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Relatos Ardientes

El estudiante de intercambio que me dejó agotada

He recibido varios mensajes preguntándome cuándo iba a contar otra experiencia, y la verdad es que llevaba un tiempo sin nada que valiera la pena escribir. Desde hace meses solo estaba cogiendo con mi pareja, y con él la paso increíble, pero tuvo que irse tres semanas a trabajar a otra ciudad y este coño no entiende de pausas. Cuando salgo con amigas nunca falta el pendejo que se acerque a tirarme los perros, pero ninguno me había mojado las bragas de verdad. Hasta esa tarde.

Escribo esto porque ya iban dos semanas sin una sola verga adentro, y dos semanas son demasiado para una mujer como yo. Una rutina mía es pasar por la universidad privada donde da clases la hermana de mi novio. La recojo un par de veces por semana y aprovechamos para salir a tomar algo. Es un campus de gente con dinero, lleno de estudiantes de intercambio que vienen de otros países, y entre tanto rostro nuevo cuesta no fijarse en algún culo apretado o algún bulto marcado bajo el pantalón.

Aquella vez lo vi solo, sentado en una banca de cemento, con un pantalón de mezclilla azul y una camisa clara. Se levantaba, volvía a sentarse, miraba el reloj. Parecía esperar a alguien que no llegaba. Yo estaba a unos diez metros, fingiendo revisar el teléfono, pero mi radar de puta ya se había activado.

Lo confieso sin vergüenza: cuando se acomodó la entrepierna con la mano, no lo hizo desde el frente como cualquiera, sino desde el costado izquierdo, como si tratara de esconder una verga que no le cabía en el pantalón. Y vaya que se notaba el bulto. Se me humedeció el coño de golpe, una curiosidad vieja, esa que ya conocía de otras veces, la de saber cuánto medía el paquete que ese cabrón cargaba escondido.

Me acerqué con la excusa más tonta del mundo: que dónde quedaba cierta oficina, que si sabía a qué hora cerraban. Resultó ser muy atento, tímido pero amable, y en cinco minutos de charla ya tenía su número de teléfono guardado. Me despedí, recogí a mi cuñada y seguí con mi día como si nada, aunque las bragas ya las tenía empapadas.

***

Esa noche le escribí. Se llamaba Malik, hijo de padre senegalés y madre canadiense, y vivía solo casi todo el tiempo en un fraccionamiento privado mientras sus padres lo visitaban los fines de semana. Me voy a saltar la mayor parte de la conversación, porque me tomó tres días convencer a ese pendejo de que sí, que quería su verga. Era de esos que no creen que les esté pasando.

El punto de quiebre fue cuando me pidió una foto. Le mandé una en traje de baño, una donde salgo junto a un río, y me respondió que esperaba algo más casual.

—¿No te gustó? —escribí, mordiéndome el labio y metiéndome la mano dentro del pantalón.

—Sí, claro que sí, estás muy bonita —contestó—. Demasiado, diría yo.

Esa palabra, demasiado, me dio la confianza que necesitaba. Le mandé una más, esta vez con las tetas afuera y la mano tapándome apenas los pezones, y noté el cambio en sus mensajes, la forma en que empezó a responder más rápido. Lo reté: una foto de su verga a cambio de otra mía enseñándole el coño. Aceptó, y cuando llegó la imagen confirmé que mi instinto no me había engañado. Era enorme, oscura, gruesa como mi muñeca, con una curva pronunciada hacia la izquierda y un glande morado hinchado que brillaba con una gota de líquido en la punta. Le pregunté de inmediato cuánto medía esa bestia.

—Como veintisiete centímetros, más o menos —escribió, como pidiendo disculpas.

Se me hizo agua la boca y sentí un latido entre las piernas que me obligó a apretar los muslos.

—¿Y qué haces con semejante verga? —le pregunté, ya frotándome el clítoris sobre las bragas—. Le has de dar buen uso, has de partir coños con eso.

—La verdad no —admitió—. Lo intenté una sola vez, pero a la chica le dio miedo y no pudimos. Decía que le lastimaba, que no le entraba ni la cabeza.

Casi virgen, con esa polla monstruosa entre las piernas y ninguna hija de puta que supiera cómo tragársela entera. La idea me prendió más que la propia foto. Me imaginé arrodillada frente a él, con esa verga en la boca hasta ahogarme.

—Habría que darle uso, ¿no crees? —tecleé, ya con dos dedos adentro del coño—. ¿Te gustaría que la probara yo? Yo sí sé cómo tomar una polla así, mi amor.

—¿Lo dices en serio? Me da pena, pero sí… sí me gustaría.

