Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Confesé lo que pasó esa tarde en casa del vecino

Era un sábado por la mañana, ya entrado el otoño, cuando regresé al complejo donde vive mi padre. Venía de almorzar en casa de mi tía y el taxi me dejó en la entrada. Saludé a los guardias, crucé el portón y empecé a caminar por las callecitas internas rumbo a la casa. A mitad de camino lo vi: don Gustavo, el vecino de siempre, parado en su jardín con uno de sus amigos.

—¡Eh, vení un segundo! —me llamó levantando la mano.

Me acerqué y lo saludé con un beso en la mejilla. Tenía esa sonrisa tranquila de hombre que sabe lo que quiere y no tiene apuro en conseguirlo.

—Decile a tu papá que más tarde le mando un pedazo de cerdo. Vamos a hacer caja china hoy —dijo—. Pero ya que estás acá, entrá un ratito y te lo doy adelantado, así no te hago volver.

Lo seguí hasta la cocina. Apenas crucé la puerta, me rodeó con los brazos y me apretó contra él, deslizando una mano por mi espalda.

—Qué bueno volver a verte —murmuró cerca de mi oído—. Te extrañaba.

No era la primera vez. Don Gustavo y yo ya habíamos estado juntos en otras ocasiones, siempre así, rápido y en silencio, como un secreto que solo nosotros dos guardábamos. Le devolví el abrazo y le confesé que yo también lo había extrañado.

—¿No querés recordar viejos tiempos un rato? Mi cuarto está libre —propuso.

Tengo que estar en casa de mi papá en media hora.

—Un rapidito nada más —le advertí.

Entramos a su habitación y me senté en el borde de la cama. Él se bajó el pantalón y yo lo tomé con la mano y me lo llevé a la boca. Después me puso en cuatro, me bajó el short y la ropa interior y entró despacio, apenas unos minutos. Cuando sentí que el tiempo se me iba, lo frené.

—Ya está, en serio, me tengo que ir.

Me acomodé la ropa, nos despedimos y caminé hasta la casa de mi padre. Estaban él, mi madrastra y mis hermanos menores. El almuerzo todavía no estaba listo, así que me puse a jugar con los chicos en el living mientras esperábamos.

***

Un rato después revisé el celular y tenía un mensaje de don Gustavo: que me pasara por su casa a comer con ellos. Le respondí que no podía, que ya iba a almorzar con mi familia. Él insistió una, dos, tres veces, hasta que terminé escribiendo un «bueno, voy».

Le inventé a mi papá que unas amigas me habían invitado a comer. Se enojó, dijo que no, que el almuerzo era en familia. Pero insistí con mi mejor cara de hija mimada y, después de varios «porfa», cedió.

Salí y caminé directo hasta lo de don Gustavo. Él y su amigo seguían afuera, pero la comida todavía no estaba. Nos sentamos en el sillón a charlar un rato. Después me pidió que lo ayudara en la cocina a picar para la ensalada. Mientras cortaba aguacates y tomates, él pasaba detrás de mí y cada tanto me daba una palmada en la cola. Su amigo miraba todo desde la puerta y no decía nada, pero no me quitaba los ojos de encima.

—Vení un segundo al cuarto —me dijo al oído.

Fuimos. Me senté en la cama, él se paró frente a mí, se abrió el pantalón y me pidió que se lo chupara otra vez. Lo tomé todavía blando, me lo llevé a la boca unos segundos y después volvimos al living como si nada.

***

Estuvimos conversando con su amigo sobre la facultad y cosas de la vida. Yo estudio comunicación, tengo veintidós años y, por entonces, novio. Al rato llegaron dos hombres más. Me saludaron con mucha amabilidad. Eran cuatro en total, todos mayores que yo, y yo la única mujer.

Me preguntaron la edad, qué estudiaba, si estaba de novia. Les dije la verdad en todo. Y entre charla y charla empezaron los piropos.

—Qué linda sos. Tan flaquita y bonita.

—Una preciosura.

Don Gustavo me pidió de nuevo que lo acompañara a la cocina. Los otros tres se quedaron en el sillón viendo un partido de alguna liga europea. Apenas entramos, me lo dijo directo:

—Quiero cogerte ahora.

—Estás loco, están tus amigos ahí afuera —le contesté en voz baja.

—Un ratito nada más, en el cuarto. Nadie se va a enterar.

