Lo que hice con el novio de mi amiga en su coche
Los hombres son mucho más simples de lo que creen. Yo salía de la biblioteca esa noche, ya casi sin luz, después de haberme quedado encerrada con los apuntes hasta tarde. La verdad es que iba bastante mal para esos parciales: las salidas de los jueves y las cervezas de media tarde no ayudan a aprobar nada. No iba especialmente arreglada, llevaba unos vaqueros y una camiseta vieja, pero daba igual, porque al cruzar el aparcamiento me topé de frente con el novio de Daniela.
Desde aquella otra vez no habíamos vuelto a hablar. No era que yo lo evitara; simplemente había estado liada con todo y tampoco tenía ningunas ganas de remover lo que ya estaba quieto.
—¿Qué tal andas? —dijo él, parándose en seco.
—Vaya, qué sorpresa —contesté.
Con él siempre me salía una vena burlona, algo que no podía evitar. Ya la última vez me había encantado ponerlo nervioso, y esa noche, a pesar del cansancio que me arrastraba los pies, la sensación volvió intacta en cuanto vi cómo me miraba.
—No sé nada de ti hace siglos. ¿Será cosa de Daniela? —le solté, fingiendo inocencia.
—Lucía, por favor. —Se le encendieron un poco las orejas.
Iba a despedirme y seguir mi camino cuando, sin que yo me lo esperase, me lanzó una propuesta.
—Oye, ¿te acerco? Me gustaría hablar contigo y puedo dejarte en la residencia.
No me apetecía demasiado hablar con él, pero me pudo la curiosidad. Siendo sincera conmigo misma, lo que pasó la otra vez ya estaba pasado. Tampoco había sido el mejor polvo de mi vida ni era el tío que más me gustaba. A decir verdad, lo único que de verdad me gustaba de él era esto: la facilidad con la que lo ponía nervioso cuando me ponía un poco perra.
—Venga, vale —dije, encogiéndome de hombros.
Fuimos charlando como dos conocidos cualquiera, de nada y de todo, hasta que llegamos a su coche y nos metimos dentro. Él arrancó, pero no llegó a salir del aparcamiento; se quedó con las manos en el volante, dudando.
Yo nunca he sido de confesiones románticas. La verdad es que estos últimos meses me he vuelto cero cursi, así que cuando empezó a hablar bajito, mirando al frente, supe enseguida por dónde iba.
***
Resulta que, desde aquel encuentro nuestro, él no había dejado de pensar en mí. Yo no le estaba prestando especial atención, pero por lo poco que iba entendiendo, nuestra noche y mi forma descarada de tratarlo le habían dejado, según él, «marcado». No sabría decir qué sentimiento me generaba esa conversación. Solo me veía a mí misma, sentada de lado en el asiento del copiloto, con la calle vaciándose afuera y la noche cayendo del todo, sin saber muy bien qué hacer.
—¿Se lo has contado a Daniela? —pregunté.
Fue lo primero que me salió. Sinceramente, no me importaba demasiado lo que él sintiera o dejara de sentir.
—No, qué va. Por favor, Lucía, me mataría. Lo he intentado, pero no puedo. Lo que pasó contigo…
Eso empezó a gustarme. Resulta que el pobre llevaba meses intentando, sin éxito, que su novia le dejara probar ciertas cosas, y por raro que parezca la historia me fue atrapando. Me daba curiosidad. No sabría decir si fueron los detalles, pero noté cómo se me despertaba otra vez esa vena traviesa. Ponerlo nervioso, portarme un poquito mal, hacían que mi cabeza empezara a fantasear, y eso bastaba para que el calor me subiera por dentro.
Miré de reojo a ambos lados. Casi todos los coches se habían ido. Estábamos parados en una calle secundaria, con una tapia ciega justo enfrente y ningún vehículo en al menos cincuenta metros. La penumbra lo cubría todo, y mi mente echó a volar.
—¿Daniela no es perra contigo? —pregunté, bajando la voz—. ¿No te deja hacer nada? ¿No te la chupa?
Me salió una voz grave, casi felina, mientras se me dibujaba una sonrisa en la cara. Me acercaba y me alejaba en el asiento, lo justo para que el movimiento le marcara el escote bajo la camiseta.
—Al menos te dejará tocarle las tetas, ¿no? —insistí.
Lo estaba provocando, y provocarlo me ponía a mí. Quise estirar la cuerda un poco más, ponerlo todavía más al límite.
—¿Y quién las tiene mejores, ella o yo?
Su cara era un poema. Cuanto más nervioso lo veía, más crecía mi descaro. Quería verlo desesperado, perdido, sin saber qué hacer con las manos. Lo miré fijo a los ojos mientras juntaba un poco los hombros, de modo que el pecho se me apretara dentro de la camiseta. Quería que mirara, y miró.
