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Relatos Ardientes

La rutina con mi pareja siempre acaba en deseo

Hasta cierto punto son una pareja normal, sea lo que sea que eso signifique. Andrés tiene cuarenta y ocho años, es uruguayo, mide poco más de un metro setenta y cinco, robusto, con unos ojos grises y profundos que a ella la enamoran. Lleva una barba espesa donde ya asoma alguna cana y la piel salpicada de lunares. Camila tiene treinta y siete, venezolana, esbelta, con un cabello lacio y castaño que le cae hasta donde empiezan las nalgas, una sonrisa luminosa con la que lo convence de cualquier cosa y unas caderas que roban miradas por la calle.

Él es un buen tipo, un hombre de familia, apegado a sus padres, a sus hermanos y, sobre todo, a su hija, que es el centro de su vida. Ella es extrovertida, alegre, amable, pero también reservada y solitaria. La luz de su mundo es su madre. No tiene hermanos.

A Andrés le gusta la delicadeza de los labios de Camila, su cuello largo, sus hombros redondeados y sus pechos pequeños y firmes, de pezones siempre erguidos, que contrastan con la fuerza más primitiva de sus caderas anchas. A ella le gusta la potencia de él, su cuerpo trabajado, que la levante en brazos como si no pesara nada. Le gusta el contraste entre esas manos enormes y la suavidad con que la toca.

Él disfruta ver su cara de ángel invadida por el deseo. Ella disfruta ver su dureza de hombre rendida por la ternura.

Andrés trabaja de lunes a viernes, jornadas largas cargando peso, así que la espalda lo castiga seguido. Cuando termina, todavía se queda estudiando, con la idea de conseguir algo mejor. Vuelve a casa tarde y agotado. Camila trabaja por turnos de doce horas, a veces de día, a veces de noche, y también algunos fines de semana.

Si ella libra y él anda fuera, lo espera con las ganas acumuladas, aunque hace lo posible por disimularlo. Admira lo duro que trabaja y no quiere cargarle nada encima. Cuando él llega, casi siempre le hace un masaje hasta que se queda dormido del todo. Y entonces, ya de madrugada, lo siente buscarla en la oscuridad: un beso en la espalda, otro en el cuello, una mano que sube hacia sus pechos. Hacen el amor hasta que a uno de los dos, o a los dos, le toca irse a trabajar. Después, durante el día, el sueño les pasa factura. No se arrepienten. Y vuelven a hacerlo una y otra vez.

Los fines de semana él sale con su hija, visita a sus padres o se junta con su hermano a ver fútbol. Si ella no tiene guardia, los sábados arman algo para la tarde noche. Salen a comer, van al cine, caminan sin rumbo. A veces él la lleva a bailar, aunque no se le da nada bien. Ella se empeña en enseñarle, lo abraza, lo besa, le marca el ritmo con las caderas. Para ser justos, ha mejorado, pero está lejísimos de sentirse cómodo. En cambio los movimientos de ella, el pelo, los brazos, esas caderas, lo dejan al borde. Más de una vez la ha arrastrado hasta el coche para tomarla ahí mismo.

Los domingos, si pueden, se quedan en casa y descansan. Aunque nunca faltan los manoseos en el sofá mientras ven cualquier cosa en la tele. A veces avanzan, a veces se quedan dormidos abrazados.

Camila suele andar por casa con poca ropa. A él, según lo distraído que esté, eso ya le basta. Si tiene la cabeza en otra parte, puede que ni lo registre. Pero en cuanto sale de su ensimismamiento y se fija, su amigo de abajo no tarda en avisar.

Ese domingo por la tarde ella tenía muchas ganas, pero estaba enojada porque él llevaba un buen rato pegado a un partido. Era demasiado orgullosa para confesarle que lo deseaba mientras él parecía no enterarse de nada. Y que ni siquiera notara que estaba molesta la irritaba todavía más.

Llevaba puesto un sujetador deportivo negro, viejo y desgastado, que apenas se sostenía sobre sus pechos y ocultaba bien poco. Y un bóxer de mujer, también negro. Nada más.

