Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi mamá descubrió mi secreto y yo descubrí el suyo

Ya les conté antes que iba a seguir compartiendo mi vida por acá, y como todo lo que escribo es verdad, hoy toca la historia de cómo mi madre se enteró de mi novio —un hombre que me lleva casi treinta años— y de cómo, sin buscarlo, terminé descubriendo a qué se dedicaba ella en realidad.

Antes de entrar a la universidad yo tenía pensado estudiar dos carreras. Mi papá me pagó una completa, pero cuando le hablé de la segunda me dijo que primero terminara una y después se vería. El problema era que yo no quería esperar. Y eso, sin medir las consecuencias, se lo conté a mi novio.

Él se ofreció a pagarme la otra carrera. Eran unos dos mil quinientos dólares, con un descuento que daba la universidad por inscripción temprana. Acepté sin pensarlo demasiado, y ese fue justo el detalle que después me iba a delatar frente a mi madre.

Unos días antes de que arrancaran las clases fui a visitarla. En medio de una charla cualquiera se me escapó que ya había pagado los dos mil quinientos de la inscripción. Ella levantó la vista y me clavó los ojos.

—¿Cómo que pagaste esa cantidad? ¿De dónde sacaste esa plata? —me preguntó.

No era que no pudiéramos pagarlo; en casa nunca faltó. Lo raro, para ella, era de dónde había sacado yo sola semejante cifra sin pedirle a nadie.

Obviamente la idea era contarle de mi novio, pero estaba nerviosa. No sabía cómo iba a tomar la diferencia de edad entre él y yo. Confío en mi madre, aunque no tenía idea de cómo iba a reaccionar, ni si era el momento justo.

—Lo conseguí por ahí. Alguien me ayudó —respondí, haciéndome la misteriosa.

—¿Quién? —insistió.

—Alguien —le dije con una sonrisa.

—Ya, en serio. ¿Quién te dio esa plata? —ahora hablaba seria.

—Un empresario —solté, y agaché la cabeza.

Se rió en mi cara. «¿Un empresario? Si vos apenas salís de tu cuarto», me dijo. Y tenía razón: los que me conocen saben que soy bastante tímida, que me da vergüenza casi todo, que mi grupo de amigos es chico. Salgo, claro, pero siempre con los mismos.

Entonces le conté la versión que había decidido contarle. Que conocí a alguien en una fiesta, que hablamos, que era buena persona. Le juré que no había pasado nada, que no me había pagado por acostarme con él, que solo éramos amigos y que me había dado el dinero porque le conté que quería estudiar y no tenía cómo pagarlo.

La verdad es que me había acostado con él la misma noche que lo conocí, pero eso jamás se lo iba a admitir.

—Sí, claro, Mariana —me dijo con sorna—. Los hombres regalan plata así nomás.

—Mamá, él conoce al director de esa carrera, me dijo que me iba a meter como una beca. De verdad no fue a cambio de nada.

—No me mientas. Decime la verdad.

***

Acá tengo que retroceder un poco. Antes de ir a su casa se me ocurrió una idea para «probar» mi inocencia: pasé por el ginecólogo y le pedí que me revisara, que confirmara que no tenía ninguna enfermedad y, de paso, que pusiera por escrito que yo era virgen.

El médico me revisó, me hizo las preguntas de siempre —desde cuándo tenía vida sexual, con cuántos hombres— y le contesté lo que pude. Cuando le pedí que escribiera que era virgen me dijo que de ninguna manera, que sería mentir y que en esa clínica todo iba a la historia clínica. Eso sí, los resultados salieron limpios: ninguna enfermedad, nada de embarazo.

Con ese papel en la mano creí que la iba a convencer. Grave error. Mi madre lo leyó dos veces y me miró como quien mira a una nena haciéndose la viva.

—Acá sale todo negativo, las pruebas y los análisis. Entonces, ¿ya no sos virgen? —me dijo—. No tiene ninguna lógica que una virgen vaya al ginecólogo a pedir pruebas de embarazo y de enfermedades.

—Sí soy virgen, mamá.

—¿A mí me vas a engañar? Decime, ¿tuviste sexo con ese empresario?

—No, mamá. Si sale así es porque… porque en la adolescencia me toqué un par de veces, me metí los dedos, capaz sea eso. Pero no me acosté con nadie. Nunca me creés nada.

Me acuerdo de que me enojé como una nena chica. No logré convencerla y me encerré en mi cuarto. Más tarde me llamó para ir a cenar; fuimos, y yo todo el rato con mala cara.

Cuando volvimos, iba directo a encerrarme de nuevo sin dirigirle la palabra. Ella me frenó en seco.

—Mariana, vení. Sentate. O me contás ahora mismo qué pasó, o llamo a tu papá y ese sí que te va a castigar. Soy toda oídos.

Ahí me quebré y le conté casi todo. Que en una fiesta de Halloween conocí a un señor de cuarenta y pico, que charlamos, que parecía buen tipo, que me pidió el número y se lo di.

