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Relatos Ardientes

La tarde que me hice pasar por puta

Odiaba tener que soltar a la bestia que llevaba dentro. Como abogada, prefería cerrar los acuerdos rápido y limpio, porque era lo mejor para todas las partes. Pero siempre aparecía algún patán que no lo entendía así. No comprendían que, cuando tienes las cartas ganadoras, puedes apretar, y que cuando no las tienes, lo inteligente es negociar.

Esa tarde, el abogado de la otra parte se puso estúpido y no me quedó más remedio que dejarlo en ridículo delante de sus propios clientes. La fusión se firmó igual, pero a costa de sacar mi lado más feroz. No me gustaba terminar así. Bueno, sí me gustaba, y ese era justo el problema.

Con las pulsaciones todavía altas, saqué el coche del aparcamiento. Puse música baja e intenté respirar mientras buscaba la salida de aquel polígono enorme donde estaba la empresa de mi cliente.

El móvil vibró con un mensaje. Lo miré de reojo sin tocarlo y me pareció reconocer el nombre del otro abogado. La rabia me subió de golpe por la garganta. Avancé un poco más buscando dónde detenerme para leerlo con calma.

No era la mejor zona del polígono. Ya había oscurecido y, al fondo, distinguía siluetas de mujeres apoyadas en los coches, ofreciendo sus encantos al mejor postor. La prostitución no me incomodaba lo más mínimo, salvo por la figura de los proxenetas. Era el oficio más antiguo del mundo y seguiría existiendo cuando yo no fuera más que un nombre en una lápida. Encontré un hueco, frené y cogí el teléfono.

Efectivamente, era el imbécil del abogado, dolido por el repaso que le había dado. Leí sus mensajes calculando si valía la pena denunciarlo al colegio por amenazas, mientras la tensión seguía trepándome. No me apetecía pasar una hora tecleando con semejante idiota, pero me costaba un mundo dejar pasar una pelea.

En esas estaba cuando un coche frenó a mi lado. El conductor bajó la ventanilla y me hizo gestos para que bajara la mía. Distraída como estaba, sin pensarlo demasiado, la bajé.

—Hola, bonita, ¿cómo estás? —preguntó—. ¿Cuánto por una mamadita?

Tardé medio segundo en entender la escena. Estaba parada en plena zona de las chicas, era una cara nueva y por eso el interés. Una parte de mí se sintió ligeramente halagada. Tenía treinta y siete años, sabía que era inteligente, pero que alguien me valorara solo por la cara no dejaba de resultar agradable, aunque fuera para tomarme por una furcia.

—Lo siento, nene —dije, metiéndome en el papel sin querer—. No estoy de servicio, y además no podrías pagar mis servicios.

—Venga, tía, no seas borde. ¿Treinta?

—Déjalo. Hoy no es tu día de suerte —respondí, subiendo la ventanilla.

El coche arrancó y, al alejarse, una mano asomó por la ventana con el dedo del medio levantado. Me arrancó una sonrisa. Cien metros más allá se encendieron sus luces de freno y una de las chicas se apoyó en su ventanilla. Observé distraída la negociación. Al poco, ella rodeó el coche, se sentó en el asiento del copiloto y se marcharon, supongo que a un sitio más tranquilo.

Volví la vista al móvil. Tenía el dedo sobre la tecla de enviar cuando, otra vez, un vehículo frenó a mi lado. Estuve a punto de ignorarlo, pero la curiosidad pudo más. No era un coche: era una furgoneta blanca. Como estaba más alta que mi coche, apenas distinguía al conductor. Un hombre de unos cincuenta, con pinta de buena persona. Buena persona para irse de putas, pensé con cierta maldad.

Bajó la ventanilla del copiloto y esperó a que yo hiciera lo mismo. Dudé un instante, pero el tipo parecía inofensivo y la curiosidad volvió a tomar el mando. Bajé el cristal.

—Hola, buenas tardes —dijo con amabilidad.

—Buenas tardes, caballero —contesté con algo de sorna—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Bueno… —titubeó, de pronto tímido ante mi actitud.

—Déjeme que le ayude —dije. Empezaba a divertirme, así que rebusqué en mi memoria todas las conversaciones de película que recordaba—. ¿Le apetece pasar un buen rato?

—Sí, claro, señorita —respondió azorado—. Justamente eso.

