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Relatos Ardientes

Mi mujer descubrió que le gustaba que la miraran

Esto pasó de verdad, así que perdonen que cambie los nombres y los lugares. Digamos que ella se llamaba Nadia y que yo era apenas un estudiante más, sin coche ni segunda casa donde escondernos. Nos conocimos en la facultad y a las pocas semanas ya éramos pareja. No teníamos dinero para hoteles, de modo que nuestros encuentros ocurrían donde podían ocurrir: parques a oscuras, rincones de bares mal iluminados, los asientos del fondo de un cine vacío.

Yo había tenido otras novias y con todas había recurrido a esos sitios, pero ninguna era como Nadia. Las demás ponían mil reparos si no había una intimidad absoluta. Ella, en cambio, se dejaba tocar, me la chupaba o se subía encima de mí en cualquier parque siempre que la penumbra diera la sensación de que nadie miraba. Y digo «diera la sensación» porque, siendo honesto, si yo alcanzaba a intuir lo que hacían otras parejas en la oscuridad, lo lógico era que ellas también nos intuyeran a nosotros.

Nos engañábamos pensando que éramos invisibles. Yo, porque estaba demasiado caliente para razonar. Ella, sospecho ahora, por algo que tardó años en confesarse a sí misma.

La primera vez que lo pensé fue una madrugada en una parada de autobús. Vivíamos en extremos opuestos de la ciudad y aquella noche se nos había hecho tarde: perdió el último servicio y nos quedaba una hora muerta hasta el primero del turno nocturno. La avenida era céntrica, todavía pasaban coches, pero apenas había peatones.

Empezamos como cualquier pareja, besándonos para matar el tiempo. Luego ella bajó mi cremallera y metió la mano. Cualquiera que pasara conducía y entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo, y aun así no me detuve. Tampoco lo hice cuando, con un movimiento rápido, se inclinó y se la metió en la boca.

—Aquí no, nos van a ver —protesté, sin hacer nada por apartarla.

Y nos vieron. Distinguíamos la cara de sorpresa de los automovilistas, oíamos algún bocinazo. Nadia no se tomó la tarea a la ligera: se demoró, jugó, retrasó el final una y otra vez. En una de esas pausas calculó mal y me corrí cuando ella apenas volvía a acercarse, llenándole media cara. Se rió a carcajadas en plena calle, con mi semen en la mejilla, y entendí que estaba enamorado precisamente de eso.

***

A los dos años llegó la crisis, como les llega a casi todas las parejas. Para empeorarlo, cometí la estupidez de acostarme con una amiga suya, que después de jurarme silencio fue corriendo a contárselo. Quedé como adúltero y como mentiroso, y la venganza de Nadia no tardó.

Salió una noche, eligió con cuidado a alguien que según ella tenía que ser más guapo que yo para que la deuda quedara saldada, y se dejó llevar a un lugar apartado. Al día siguiente me lo contó todo, con una sinceridad que dolía más que el propio engaño.

Lo que no le confesé entonces, ni me confesé a mí mismo, es que mientras hablaba se me puso durísima. Le pedía detalles, los más crudos, y disfrutaba con cada uno. Me la imaginaba dejándose desnudar, gozando con otro, limpiándose después. Me dolían los cuernos, sí, pero me dolía más el deseo. Durante días corrí a encerrarme a masturbarme como un adolescente cada vez que el recuerdo volvía.

Cuando creí que la relación había vuelto a su cauce, le insinué la idea de un trío. Reconoció que alguna vez lo había fantaseado, pero se negó en redondo, y yo no me atreví a insistir.

***

Terminamos la carrera, conseguimos trabajo, compramos un piso y nos casamos. Era un quinto con terraza, y aquel primer verano todavía no teníamos cortinas ni aire acondicionado. Pasábamos el día desnudos por el calor y, al caer la noche, apagábamos las luces y salíamos a tomar el fresco igual de desnudos, convencidos de que la altura y la oscuridad nos protegían de cualquier mirada.

