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Relatos Ardientes

El diario que escribí cuando dejé de tenerme miedo

Querido diario:

He decidido hacerlo. No sé por qué escribo esto como si fuera una declaración solemne, pero ahí va: voy a explorar el sexo anal. No por morbo, o no solo. Llevo tres meses sin escribir una línea decente, mi terapeuta insiste en que debo «reapropiarme de mi cuerpo desde la valentía» y mi última pareja decía que yo tenía el cuerpo emocionalmente tenso. Los dos tienen algo de razón.

Me llamo Renata, tengo treinta y siete años y, hasta esta semana, jamás había mirado de frente esa parte de mí. Compré un kit para principiantes con un nombre ridículo, tres juguetes de tamaño creciente, un lubricante con aroma a pitahaya y un folleto firmado por alguien llamado «Anita Puerta», que no sé si es un seudónimo o una amenaza.

Estoy nerviosa. También un poco emocionada.

***

Día 3. Hoy intenté la autoexploración. Puse música suave, encendí una vela de sándalo, me senté frente al espejo y me miré con una atención que nunca le había dedicado a nada. Pensé: «Hola. Nunca hablamos. Supongo que vamos a intimar».

Respiré. Me animé. Me puse en cuatro sobre la alfombra, con el culo apuntando al espejo, y me abrí las nalgas con las dos manos. Ahí estaba, ese pequeño ojal fruncido que llevaba treinta y siete años ignorando. Rosado, arrugado, tímido. Me eché lubricante en el dedo medio y lo pasé por encima, dibujando círculos lentos alrededor del agujero. La primera reacción fue un cosquilleo raro, casi eléctrico. Empujé apenas medio centímetro y me paralicé como si estuviera desactivando una bomba. El esfínter se me cerró igual que una caja fuerte suiza. Cero placer, mucho diálogo interno.

Insistí. Volví a lubricarme, ahora más, hasta que el dedo brillaba como untado en aceite, y probé otra vez, esta vez respirando por la boca al empujar, como me había explicado Bea. Sentí cómo el anillo cedía un milímetro, luego otro, hasta que la yema del dedo se hundió del todo. Un ardor breve, una punzada, y después una tibieza extraña. Me quedé quieta, con el dedo enterrado en mi propio culo, mirándome en el espejo con una mezcla de asombro y ridículo. Muevo el dedo, apenas, en un círculo pequeño, y algo se despierta, un latido sordo entre las piernas que no esperaba. Se me hincharon los pezones. Se me humedeció el coño sin permiso. Pero algo aprendí: el miedo vivía ahí, agazapado, y yo llevaba años fingiendo que no existía. Y debajo del miedo, muy debajo, había otra cosa que también estaba esperando.

***

Día 5. Probé con el juguete más pequeño, el amigable, el que se invita más que invade. Lo bauticé Teodoro, con toda la seriedad del mundo. Lo unté de lubricante hasta que goteaba, me tumbé de lado, subí la rodilla al pecho y lo apoyé contra el ojal. Empujé despacio. La punta entró con un pequeño «pop» que me arrancó un jadeo. Sentí cómo el cuerpo del juguete iba abriéndose paso, centímetro a centímetro, tensándome por dentro de un modo nuevo. Respiré. Aflojé. Y cuando la base tocó mis nalgas, un temblor caliente me recorrió las piernas. Me senté a escribir con Teodoro dentro, y cada vez que me movía en la silla el juguete presionaba algo profundo que me hacía apretar el bolígrafo. Todo iba bien.

Hasta que sonó el timbre.

Era el repartidor de paquetería, con una caja enorme y una sonrisa de domingo. Yo, con Teodoro instalado, intenté caminar como una persona normal y solo conseguí desplazarme como si midiera cada baldosa.

—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó.

—Sí. Estoy… muy derecha —respondí.

—¿Necesita ayuda con el bulto?

Sudé en alta definición. Firmé el albarán, cerré la puerta y descubrí que Teodoro se había acomodado en lo profundo como quien alquila un piso turístico y decide quedarse. Pánico. Llamé a Bea, mi amiga sexóloga.

—Respira. Relájate. Y tose —me dijo, conteniendo la risa.

Tosí con la dignidad de un actor secundario. Y ahí estuvo de nuevo el mundo. Le hice a Teodoro un funeral discreto, con mucho desinfectante y poca solemnidad.

***

Día 7. Fui a terapia con los ojos llorosos.

—No sé si esto es para mí.

—¿El sexo anal o el proceso de descubrirte a través de él? —preguntó él.

—Ambos.

—¿Qué sientes cuando exploras?

—Como si mi cuerpo fuera un satélite ajeno y yo no tuviera el manual.

Me dijo algo que aún repito: a veces hay que cruzar el paso estrecho para llegar al mar abierto. Le pregunté si eso era de Freud o de un explorador, y me confesó que lo había leído en la caja de un producto que le vendieron por error. Pagué la sesión igual. Por la honestidad.

