Mis dos amantes en una misma semana en Valencia
Después de que Carlota volviera a Burdeos, me quedé sola unos días en Valencia. Había dado esa dirección para recibir unos paquetes y, de paso, para que él pudiera visitarme cuando quisiera. Y vaya si quiso. Damián aparecía cada tres días, puntual como un reloj, con esa sonrisa que ya sabía lo que iba a pasar antes de que pasara.
El lunes llegó cerca del mediodía. Comimos sin prisa y luego me propuso ir al cine. Yo llevaba un vestido abotonado por delante, de falda corta: de pie me quedaba a media pierna, pero sentada se me subía hasta dejar a la vista casi todo el muslo.
La sala estaba medio vacía. Elegimos los asientos del fondo, en un lateral discreto, donde la pantalla apenas alcanzaba a iluminarnos.
Yo intentaba seguir la película cuando sentí su mano subir por mi pierna. La otra ya rodeaba mis hombros y se cerraba sobre mi pecho izquierdo. Giré la cabeza para mirarlo y me besó largo, intenso, robándome el aire mientras sus dedos llegaban a su objetivo, apartando la tela de la ropa interior, hundiéndose entre mis piernas hasta hacerme apretarlas.
—Quieta —me susurró al oído—. Mira la pantalla.
Como si pudiera concentrarme en algo que no fuera su mano.
Con dedos hábiles fue desabrochando los botones que quedaban, dejando al descubierto el sujetador beige. Me atrajo hacia él, besó mi cuello, mis pechos. Mi propia mano bajó hasta su entrepierna y encontré el bulto cada vez más firme bajo el pantalón ligero. Empecé a acariciarlo despacio, sintiendo cómo crecía bajo la tela.
Apartó la ropa interior y me penetró con un dedo, curvándolo hacia arriba, buscando ese punto que me obligó a separar las piernas y rendirme. Su respiración caliente sobre mi pecho, sus labios cerrándose sobre mi pezón, me decían lo excitado que estaba. Sus dedos se movían cada vez más rápido y mis suspiros se convertían en gemidos que tenía que ahogar.
Lo besé sujetándole la cara con las dos manos y me incliné sobre su regazo. Bajé la cremallera del pantalón, liberé su sexo y lo rodeé con los labios. Estuvimos así un buen rato, él dándome placer con la mano y yo con la boca, hasta que el primer orgasmo me sacudió y apreté las piernas con su miembro entre mis labios.
Miró a los lados. Estábamos solos; los espectadores más cercanos quedaban varias filas más abajo. Me levantó con una mano en las nalgas y, despacio, me fui sentando sobre él, dejando que entrara entero hasta el fondo. Apoyé las manos en los reposabrazos y empecé un sube y baja lento, midiendo cada movimiento para no hacer ruido. Sus suspiros se aceleraron, sus manos me clavaron contra él, y sentí su descarga muy adentro mientras un segundo orgasmo me dejaba temblando sobre su regazo.
Nos quedamos quietos hasta que su sexo se ablandó. Me acomodé la ropa interior, él se subió la cremallera y seguimos viendo la película unos minutos más, como si nada. Después fui al baño, me cambié la prenda empapada, la envolví en papel y la guardé en el bolso.
Salimos a tomar un vino con unas tapas, entre besos y caricias, y de ahí al apartamento. Al día siguiente él viajaba al norte por un asunto de trabajo y quería pasar esa última noche conmigo.
Nada más llegar fuimos directos al dormitorio. Nos desnudamos el uno al otro y me poseyó otra vez: primero con mis piernas sobre sus hombros, sintiéndolo profundo; luego de frente, mirándonos; y al final me puse a cuatro patas. Mientras me embestía, sus dedos fueron preparando el otro camino, despacio, hasta que cambió de sitio y me penetró por detrás, vaciándose dentro de mí. No conté los orgasmos. Caí dormida tan profundamente que ni lo sentí marcharse de madrugada.
***
Pasé el resto de la semana en calma, leyendo, recuperándome de aquel encuentro. Hasta que el viernes, cerca del mediodía, sonó el teléfono.
—Estoy en Valencia —dijo Adrián—. ¿Podemos vernos? Vine en la moto. Podríamos hacer ese paseo que te prometí.
Le dije que sí y le di la dirección, invitándolo a comer. Preparé unos espaguetis a la boloñesa, una ensalada y abrí un tinto bien añejo. Me di un baño, me quité el chándal y me puse un vestido floreado de manga corta, muy veraniego, un conjunto de encaje beige, medias hasta medio muslo y unos tacones a juego. Me arreglé el pelo, me perfumé y me senté a esperarlo leyendo en el salón.
Llegó pasadas las tres, disculpándose, con una caja de bombones y una flor. Nos saludamos con dos besos y le ofrecí algo de beber antes de comer.
Él pidió una cerveza, porque venía acalorado; yo me preparé un cóctel. Nos sentamos en el sofá y me giré un poco de lado para poder hablar con él.
—¿A qué debo el honor de tu visita? —pregunté.
—Tenía que venir a Valencia y se me ocurrió pasar. ¿Te incomoda? ¿Tenías planes?
—Para nada. Al contrario, me alegra verte. Solo me sorprendió.
—Pues salud, entonces. Hay unos senderos cerca de aquí, con unas vistas preciosas. Podemos ir en la moto. ¿Te animas?
—Claro que sí, pero ya es tarde y no hemos comido —le dije.
—Estamos en verano, anochece más tarde. No te preocupes.
Se me quedó mirando. Sus ojos recorrieron todo mi cuerpo y sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Qué guapa estás. Y qué bien hueles —dijo, posando la mano en mi muslo y acercando la boca a mi cuello.