—¿Y qué tenía pensado?

—Pues no sé, quizás usted podría… —se le veía tan nervioso que casi me dio pena— ¿masturbarme?

—Mmmm, eso me encantaría, pero ¿no preferiría una buena mamada? —yo misma me sorprendía con mis palabras.

—Claro, claro, señorita, si no es molestia.

—No es ninguna molestia, hombre. Pero ya sabe que esto tiene un precio, ¿verdad?

—Por supuesto, por supuesto. A su compañera, la que está allí, suelo darle treinta euros. ¿Qué le parece?

—Caballero, su compañera es su compañera, pero yo creo que merezco al menos cincuenta. Nunca habrá probado nada igual —no podía creer que estuviera regateando como una profesional de barrio. Si el tipo decía que sí, ¿qué demonios iba a hacer?

—Es usted muy guapa. Creo que merece esos cincuenta. ¿De acuerdo?

¡Mierda! ¿Pero qué he hecho?, pensé. Y, sin embargo, reconocía que sentirme deseada por mi físico siempre me había gustado. Sí, me estaba cosificando. Pero me pasaba el día entero usando solo el intelecto y a veces olvidaba que era una mujer, y que además estaba buena. Así que, asombrada de mi propio descaro, seguí adelante.

—Vamos, que te lo vas a pasar en grande —dije, abriendo la puerta de mi coche.

Lo cerré con llave. Durante un segundo me pregunté si la estaba liando mucho o solo un poco, pero abrí la puerta del copiloto y me senté junto a mi primer cliente.

—Hola, yo me llamo Quique —dijo mientras arrancaba.

—Yo, Brenda —sonreí para mis adentros. Brenda era mi enemiga del colegio, y siempre pensé que tenía nombre de fulana. Resultaba que tenía razón.

Era un veterano del lugar: no dudó ni un instante hacia dónde ir. Al doblar una esquina nos cruzamos con el tarado de antes; me miró con cara de fastidio, y a su lado la chica que había recogido se guardaba el dinero en el sujetador. Quique avanzó un poco más y frenó junto a una pared. Miré por la ventanilla: no había duda de que ese era el sitio habitual, porque el suelo estaba sembrado de preservativos usados.

Apagó el motor y se giró hacia mí. Una voz dentro de mi cabeza susurró: vamos, demuestra que puedes.

—Bueno, Quique, ¿me vas a enseñar lo que escondes ahí?

—Sí, sí —dijo.

Se soltó el cinturón, se abrió el pantalón y se lo bajó hasta las pantorrillas. Llevaba unos calzoncillos blancos pasados de moda, con una mancha amarillenta delante. Me dio una punzada de asco, pero también me excitó comportarme como una guarra. Estiré la mano y acaricié la tela justo por la zona amarilla. Apreté un poco y la cosa empezó a enderezarse. Ya podía adivinar la forma de la polla con los dedos, y la verdad es que no era pequeña.

—Quique, ¿y si te bajas los calzoncillos, cariño?

—Por supuesto, por supuesto —dijo, y levantando el trasero los arrastró hasta los tobillos.

Ahí estaba. Entonces sí que me puse nerviosa. Para ganar tiempo y ordenar las ideas, recorrí su miembro con la mano, despacio. Entre la barriga de Quique —no enorme, pero suficiente para un buen michelín— y el volante, dudaba de poder meter la cabeza ahí. Su polla, eso sí, era lo más atractivo de él: larga, no muy gruesa, con un glande bonito y rosado.

—Guapo, ¿puedes echar el asiento un poco hacia atrás? —le pedí—. Así estaremos más cómodos.

—Es que el asiento está roto y no se mueve —respondió. Mira tú, para dar malas noticias no repite las palabras, pensé con sorna.

Mientras mi mano seguía acariciándolo, eché un vistazo a la parte trasera de la furgoneta. No se veía sucia, y en el suelo había unas mantas como las que se usan para que la carga no se golpee.

—Hoy es tu día de suerte —dije—. Pasa atrás y túmbate, que te voy a dejar como nuevo.

Él no dijo nada. Me miró con media sonrisa e intentó colarse por el hueco entre los asientos, pero los pantalones y los calzoncillos en los tobillos se lo impedían. Hizo un par de intentos cómicos hasta que, con dos patadas, se quitó los zapatos y el resto de la ropa. Por fin logró pasar atrás. Tuve frente a mi cara un primer plano de su culo blanco. ¿Qué hago yo aquí?, protestó la parte sensata de mí. Pero la otra, la diablilla, le dio una palmada en la nalga y lo siguió.