—¿Sos tonta? ¿Le das el número a cualquiera? —me retó.

—Se lo di porque era el dueño de una empresa —le dije, y hasta se la mostré en el teléfono.

Le expliqué que hablábamos todos los días, que me recargaba el crédito, que me invitó a almorzar a un restaurante cerca de la casa de mi tía y que ahí me mostró el comprobante de los dos mil quinientos que había pagado. Que después nos invitó a mí y a dos amigas a comer, y que de puro agradecimiento le di un beso. Nada más. Eso fue lo que admití.

Mi mamá se enojó todavía más. Yo también me enojé, me fui al cuarto y de la bronca me puse a llorar. Después le pedí perdón, aunque sin contarle lo que de verdad había pasado. Me quitó el celular por unas semanas, no me dejaba salir, me controlaba cada paso.

Incluso hice que mi novio fuera a presentarse. Al principio ella estaba dura, pero vio que era un hombre respetuoso. Los dos juramos, con una cara de piedra impresionante, que jamás había pasado nada entre nosotros. Mentira, claro, y creo que en el fondo ella lo sabía, pero hizo como que lo creía. Le preguntó de frente si yo le gustaba, y él contestó que su hija era tan hermosa como ella, una señorita, pero que solo éramos amigos.

Me devolvió el teléfono con una condición: me iba a llamar por videollamada a cualquier hora y yo tenía que atender y mostrar qué estaba haciendo. Y cumplió. Me llamaba en clase, haciendo la tarea, de noche. Casi nunca los fines de semana ni muy tarde, porque a esas horas ella se iba «al club a trabajar». Sí: mi mamá es trabajadora sexual. Eso lo cuento mejor más adelante, porque tiene su propia historia.

***

Una semana me estuvo llamando seguido. Era jueves, cerca de las nueve de la noche. Yo estaba en la casa de mi novio, los dos en la cama, en cucharita, justo terminando de coger. Sonó el teléfono y no atendí. Volvió a llamar cuatro veces.

—Atendele, se va a enojar tu mamá —me dijo él.

Atendí. Ella ya estaba molesta porque no le había contestado a la primera.

—Prendé la cámara —me ordenó.

—Mamá, estoy ocupada.

—Prendé la cámara.

No me quedó otra. Aparecí despeinada, tapada con una sábana hasta el pecho, y se notaba a kilómetros que estaba desnuda.

—Sabía, pelotuda, que estabas teniendo sexo —me dijo, pero ya no seria: muerta de risa—. A mí no me engañás. ¿Ya son novios?

Me empecé a reír. «Es lo que hay», le contesté. Me hizo mostrarle a mi novio, que estaba abrazado a mí —y todavía dentro de mí—, y el pobre solo atinó a decir «perdón, señora».

—Mariana, después te llamo, estás ocupada. Necesito que me hagas un favor —dijo ella.

—No, ya terminamos —le contesté.

—Ay, por favor. Cuidate, que todavía no quiero ser abuela —se rió, y me cortó.

Dejé el teléfono y le pedí a mi novio que terminara lo que habíamos empezado. Él se acomodó sobre mi pecho y me la puso en la boca. «Tragátela, total tu mamá no quiere ser abuela», me dijo entre risas mientras se la chupaba. Terminó en mi boca y yo, como buena nena, me tragué hasta la última gota. Después le dije que lo amaba, devolví la llamada y le avisé a mi mamá que ya le había hecho el famoso favor.

***

Pasaron algunas semanas, quizá un par de meses. Fui a visitarla a la ciudad donde vive. Una mañana salimos a desayunar; hay un lugar famoso por sus empanadas al que siempre vamos. Eran como las ocho. Mientras buscábamos dónde estacionar, ella atendió una llamada y dijo: «Listo, enseguida voy».

—Antes de desayunar pasamos a ver una casa —me avisó.

Cambiamos de rumbo. Yo no conozco bien la ciudad; ella sí, así que la dejé manejar. En el camino paramos a recoger a una amiga suya, una mujer de unos treinta y pico que subió al auto con varias bolsas. Conversaba con mi mamá, me saludó y se enteró de que yo era su hija.

Llegamos a una casa, estacionamos y me pidió que la esperara adentro del auto. «Ya vengo, Fer», me dijo. Yo me quedé pegada al celular viendo videos. Pasaron treinta minutos y nada. Me estaba muriendo de hambre, así que la llamé. Salió, me dijo que todavía no nos íbamos y que, si tenía hambre, entrara.

Era una casa común y corriente. Un muro al frente, una puerta al centro y, al costado, la entrada del garaje. Apenas se entraba había un caminito de un par de metros hasta la puerta principal, pintada de blanco.

Adentro, a la derecha, una sala con sillones, un televisor y unos parlantes. A la izquierda, una especie de recepción, como un minibar, con heladeras y mostradores de bebidas. Al lado había un cuartito chico con cajas y alcohol de farmacia. Un pasillo llevaba a varias habitaciones, y al fondo, junto al baño, una escalera subía a más cuartos.