Cedí. Cerró la puerta, me bajó el short y la ropa interior y me puso en cuatro sobre la cama. Entró despacio, moviéndose con cuidado para no hacer ruido. Yo me mordía los labios para no gemir. Le pedí que parara, que nos iban a escuchar, pero siguió un poco más antes de detenerse.

—Esperá, te tengo algo —dijo.

Sacó del ropero una bolsa de papel. Adentro había una falda corta, blanca.

Esto es una locura.

—No puedo andar de falda con cuatro hombres en la casa —reí.

—Poné esto debajo —insistió, y me mostró una tanga rosa.

Me había gustado el juego más de lo que quería admitir. Me puse la tanga y la falda, y salimos juntos a la sala.

***

Les describo el lugar, porque importa. Había un sillón largo, para cuatro, donde nos sentamos don Gustavo, uno de sus amigos y yo, en el medio. A los costados, dos sillones individuales con los otros dos hombres. El televisor, de frente.

Yo sentía cómo me miraban las piernas cada vez que me movía. Estoy rodeada de cuatro hombres mayores. ¿Qué hago? Me levanté, fui a la cocina por una excusa cualquiera y, al volver, sentí sus miradas clavadas en mi cuerpo, deseando lo que la falda apenas tapaba. Me senté de nuevo en el medio, esta vez más pegada a don Gustavo.

En un momento él estiró el brazo y me abrazó. Ahí empezó todo. Me dejé llevar.

Me besó y escuché a uno de sus amigos soltar un «uy, esa es buena, Gustavo», entre risas. Siguió besándome mientras me acariciaba las piernas, me las abría con suavidad y deslizaba los dedos por encima de la tanga. Entonces sentí otras manos en mis pechos: eran del amigo que tenía al lado. Me levantó la remera, dejé de besar a don Gustavo y yo misma me saqué la prenda y el sostén.

—Mirá qué redonditos —dijo alguien.

Los otros dos se acercaron y empezaron a acariciarme los pechos y los muslos. Uno por uno se fueron bajando los pantalones hasta quedar los cuatro con todo afuera. Los tomé en mis manos, dos a la vez, y el que tenía enfrente acercó el suyo a mi boca. Lo chupé mientras seguía masturbando a los otros.

Después se pararon los cuatro frente a mí, en semicírculo, y fui pasando de uno a otro con la boca. Pueden imaginarse el resto.

***

Me pusieron en cuatro sobre el sillón. Me sacaron la falda, después la tanga, y quedé completamente desnuda. Los escuchaba comentar entre ellos lo mojada que estaba, lo bien que se veía. Uno me metió un dedo y confirmó en voz alta lo que ya sabían todos.

Después acercó su sexo y entró de un movimiento.

—Uff, qué rico —dijo, y empezó a moverse.

Cuando salió, vino otro. Y después don Gustavo. Y después el cuarto. Los cuatro pasaron, uno tras otro, mientras los demás esperaban turno mirando. Luego cambiaron la pose: me apoyaron sobre el brazo del sillón y mientras uno me embestía por detrás, otro se paraba frente a mi cara para que lo chupara. No gemía, no podía: tenía la boca ocupada y las manos repartidas.

Entonces probamos algo distinto. Uno se sentó y se recostó contra el respaldo. Me senté encima, de espaldas a él, con su sexo dentro, y me pidieron que me apoyara contra su pecho y subiera las piernas al sillón. Quedé casi acostada sobre él, abierta de par en par. Otro se puso de frente, masturbándose, y los demás hacían lo mismo, parados alrededor.

Empecé a gemir sin contenerme. El que estaba enfrente me rozó el clítoris con la punta, jugando, y después fue metiéndolo despacio. De pronto tenía a dos dentro al mismo tiempo. Los miraba sin terminar de creérmelo, con una mezcla de placer y de asombro.

Sentía cómo ambos me estiraban, cómo se rozaban entre sí cuando uno entraba y el otro salía. Hasta ellos se quedaron sorprendidos. Era demasiado intenso. Para no gritar, uno se acercó y me dio su sexo para que lo chupara, así que ahí estaba yo: dos adentro y uno en la boca. Lo hicimos con cada uno de los cuatro, rotando.

***

En un momento pedimos una pausa. Ellos eran mayores y no querían terminar rápido. Me quedé sentada en el sillón, subí las piernas y me miré: estaba roja, hinchada, mojada. Pobre de mí, en qué me metí. Pero era exactamente lo que había querido.

—Quedaste hermosa, mami. Nos sorprendiste —dijo uno desde el otro sillón.