Quique alisó las mantas y se tumbó. Era una imagen rara: un hombre desnudo de cintura para abajo, con las manos a los lados, esperando. Ya no había vuelta atrás. Busqué la mejor postura para «trabajar». Apenas había espacio, así que me arrodillé a su lado, mirando hacia sus pies. De esa forma mi culo quedaba a la altura de su cabeza, lo que me preocupaba un poco. Pero, qué demonios, sé que tengo un buen culo, y apretado dentro del pantalón seguro que le ofrecía una vista preciosa.

—¿Estás cómodo? —pregunté con ironía. De pronto caí en la cuenta: ¿qué clase de puta idiota no lleva un preservativo? En mi coche siempre tenía varios por si surgía un «aquí te pillo, aquí te mato», pero ahora no estaba en mi coche—. Oye, ¿no tendrás un condón por aquí? Me los he dejado en el mío.

—Anda, pues no —contestó preocupado—. De eso soléis ocuparos vosotras, normalmente. Lo siento.

Ahí se abría una puerta para huir, y reconozco que estuve a punto de cruzarla. Pero admití que me daba un morbo enorme hacer de fulana por un rato. Era divertido dominar la escena, sentirme poderosa, y muy en el fondo me ponía sentirme sucia.

—Pues enhorabuena. Cierra los ojos y disfruta.

Coloqué su polla apuntando al techo, me doblé sobre la cintura y me la metí en la boca. Tuve dos pensamientos inmediatos. El primero: en esa postura, con el culo en pompa, notaba el pantalón apretadísimo. El segundo: hacía mucho que no tenía una polla en la boca y, dios, qué placer. La de Quique era lo bastante grande para recorrerla con la lengua sin resultar incómoda. Y, contra todos mis temores, estaba limpia.

Me dediqué más a disfrutar yo de su piel suave contra mis labios que de lo que él estuviera sintiendo, aunque sus suspiros decían que lo estaba pasando igual de bien. De repente noté su mano recorriéndome el culo. Sus dedos se deslizaban suavemente por mis nalgas, una caricia agradable que, sumada al gusto en la boca, me provocó una humedad inesperada entre las piernas. Me estremecí en silencio.

Cuando se cansó de mi trasero, intentó colar la mano entre mis muslos, pero apreté las piernas. No quería que notara lo bien que lo estaba pasando: al fin y al cabo, se suponía que era una profesional. Desistió y volvió a la caricia sobre el pantalón. Sentí un líquido tibio asomar en la punta de su glande, pero todavía no quería que se corriera, así que me la saqué de la boca y me enderecé.

—¿Qué tal? —pregunté. Un hilo de saliva me bajaba por la barbilla y me lo limpié con el dorso de la mano—. ¿Lo está pasando bien el caballero?

—Brenda, Brenda —dijo con pasión, los ojos aún cerrados—. Nunca había encontrado una chica como tú. Cada semana, al terminar el reparto por esta zona, paro un rato, pero jamás ha sido así.

—Claro que nunca has encontrado una chica como yo, porque no existe otra como yo —susurré—. Soy cara, pero soy la mejor.

—Sí que lo eres. De verdad, ¡eres fantástica!

Con esas palabras volví a inclinarme y empecé a lamerla como si fuera un helado, de arriba abajo, sintiendo cada vena en la punta de la lengua. Despacio, sin prisa, sin dejar un milímetro sin explorar. Llevada por un impulso, di un par de lengüetazos a sus testículos. Nunca lo había hecho con ninguno de mis amantes, pero es que nunca había disfrutado tanto de una mamada. El tacto era distinto, áspero por el vello. Me pareció una guarrada y, aun así, me encantó.

Estaba concentrada en ese momento delicioso cuando Quique se cansó de mi culo y dirigió la atención a mis pechos. Ahí tendrás más suerte, granuja, pensé al sentir sus dedos sobre la camisa, recorriendo el borde del sujetador. Con una habilidad que me sorprendió, me desabrochó un par de botones y coló la mano dentro. Sus dedos se cerraron con suavidad sobre mi pecho, por encima de la tela. Tenía los pezones duros, pero no se atrevió a bajarme el sujetador.