Le pregunté la edad, por costumbre, por prudencia. Tenía veinticuatro, estudiaba un posgrado de intercambio y se había mudado de ciudad tantas veces que ya había perdido la cuenta. Hablamos un rato más y quedamos para el día siguiente, después de sus clases, a las dos, afuera del fraccionamiento. Nada de vernos en el campus: lo último que quería era que mi cuñada me viera subiendo a un alumno negro con una verga descomunal a mi auto.

***

Me preparé como Dios manda. Un baño largo, me depilé el coño hasta dejarlo liso como el de una niña —perdón por la comparación, pero así queda—, ropa interior rosa transparente, medias color carne con liguero, una falda negra ajustada y una blusa blanca sin sostén para que se marcaran los pezones. No iba con grandes expectativas; pensé que con lo poco experimentado que era, se vendría con dos chupadas y se acabaría la aventura. Pero algo en el coño me decía que me equivocaba.

Llegué y ahí estaba, puntual, serio. Se subió al auto y fuimos a su casa. Me ofreció algo de tomar del refrigerador, con la torpeza encantadora del que no sabe qué hacer con las manos. Entendí enseguida por qué no había tenido suerte: era guapo a su manera, alto, con un cuerpo trabajado, hombros anchos y unas manos enormes que ya me imaginaba abriéndome las nalgas, pero la timidez lo paralizaba. Si esto iba a pasar, tendría que llevar yo las riendas.

—Ven, Malik —le dije, girando despacio para que me viera el culo debajo de la falda—. ¿Te gusta cómo me veo?

Me recorrió de arriba abajo con la mirada, tragó saliva y noté cómo el bulto empezaba a marcársele en el muslo.

—Te ves como las mujeres de los videos —soltó, y se puso rojo.

—¿De qué videos? —reí—. No me digas que te la pasas cascándotela viendo porno, cabrón.

—Pues… sí, algo —confesó, mirándose los pies.

—Entonces espero que sepas las poses, porque hoy me las vas a hacer todas —le dije, acercándome hasta rozarle la verga con la cadera.

Le pedí que solo mirara y me quité la blusa despacio. Las tetas me saltaron afuera, con los pezones ya duros como piedras. Cuando le dije que las tocara, que no tuviera miedo, se lanzó como si hubiera estado conteniéndose durante años. Me apretó una en cada mano, hundió los dedos en la carne y empezó a chuparme los pezones con una hambre que no esperaba de alguien tan callado. Mordía, lamía, tiraba con los dientes.

—Despacio, papi —le susurré—, que no se van a ir a ningún lado. Tenemos toda la tarde.

Bajé la mano hasta el cierre de su pantalón y le sobé el bulto por encima de la tela. Estaba caliente, palpitante, y ya se marcaba entero contra la mezclilla. Le bajé el pantalón y los bóxers de un tirón. Cuando liberé esa verga, salió rebotando, medio erecta, y aun así me chocó contra el antebrazo con un golpe seco. Ese pedazo de carne que ya había visto en foto, de cerca imponía todavía más. La tomé con las dos manos —porque con una sola no la abarcaba— y la miré entera, la medí con la palma, sentí cómo latía contra mi piel.

—¿Te gusta? —preguntó, casi sin aliento.

—Me encanta esta verga, Malik, es un monstruo —respondí, y era verdad.

Me arrodillé frente a él y le lamí primero los huevos, dos bolas negras, gruesas, que se me llenaron la boca. Le pasé la lengua por toda la longitud del tronco, desde la base hasta la punta, saboreando la piel salada. Le besé el glande, lo lamí en círculos, y cuando lo sentí ceder me lo metí en la boca. Todavía a medio endurecer, era la única forma de abarcar buena parte de él. Por la curva no me resultaba fácil, así que iba y venía con paciencia, con la boca abierta al máximo, la mandíbula tensa, ayudándome con las dos manos que le apretaban la base y le acariciaban los huevos.

—Puta madre… —jadeó él, agarrándome del pelo—. Nadie me lo había hecho así.

Cuando terminó de endurecerse del todo, la verga se puso monumental, con las venas marcadas, dura como un fierro. Me la sacaba de la boca y la dejaba golpear suave contra mi mejilla, contra la lengua, contra los labios. Le babeaba encima, escupía sobre el glande y volvía a metérmela hasta donde llegaba, que no era ni la mitad. A él se le iban los ojos hacia atrás. No quise seguir demasiado: lo último que quería era que ese cabrón se viniera antes de meterme la polla en el coño.

***

Me subí a una barra baja de la cocina, me trepé la falda hasta la cintura y me arranqué las bragas rosadas. Abrí las piernas y le enseñé el coño, brillante, hinchado, chorreando ya sobre la madera. Él se acercó y, sin que se lo pidiera dos veces, hundió la cara entre mis muslos. Tenía la lengua ancha, ligeramente áspera, y cuando encontró el clítoris me hizo arquearme contra la barra como si me hubieran metido corriente.