Aquel beso me puso la piel de gallina. Sus manos subieron por mi vientre hasta mis pechos, acariciándolos por encima de la tela, y nos fundimos en un beso largo, su lengua buscando la mía mientras sus dedos desabrochaban el vestido y llegaban directos a mi piel, liberándome del sujetador. Me fui recostando en el sofá, presionada por su cuerpo, sus manos por todas partes.
Me subió el vestido hasta la cintura. Su bulto se restregaba contra mí, arriba y abajo, y yo ya estaba húmeda. Respondí a su impaciencia abrazándolo, enredando mi lengua con la suya. Entre caricias nos fuimos quitando la ropa: solo el vestido enrollado en la cintura y las medias quedaron en su sitio. Me deslizó la última prenda por las piernas mientras besaba mi pubis, y luego se entregó a un oral lento que iba de la base de mis nalgas hasta el clítoris, una y otra vez, hasta hacerme gemir sin freno.
Se colocó entre mis piernas y me penetró de una sola embestida. Aaah. Lo abracé al sentir cómo me abría por completo, arqueando la espalda para recibirlo entero. Besaba mi cuello y mis pechos con todo su sexo dentro de mí y empezó un vaivén lento y cadencioso, deslizándose con facilidad por lo mojada que estaba después del primer orgasmo.
Cada embestida era más intensa. Sus suspiros y mis gemidos se entremezclaban; le rodeé la cintura con las piernas, intentando seguir su ritmo, que crecía sin parar. Bajó las manos a mis nalgas, las apretó y me embistió más hondo, más fuerte, hasta que con un último empujón se vació dentro de mí. Llegué justo en ese instante, y nos quedamos abrazados, su sexo todavía palpitando, los dos jadeando.
—Voy a tener que ducharme otra vez —le dije, sonriendo, aún sin aliento.
—De todos modos te ibas a cambiar —contestó—. No creo que subieras a la moto con ese vestido tan corto.
Nos duchamos juntos, entre algún roce y poco más, y nos vestimos. Yo me puse un top blanco, una cazadora vaquera, unas mallas negras y unos botines. Metimos algo de comida en unos táperes y salimos hacia las afueras, internándonos por un sendero entre el bosque.
***
Comimos en un claro de hierba, a unos metros del camino. Tendimos el mantel y charlamos un buen rato. Después recogimos y paseamos entre los árboles hasta llegar a un mirador desde donde se veía una laguna rodeada de montañas. Me quité la cazadora y nos sentamos a contemplar el paisaje. Él trenzó una pequeña corona con tallos de diente de león y me la puso en la cabeza.
—¿Qué haces, lo… —no pude terminar la frase. Su beso me la cortó.
Me fue recostando sobre la hierba sin dejar de besarme. Sus manos recorrían mi cuerpo con avidez, de la cintura a las piernas, pasando entre mis muslos ligeramente separados.
—Qué guapa estás —me decía, con la mirada clavada en mi cara mientras sus dedos acariciaban mi sexo por encima de las mallas.
Mi respiración se aceleraba a medida que sus dedos subían y bajaban y yo me iba humedeciendo. Me besó la boca, el cuello, mientras su otra mano marcaba mis pezones bajo el top. Lo levantó, descubrió mis pechos y se apoderó de uno con la boca; el otro lo cubrió con la mano. Una corriente me recorrió la espalda hasta la nuca, y su mano se coló bajo la tela para acariciarme directamente.
Yo apretaba las piernas y le revolvía el pelo con los dedos mientras él seguía. Se incorporó un poco, me quitó las mallas y la última prenda de un tirón, y yo misma me deshice de los botines con los pies. Instintivamente miré alrededor: estábamos completamente solos. Una brisa suave me erizó la piel. Se bajó el pantalón, me alzó las piernas sobre sus hombros y me penetró de golpe, profundo, arrancándome un gemido.
—Qué rica estás —me dijo con la voz ronca, acelerando—. Estás ardiendo.
Yo gemía entre dientes, disfrutando de cómo me poseía. Sus caderas no paraban, sus manos apretaban mis pechos, y estallé en un orgasmo larguísimo, moviéndome contra él, mis manos sobre las suyas.
Siguió moviéndose más despacio, dejándome gozar, mientras yo entornaba los ojos y sentía el viento fresco en la frente sudada. Después cambiamos: me giró de lado, con una pierna sobre su cadera, y me embistió besándome el cuello, ya no tan profundo pero igual de placentero.
Lo empujé hasta quedar yo encima. Apoyé las manos en su pecho y empecé a subir y bajar, moviendo la cadera en círculos en cada bajada, hundiéndomelo entero. Sus manos iban de mis pechos a mis nalgas hasta que, apretándome contra él, me tiró hacia abajo y se vació por completo, en chorros que sentí llenarme entera. Me incliné y lo abracé fuerte mientras él terminaba dentro de mí.
Nos quedamos así, abrazados, besándonos. Después de descansar un momento me levanté, temblorosa, y sentí un hilo descender por mis piernas. Él sacó unos pañuelos del pantalón y me limpié. Me acomodé el top, recogí la ropa y, mientras me vestía, oí un ruido entre la maleza: era una ardilla que trepó a un árbol a toda prisa. Nos reímos.
Ya vestidos, volvimos a la moto abrazados por la cintura y regresamos al apartamento.
Nos despedimos en el portal. Subí a darme un baño largo, recordando todo lo vivido aquellas horas, y pensando que esa semana —dos hombres, dos mundos distintos— no la olvidaría jamás.