Una de esas noches, en la terraza, Nadia se arrodilló y empezó a chupármela. Le sugerí entrar al dormitorio y me ignoró. Cuando supo que yo ya no me resistiría, se sentó encima y empezó a montarme. La incorporé y le pedí que apoyara los codos en la mesa para penetrarla desde atrás; desde ahí veíamos la calle y la gente que pasaba abajo, seguros, otra vez, de que nadie nos veía a nosotros. El orgasmo fue tan intenso que repetimos la escena muchas veces ese verano.

Una madrugada, volviendo de tomar copas, miramos hacia nuestro propio balcón desde la acera. Distinguíamos las macetas, la mesa, las sillas. De haber habido una pareja arriba, la habríamos distinguido también. No tuvimos la certeza de haber sido vistos, pero seguimos haciéndolo en la terraza, eso sí, sin hablar nunca del tema, sin confesarnos jamás que la posibilidad de ser observados era justo lo que nos encendía.

Otra noche volvimos de cenar y bailar, bebidos y calientes. Nadia recorrió la casa encendiendo todas las luces a su paso, dejando las ventanas abiertas de par en par, convirtiendo el dormitorio en un escenario iluminado y visible desde las terrazas de enfrente. Nos desnudamos despacio, y ella desplegó todo su repertorio: cambió de postura una y otra vez, manteniendo cada una el tiempo justo para quedar grabada en la retina de quien pudiera estar mirando. Yo era un muñeco a sus órdenes.

A la mañana siguiente le quitó importancia. Hacía calor, dijo, le gustaba ver bien lo que hacía, nada más. No me convenció, pero aprendí a leerla: desde entonces, cada noche, esperaba a ver si bajaba la persiana. Si no la bajaba, sabía que aquel iba a ser un polvo especial.

***

Aquel verano descubrimos las playas nudistas y nos volvimos adictos. Pero pronto entendí que a mí no me gustaba solo broncearme entero: me gustaba ver la cara de deseo de otros hombres cuando Nadia caminaba desnuda hacia el agua. Lo que no calculé fue que a ella le gustara recibir esas miradas tanto como a mí provocarlas.

Un día de primavera, con la playa casi vacía salvo por un pescador que probaba suerte con su caña, ella insistió en colocarnos relativamente cerca de él. El ritual exigía untarnos crema el uno al otro, y una cosa es untar y otra lo que me hizo. Hizo todo lo posible por excitarme, y cuando me tocó devolverle el favor me pidió que fuera más atrevido, sin disimulo.

—Nos está mirando —le recordé.

Por toda respuesta me agarró la erección. Le metí los dedos y estaba empapada. Me urgió a penetrarla allí mismo, a veinte metros del hombre, y con apenas unas embestidas tuvo el orgasmo más rápido de su vida. Luego me cogió de la mano y me llevó, los dos desnudos, hasta el pescador. Se puso en cuclillas frente a él y, con la mayor naturalidad del mundo, le preguntó si nos vigilaba la ropa mientras nos bañábamos. El pobre hombre miraba alternativamente su cara y el reguero que el deseo le dejaba en los muslos, y tardó en contestar que sí, encantado.

De vuelta a casa, Nadia juraba que el pescador nunca había girado la cara y que estaba demasiado lejos. No recordaba, claro, haberse puesto en cuclillas para que la viera bien.

***

Esa afición acabó decidiendo nuestras vacaciones. Buscábamos un sitio con playa nudista cerca del alojamiento, y así dimos con un camping en la costa donde el nudismo no solo estaba permitido sino que era obligatorio en todas las instalaciones. El ambiente era familiar, lleno de matrimonios con hijos, pero también de parejas que buscaban algo más.

Los conocimos al tercer día. Se hacían llamar Marcos y Carla, dos maestros que recorrían campings cada verano. Carla se acercó a Nadia en el supermercado, y esa misma noche los invitamos a cenar. La conversación derivó enseguida hacia el sexo, y nos confesaron sin rodeos que lo que buscaban era gente con la que meterse en la cama. Bueno, el que se metía era Marcos; Carla solía hacer de celestina y mirar, sumándose solo de vez en cuando.