Reconocí que me apetecía sentir su mano caliente directamente sobre la piel, así que me incorporé de nuevo.

—Eres un chico muy malo —dije, soltándome el sujetador por la espalda. No podía quitármelo por culpa de la camisa, pero le dejaba vía libre.

Lo miré a los ojos: tenía la cara de quien vive algo tan bueno que no se lo cree. Le guiñé un ojo y me la volví a meter en la boca. Cuando su mano se coló otra vez bajo la camisa y atrapó mi pecho desnudo, se me escapó un gemido sonoro. Acariciaba mis pezones, los apretaba sin fuerza. Por un instante deseé su lengua sobre ellos, pero eso ya sería demasiado… ¿o no?

Intenté alargar mi placer al máximo, pero su respiración se aceleraba y el líquido se volvía abundante.

—Creo, creo que me voy a correr —avisó. Hasta para esto repite las palabras, pensé.

Supongo que era una invitación a apartarme, ya que no había condón de por medio. Pero no me apetecía nada. Ignoré toda sensatez y me preparé. La primera contracción me pilló por sorpresa y casi me atraganto, pero las siguientes fueron deliciosas. Cerré los labios con fuerza para que no se escapara ni una gota y, cuando paró, lo exprimí con la mano. Tenía un punto agrio, pero para nada desagradable.

Su mano ya descansaba relajada a un lado. Intentando que no se notara cuánto lo había disfrutado, me incorporé y volví a arrodillarme. Decidí regalarle un último detalle: mirándolo a los ojos, tragué todo. Recogí con el dedo una gota rebelde y, lamiéndomelo, dije:

—Creo que eso es todo, ¿no?

Él seguía tumbado, los ojos cerrados, respirando hondo.

—Ha sido fantástico, fantástico —dijo con la voz cargada de emoción—. Eres la mejor chica que he tenido nunca, Brenda.

—Muchas gracias, aunque ya lo sabía —respondí, haciéndome la graciosa—. Y ahora, si te parece, deberíamos volver a mi coche.

—Sí, claro, claro. Tendrás muchos clientes esperando.

—No te imaginas —dije, abrochándome el sujetador y cerrándome la camisa.

Volví a deslizarme al asiento del copiloto. Quique recogió su ropa, forcejeó un rato con ella y en seguida estaba sentado a mi lado, arrancando. Salimos a la calle rumbo a mi coche. Durante el trayecto me lanzaba miradas furtivas; se sentía el hombre más afortunado del mundo. En menos de un minuto frenábamos junto a mi vehículo.

—Bueno, señor —dije girándome hacia él—, espero que lo haya pasado bien.

—Bien no, mucho mejor. Y, además, para ser puta, te comportas como toda una señora.

Que me llamara puta me provocó un no sé qué que no supe identificar: si me ofendió, me humilló o me encantó.

—Ese es el secreto de mi éxito —reí—. Bueno, ya nos veremos.

Abrí la puerta, pero antes de bajar me detuvo.

—Disculpa…

—¿Dime?

—No te he pagado todavía. —Joder, si soy puta, soy la más tonta del mundo.

—Claro, una señora no pide el dinero: se lo dan —disimulé.

—Pues toma —dijo, sacando la cartera—. Estos son los cincuenta acordados, y aquí van veinte más por ser una señora.

—Gracias, guapetón.

—Oye, ¿estarás más veces por aquí?

—No lo sé. Si un día me ves, es que sí.

Como había visto hacer a la otra chica un rato antes, me guardé los billetes en el sujetador. Y ahora sí, salté de la furgoneta y cerré la puerta. Quique me dijo adiós con la mano y arrancó. Mientras lo veía alejarse, mis piernas temblaban de nervios y, supongo, de excitación.

***

Buscaba las llaves cuando una mano de uñas larguísimas se apoyó junto a mi puerta. Pegué un bote del susto. Me giré despacio y me encontré con una mujer altísima, de piel oscura y ojos rasgados muy maquillados, que me observaba con cara de pocos amigos. Se acercó hasta que mi cara quedó casi pegada a su pecho; me sacaba veinte centímetros largos. Algo me rozó la cintura. Bajé la vista y vi una enorme verga semierecta escapándose de un tanga negro con lentejuelas. Vaya, pensé. Lo que tenía delante no era una mujer imponente, sino una imponente transexual.

