Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Esa noche frente al mar dejamos de ser solo amigos

Mateo y Lucía se conocían desde la facultad. Se habían encontrado en un pasillo cualquiera, en una de esas semanas en que nadie sabe todavía el nombre de nadie, y desde entonces no se habían soltado. Diez años después seguían siendo el refugio el uno del otro: los amigos que se cuentan todo, que se abrazan sin medir el tiempo y que se dicen «te quiero» sin que a ninguno le tiemble la voz.

Lucía tenía veintinueve años y trabajaba como contadora. Era menuda, delgada y de piel morena, con unas tetas pequeñas que ella nunca terminó de querer y que a él le parecían perfectas, coronadas por unos pezones oscuros que se le ponían durísimos al menor roce. Lo que de verdad llamaba la atención era su carácter: directa, leal, incapaz de dejar a un amigo a la intemperie.

Mateo tenía veintiséis y era fisioterapeuta. Medía algo más de uno ochenta, tenía el pelo oscuro y unas entradas que empezaban a delatarlo antes de tiempo. Le sobraban un par de kilos que disimulaba con los hombros anchos. Era, en sus propias palabras, de los que no destacan ni para bien ni para mal. Esa modestia formaba parte de su encanto, aunque él jamás lo habría admitido.

Hacía un año que Lucía se había mudado a Málaga por un ascenso. Volvía a su ciudad un fin de semana de cada tantos, lo justo para ver a la familia y a la pandilla de siempre. Llevaba cinco años de relación con Diego, un viejo amigo de la infancia de Mateo, pero la distancia y los silencios habían ido limando lo que un día fue sólido. Cuando por fin lo dejaron, los dos se habían vaciado tanto en intentarlo que la ruptura, dolorosa, llegó sin sorpresa.

Mateo se enteró por un mensaje breve, de madrugada. No lo pensó dos veces. Aprovechó los días libres que tenía acumulados, compró un billete y se plantó en Málaga sin avisar demasiado, solo para asegurarse de que ella estaba bien. Lucía, que lo llevaba con más entereza de la que confesaba, se lo agradeció en el alma. Le abrió la puerta de su piso, lo abrazó largo rato en el rellano y le dijo que se quedara los días que quisiera.

Lo que Lucía no sabía era el peso que él cargaba al cruzar esa puerta. Un mes antes, sin un detonante concreto, Mateo había entendido que lo que sentía por ella había dejado de parecerse a la amistad. No era nuevo, quizá; solo había madurado en silencio hasta volverse imposible de ignorar. Y había tomado una decisión: callarlo. Ella tenía pareja, ella no sentía lo mismo, y nombrar aquello solo serviría para agrietar lo único que de verdad le importaba conservar. La ruptura con Diego no cambiaba esa cuenta. Seguían queriéndose de maneras distintas, y él lo había asumido.

Hay otra cosa que conviene decir. Mateo era virgen. Nunca había estado con nadie, nunca había tenido una relación, ni siquiera algo que se le pareciera. No por falta de oportunidades, sino porque siempre esperó una clase de cercanía que no encontraba con desconocidas. La ironía era que esa cercanía la tenía delante todos los días, y se llamaba Lucía.

***

Los días en Málaga cayeron en una rutina dulce. Por la mañana ella trabajaba y él resolvía sus cosas o paseaba sin rumbo por el puerto. Por la tarde se reunían para caminar, descubrir rincones nuevos o tomar algo con los compañeros que Lucía había hecho en la ciudad. Y por la noche, cuando se quedaban solos en el piso, bajaban la guardia. Se abrían el pecho, se contaban miedos que no decían a nadie más, y los dos terminaban el día sintiéndose un poco menos rotos.

La cuarta noche fueron a ver el mar. La luna estaba tan llena que pintaba de plata toda la costa, y la arena, casi blanca, devolvía esa luz como si guardara calor del día. Se sentaron cerca de la orilla, hablando de lo de siempre y de lo de nunca: del futuro, de qué serían el uno para el otro cuando pasaran los años. Los dos coincidían, con una certeza tranquila, en que serían amigos hasta el final.

