Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El verano en que dejé de esperar al amor de mi vida

Me llamo Brenda. Tengo veinticuatro años y estoy cursando el último año de la carrera de Psicología. Le dediqué casi toda mi vida al estudio, y en total tuve apenas cinco o seis experiencias con un chico que se llamaba Lucas, al que quise de verdad, pero que me dejó porque él no sentía lo mismo por mí.

Nunca tuve grandes deseos de tener sexo. Y las pocas veces que aparecían, terminaban perdiendo contra los prejuicios y los ideales con los que crecí. Siempre creí que mi deber era esperar al amor de mi vida para entregarme, conservarme lo más «pura» posible, como si eso valiera algo. Lucas se llevó esa idea junto con mi virginidad, y desde entonces sentí que el plan había perdido el sentido. Igual seguí esperando. Pero en unos meses cumplo veinticinco y empiezo a entender que ese gran amor no aparece por ningún lado.

Con Lucas estuvimos casi dos años. Lo que tuvimos en la cama fue tibio, apurado, casi siempre a oscuras y siempre con la sensación de que yo me estaba guardando para algo más grande. Cuando me dejó, esa parte de mí que reprimía no desapareció: se quedó ahí, golpeando contra la puerta, pidiendo salir. Lo que pasa es que yo seguía haciéndome la sorda, convencida de que ceder me convertía en otra cosa, en alguien que mi familia no querría reconocer.

Recién salí de bañarme. Me miré en el espejo del baño, con el pelo todavía goteando sobre los hombros, y me encontré bonita. Mido un metro setenta, soy blanca, delgada, de pelo castaño y ondulado hasta la mitad de la espalda. Tengo los pechos chicos y los pezones rosados. Soy linda, sí, pero también soy consciente de que no lo voy a ser para siempre.

¿Y si llego a los treinta, o a los treinta y cinco, sin haber encontrado a nadie?

¿Y si termino desperdiciando mi juventud entera esperando a una persona que no va a llegar nunca?

Pensando en todo eso, me senté en la cama envuelta en la toalla y empecé a imaginar qué pasaría si dejara de simplemente esperar. Si en vez de esperar, empezara a vivir. Casi sin darme cuenta agarré una lapicera y una hoja del cuaderno de apuntes, y me puse a anotar algunas de las fantasías que vengo arrastrando desde hace años. Quería verlas escritas, una abajo de la otra, para decidir de una vez si todavía puedo seguir postergándolas o si tengo que ponerlas en práctica cuanto antes.

***

Fantasía número uno: dejarme seducir por un hombre mucho mayor que yo. ¿Cuánto mayor? ¿Cuarenta, cincuenta, sesenta? Todavía no lo sé. Lo único claro es una cosa: esa diferencia de edad siempre me prendió fuego. Un señor que tenga la calma de alguien que ya vivió todo, que no me trate como a una nena, que sepa exactamente lo que quiere y me lo diga sin rodeos. La idea de ser el capricho de alguien así me humedece sola.

Lo imagino con detalle hasta cuando estudio. Un hombre de manos grandes y voz baja que me observa desde el otro lado de una mesa, que me hace preguntas con doble sentido y se ríe de mi nerviosismo. Que me lleva despacio, sin pedir permiso pero sin apurarme, y me dice al oído todo lo que piensa hacerme antes de empezar a hacerlo. Esa mezcla de respeto y descaro me desarma. Con los chicos de mi edad siempre tuve que dirigir yo, explicar, fingir. Con un hombre así no tendría que explicar nada.

El problema es que esa fantasía choca de frente con la idea de conseguir un amor bueno y duradero. Está claro que no puedo ponerme de novia con un chico de mi edad para después estar engañándolo con un hombre que le dobla los años. Voy a ser una atrevida, pero infiel no soy.

Resumen: fantasía número uno, ahora o nunca.

***

Fantasía número dos: saber qué se siente cobrar por esto. Vivo en un barrio que está pegado a una de las zonas más conocidas de la ciudad en lo que a prostitución se refiere. Más de una vez me masturbé imaginándome con un vestido bien descarado, los tacos altos, la boca pintada de rojo, parada en una esquina un viernes a la noche a probar suerte. Me asustan las enfermedades, claro, pero nada que unas buenas cajas de preservativos no resuelvan. Lo que más me calienta es la idea de que un grupo de hombres me elija, me pague y me use durante toda la noche como si yo fuera de ellos.

No es por el dinero. Es por lo que significaría: dejar de ser la chica buena, la que estudia y espera, y convertirme por una noche en un cuerpo anónimo al que un desconocido se acerca, evalúa y elige. Imagino el frío de la calle contra las piernas, el motor de un auto que frena al lado, la pregunta sin nombres. Y me imagino diciendo que sí.

Una vez. Solo para sacarme la curiosidad.

***

Fantasía número tres: ser completamente desvergonzada en las apps. Estoy acostumbrada a entrar, hacer un par de matches, aburrirme y cerrar la aplicación. Así una o dos veces por mes, sin concretar nunca nada. A veces fantaseo con jugar a lo que yo llamo «la ruleta»: darle me gusta a todos, sin mirar, y salir con cualquiera que me devuelva el gesto y sea lo bastante atrevido como para invitarme a hacer cosas. Mandar fotos, chatear sucio toda la tarde, coordinar un trago en algún bar que las dos partes sabemos que va a terminar en un telo.