Sonreí y le dije que estaba más que satisfecha. Me pasó papel para que me limpiara.

Don Gustavo se puso el short y la remera y salió a buscar el cerdo, que ya estaba listo en la caja china. Nos llamó desde la cocina. Ellos se vistieron a medias, solo remera y short, y yo quise ir al baño a cambiarme, pero él insistió en que me quedara así. Me daba vergüenza. Me miré al espejo: sudada, despeinada, otra persona. Igual me senté a la mesa desnuda y comimos un rato. Comí poco, la verdad.

Después volvimos al sillón. Me senté con las piernas arriba, abiertas, frente a los que estaban enfrente.

—Se te ve precioso así —dijo uno—. A ver, abrí más.

Le hice caso. Se levantó, vino hacia mí y me metió tres dedos. Gemí, y eso bastó: todos dijeron «vamos otra vez» y se desnudaron de nuevo.

Nos acomodamos. Uno se sentó y me subí encima, de frente. Mientras él entraba por delante, otro lo intentó por detrás. Le costó un poco, pero terminó deslizándose hacia atrás, hasta que entró por ahí. Solté un gemido largo.

—Uff, qué bien entró —dijo.

Después fueron dos a la vez por atrás, turnándose. Era una sensación rarísima y placentera al mismo tiempo, sentir cómo chocaban entre ellos. Me daban palmadas, me hablaban al oído, y yo respondía a todo que sí. Por momentos eran bruscos. Sacaban, volvían a entrar, comentaban entre ellos. Me tomaron los cuatro, por todos lados, intercambiándose.

Al final me senté en el sillón con los cuatro de pie frente a mí y los terminé con la boca, uno por uno. Quedé con la cara y el pelo marcados. Hasta un ojo me quedó irritado. Me costó, pero terminé lo que había empezado. Me dieron toallitas húmedas para limpiarme.

—Cogés riquísimo —dijo don Gustavo—. Nos dejaste a todos contentos.

Sonreí y les di las gracias.

***

Ellos se vistieron, yo busqué mi ropa y me cambié. Había pasado más tiempo del que pensaba y mi padre me estaba esperando. Le avisé a don Gustavo que me iba y salí por la puerta de atrás.

Para volver a casa tenía que pasar sí o sí por las canchas del complejo. Y ahí estaban mi papá y mi madrastra, jugando a la pelota con mis hermanos. Me llamaron. Los saludé y me pidieron que me quedara. Yo solo quería bañarme y borrar cualquier rastro de la tarde, pero insistieron tanto que terminé jugando con ellos.

—¿Por qué tenés el ojo rojo? —me preguntó mi papá.

—Se me metió algo al entrar, y el viento me despeinó —mentí.

Pasamos un buen rato pateando la pelota. Y entonces, para mi horror, aparecieron don Gustavo y sus amigos a sumarse al partido. Se acercaron a saludar a mi padre con total naturalidad, como si esa tarde no hubiera existido. Yo, ahí parada, con un miedo y una vergüenza que no me cabían en el cuerpo, dije que iba al baño y me escapé.

Me encerré, me miré en el espejo del celular. El ojo seguía irritado. Si supieran. Los cuatro responsables estaban ahí afuera, charlando con mi padre como si nada, y yo sentía una mezcla extraña: vergüenza, sí, pero también una especie de orgullo secreto que no me animo a explicar del todo.

Salí, me despedí y volví a casa. Me bañé, me cambié, me peiné. Cuando terminé, fui a la puerta y mi papá todavía seguía jugando con ellos. Me senté un rato más, ahora con un short negro de licra bien ceñido, sintiéndome poderosa de un modo nuevo. Cada tanto los pescaba mirándome de reojo, y yo me hacía la distraída, la hija tranquila que todos creen que soy.

Porque eso es lo que nadie imagina de mí. Si me conocieran de verdad, jamás adivinarían lo que pasó esa tarde a unos metros de la cancha. Y por eso lo cuento acá, donde nadie sabe quién soy: para sacármelo de adentro de una vez.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Roxana_22

madre mia que situacion!! me quedé con la boca abierta de principio a fin jajaja

ValeFlores

Por favor una segunda parte... dejaste todo justo en lo mejor, no puede terminar así!

Carla_Mdp

me recordo a algo que me paso hace años, no tan extremo pero parecido jaja. Muy bueno

DiegoCba33

Excelente!!!

MarinaFV

me encanta cuando los relatos se sienten tan reales. muy bien narrado, fluido y natural

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.