El dueño del departamento nos visitó al amanecer
Llegamos a Valencia pasada la medianoche y fuimos directas al departamento que Adrián nos había prestado por unos días. La idea era que Lorena conociera algunos pueblos de la costa, esos que tanto le habían recomendado, y el lugar era perfecto: céntrico, silencioso, con una cama enorme frente a un ventanal.
Veníamos rotas. Era ese cansancio raro que te deja el cuerpo pesado pero la cabeza encendida, así que en lugar de dormir nos pusimos a hablar de la noche anterior, de todo lo que había pasado en casa de Nuria. Nos reímos en voz baja un buen rato hasta que el sueño nos venció de golpe.
Me desperté antes que ella. Habíamos llegado tan agotadas que ni nos cambiamos: solo nos quitamos la ropa y nos quedamos en ropa interior, y al abrir los ojos sentí los pechos de Lorena apoyados en mi espalda y su brazo cruzado sobre mi cintura. Me deshice del abrazo con cuidado, me puse la bata y fui al baño.
Cuando volví, ella ya estaba buscando ropa para ducharse.
—Buenos días —le dije, y saqué mi muda del bolso. Me quité la bata para empezar a vestirme—. ¿Qué tal dormiste?
—Muy bien. ¿Y tú?
—También. Lo necesitaba.
—Y que lo digas. —Se tocó los senos con una mueca—. Aunque me duelen un poco los pezones. Aquel tipo, Bruno, parecía un lactante.
Solté una carcajada.
—Es que tienes unos pechos preciosos. Es normal que te busquen.
—Tú tampoco te quedas atrás. Y con la experiencia que tienes… te buscaban a ti todo el tiempo. Parecían insaciables. —Se quedó un segundo callada—. ¿Te gustó?
—Sí, mucho. Aunque soy más de hacerlo en privado.
—Yo también. Se disfruta más, hay menos distracciones.
Desayunamos contándonos todo, los detalles que cada una había vivido por su lado mientras la fiesta se dispersaba en habitaciones distintas. Después llamé a Adrián para avisarle que ya habíamos regresado a la ciudad. Quedamos en vernos durante la semana, algo que las dos agradecimos, porque todavía andábamos un poco sensibles del cuerpo y queríamos descansar.
***
El miércoles seguíamos en la cama cuando sonó el timbre. Un segundo después oí la llave girar y la puerta abrirse.
—¿Qué fue eso? —preguntó Lorena, medio dormida.
—Debe ser Adrián. Tiene copia, dijo que pasaría.
—¿Y qué hora es?
—Las ocho y media.
Ella se estiró, desperezándose con un gemido perezoso. Yo me senté en la cama y giré el cuello de un lado a otro, todavía atontada, justo cuando él entró con una bandeja y una mesita de cama. Traía dos cafés, tostadas, mantequilla y mermelada.
—Qué detalle —dije, mientras Lorena se incorporaba para sentarse.
Adrián se quedó mirándole los senos, apenas cubiertos por una blusa pequeña de tirantes. No disimuló nada.
—¿No quieren crema para el café? —preguntó, y la sonrisa decía otra cosa—. O mejor después.
—Llegaste tempranísimo. —Lorena se levantó—. Me voy a duchar.
—Te acompaño y te tallo la espalda —se ofreció él, sin pensarlo.
—Como gustes. —Ella sonrió y se adelantó hacia el baño, quitándose la blusa por el camino.
—Solo la espalda, ¿eh? —le dije a Adrián, riendo, mientras le daba un trago a mi café.
—No prometo nada. —Se desabrochó la camisa y fue detrás de ella.
Desde la cama los escuchaba. Las risas de los dos, la respuesta entrecortada de Lorena cada vez que él la interrumpía con un beso. Me quedé un rato así, tomando mi café despacio, oyéndolos, dejando que la curiosidad me fuera ganando.
Terminé la taza, me quité la ropa interior y los alcancé.
Me senté en el inodoro a hacer pis mientras los miraba a través del cristal empañado de la mampara. Lorena estaba inclinada, con la boca ocupada en él, haciéndole un oral lento y profundo. Adrián tenía los brazos estirados, le acariciaba las nalgas y deslizaba un dedo entre ellas. Cada vez que la tocaba, ella soltaba un sonido grave, ahogado, sin poder dejar de hacer lo que hacía.
Me metí en la ducha y abracé a Adrián por la espalda. Recorrí con las manos su pecho, su vientre, pegué mi cuerpo a su espalda mientras el agua nos caía encima. Él dejó de acariciarla y apoyó las dos manos sobre la cabeza de Lorena, marcándole el ritmo.
—Volvamos a la habitación —dijo al rato—. Vamos a estar mejor.
Lorena salió de la ducha. Yo, antes de seguirla, le tomé el sexo a Adrián con la mano y lo acaricié de arriba abajo, sin prisa, mirándolo a los ojos. Nos secamos a medias el uno al otro y volvimos a la habitación tomados de la mano, detrás de ella, que soltaba pequeños grititos cada vez que él le daba un toque en el trasero.