***
Lo noté tan paralizado que decidí tomar yo la iniciativa. Le cogí la mano, esa que apretaba el volante como si fuera lo único firme del mundo, y me la llevé al pecho. Se la metí por debajo de la camiseta y le dejé sentir. Al principio me apretó por encima del sujetador, torpe, sin atreverse; pero no tardó en apartar la tela y llenar las palmas con todo lo que había debajo.
Cerré los ojos un momento y lo dejé tocarme. Me quedé embobada con la sensación de cómo me acomodaba en su mano, abriendo y cerrando los dedos con cuidado, como si temiera que aquello desapareciera si apretaba demasiado.
Cuando volví en mí, seguía teniéndome cogida. Miré otra vez a los lados, comprobando que de verdad no había nadie. Solo la tapia, la luz anaranjada de una farola lejana y el reflejo de los dos en el parabrisas.
Me incliné hacia él y volví a preguntarle, casi en un susurro, qué le parecían, mientras dejaba caer la mano sobre su pantalón. Lo noté duro bajo la tela, y aquello me encendió todavía más las ganas de portarme mal.
—Sácatela —le ordené.
Él obedeció sin decir nada, como si llevara toda la noche esperando que alguien tomara la decisión por él. La miré cuando ya estaba fuera. Lo cogí con la mano y empecé a moverla despacio, apretando lo justo para que aquello fuera un poco castigo y un poco premio. Lo acariciaba arriba y abajo, mirándole la cara cada vez que se le escapaba un suspiro.
Me acerqué a su oído y le hablé bajito, sintiendo cómo se le erizaba la piel del cuello.
—¿Quieres que te lo chupe?
No esperé respuesta. Bajé sin soltarlo de la mano y me incliné sobre él. Lo tomé con la boca despacio, jugando con la lengua mientras la mano seguía su ritmo. Subía y bajaba sin prisa, escondiendo y descubriendo, sintiendo cómo él se rendía un poco más con cada movimiento.
Él tenía la cabeza echada hacia atrás contra el reposacabezas, los ojos cerrados, y solo se le escapaba la respiración entrecortada. Cada vez que yo aceleraba, sus dedos se aferraban al asiento. Yo había descubierto hacía poco el placer de dominar a un hombre, de tenerlo así, deshecho, y a eso se le sumaba la adrenalina de hacerlo en plena calle, donde cualquiera podría haber pasado.
Me detuve un segundo, lo justo para mirarlo desde abajo y comprobar el desastre que era su cara en ese momento. Estaba tan ido que ni siquiera me veía; solo sentía. Y eso, saber que yo mandaba sobre cada uno de sus suspiros, era lo que de verdad me ponía.
Lo solté un instante para recuperar el aire, sin dejar de acariciarlo con la mano. Todo estaba húmedo, brillando con la poca luz que entraba por la ventanilla. Lo apreté fuerte mientras me acercaba otra vez a su oreja, poniendo la voz más perra que tenía.
—¿Te quieres correr en mi boca?
Se quedó helado, sin saber qué contestar, así que decidí responder por él. Empecé a moverlo más rápido, marcando un ritmo firme, sin pausa, mientras lo miraba a la cara para no perderme ni un gesto. Lo notaba cada vez más cerca, la respiración convertida en pequeños gemidos que intentaba contener y no podía.
Al rato, esos gemidos se hicieron más seguidos, y entonces lo sentí: algo cambió bajo mi mano, una tensión que recorrió todo su cuerpo de golpe. Me incliné de nuevo, abrí la boca y lo recibí. El primero me dio en la lengua y cerré los labios; bajé un poco más y los siguientes se perdieron entre mis labios, en la mejilla, hasta que volví a atraparlo del todo y ya no quedaba nada más que dar.
***
Cuando me incorporé, él seguía con los ojos cerrados, intentando volver de donde fuera que se había ido. Me limpié con el dorso de la mano y me recosté en el asiento, satisfecha, mirando por la ventanilla la calle vacía como si no hubiera pasado absolutamente nada.
—Llévame a la residencia —dije, con la misma voz de antes, la de fingida indiferencia.
Él tardó un momento en reaccionar. Se acomodó la ropa con manos temblorosas, arrancó el coche y condujo en silencio el resto del camino, lanzándome miradas de reojo que yo no le devolví. Que sufra un poco, pensé, conteniendo la sonrisa.
Cuando me bajé frente a la residencia, me asomé un segundo por la ventanilla y le dije adiós con dos dedos, como quien se despide de un conocido cualquiera. Subí a mi habitación, me tumbé en la cama y me quedé mirando el techo un buen rato.
No sentía culpa. No por Daniela, que nunca se enteraría, ni por él, que probablemente seguiría pensando en mí durante semanas. Lo único que me quedaba era esa sensación cálida y nueva: la de haber descubierto cuánto me gustaba tener el control. Esta es mi confesión, la que nunca le conté a nadie, y a estas alturas ya no sé si me arrepiento o si solo estoy esperando que vuelva a cruzarse en mi camino.





