma. No buscaba el final. Buscaba el camino.

Me sorprendió cuánto había olvidado. Cuando estás con otra persona, una parte de ti está siempre pendiente de la otra: de si lo hace bien, de si estás respondiendo como debes, de si tu cara resulta bonita en ese ángulo. Sola, no había nadie a quien contentar. Podía detenerme donde quisiera, repetir lo que me gustaba, ignorar todo lo demás.

Descubrí que me gustaba la lentitud. Que apurar el momento era desperdiciarlo. Me quedaba quieta justo en el borde, donde el placer se vuelve casi insoportable, y luego retrocedía, dejaba que la corriente bajara un poco, para volver a empezar. Era un juego conmigo misma, una conversación sin palabras.

La respiración se me fue acelerando sin que yo se lo pidiera. Sentí el sudor empezar a formarse en el nacimiento del pelo, en el hueco entre los pechos. La almohada se me había deslizado bajo la espalda y la dejé ahí, arqueándome contra ella. Pensé en cosas que no le contaría a nadie. Imágenes sueltas, sin historia, sin nombres. Una mano en mi nuca. Una boca contra mi oído. Una voz que no terminaba de pertenecer a ninguna persona real.

***

En algún momento abrí los ojos y me vi reflejada en el espejo del armario, que había quedado entornado. Verme fue como mirar a otra mujer. Tenía la cara enrojecida, los labios entreabiertos, el pelo pegado a la frente. No me reconocí, y a la vez nunca me había sentido tan yo. Esa contradicción me dio un vértigo delicioso.

Me incorporé a medias y seguí mirándome mientras me tocaba. Era la primera vez en mi vida que lo hacía con los ojos abiertos, observándome, sin esconderme de mi propia imagen. Siempre había vivido el placer en la oscuridad, como algo que había que disimular, casi pedir perdón por sentir. Verme entregada, sin vergüenza, fue lo más libre que había hecho en mucho tiempo.

El gato del vecino apareció en la cornisa de enfrente, indiferente, y se sentó a tomar el sol. Por un segundo me crucé con sus ojos amarillos y casi me eché a reír de nuevo. No sentí pudor. Sentí, si acaso, una especie de complicidad absurda con aquel animal que tampoco le pedía permiso a nadie para estar donde estaba.

Volví a tumbarme. El cuerpo me pedía más y por fin dejé de contenerme. Subí el ritmo, dejé que las caderas se movieran solas, que la respiración se rompiera en sonidos que en otra situación me habrían avergonzado. Pero no había nadie. No había a quién avergonzar. Solo estaba yo y el calor de la mañana y la certeza de que aquello me pertenecía por completo.

***

El final llegó como una ola que no había visto formarse. Me sorprendió por la espalda, me dobló sobre mí misma, me hizo apretar la sábana con la mano hasta clavarme las uñas en la palma. Fue largo, mucho más largo de lo que recordaba que podía ser, y vino acompañado de un sonido que salió de mi garganta sin que yo lo decidiera, ronco y ajeno.

Me quedé temblando, con el pecho subiendo y bajando, los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza. Nunca me había pasado eso sola. Llorar de puro alivio, de pura plenitud, sin nadie al lado que malinterpretara las lágrimas, sin tener que explicar que no, que no estaba triste, que era exactamente lo contrario.

Me tapé la cara con las manos y respiré. El corazón fue calmándose poco a poco. El sol seguía entrando, el gato seguía en su cornisa, el silencio del edificio seguía intacto, como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado, y yo lo sabía.

***

Me quedé un buen rato así, despatarrada, mirando el techo, sin ganas de moverme. Pensé en todas las veces que había buscado en otros lo que esa mañana había encontrado en mí. En las noches en que me había acostado con gente que no me importaba solo por no dormir sola. En lo poco que me había dedicado, en lo mucho que había esperado de los demás.

No es que decidiera renunciar a nadie. No se trata de eso. Sigo queriendo manos ajenas, bocas ajenas, el peso de otro cuerpo sobre el mío. Pero esa mañana entendí que no las necesitaba para estar completa. Que el deseo no era una deuda que otro venía a saldar, sino algo que ya vivía en mí, esperando que le hiciera caso.

Me levanté por fin, mareada y ligera a la vez. Me preparé un café y me lo tomé desnuda, de pie junto a la ventana, sintiendo el aire fresco en la piel todavía caliente. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa por que llegara nadie. Estaba bien, exactamente donde estaba, conmigo.

***

Han pasado meses desde aquel domingo. Mi compañero de piso volvió, la rutina volvió, el trabajo y los planes y las prisas volvieron. Pero conservo aquella mañana como quien guarda un secreto bueno, de esos que dan calor recordarlos.

De vez en cuando, los domingos que el apartamento se queda en silencio, repito el ritual. Abro las cortinas, me miro en el espejo, me concedo el tiempo que durante años no supe que merecía. No siempre busco el final. A veces solo me toco para recordar que estoy viva, que este cuerpo es mío, que el placer no necesita testigos ni permisos.

Cuento esto porque creo que muchas mujeres viven como viví yo durante demasiado tiempo: esperando que alguien venga a despertarnos, sin darnos cuenta de que la llave la tenemos nosotras. Aquella mañana de luz blanca aprendí a usarla. Y, de todas las cosas que me han pasado en la vida, esa pequeña revelación sin nombre es de las que más me han cambiado.

No hubo otra persona en la habitación. No hizo falta. La mujer del espejo y yo nos bastamos, y eso, aunque a algunos les parezca poca cosa, fue lo más íntimo que he vivido jamás.

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Comentarios (5)

LectoraNocturna

que relato tan lindo, me dejo sin palabras!!!

Mora_BsAs

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas. Muy bueno!

Valentina_cts

Me encanto la forma en que lo narraste, se siente tan honesto. Pocas veces un relato me conecta asi

Ale_nocturna

Me recordo algo que yo tambien vivi. Esa sensacion de descubrirte a vos misma es unica, gracias por compartirlo

Gisel_lectora

Cuantos años tenias cuando te paso esto? Me da curiosidad saber mas de la historia

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