Se levantó del sillón de mala manera y acabó golpeándose la pierna contra la mesa de centro. Un pequeño grito se le escapó y atrajo de inmediato la mirada de Andrés.

—¿Estás bien? —preguntó él.

Ella le clavó una mirada furiosa, se llevó las manos al sitio del golpe y no respondió.

—¿Te has dado un golpe? —insistió.

Camila siguió observándolo en silencio.

—Ven —la llamó él.

Ella se acercó al sofá, todavía frotándose la pierna. Andrés se incorporó y le apartó las manos con cuidado.

—¿Es aquí?

—Sí —respondió por fin.

—Vaya golpe te has dado. —Se inclinó y le dejó un beso justo en la marca—. Voy a buscar una pomada.

—No hace falta —dijo ella, retrocediendo.

—Espera. —La sujetó del brazo.

Se quedó mirándola de arriba abajo unos segundos, de una forma que la hizo estremecer. Era una expresión que ella conocía de sobra. Adivinar lo que probablemente venía después le mandó un corrientazo desde los pezones hasta el sexo.

—¿Cómo haces para ser siempre tan provocadora? —dijo él mientras la giraba de nuevo hacia su cuerpo, agarrándola por ambos brazos.

Siguió recreándose un rato más en la vista.

—Ven, vemos el partido juntos. —Le hizo espacio a su lado.

Camila obedeció. Sabía perfectamente lo que significaba esa invitación.

No se equivocó. Pronto sintió las manos de él sobre la tela fina del sujetador, apretando con firmeza, y después bajando por el torso y el vientre hacia los muslos. Notaba su dureza contra las nalgas. Él no apartaba la vista del televisor ni las manos de ella. A los dos esa mezcla los encendía.

Estuvo recorriéndola un buen rato. Caricias ligeras que de pronto se volvían más intensas. Círculos sobre los pechos y los pezones. Apretones en los muslos. Luego se concentró en su entrepierna, acariciándola por encima del bóxer. Deslizó los dedos a lo largo del sexo hasta que la tela empezó a humedecerse. Ella se agitaba cada vez más. Él metió la mano por dentro de la ropa interior sin dejar de mirar la pantalla, y soltó un grito de rabia porque estuvieron a punto de marcar.

Al moverse bajo el bóxer, el olor de ella se hizo evidente, igual que lo empapada que estaba. Eso lo enardecía. Dejó que los dedos resbalaran por los labios para detenerse en el clítoris. No tenía prisa. Disfrutaba cada roce tanto como ella. La descubría despacio, la exploraba. Sabía que, en algún momento, ella se vendría sobre él pidiéndole más. Pero todavía le quedaba tiempo para tocarla con calma.

Palpó el clítoris con movimientos pausados. Después subió el ritmo. Estaba tan mojada que los dedos entraron sin esfuerzo. Primero uno, luego dos, a veces tres. Ella se aferraba al sofá, con los ojos cerrados, jadeando, soltando gemidos largos y profundos.

—Quítate el bóxer —pidió él, apagando el televisor.

Camila se sentó y se sacó la prenda.

—Ponte frente a mí y abre bien las piernas.

Ella se acomodó, recogió una pierna a un lado y apoyó la otra en el suelo, dándole el acceso que él tanto buscaba. Andrés se colocó delante, mirándola fijo, y la besó con una ternura que no esperaba. Le atrapó los labios, los recorrió con la lengua antes de entrar en su boca. Hizo una pausa para quitarle el sujetador. Volvió al beso mientras le acariciaba los pechos desnudos. Bajó la mano y la penetró con los dedos sin dejar de besarla, hasta que ella se abandonó sobre él con un jadeo fuerte. Entonces los retiró y esperó, abrazándola, sosteniéndola.

Tras un instante, ella buscó su boca de nuevo y lo besó con hambre. Se detuvo y le dijo al oído:

—Fóllame.

—¿Quieres que te folle? —preguntó él, mirándola a los ojos.

—Sí —respondió sin apartar la vista.

—¿Cuánto? Dime cuánto quieres que te folle.

—Mucho. Es lo que más quiero.

—Pídemelo. Di mi nombre y pídeme que te folle.

—Fóllame, Andrés. Fóllame ya.