***

Fantasía número cuatro: dejarme tener por quien sea que lo desee. A lo largo de estos años conocí a unos cuantos hombres que me tiraron indirectas, algunas bastante directas, dejándome claro que querían llevarme a la cama. Uno fue un profesor de la facultad, un señor de pelo blanco que me ponía notas altísimas y me sostenía la mirada un segundo de más. Otro era un compañero de un grupo de investigación, casado, que me escribía a la madrugada. Y después está toda la lista de pretendientes que ignoré en las apps. Mi fantasía sería adoptar una sola regla: no rechazar ninguna propuesta. Ninguna insinuación, sin importar la edad, el físico, ni la apariencia de la persona. Algo así como una filosofía del sí.

***

Fantasía número cinco, la más extrema: ser deseada por muchos a la vez. Me imagino rodeada, sometida, atendida por todos lados al mismo tiempo, sin un solo segundo para pensar. Cuerpos que no conozco, voces que se superponen, manos que no me piden permiso para nada. Me corro cuando me masturbo pensando que acepto solo con una condición: que me dejen la cara tapada, que nadie pueda reconocerme después. Pero después, en pleno estado de excitación, soy yo misma la que se arranca la máscara, porque ya no me importa nada de lo que pase mañana. Imagino la cara con la que miraría, perdida, entregada, mientras unas manos desconocidas deciden por mí.

Lo curioso es que en esa fantasía no hay culpa. No aparece la Brenda que piensa en el qué dirán, ni la que se persigna antes de dormir. Solo está la otra, la que disfruta sin pedir disculpas, la que durante años tuve guardada bajo llave. Y cuanto más la imagino, más me cuesta entender por qué la encerré tanto tiempo.

***

Terminé de escribir la lista y me quedé mirándola un rato largo, con la respiración un poco agitada. Las cinco fantasías ahí, en tinta azul, dejaban de ser un secreto que solo vivía en mi cabeza. Existían. Eran reales. Y de golpe me pareció ridículo seguir guardándolas en un cajón a la espera de un amor que no daba señales de vida.

Estando así de excitada, decidí entregarle mi destino al azar. Abrí en el teléfono una de esas apps de sorteos, esas que tiran un número o eligen una opción al azar, y le hice la primera pregunta. ¿«Espero a encontrar al amor de mi vida» o «este verano dejo de esperar»?

Respuesta: este verano dejo de esperar.

Mi versión más mojigata se inquietó un poco. Mi versión más caliente se sintió victoriosa.

Segunda pregunta: ¿con cuántos? Cargué las opciones: de uno a cinco, de seis a diez, de once a quince, de dieciséis a veinte, más de veinte. Apreté el botón con el corazón golpeándome en el pecho.

Respuesta: más de veinte.

Abrí los ojos como platos. No lo podía creer. Lo volví a tirar, con la esperanza de que saliera algo más razonable, y esta vez salió de uno a cinco. Me decepcioné, y ahí entendí lo que de verdad quería. Sorteé una tercera vez, para desempatar. Volvió a salir más de veinte.

Dicho está, entonces.

***

Por último pregunté si tenía que hacerlo gratis, cobrando, o una mezcla de las dos cosas. Salió «gratis». Perfecto, pensé. Como toda mujer que de verdad disfruta lo que hace.

El próximo lunes rindo mi último examen del año. Después empieza un receso largo, casi tres meses sin la facultad, el verano entero por delante. El tiempo justo, el escenario perfecto para cumplir con el proyecto. Ya hasta le puse nombre en la cabeza: proyecto de verano.

Ahora estoy acá, todavía con la toalla puesta y la hoja al lado de la almohada, contándolo en voz baja como quien confiesa algo que nunca se animó a decir. Tengo un consolador que me compré hace cosa de un año, y lo estoy usando mientras escribo esto. Me gusta pensar que en unas pocas semanas ya no voy a necesitarlo, que voy a cambiar el silicona frío por manos de verdad, por bocas, por cuerpos que ni siquiera conozco todavía.

Y mientras me acaricio y siento que algo se rompe definitivamente dentro de mí —esa Brenda prudente, paciente, eternamente a la espera—, no puedo dejar de sonreír. Por primera vez en mucho tiempo no estoy esperando nada. Por primera vez, estoy a punto de empezar.

Un besito. Nos leemos cuando termine el examen.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

ClaraOscura

Me encantó, se siente muy autentico. Seguí escribiendo!

Romina_del_Norte

Por favor una segunda parte!! Quede con muchas ganas de saber que escribio en ese papel jaja

MarisaRosario

Me hizo acordar a cuando yo tambien tome esa decision. Se siente liberador, no? Muy buen relato

Mateo_BA

Buenisimo. Y que termino escribiendo en ese papel? jaja, me imagino...

AndreaBaires

Lo que mas me gusto es como empieza, esa imagen frente al espejo es muy poderosa. Relato para releer.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.