—Así, mi amor, sigue chupándome ahí —le dije, sosteniéndole la nuca y restregándole el coño contra la boca—. Cómeme entera.

—¿Te gusta? Lo vi en los videos —murmuró contra mis labios, orgulloso de sí mismo.

Me abrió el coño con los dedos, se lo comió como si tuviera hambre de días, alternó la lengua con dos dedos gruesos que entraban y salían chapoteando por lo mojada que estaba. Me lamía el clítoris con puntadas rápidas y luego se lo chupaba entero, succionándolo, dejándome ver estrellas. En pocos minutos me arrancó el primer orgasmo de la tarde, uno que me hizo apretarle la cabeza con los muslos hasta casi ahogarlo, mientras me corría a chorros contra su boca y él tragaba sin quejarse.

—Ay Dios, qué rico chupas, cabrón —jadeé cuando pude hablar.

No me dio tregua. Me pidió que me abriera más las piernas, me apoyó una sobre su hombro, se agarró la verga por la base y, con más cuidado del que esperaba de alguien tan ansioso, empezó a meterla. Pasó primero el glande por los labios de mi coño, restregándomelo, empapándose de mis jugos. Cuando por fin empujó, sentí la cabeza abrirme como si me estuvieran metiendo un puño.

—Despacio, papi, despacio —le pedí, mordiéndome el labio—. Métemela poquito a poco.

Lo hizo despacio, con movimientos torpes pero certeros, leyendo mi cara para saber cuánto podía avanzar. Sentí cómo el coño se me estiraba, cómo cedía centímetro a centímetro hasta acomodar esa curva imposible que iba raspando por dentro. Cuando por fin lo tuve completo, con los huevos golpeándome el culo, solté un grito que rebotó en las paredes de la casa.

—Aprietas muy rico, se te siente palpitar todo —dijo, maravillado—. Tiembla todo tu cuerpo.

—Cógeme, Malik, cógeme fuerte, dame toda esa verga —fue lo único que pude contestar.

Empezó a bombear, primero lento, luego cada vez más fuerte. Esa curva suya rozaba un punto en el fondo del coño que pocos encontraban, y cada embestida lo golpeaba de nuevo. Me clavaba la polla hasta el fondo, se retiraba casi entera dejándome vacía, y volvía a enterrármela de un solo empellón que me hacía chillar. Me hizo terminar dos veces más antes de que yo pudiera tomar aire, la segunda a chorros, mojándole los huevos y la barra de la cocina. Le pregunté si no estaba cerca, segura de que un chico sin experiencia no aguantaría tanto.

—No —respondió, casi sorprendido él mismo—. No siento que me vaya a venir todavía.

***

Lo que vino después fue una maratón de verga que nunca había vivido con una sola persona. Soy multiorgásmica, y mi récord en una sesión eran diecinueve. Esa tarde lo superé sin darme cuenta.

Cogimos de espaldas, conmigo apoyada contra la barra y una pierna en alto sobre el desayunador, su mano rodeándome el vientre mientras la otra me apretaba una teta. Me metía la verga desde atrás, curvada hacia arriba, tocándome el punto G en cada embestida. Cogimos en el sofá, donde me senté sobre él dándole la espalda, con las piernas abiertas, y me tomé mi tiempo para acostumbrarme antes de marcar yo el ritmo, subiendo y bajando sobre esa polla como una loca, sintiendo cómo se me metía hasta las tripas. Él gemía bajo, contenía sonidos como si le costara aguantar la estrechez del coño, pero aguantaba. Mientras me movía, me frotaba el clítoris con los dedos, multiplicando una tortura deliciosa que me hacía perder el hilo de mis propias palabras.

—No pares, cabrón, no pares —le pedía—. Me estás partiendo el coño, pero no pares.

—Qué rico te coges tu solita, ven, tómala toda —me contestaba jadeando.

Cada vez que creía que se vendría, me decía que no, que todavía aguantaba, y volvía a la carga. Me puso en cuatro sobre la alfombra, con el culo bien parado, y me la enterró desde atrás mientras me daba nalgadas que resonaban por toda la sala. Me agarraba el pelo como si fueran riendas, me clavaba la verga hasta el fondo, y yo solo podía babear sobre el suelo repitiendo más, más, más. Llegó un momento en que dejé de contar. Tuve una serie de orgasmos seguidos en los que se me nublaba la vista, en los que balbuceaba cosas sin sentido y el coño se me convulsionaba solo alrededor de esa polla. Él me sostenía cuando me fallaban las piernas, me agarraba del cabello, me cargaba en brazos y me clavaba contra su cuerpo mientras yo lo rodeaba con las piernas y sentía su verga entrando y saliendo a martillazos.