Él se levantó. Se quitó la camiseta, el pantalón corto y el bóxer con los ojos de ella encima. Se arrodilló en una esquina del sofá, la tomó por los muslos y la recostó, una pierna recogida y la otra apoyada en el piso. La agarró por las caderas y la acomodó sobre él. Sujetó su miembro y lo frotó contra el sexo empapado. A los dos ese roce les daba un placer enorme. Subió y bajó, deslizándose sin esfuerzo, hasta introducir apenas la punta. La metió y la sacó varias veces, con fuerza.

Camila volvió a cerrar los ojos y a clavar las uñas en el sofá, gimiendo bajo. Ahí él se abrió camino hasta entrar del todo. Ella intentó resistirse contrayendo el sexo. Los dos gimieron de gusto.

Andrés empezó a embestir. Ver cómo entraba y salía de ella lo llevaba al límite. Volvió a tomarla por las caderas para que levantara la pelvis y siguiera el ritmo que él marcaba. La penetraba con ímpetu unas veces, profundo y lento otras. En uno de esos golpes rápidos vio cómo ella se contorsionaba, desesperada por llegar.

Decidió cambiar de posición y se puso encima, entre sus piernas. Ella lo abrazó, las manos en la espalda, las piernas a los costados y los pies sobre sus caderas.

—Mírame —pidió él, tomándole una mano.

Camila abrió los ojos.

—Te amo —dijo él.

Ella sonrió, con los ojos brillantes.

—Te amo, mi amor —respondió.

Él la besó y retomó el movimiento dentro de ella. Aceleró hasta que ella ya no pudo sostenerle la mirada y se dejó arrastrar al clímax. En ese mismo instante él soltó un gemido ronco y se vació por completo dentro de ella.

Se dejó caer encima con cuidado de no aplastarla, hasta que consiguió rodar a un lado para recuperar el aliento. Pasaron unos segundos los dos en silencio, con los ojos cerrados, sudorosos y exhaustos. Después se miraron. Sonrieron. Se abrazaron. Se durmieron. Sabían que pronto la cosa volvería a desbordarse. Y así fue.

***

Pasaron dos horas y la luz dejó paso a la oscuridad de la noche. Entre las sombras, ella tanteó con los dedos el pecho de él. Detrás de los dedos vino la boca. Le besó la piel despacio hasta sentir que despertaba.

—Hola, amor. Te has despertado con más ganas, ¿eh?

—Siempre… siempre tengo ganas de ti —respondió ella.

Se fundieron en un beso. Camila le acarició la cabeza. Él cerró los ojos y se dejó hacer. Ella le pasó las yemas por la frente, la nariz, las mejillas. Él sonrió sin abrir los ojos. Le dibujó los labios con un dedo y notó cómo se removía. Entonces se inclinó y dejó caer todo el pelo sobre él, haciéndole cosquillas, mientras le besaba las mejillas y la nariz.

Andrés la sujetó del brazo y se incorporó a buscarle la boca. Ella respondió al beso con ternura, tomándole los labios con calma, pasándole la lengua por encima sin llegar a entrar. Él no abría los ojos. Solo se concentraba en sentir.

Camila bajó por su cuello dejando un rastro húmedo. Le atrapó los lóbulos de las orejas con los labios. Le acarició el pecho con las manos, lo besó en la boca, le besó la punta del mentón. Volvió a bajar por el cuello, lo lamió, le besó el pecho, le lamió un pezón y se lo llevó a la boca hasta hacerlo temblar. Repitió varias veces, lamiendo y chupando. Después recorrió con la lengua los costados del torso, desde las axilas hasta las caderas. Él gimió, se retorció y su erección se volvió enorme.

Ella no paró. Le besó los hombros, le lamió los brazos por arriba y por abajo hasta llegar a las manos. Tomó una, se incorporó y se la llevó a la cara.

—Mírame —dijo, obligándolo a abrir los ojos.

Él contempló su desnudez en la penumbra. Camila le besó los dedos, los lamió, los chupó provocadora, sin apartar la vista, metiéndolos y sacándolos de la boca. Sabía muy bien el efecto que eso tenía en él. Andrés la miraba extasiado, fuera de sí.