En uno de esos abrazos en los que ya no contaban los segundos, Mateo bajó la cabeza y le besó el pelo. Fue un gesto inocente, de los que había hecho mil veces. Pero esa noche Lucía levantó la cara y lo miró. Acortó la distancia ella misma, despacio, dándole tiempo a apartarse. Él no se apartó.

El beso fue el primero de la vida de Mateo, y fue con la persona que más quería en el mundo. Lo sintió en todo el cuerpo, como una corriente que le subía desde el estómago y le bajaba directa a la polla, que empezó a hincharse dentro del pantalón sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Cuando se separaron, se quedaron mirándose con una sonrisa torpe, esa que no se puede contener, y volvieron a juntar los labios sin decir nada, esta vez con lengua, buscándose la boca con un hambre que no habían tenido nunca.

Emprendieron la vuelta de la mano, en silencio, oyendo solo el romper de las olas contra la arena. Fue él quien lo rompió, porque necesitaba decirlo en voz alta.

—Lucía, te quiero. Y no quiero que esto que ha pasado nos estropee nada.

—Yo también te quiero —respondió ella, apretándole la mano—. Y sé que tú nunca me harías daño. No sé qué pasará después. Pero esta noche disfrutémosla.

—No me lo vas a tener que decir dos veces.

La frenó en mitad del paseo y la besó de nuevo. Este beso no tuvo nada de tímido: fue hambriento, y una de sus manos bajó hasta el culo de ella, se lo agarró entero por encima de la falda y apretó fuerte. Lucía soltó un gemido dentro de su boca y se pegó a él, y notó de lleno, contra la cadera, lo dura que la tenía. No estoy soñando, pensó él. Esto está pasando de verdad.

—Joder, Mateo —le susurró ella al oído, mordiéndole el lóbulo—. Vámonos a casa ya.

***

El piso de Lucía estaba vacío y en penumbra. Se dejaron caer en el sofá del salón sin encender más luz que la del pasillo, y los besos dejaron de ser solo besos. Las manos empezaron a buscar debajo de la ropa, a apartar telas, a reconocer un terreno que llevaban años fingiendo no querer pisar.

Mateo metió la mano bajo la sudadera de ella y le amasó las tetas despacio, primero por encima del sujetador y después colándose por debajo, palma contra piel. Los pezones se le clavaban en la mano, duros como piedras. A Lucía se le escapó la respiración y arqueó la espalda contra él. Ella, por su parte, encontró con la palma la dureza que tensaba el pantalón de él, sonrió contra sus labios y le bajó la cremallera sin dejar de besarlo. Metió la mano dentro, apartó la tela del calzoncillo y le sacó la polla, gruesa y ya humedecida en la punta. La rodeó con los dedos y la acarició de arriba abajo, midiéndola, sintiendo cómo latía contra su palma.

—Está preciosa —le susurró, mirándolo a los ojos—. ¿Estás seguro? Una vez que empecemos no pienso parar.

—Nunca he estado más seguro de nada.

Ella se rio, una risa baja y cómplice, y lo arrastró de la mano hasta el dormitorio. Allí se desnudaron el uno al otro sin prisa. Él le quitó la camiseta y le desabrochó el sujetador, que cayó al suelo dejando sus tetas a la vista, pequeñas, firmes y con los pezones apuntando hacia arriba. Le bajó el pantalón por las piernas y ella se lo terminó de quitar dando una patada. Lucía, por su parte, le sacó la camisa por la cabeza y le empujó el pantalón hasta los tobillos con los pies, sin dejar de acariciarle la polla por encima del calzoncillo. En poco rato no les quedaba más que la ropa interior, y Mateo hizo una pausa, casi sin aliento, para volver a buscar las tetas de Lucía, esta vez con la boca.