—Mírate cómo te vienes, puta rica —decía—, igual que en los videos, chorreando encima de mi verga.

—¿Y tú qué vas a hacer? —jadeaba yo, con la boca abierta y la baba corriéndome por la barbilla.

—Hacer que te vengas más, hasta que no puedas caminar.

Y lo cumplía. En algún punto, entre tanto temblor, perdí por completo el control del cuerpo. Le pedí, en uno de los pocos momentos de lucidez, que si me veía ausente no se asustara, que siguiera cogiéndome sin parar. Y siguió. Después me contó que solo balbuceaba con la mirada perdida, la lengua afuera, que me venía una y otra vez sobre su verga antes de volver a la realidad. Fue, sin exagerar, la cogida más intensa que me ha dado un solo hombre.

***

Cuando creí que ya no me quedaba coño, descansamos quince minutos. Le lamí la verga de arriba abajo mientras nos recuperábamos, saboreando la mezcla de nuestros jugos, chupándole los huevos hinchados. Luego él, envalentonado, propuso otra postura, y otra, y otra más. Me puso boca abajo en el sofá y me la metió con mi propio peso empujándome contra el cojín. Me sentó en el filo de la mesa del comedor y me cogió mientras yo le clavaba las uñas en la espalda.

Terminamos en la regadera, con el agua cayendo, mi espalda contra los azulejos, sus brazos enormes sujetándome del culo para que no resbalara. Me tenía en el aire, atravesada en su verga, subiéndome y bajándome sobre esa polla como si yo no pesara nada. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el baño, el chapoteo del coño empapado, y yo ya ni intentaba callar los gritos.

—Me pones a mil, no puedo parar de cogerte —me dijo al oído, mordiéndome el lóbulo—. Aprietas demasiado rico, tu coño me traga entero.

—Eso quiero, papi —respondí—. Que no pares, que me vengas adentro, lléname toda.

Aguantó hasta el final, mucho más de lo que cualquiera habría aguantado. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo la verga empezaba a latir dentro de mí más fuerte, cómo los huevos se le pegaban duros contra mi culo. Cuando por fin se vino, lo hizo con una entrega que me dejó sin palabras: soltó un rugido ronco, me clavó los dedos en las nalgas y me llenó el coño de chorros calientes, uno tras otro, tantos que sentí cómo se me escurrían por los muslos aun con la polla adentro. Me quedé exhausta, deshecha, contando en la cabeza una cifra que ya no tenía sentido. Veintiún veces. Veintiuna.

Me quedé dormida en su cama, con el semen todavía chorreándome entre las piernas, sin fuerzas siquiera para vestirme. Desperté un par de horas después porque sentí sus manos acariciándome la espalda y el pelo, y cuando abrí los ojos él me miraba como quien no termina de creerse su suerte. Quería más. Yo, agotada y a la vez incapaz de negarme, cedí a un último encuentro lento, casi tierno. Me penetró de lado, muy despacio, besándome el cuello, moviendo las caderas con una calma que me hizo llorar de placer. Nos vinimos juntos esta vez, mirándonos, distintos a la furia de las horas anteriores.

***

Repetí al día siguiente, y otra vez dos días después. Cada vez fue brutal, cada vez terminé con el coño destrozado, las piernas temblando y las bragas empapadas de semen. Una lástima que mi novio regresara antes de tiempo, porque tuve que pausar la aventura. Por ahora la guardo aquí, en estas líneas, sin saber si volveré a buscar a Malik o si dejaré que el recuerdo haga su trabajo las noches en que este coño vuelva a pedir verga.

Quizá lo busque. Quizá no. Pero si algo aprendí esa tarde es que la timidez no dice nada de lo que un hombre puede dar cuando alguien se toma el trabajo de enseñarle a usar la verga que tiene. Saludos, y hasta la próxima confesión.

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Comentarios(6)

Cata_Mdq

que bueno!! de los mejores que lei en mucho tiempo

LuciaVarela

segunda parte por favor!!! quiero saber si lo volviste a ver antes de que se fuera

GonzaRio

me recordo a cuando tuve una compañera de intercambio hace unos años jaja, aunque en mi caso no termino nada parecido xD

Sandrita_22

lo de 'timido' al principio y lo que paso despues... clasico!! siempre los callados son los que mas sorprenden

SilvinaCordobesa

me gusto mucho como esta narrado, se lee de corrido y sin relleno. Muy creible, sentia que lo estaba viviendo con vos. Segui escribiendo!

ClaudioBA_ok

cuanto tiempo estuvo de intercambio? me quede con esa duda jaja

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