Esa noche Marcos propuso un trío con discreción y, para facilitar las cosas, Carla dijo tener sueño y se marchó. Ni Nadia ni yo dimos el paso, pero cuando él se fue hicimos el amor fantaseando con la idea. El viejo morbo de ver a mi mujer con otro había despertado de nuevo.

Durante días insistieron, primero con palabras y luego con maniobras: Carla intentaba sacarme a jugar al tenis o a dar paseos para dejar a Nadia a solas con su marido. Nosotros lo teníamos hablado: si algo pasaba, sería con los dos presentes.

El jueves Marcos vino solo. Nadia preparaba la cena, yo escuchaba la radio. La charla era incómoda hasta que él, con una sonrisa, me preguntó si me molestaba que le echara una mano a mi mujer.

—Si ella te deja… —respondí, sabiendo perfectamente dónde quería poner las manos.

Se levantó, la rodeó por detrás y le besó el cuello mientras una mano subía a su pecho y la otra bajaba. Nadia dijo «no, para», pero cuando él la giró y la besó en la boca, ella respondió con naturalidad. Yo miraba con la erección a punto de reventar, pensando en la clase de marido en que me había convertido.

Ella vino al salón sin decir palabra, esperando que yo decidiera. Propuse que nos echáramos un rato en la cama, y la propuesta se aprobó por unanimidad.

En el dormitorio, Marcos se concentró en su boca y sus pechos mientras yo me ocupaba con la lengua de dejarla lista para la visita. Ella le dedicaba una mamada entregada. Cuando cambiamos de papeles, fui yo quien disfrutó de su boca y él quien la penetró. Marcos no era de fondo: por su cara supe que estaba cerca, y la idea de que se corriera dentro de mi mujer, de que yo entrara después en ese desorden, me puso frenético. Acabé en su boca casi a la vez que él terminaba con las últimas embestidas.

Se disculpó por no haberla hecho llegar y se marchó a contarle su victoria a Carla. Cuando volví de acompañarlo a la puerta, encontré a Nadia masturbándose.

—Acábamelo, como sea, pero acábamelo —me pidió.

Me arrodillé entre sus piernas y terminé con la boca lo que dos no habían conseguido. Después, ya duro otra vez, me la follé hasta que se corrió dos veces antes que yo.

***

Marcos y Carla se fueron al día siguiente, fieles a su ruta. Pero algo en nosotros había cambiado para siempre. Si antes me excitaba un hombre sin rostro poseyendo a mi esposa, ahora tenía rostro, voz y recuerdo. Empecé a sugerirle buscar a alguien en casa, y tanto insistí que terminó aceptando.

Sabíamos de un local de la ciudad donde se reunían parejas para intercambios y tríos, y allá fuimos. Nos abrió una mujer rubia de pechos enormes que nos enseñó el sitio: una barra mal iluminada, una pista de baile, reservados con sofás bajos. Funcionaba como cualquier bar, nos explicó, salvo que cada quien iba con su pareja y buscaba ligar.

El local se fue llenando de una clientela variopinta: matrimonios mayores, parejas de treinta y tantos indistinguibles de cualquier vecino, chicos solos repartiendo miradas. Nosotros nos atrincheramos en la barra, demasiado novatos para dar el primer paso, hasta que la rubia se acercó con un joven de unos treinta años al que presentó como alguien especial. Lo llamaré Daniel.

Nos llevó a un reservado y nos contó que era médico y que tenía novia, que no sabía nada de esto. Mientras hablaba, a nuestro alrededor pasaba de todo: una mujer cabalgando a un desconocido entre un grupo que charlaba como si nada; dos hombres turnándose con una tercera; gemidos amortiguados en cada rincón. El espectáculo nos tenía a cien.