Empezó por el cuello y fue bajando, dejando un rastro tibio de saliva hasta llegar al pezón derecho, que atrapó entre los labios y chupó con ganas, tirando de él con los dientes. Con la mano se ocupaba del izquierdo, pellizcándolo entre el pulgar y el índice. Los tenía pequeños y, en ese momento, durísimos. Lucía gimió por lo bajo y le hundió los dedos en el pelo, empujándole la cabeza contra el pecho, una señal clara de que iba por buen camino. Él, que temía estar haciéndolo todo mal, se dejó guiar por esos sonidos como por un mapa.

—Muérdelos —le pidió ella, con la voz ronca—. Un poquito más fuerte. Así, así, joder.

La tumbó boca arriba y empezó a descender con la boca por su cuerpo: el esternón, el estómago, el ombligo, la cadera, la parte interna del muslo. Cuando llegó al borde de las braguitas, ya de por sí manchadas de una humedad oscura, ella levantó las caderas para ayudarlo a quitárselas. Quedó desnuda del todo ante él, con las piernas abiertas de par en par, el coño depilado, los labios hinchados y brillantes, abiertos a su amigo más íntimo de la manera más íntima posible.

Pese a los nervios, Mateo no titubeó. Se relamió los labios y bajó la cara hasta pegar la nariz al monte de venus, aspirando su olor, un olor fuerte, dulzón, que le nubló la cabeza. Acarició primero con la yema de un dedo por fuera, con cuidado, recorriéndole los labios de arriba abajo, y descubrió que ella ya estaba empapada, chorreando literalmente sobre las sábanas.

—Estás muy mojada —murmuró, casi para sí.

—Estoy así desde la playa, imbécil —se rio ella—. Métemela. Con la boca primero. Chúpame el clítoris, arriba, arriba del todo. Sí, ahí. Ay, Dios.

Lucía, muy excitada, le susurraba dónde y cómo, y él obedecía como el mejor de los alumnos. Le separó los labios del coño con dos dedos, buscó el clítoris con la punta de la lengua y empezó a lamerlo en círculos, primero suave, después más insistente. Cada acierto le devolvía un gemido más hondo, y esos gemidos lo encendían a él todavía más. Le introdujo un dedo, luego dos, y los curvó hacia arriba buscando ese punto interno del que había oído hablar y que nunca había tocado. Cuando lo encontró, lo supo por el respingo de ella, por el manotazo que le dio al colchón. Trabajó con la boca chupando el clítoris y con los dedos entrando y saliendo del coño a la vez, sin prisa, escuchándola gemir cada vez más alto.

—Sigue, sigue, sigue así, no pares, joder, no pares —le suplicaba ella, agarrándole la cabeza con las dos manos y restregándose la cara contra él.

Le apretó el clítoris con los labios y lo chupó fuerte, y el cuerpo de Lucía se tensó entero como un arco, las piernas apretándole las orejas, y se deshizo en un orgasmo largo que llenó la habitación de un grito ahogado. Le corrió en la boca y en la barbilla, un flujo abundante que él tragó como pudo, sin dejar de lamer, prolongándole el placer hasta que ella tuvo que apartarle la cabeza porque no aguantaba más.

—Ven aquí —jadeó, tirando de él hacia arriba—. Ahora me toca a mí.

No le dio tiempo a recuperarse a él tampoco. Lucía invirtió las posiciones, lo empujó contra el colchón y le arrancó los calzoncillos de un tirón. Lo encontró duro como una piedra, la polla apuntando al techo, la punta brillante de líquido preseminal. Lo tomó con la mano, apretándolo por la base, y lo acarició despacio de arriba abajo, viendo cómo a él se le escapaba un gemido con cada movimiento.

—Mírala, qué bonita —le dijo, casi con ternura—. Y toda para mí esta noche.

Dudó un segundo, no por falta de ganas, sino por la novedad de hacerlo con él; luego pensó que era su mejor amigo, la persona en quien más confiaba del mundo, y se lo llevó a la boca sin más. Cerró los labios alrededor del glande y bajó despacio, tomando hasta la mitad, y volvió a subir con la lengua bien pegada. Mateo soltó un jadeo agudo y se agarró a las sábanas con las dos manos.