Ella se detuvo. Lo estudió y se deleitó con lo erecto que estaba. Se inclinó y se metió el glande en la boca. Chupó. Él notó lo excitada que estaba ella. Camila cerró los ojos y dejó que el sexo se le resbalara por la boca. Apretó. Repitió varias veces. Luego lo sacó y lamió los lados desde la base hasta la punta. Lo miró. Empezó a recorrer con la lengua la zona más sensible mientras lo sostenía con las manos. Él se crispó y gimió. Estaba a punto, así que ella paró.

Se estiró y se acomodó sobre sus caderas. Abrió las piernas todo lo que pudo en esa posición. Le dejó ver su sexo, sin dejar de mirarlo a los ojos. Tomó el miembro con las manos y se masturbó con él, como tanto les gustaba a los dos. Pasó la punta por los labios y el clítoris. Él sintió la humedad. Ella frotó un rato y empezó a gemir bajito.

Entonces lo dejó entrar despacio. Se quedó quieta. Él la tomó por las nalgas y la invitó a moverse. Ella lo hizo, pero lento. No quería que él se viniera todavía. Quería sentirlo. Abría y cerraba las piernas, balanceaba las caderas, gemía, y él con ella.

Él quería más ritmo. Ella no se lo daba. Lo torturaba. Se movía despacio. Él estaba desesperado, ya no aguantaba más. Camila sonrió con picardía.

—Malvada —le dijo él.

Aun así, ella se quedó inmóvil. Andrés la sujetó con firmeza por las caderas, se salió y la arrastró hacia él, haciéndola caer de espaldas sobre el sofá. Se puso entre sus piernas y le sujetó las manos por encima de la cabeza.

—Deja de jugar, mi mariposa —le susurró al oído, acariciándola con el aliento.

Esas palabras la encienden, la derriten y la enternecen a partes iguales. Él sabe muy bien cuándo decirlas. Acercó el sexo a su entrada y lo rozó. Ella estaba muy mojada y él muy duro. La penetró despacio y, al llegar al fondo, empezó a moverse. Rápido. Intenso. Fue ella la que llegó primero. Andrés no paró. Se movió todavía más rápido y le arrancó varios orgasmos seguidos, hasta que él también terminó.

Camila quedó exhausta en la postura en que él la dejó, con los ojos cerrados y las piernas entreabiertas. Él la observaba. Le encantaba verla así. Estaba agotado, pero esa imagen lo provocaba de nuevo. Apenas había perdido firmeza después del orgasmo.

Ella seguía relajada, ida. Él se acercó y la besó, al tiempo que le rozaba el clítoris para acariciarla otra vez. Le tocó los pechos. La levantó en un abrazo y volvió a entrar en ella.

Se quedaron sentados, uno frente al otro, tocándose, sintiéndose en la oscuridad. El silencio solo se rompía con sus gemidos suaves. Se movían lento. Se besaban. Se abrazaban. Prolongaron ese contacto íntimo hasta que él la tomó por los muslos y la subió sobre sus caderas, apoyando una pierna en el suelo. Respiró sobre su cuello, lo besó y la embistió con energía hasta que, entre jadeos, suspiros y gritos ahogados, los dos tocaron el cielo casi al mismo tiempo.

Así transcurre otro día más juntos, haciendo de la rutina de la vida algo extraordinario y entrañable.

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Comentarios (6)

Tere_nocturna

buenisimo!! me atrapo desde las primeras lineas, no pude parar

MatiasRdr

Segui con esto porfavor, quede con muchas ganas de saber como termino la tarde jaja

NocheViajera_09

me recordo algo que viví con mi pareja hace unos meses. Esa tension que se arma de la nada es muy dificil de explicar, pero vos lo capturaste perfecto

andres_leyendo

Me gusto que se siente autentico, no parece inventado ni exagerado. Las confesiones son el genero que mas me engancha por eso mismo, uno se imagina que puede ser real. Muy bueno, segui publicando

CamilaSur92

jajaja el futbol siempre pierde al final. Muy buen relato!!

Lorena_Mdq

Tenes mas relatos de este tipo? Espero que si, me encanto el tono

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