Instintivamente me eché hacia atrás, apretándome contra el coche.

—Tú, ¿quién coño eres? —preguntó con voz grave y rotunda.

—Nadie de quien tengas que preocuparte —respondí con mi mejor tono de negociadora, reuniendo todo mi valor para que no se notara que estaba muerta de miedo—. Y, si me lo permites, ya me iba.

—De aquí no te vas hasta que yo lo diga —amenazó—. Soy Yamila, esta es nuestra calle, y nadie trabaja aquí sin nuestro permiso.

Mi cabeza analítica buscaba la mejor salida del lío. Tenía a una transexual gigantesca a punto de partirme la cara por robarle clientes.

—Mira, Yamila, te lo voy a explicar, a ver si me crees —tomé aire y me lancé—. Soy abogada. Salí de una reunión de mierda con un cabreo descomunal. El subnormal del otro abogado me escribió y paré a contestarle. Tenía la tensión por las nubes. Un tipo me ofreció dinero por una mamada, lo mandé a paseo y una compañera tuya se lo llevó. Cuando pensaba marcharme, frenó otro y me desafié a mí misma a hacer de puta por primera vez en la vida. ¿Por qué? Porque me salió del coño. Me subí a su furgoneta, se la chupé por cincuenta euros, me dio veinte de propina y, si me dejas, ahora quiero irme a casa.

Todo me salió del tirón, desafiante. Confiaba en que entendiera que no era fácil de intimidar.

Ella me miró un buen rato, dudando. Al final, su boca generosa se ensanchó en una sonrisa.

—Estás como una puta cabra, chica —se rió a carcajadas—. Pues bienvenida al club. Ahora supongo que eres tan puta como yo. Nadie se lo va a creer cuando se lo cuente a las otras. Déjame tu teléfono, anda.

La tensión se había roto. Desbloqueé el móvil y se lo pasé. Con sus uñas kilométricas tecleó un momento y me lo devolvió. Se había grabado con el nombre de «Yamila Diosa».

—Este es mi número —dijo—. Estás loca, pero me caes bien. Cuando quieras volver a trabajar, me llamas antes y evitamos problemas.

—Gracias, pero no creo que vuelva. Ya hice el experimento, y con una vez tengo de sobra.

—Mira, cariño, en este oficio aprendes a calar a la gente, y tú estás loca y vives demasiado tensa. Dentro de poco estarás en tu casa, recordando lo de esta tarde, y pensarás: «¿y si lo hago una vez más?». Entonces me llamas y te digo si puedes venir, ¿de acuerdo?

—Ah —sonreí—, ¿entonces serás mi proxeneta?

—No, nena, aquí no hay chulos. Había uno, y yo me encargué de él. Seré tu consejera. Aquí nos protegemos entre nosotras o estamos perdidas, ¿entiendes?

—Supongo que tienes razón —cedí ante su lógica.

—Venga, abogada —dijo, dándose media vuelta—. Tira para tu casita. Ya volverás.

Me metí en el coche dándole vueltas a sus palabras. Y, tras pensarlo, tuve que reconocer que no era imposible que algún día, en casa, recordara ese momento y quisiera repetir. De momento no borraría su número, aunque le quitaría la palabra «diosa» para evitar líos. Arranqué y avancé despacio.

Me puse en paralelo a ella y bajé la ventanilla. Se giró con cara de sorpresa. Era tan alta que su verga quedaba justo a la altura del cristal, como en un autoservicio. Sin decir nada, con una mano saqué el dinero del sujetador, y con la otra le aparté el miembro a un lado, deslicé los setenta euros y volví a dejarlo en su sitio. Aceleré y, sacando la mano por la ventana, le dije adiós. Por el espejo la vi sonreír, y en sus labios leí: «estás como una cabra».

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Comentarios (5)

LoboSolitario87

tremendo!!! una de las mejores confesiones que lei por aca

PatriciaK

Se nota que es real, esa adrenalina que describís se siente en cada linea. Muy bien narrado

luci_87

jajaja 37 años, abogada, y se mandó igual... me encanta ese detalle

ClarisaM

Las confesiones como esta son las que mas me gustan del sitio. Se siente autentica sin ser exagerada. Segui escribiendo!

DiegoNoche

Esperando la segunda parte ya!!

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