—Joder, Lucía, joder…

Ella siguió, con calma, consciente de que para él todo era nuevo y de que no aguantaría demasiado. Le lamió la polla entera desde la base hasta la punta, se detuvo a chuparle los huevos uno a uno, se la volvió a meter en la boca y esta vez se la tragó casi entera, hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta y le dio una arcada. Se la sacó, escupió sobre ella para lubricarla mejor y volvió a metérsela, marcando un ritmo con la cabeza, la mano en la base moviéndose al compás. Le miraba a los ojos desde abajo mientras se la mamaba, y esa imagen, la de su mejor amiga con su polla en la boca, mirándole con esos ojos oscuros, casi le hizo terminar ahí mismo.

—Para, para, para —le pidió, con la voz quebrada—. Que me corro.

Lucía se detuvo en seco y la sacó de su boca con un sonido húmedo. No pensaba dejar que terminara así. Le dio un último beso en la punta y sonrió.

—Ni hablar. Todavía no.

Se estiró hasta la mesilla y sacó un preservativo del cajón. Lo abrió con los dientes y se lo colocó ella misma, desenrollándoselo con dos dedos hasta la base. Cuando iba a montarse encima, Mateo la detuvo con suavidad.

—Espera. Déjame estar yo arriba esta vez. Aguantaré un poco más.

A ella le pareció bien. Rodaron sobre el colchón y quedó él encima, entre sus piernas abiertas, con la respiración agitada y el corazón a punto de salírsele. Lo intentó solo, pero entre los nervios y la inexperiencia falló un par de veces: se le escapó hacia arriba, resbaló por la humedad de los labios, chocó contra el hueso. Se puso rojo hasta las orejas y Lucía se rio, tierna, y le agarró la polla con la mano para guiarla al sitio exacto.

—Ven aquí, tonto. Empújala despacio.

Cuando por fin entró, los dos soltaron el aire a la vez. Mateo notó el coño de ella tragándoselo entero, caliente, húmedo, apretado, y tuvo que quedarse quieto un instante para no correrse ya. Nunca había sentido nada parecido: era como si toda la sangre del cuerpo se le hubiera concentrado ahí abajo. Lucía le rodeó la espalda con las piernas y lo empujó hacia dentro con los talones, hundiéndoselo hasta el fondo.

—Muévete, Mateo. Fóllame.

Empezó a moverse, primero torpe, sin ritmo, sacándola casi entera y volviéndola a meter con embestidas cortas y desordenadas. Poco a poco fue afinando, encontró un ritmo constante, más profundo, y el dormitorio se llenó del choque húmedo de sus cuerpos, del golpeteo de la pelvis de él contra el culo de ella y de los gemidos de ambos, sobre todo los de ella, que empezó a decirle guarradas al oído.

—Así, así, dámela toda, más fuerte, más fuerte, me encanta cómo me la metes, joder, quién iba a decir que ibas a follarme tan bien…

Escucharla hablar así lo volvió loco. Le agarró una teta con la mano y se la apretó mientras seguía embistiendo, y con la otra mano se apoyó en el cabecero para tener más ángulo. Lucía estaba ya cerca de un segundo orgasmo, con el clítoris rozándole el pubis en cada envite, y lo alcanzó justo cuando él bajó la cabeza para besarla y ahogó sus jadeos en su boca. Notó cómo el coño se le contraía alrededor de la polla, apretándosela en oleadas, y tuvo que apretar los dientes para no acabar con ella.

—Ahora yo —dijo ella cuando pudo recuperar el aire, empujándolo con suavidad para cambiar—. Túmbate.

Mateo accedió, sabiendo que le quedaba poco. Lucía se sentó sobre él a horcajadas, se agarró la polla con la mano y la guio otra vez hacia dentro, dejándose caer despacio hasta que la tuvo entera. Cerró los ojos un segundo y se relamió. Empezó a moverse de frente, primero de arriba abajo, apoyándose en el pecho de él con las manos, mirándolo a los ojos sin apartar la vista. Sus tetas subían y bajaban al ritmo de sus caderas, y Mateo no sabía si mirarlas a ellas, a su cara o al sitio donde sus cuerpos se juntaban.