***

Día 10. Salí con Adrián, mi amor de toda la vida, ese al que nunca me atreví a decirle nada. Cenamos, reímos, bebimos vino y nos miramos demasiado tiempo entre frase y frase. Al llegar a casa, los besos llegaron antes que las palabras, la ropa cayó sin negociación, y yo, en un arranque de valor etílico, le susurré al oído:

—¿Te molestaría si… probamos por ahí?

Adrián se apartó un poco, no asustado, sino curioso, con esa media sonrisa que llevaba años quitándome el sueño.

—¿Estás segura? —preguntó, apoyando la frente en la mía.

—Tengo hasta protocolo. Y lubricante de sobra.

Se rio bajito, y luego me besó el cuello, el hueco de la clavícula, entre los pechos, y fue bajando con la boca abierta hasta llegar al pubis. Me abrió las piernas con las manos, sin prisa, y hundió la lengua en mi coño ya empapado. Chupó, lamió, jugó con el clítoris hasta que empecé a arquear la espalda contra la cama, agarrándole el pelo con las dos manos. Cuando estaba a punto de correrme, se detuvo, me miró con los labios brillantes y me susurró:

—Date la vuelta. Despacio.

Me puse boca abajo, con una almohada bajo las caderas para levantar el culo. Sentí sus manos separarme las nalgas, y luego su lengua, tibia y firme, recorriéndome desde el coño hasta el otro agujero. Casi grité. Nadie me había besado ahí en toda mi vida. Me lamió despacio, dibujando círculos alrededor del ojal, presionando la punta contra el anillo tenso hasta que empezó a ceder por su cuenta. Yo mordía la almohada, con la piel de gallina, sintiéndome expuesta y adorada al mismo tiempo.

Después vino el lubricante, mucho, corriendo entre mis nalgas y por la parte interior de los muslos. Adrián metió un dedo, primero uno, con paciencia, moviéndolo dentro de mí en pequeños círculos. Luego dos. Y esperó. Esperó a que yo empujara hacia atrás, buscándolo, para saber que estaba lista.

—Dime cuando —murmuró detrás de mí.

Sentí la punta de su polla apoyada en el ojal, gruesa, caliente, brillante de lubricante. Empujó apenas. El primer centímetro me arrancó un gemido largo, entre el ardor y la sorpresa. Se quedó quieto. Volvió a empujar, un poco más. Volvió a esperar. Y así, tramo a tramo, sintiéndolo abrirse paso dentro de mí, con las manos aferradas a mis caderas y la respiración pegada a mi oreja, hasta que sentí su pelvis contra mis nalgas y supe que estaba entera llena de él.

—Joder, Renata —susurró, y esa palabra sucia dicha por él me apretó el coño como si me hubiera tocado.

Empezó a moverse muy despacio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla, cada embestida más segura, más suya. Yo bajé una mano y me toqué el clítoris, en círculos, mientras él me follaba el culo con una lentitud que me estaba volviendo loca. El placer era doble, contradictorio, salvaje: un llenado profundo por detrás y un latido húmedo por delante que se buscaban dentro de mí. Empezó a moverse más rápido, con la respiración entrecortada, y yo empujaba hacia atrás para encontrarme con cada estocada.

—Sigue así —le pedí con voz rota—. No pares, por favor, no pares.

Cuando me corrí fue con una convulsión que me subió desde los pies. El coño se me contrajo alrededor de mis propios dedos y el culo se me apretó alrededor de su polla, y sentí cómo él temblaba, se aferraba a mí y se corría dentro con un gemido ronco, largo, derramándose caliente en lo más profundo. Nos quedamos así unos segundos, encajados, jadeando, con la piel pegada por el sudor.

No sé si fue la euforia o el vértigo, pero por primera vez sentí que mi cuerpo no era un obstáculo que sortear. Era un lugar habitable. Después lloré un poco, no de dolor, sino de un orgullo extraño y nuevo. Adrián me abrazó por la espalda, en silencio, todavía dentro de mí, y entendí que la intimidad de verdad empieza justo donde termina la vergüenza.

***

Día 12. Escribí catorce páginas de un tirón, sin corregir, sin pensar. El bloqueo se había roto por el lado más insospechado. La protagonista de mi novela es una mujer que se atreve a mirar lo que durante años evitó, y cada palabra salía con una libertad que yo no me conocía. Mi editor lo leyó y dijo que era «inquietante y profundamente honesto». Mi madre dijo que no pensaba leerlo. Mi terapeuta me aplaudió. Tres reacciones distintas y, sin embargo, las tres acertadas.

***

Día 16. Anoche, sola, con música ambiental y sin culpa, lo conseguí entera. Saqué el juguete mediano, el que había estado esperándome semanas, y me preparé como si me estuviera preparando para una cita conmigo misma. Me tumbé boca arriba, subí las piernas, me abrí las nalgas y me lubriqué con calma, sintiendo cómo el frío del gel me hacía apretar el ojal por reflejo. Lo apoyé, empujé, respiré. Esta vez el cuerpo no se cerró. Esta vez se abrió.