***
Entre las dos lo acostamos boca arriba en mitad de la cama. Nos pusimos a cuatro patas, una a cada lado de su cadera, y empezamos a acariciarlo despacio: yo le besaba la cara interna de los muslos mientras Lorena retomaba el oral, pasando la lengua por toda la extensión. Él nos acariciaba las piernas, subía hasta las nalgas y bajaba acercando los dedos a cada una.
Así armamos una especie de sesenta y nueve a tres. Pasábamos la lengua desde la base hasta arriba, una y otra vez, atrapándolo entre los labios de forma coordinada, turnándonos sin dejar de mirarnos. Él solo gemía. Nos metió dos dedos a cada una y con el pulgar dibujaba círculos lentos, y yo tenía que cerrar los ojos para no perder el control.
Lorena se incorporó primero. Se colocó encima de él, lo guio con la mano y empezó a bajar despacio. Soltó un suspiro largo mientras descendía hasta quedar sentada del todo. Adrián me llamó con un gesto y me coloqué a horcajadas sobre su cara. Empezó a hacerme un oral riquísimo, recorriéndome entera con la lengua, una y otra vez, antes de concentrarse en mi clítoris hasta hacerlo vibrar.
Lorena subía y bajaba sobre él, tocándose los senos, con los ojos brillantes de pura excitación. Me tomó las manos y las llevó a sus pechos, y puso las suyas sobre los míos. Adrián le sujetaba las nalgas y la hacía moverse más rápido. Así seguimos unos minutos, hasta que las dos llegamos casi a la vez: yo contra su boca, ella temblando encima de él. Cuando se corrió, Lorena se inclinó y me dio un beso largo, hambriento, que no me esperaba.
Él no me soltó. Siguió ahí, insistiendo con la lengua en un punto ya demasiado sensible, sin dejarme apartar, hasta arrancarme un grito que ni yo reconocí como mío.
Lorena se bajó. Adrián me empujó con suavidad hacia abajo, me dio una palmada ligera y se levantó. Me puso a cuatro patas al borde de la cama y me penetró de una sola vez, tan profundo que arqueé la espalda y gemí. Empezó a moverse con fuerza, alternando ritmos: a veces rápido, a veces lentísimo, deslizándose hasta el fondo y quedándose ahí un instante antes de volver a empezar.
Me poseyó así un buen rato, abrazado a mis pechos que colgaban con cada embestida, mientras Lorena metía la mano entre mis piernas y le apretaba con suavidad. Cuando terminó, lo hizo dentro de mí, en una sucesión larga de espasmos que sentí recorrerlo entero. Caí boca abajo sobre la cama, deshecha, y él se dejó caer a mi lado respirando hondo.
Lorena se acercó, lo tomó todavía firme y se lo llevó a la boca para recibir lo último, limpiándolo despacio antes de acostarse contra su pecho. Nos quedamos los tres así un rato, en silencio, con sus manos repartidas entre nuestras nalgas y el techo girando un poco.
***
Me levanté un momento al baño. Cuando volví, la escena había cambiado.
Lorena estaba a cuatro patas y Adrián, arrodillado detrás de ella, le separaba las nalgas con las manos y la preparaba con la lengua, sin prisa, con paciencia. Ella gemía, ya rendida. Me senté al lado, me recosté sobre el muslo de él y empecé a acariciarlo otra vez, lamiéndolo despacio mientras lo veía trabajar. Cuando entraban dos de sus dedos sin esfuerzo, se enderezó.
—Despacio, que lo tienes muy grueso —le pidió Lorena, girando la cabeza para mirarlo.
Empezó a entrar muy poco a poco, atento a cada sonido que ella soltaba. Lorena bajó la mirada, me vio ahí tumbada y se movió un poco hasta dejarme justo debajo. Yo estaba tan excitada de verlos que llevé la mano a la base de él y la acompañé en cada movimiento, sintiendo el ritmo desde abajo.
Ella se inclinó más, hasta que sus senos quedaron sobre mi pecho, y empezó a besarme entre las piernas. Me separó con la lengua y metió un dedo mientras atendía mi clítoris, y yo le respondí igual, acariciándola, frotando ese botón hinchado que pedía atención. Era todo demasiado: tenerla encima, su boca en mí, y a la vez ver de cerca cómo él se hundía en ella.
Estuvimos así un rato largo. Solo se oía el ruido de nuestras bocas y la respiración pesada de los tres. Yo frotaba con la yema del dedo, ella chupaba, y Adrián aceleraba, embistiendo más hondo, con ese golpeteo seco de la piel contra la piel que llenaba la habitación.
Llegamos casi juntos. Él apretó el cuerpo contra ella al terminar dentro, soltando un gemido ronco que le salió del fondo, y Lorena pegó la boca a mí justo en ese momento, vibrando, mientras yo me corría por tercera vez sintiendo cómo todo el cuerpo se me tensaba y se soltaba de golpe.
Adrián se retiró despacio y se fue al baño. Lorena se derrumbó a mi lado, exhausta, y nos quedamos mirándonos con esa sonrisa boba de después, sin decir nada, las dos satisfechas. Afuera, Valencia recién empezaba a despertarse, y nosotras todavía no éramos capaces de levantarnos de aquella cama.