—Tócame —le pidió ella, cogiéndole las manos y llevándoselas a las tetas—. Y mírame la cara cuando me vuelva a correr.

Empezó a moverse más rápido, en círculos, restregándose contra él, y él le apretaba los pezones entre los dedos como ella le había enseñado. Fue demasiado. En pocos segundos él notó ese cosquilleo que le subía desde los huevos y supo que ya no había vuelta atrás.

—Lucía, me voy, me voy…

—Córrete, córrete dentro, quiero sentirlo, aunque sea con el preservativo, córrete —le jadeó ella, acelerando aún más el ritmo.

Se dejó ir con un gemido ronco, agarrándole las caderas con las dos manos y empujándola hacia abajo mientras vaciaba dentro de ella chorro tras chorro. Sintió cada espasmo con una intensidad que nunca había imaginado, la polla latiéndole dentro de su coño, la corrida saliéndole a borbotones. Lucía siguió moviéndose encima de él hasta el último temblor, sacándole todo, y remató con un pequeño orgasmo propio, más suave que los anteriores pero suficiente para dejarla temblando. Después se dejó caer sobre él, y los dos se abrazaron, desnudos, sudados y todavía deseándose. Él le acariciaba la espalda con los dedos y ella le mordisqueaba el hombro, y notaron cómo la polla, aún dentro, se le iba encogiendo poco a poco.

—Joder —susurró él al techo—. Joder, joder, joder.

—¿Bien? —preguntó ella, sonriendo contra su cuello.

—Bien es poco.

***

Aquella noche se quedó grabada en los dos. No fue solo sexo: fue la confirmación de que el cariño que se tenían podía arder sin quemar lo demás. Dos amigos se habían convertido en amantes, y lo habían hecho desde un sitio limpio, sin promesas que no pudieran cumplir.

A la mañana siguiente, con la luz del puerto entrando por la persiana, hablaron de lo que aquello significaba. Y decidieron, los dos, no convertirlo en una relación. En parte por Diego, ex de ella y amigo de la infancia de él, a quien no querían hacer daño. Y, sobre todo, porque una relación se puede romper, pero su amistad no. Prefirieron guardarse la noche para sí mismos y seguir siendo lo que siempre habían sido: amigos íntimos. ¿Repetirían algún día? ¿Acabarían cediendo a algo más? Nadie lo sabía. Lo único cierto era que su amistad había sido puesta a prueba y había salido más fuerte; que se querían más que ayer y menos que mañana.

Escribo esto sabiendo que tiene mucho de verdad, aunque no lo cuente todo: hay cosas que prefiero guardarme. Va dedicado a todos los que, como Mateo, llevan dentro a una persona que saben especial y entienden lo difícil que es nombrarlo. Y a todas las que, como Lucía, son leales, buenas y están siempre para sus amigos. Hacía mucho que no escribía y estoy desentrenado, así que cualquier comentario o corrección será bienvenido. Gracias por leer hasta aquí.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(9)

Ruben

muy bueno!! me gusto mucho

NocheBuena99

Quede con ganas de mas, por favor una segunda parte!!

PatriciaNoc

se nota que esto es real, se siente cada palabra. muy bien escrito

ClaudioMZA

Me recordo a una situacion muy parecida que tube con una amiga hace años, terminamos igual jaja. Bellisimo relato

Majo_cordoba

y esa noche fue el comienzo de algo largo? ojala que si, merecian ese momento

GatoFeliz22

excelente!!! de los mejores que lei aca

LecturaNocturna88

Me encanto como escribis, sin ser burdo pero igual te llega. Ese equilibrio es dificil de lograr y aca esta perfecto. Segui escribiendo por favor!

Lorena_Baires

El titulo lo dice todo, hermoso

SofiaSol_77

ay no ese final!!! no lo esperaba, tremendo. muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.