Lo hundí entero, poco a poco, y cuando la base tocó mi piel me quedé quieta, sintiéndolo dentro, respirando alrededor de él. Empecé a moverlo, a sacarlo hasta la punta y volver a meterlo, mientras con la otra mano me frotaba el clítoris en círculos apretados. La combinación fue devastadora. Un placer que subía por dos caminos distintos y se juntaba en algún lugar del vientre, empujándome hacia arriba. Los pezones se me pusieron duros como piedras. La respiración se me volvió un jadeo continuo. Y cuando me corrí, me corrí gritando en mi propia almohada, con el culo apretado alrededor del juguete y el coño chorreando entre los dedos.

El placer no fue solo físico. Fue como decirle a mi propio cuerpo: «No eres un territorio prohibido. Eres un continente por explorar, incluso por su reverso».

Recordé que a los doce años escuché a una prima decir que esa parte del cuerpo era «lo más feo que tenemos». Y entendí cuánto tiempo había pasado tapándola, negándola, pidiéndole perdón por existir. Anoche la miré de frente y no aparté la vista. No hubo testigos, solo mi respiración y el clic leve de una caja al cerrarse, como diciendo: misión cumplida. Dormí destapada, sin cruzar las piernas ni las emociones.

***

Día 19. Hoy estuve a punto de guardarlo todo en una caja: los juguetes, el lubricante, los folletos de sonrisas sospechosamente felices, este cuaderno de esquinas dobladas. No por un mal momento, ni por un trauma. Simplemente porque estaba cansada.

Cansada de buscar poesía en lo incómodo. Cansada de forzar la risa cuando lo único que quería era que alguien me abrazara sin que tuviera que explicar nada. Me senté en el sofá, sentí una molestia leve y dije en voz baja, casi sin querer: «Ya está bien».

Me preparé un té y me lo tomé despacio. Me pregunté si todo esto era un capricho, una forma elegante de no enfrentar la página en blanco, o una manera complicadísima de decirme «sí» desde otro ángulo. Pensé en cerrar el diario para siempre. Pero luego abrí la página. Y escribí esto. Quizá no lo estaba dejando del todo. Quizá solo necesitaba una tregua entre el chiste y el músculo. Hoy no quiero explorar nada. Hoy solo quiero quedarme quieta, respirar, y darle a mi cuerpo permiso para no ser valiente.

***

Día 20. No sé qué me pasó ayer. Bueno, sí lo sé: tuve un microdrama emocional con banda sonora de piano triste y creí que mi etapa de descubrimiento había llegado a un epílogo solemne. Una retirada digna.

Y entonces llegó un paquete sin remitente. Dentro, un juguete absurdo y precioso, con purpurina incorporada y una frase grabada en la base: «La magia entra por donde menos lo esperas». Una nota anónima decía: «Vuelve. Todavía te queda mucho por contar». Reconocí la letra de Bea, claro, pero le seguí el juego.

Me reí con esa risa idiota que solo aparece cuando estás emocionalmente estable o ligeramente desquiciada. Y pensé: ¿quién soy yo para ignorar semejante invitación? Me duché, preparé mi pequeño altar de velita y lista de reproducción ridícula, y volví a empezar. Me metí el juguete purpurina en el culo con un descaro nuevo, sin ceremonias, riéndome sola de mí misma mientras me acariciaba el coño con la otra mano. No fue glorioso ni espiritual ni profundo. Fue, simplemente, divertido. Me corrí dos veces seguidas, una detrás de otra, con el brillo de la purpurina resbalando por el lubricante y una carcajada atragantada en la garganta. Y me sentí mejor. No iluminada, pero sí más ligera.

Porque a veces la reconexión con una misma no viene con fuegos artificiales. A veces viene con un objeto que brilla en la oscuridad y la certeza de que el humor también es una forma de sanar.

***

Día 96. Mi madre me llamó hoy. Le había mandado una copia de la novela sin advertencia ninguna.

—Renata, lo he leído.

—¿Y?

—Lo hice en secreto, con una copa de vino. Creo que ha despertado cosas en mí que estaban dormidas.

—¿Quieres hablarlo?

—No.

—¿Quieres un abrazo?

—No. ¿Sabes qué quiero? Que me digas dónde compraste ese kit. Discreto. Y no se lo cuentes a la tía Remedios.

Colgué y me quedé mirando el teléfono, riéndome sola. Resulta que la valentía es contagiosa, incluso a los setenta años.

***

Día 365. Ha pasado un año exacto desde aquel primer intento tembloroso, con la dignidad bailando un tango de arrepentimientos. La novela se publicó, se leyó, escandalizó a quien tenía que escandalizar y consoló a quien no esperaba consuelo. Algunas lectoras me escribieron para contarme que también ellas habían dejado de pedirle perdón a su cuerpo.

Esta noche estoy sola en una habitación de hotel, con una copa de buen vino y una vela encendida. El juguete que empezó todo descansa en su caja, observándome como un viejo amigo que ya lo ha visto todo. No necesito usarlo esta noche. Porque el viaje, al final, siempre fue hacia dentro. Y porque mi cuerpo, entero, por fin es mío.

No sé si este año me abrió una puerta o me cerró unas cuantas heridas. Quizá las dos cosas a la vez. Quizá eso sea, exactamente, vivir.

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