Me senté en la sala. Había papas fritas, nachos y jugo de fruta. Como tenía hambre, mi mamá me dijo que comiera ahí, que ya volvía. Había otra mujer adentro, la misma que la había llamado por teléfono.

Comí tranquila, pero la curiosidad pudo más. Me levanté a husmear. En la recepción había un celular, un cuaderno y una computadora. Entré al cuartito chico y abrí las cajas: condones, montones de condones, lubricantes, alcohol, algodón, pruebas rápidas de enfermedades, pastillas. Justo cuando salía, casi me pesca la otra mujer, que volvía de hablar por teléfono.

—¿Y mi mamá? —disimulé.

—Está en su cuarto. Fijate, tiene el nombre en la puerta. Tocá y te abre.

Fui mirando las puertas. Cada una tenía un nombre escrito: Alexa, Abril, Bella, y arriba Catalina, Yoselin, Camila, Andrea. No encontraba el de mi mamá. Volví a bajar y se lo dije a la mujer.

Mi mamá se llama Carla, por si no lo había mencionado antes. La mujer se rió.

—Está en el cuarto dos. Dice «Bella». Esa es ella.

Ahí caí: las chicas no trabajan con su nombre real, se ponen uno artístico. Toqué la puerta del cuarto dos y entré. Mi mamá estaba acomodando la cama. Tenía aire acondicionado, por eso la puerta cerrada.

El cuarto era lindo, la verdad. Una cama redonda, un espejo en el techo y otro en la pared, un televisor, uno de esos sillones que se ven en los moteles. Las sábanas impecables, un ropero chico con lencería y una valija que era de ella.

—Ya nos vamos, Fer. Dame un minuto que termino de tender y salimos.

***

Salí a esperarla y al rato fuimos por fin a desayunar. Después me dijo que teníamos que pasar por una oficina pública. Sacó unos papeles del auto, hizo un trámite y retiró un carnet. Lo guardó en la guantera y seguimos.

En el camino, de pura curiosidad —ya me conocen—, saqué la carpeta amarilla que había dejado ahí. Eran análisis: pruebas de enfermedades de transmisión sexual, de varias clínicas, una por mes, todas negativas. El carnet era un comprobante de que estaba registrada como trabajadora sexual y de que estaba sana.

—Mamá —le dije—, ¿usted tiene alguna enfermedad?

—Gracias a Dios, no. Ahí tenés los resultados, todo negativo —contestó tranquila.

Llegamos a la casa y se lo solté de frente:

—Mamá, ¿usted es puta?

Se mató de risa.

—Dicho así suena horrible. Es más bonito decir dama de compañía, trabajadora sexual. Igual podés decirme puta, total vos también, cuando estás con tu hombre, seguro que le decís que sos una puta.

—¡Mamá! —le dije, muerta de risa.

—A todas nos gusta que nos lo digan en la intimidad. «Soy tu putita», ¿o no? —y se reía.

Me terminó contando todo. Que sí, que era dama de compañía, que gracias a eso había dejado su otro trabajo porque ganaba mucho más, que con eso pagaba la casa, estaba terminando de pagar el auto y hacía lo que le gustaba. Que había estado con muchísimos hombres. Y me dio el consejo que más me repitió: usar condón siempre, por las enfermedades.

Acá confieso que yo, en los encuentros que tuve, casi nunca usé. Me confié porque eran conocidos, hombres casados, con hijos. Pensé que estaban limpios y que, si ellos lo estaban, yo también. Hasta el día de hoy que escribo esto sigo sana, sin nada, pero ya aprendí a cuidarme.

Me explicó cómo trabaja. Un hombre la contrata y paga por hora, o por lo que quiera. Si la quiere llevar a un motel, va; si no, lo atiende en la casa. El cliente dice qué servicio quiere, ella le hace una prueba rápida, y siempre, siempre, con condón, sea conocido o no. Solo lo hace sin condón con clientes de mucha confianza, y ni así se relaja: les exige un análisis reciente de clínica con todo negativo y, encima, les hace la prueba rápida igual.

Ese día ella se fue a trabajar y yo me quedé en la casa. Y sí, volví a husmear: en su cuarto tenía de todo, juguetes, vibradores, plugs, consoladores de todos los tamaños. Me reí sola.

La verdad es que, en vez de escandalizarme, terminé sintiéndome orgullosa de ella. Y eso es todo lo que les puedo contar por ahora. Perdón si esta vez casi no hubo escenas de sexo; a veces la vida real es más rara que cualquier fantasía.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (4)

CuriosaLP

que giro al final!!! no me lo esperaba para nada, muy bueno

Romi_Noc

Porfavor una segunda parte, quede con demasiadas preguntas sin respuesta jaja

MatiasBA22

Se lee de corrido, no podes parar. El doble descubrimiento fue lo mejor del relato

LoreLectora

Y despues como siguio la relacion con tu mama? me quede con esa duda dando vueltas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.