Cuando Daniel fue al baño, Nadia y yo nos miramos y, pese al miedo, decidimos seguir adelante. Para facilitar las cosas dije que iba al servicio y los dejé solos. Me demoré todo lo que pude, y al volver me asusté: no estaban. Los encontré bailando en la zona más oscura. Daniel la besaba y ella respondía con pasión; él le subió la falda corta lo justo para que yo viera cómo su mano se metía bajo la ropa interior. Ella le devolvía las caricias por encima del pantalón.

Él la empujó contra la pared, queriendo follársela allí mismo, pero Nadia forcejeó. Estaba dispuesta a todo, pero solo si yo participaba aunque fuera mirando; de otro modo se sentiría sucia, culpable. Me costó convencer a Daniel de continuar en casa, pero ante la disyuntiva de todo o nada, aceptó.

***

En el coche, Nadia se sentó delante y él aprovechaba cada semáforo para tocarla; las bragas habían acabado en el bolso. Ya en casa servimos unas copas para perder el miedo, pero nadie arrancaba. Puse una película para romper el hielo, y bastaron cinco minutos para que yo diera el primer paso besándola. Por el rabillo del ojo vi a Daniel acercarse, y cuando quisimos darnos cuenta estábamos los tres desnudos.

Propuse pasar a la cama antes de correrme demasiado pronto y quedar de simple espectador. Allí me la follé mientras Daniel le ocupaba la boca, con su sexo a un palmo de mi cara. Entonces Nadia, en un gesto que aún le agradezco, se lo apartó y me lo acercó a mí. Dudé un instante, no por falta de ganas sino por vergüenza, pero la carne es débil. Me solté, le cogí el truco a aquello de chupar y follar a la vez, y lo pasé mejor de lo que jamás habría admitido.

La pusimos a cuatro patas. Cuando ella se corrió, dejó de mover la cabeza sin sacarse el miembro de la boca, y sus gemidos sonaban como los de quien intenta gritar con la boca llena. Daniel buscó cambiar de sitio, pero Nadia, con dos hombres a su disposición, pidió probar las dos a la vez.

—El marido elige agujero —bromeé—. Tú sugeriste el otro, tú te quedas con el otro.

Me tumbé y la senté encima, inclinándola hacia delante para que Daniel la preparara. Le costó entrar, pero después todo fue sencillo. Sentía su miembro contra el mío en cada embestida, separados apenas por una membrana que parecía a punto de ceder. Lejos de dolerle, ella casi gritaba de gusto. Aceleré buscando que los tres llegáramos a la vez, y lo conseguimos: noté su orgasmo recorrerla, ella se sintió inundada por detrás y sus gemidos arrastraron también el mío.

Daniel se vistió, dijo que lo había pasado muy bien y nos dejó un teléfono por si queríamos repetir. Al quedarnos solos, recordando cada detalle, nos pusimos tan cachondos que volvimos a hacerlo, y esa vez gozamos todavía más, contándonos lo que cada uno había sentido.

***

A la mañana siguiente la encontré llorando. Decía que era una puta, que había hecho todo lo posible por meterse en la cama con otro y que encima le había gustado. Intenté explicarle que no había adulterio porque yo estaba delante, de acuerdo, deseándolo. Pero los remordimientos pudieron más, y me hizo prometerle que no volveríamos a hacerlo.

Le prometí que nunca más, a no ser que ella lo consintiera. Y no mentí. Desde entonces, varias veces al año, ella me concede una de esas noches, y juntos salimos a buscar a alguien con quien vivir una aventura más.

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Comentarios (5)

DiegoLP88

buenisimo!!! de los mejores que lei en confesiones

MarcelaRo

Que bien escrito, se nota que pasó de verdad. Por favor una segunda parte!

HectorRosario

algo parecido nos pasó a nosotros aunque no llegamos tan lejos. Ese momento en que te das cuenta es muy loco, mezcla de vergüenza y otra cosa que no sabés como nombrar

SilviaMdz

Que relato mas lindo la verdad. Lo que mas me gustó es como van cambiando los dos juntos, esa evolución se siente muy autentica. Gracias por compartir algo tan personal.

Charly_Cba

Me gusto como lo contaste, sin vueltas y muy real. Seguí así!

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