El regalo que mi tía me dejó la noche de Navidad
Mateo tenía veinticuatro años aquella Nochebuena y nunca había sido el alma de las fiestas. Mientras el resto de la familia llenaba la sala de risas, brindis y villancicos a destiempo, él prefería quedarse en una esquina, con un vaso a medias y la mirada perdida en el árbol. Su madre y sus tíos llevaban horas bailando, y la casa entera olía a cena recién servida y a vino tinto derramado sobre el mantel bueno.
No le gustaba bailar. Le daba vergüenza el cuerpo, los pasos, el ridículo de no saber qué hacer con las manos. Así que se conformaba con observar, con dejar que la música pasara por encima de él como una corriente tibia que no terminaba de arrastrarlo.
Fue entonces cuando empezó a notarla.
Su tía Carla, la hermana menor de su madre, lo miraba desde el otro lado de la sala. Tenía cuarenta y dos años y una manera de moverse que no encajaba con la idea que uno tiene de una tía. Era menuda, de piernas firmes que ella misma atribuía a años de bailar zumba los martes y jueves, y esa noche llevaba un pantalón oscuro ajustado que le marcaba el culo redondo cada vez que se giraba y una blusa clara que se le ceñía al cuerpo, tan fina que se le adivinaban los pezones endurecidos cada vez que levantaba los brazos. Los tacones la hacían parecer más alta de lo que era.
Mateo apartó la vista la primera vez. La segunda, ella seguía ahí, mirándolo con una sonrisa lenta. La tercera, le lanzó un beso al aire, en broma, como quien provoca a un sobrino tímido para sacarlo de su rincón.
Está jugando, nada más, pensó él. Pero el calor le subió por el cuello de todas formas, y también entre las piernas, donde la polla empezó a hincharse traidoramente contra la tela del pantalón.
Carla dejó su copa sobre la mesa y cruzó la sala hacia él. Cada paso era una pequeña declaración de intenciones que Mateo no supo leer del todo.
—Ven, vamos a bailar —dijo ella, estirando la mano.
—No, tía, no sé bailar —respondió, encogiéndose en el sillón.
—No seas así. Yo te enseño, es facilísimo.
—De verdad, no se me da.
—Anda, no me dejes con la mano estirada delante de todos —insistió, y movió los dedos como invitándolo a un secreto.
Mateo miró alrededor. Su madre conversaba en la cocina, su tío reía con alguien junto a la ventana, nadie les prestaba atención. Suspiró y le dio la mano. Los dedos de Carla eran tibios y firmes, y lo guiaron hasta el centro de la sala con una seguridad que a él le faltaba por completo.
—Relájate —le dijo ella al oído—. No te va a pasar nada. Solo seguime.
Al principio fue un desastre. Mateo pisaba, contaba los pasos en voz baja, se reía de sus propios errores. Pero Carla tenía paciencia, y poco a poco le fue soltando el cuerpo. Le puso una mano en la cintura, le corrigió la postura, lo hizo girar. La canción cambió a algo más lento y ella se acercó un poco más de lo necesario. Mateo sintió el roce de sus tetas contra el pecho, dos bultos firmes que se apretaban contra él, y tragó saliva. Peor todavía: cuando ella se pegó de frente, el muslo de Carla se coló entre los suyos y le rozó la polla dura por encima del pantalón. Ella no lo comentó, pero apretó un poco más, muy despacio, como si probara.
—¿Ves? No era tan difícil —murmuró Carla, y su aliento olía a vino dulce.
Él no contestó. Tenía miedo de que la voz lo delatara, y más miedo aún de que ella notara lo que empujaba contra su pierna.
***
La fiesta se fue apagando como se apagan todas: de a poco, sin avisar. A las cuatro de la mañana los invitados empezaron a rendirse al sueño y al alcohol. Algunos se fueron en taxi, otros se quedaron desparramados en los sillones. Mateo, que era el más sobrio de la casa, se encargó de organizar dónde dormiría cada quien.
Su tío apenas podía mantenerse en pie, así que Mateo lo acompañó hasta la habitación de huéspedes y lo dejó tendido sobre la cama, ya vencido. Carla entró detrás, le quitó los zapatos a su marido y le echó una manta encima con una ternura distraída.
—Gracias, mi amor —le dijo ella a Mateo, y esa palabra, dicha así, sin pensar, le quedó zumbando en los oídos.
Cuando todos estuvieron acomodados, Mateo se encerró en su cuarto. Se quitó la ropa de la fiesta, se puso la camiseta y el pantalón con los que dormía, y se metió bajo las sábanas. Estaba agotado, pero el corazón le latía rápido, todavía con la música y el roce de la tarde metidos en la piel.
Cerró los ojos. Empezaba a quedarse dormido cuando escuchó el picaporte de su puerta.
La puerta se abrió despacio. La silueta de Carla se recortó contra la luz del pasillo.
—Mateo, ¿estás despierto? —susurró.
—Sí, tía. ¿Pasa algo? —se incorporó en la cama, confundido.
—Necesito un favor. Dejé unas bolsas en el coche y las quiero meter antes de que amanezca, pero tu tío ya cayó muerto. ¿Me acompañás? No quiero salir sola a esta hora.
—Sí, claro —dijo él, y buscó las sandalias a tientas en el suelo.
Salieron juntos al pasillo en silencio, cuidando de no despertar a nadie. La casa estaba oscura y fría, con ese olor a fin de fiesta de copas vacías y velas apagadas. Cruzaron la cocina, abrieron la puerta que daba al garaje y bajaron los dos escalones hacia el suelo de cemento.
El garaje estaba a oscuras, apenas iluminado por la luz anaranjada de un farol de la calle que entraba por la rendija de la persiana. Mateo dio dos pasos hacia el coche y entonces sintió las manos de su tía en el pecho.
Carla lo empujó contra la pared.
—¿Tía? —alcanzó a decir, antes de que ella lo besara.
Fue un beso firme, decidido, sin nada de la broma de la sala. Mateo se quedó paralizado, los brazos rígidos a los costados, el cerebro tratando de entender lo que estaba pasando. Por un instante pensó en apartarla. Pensó en su tío durmiendo del otro lado de la pared, en su madre, en todo lo que aquello significaba.
Esto está mal, se dijo. Y aun así, le devolvió el beso.
Respondió torpemente al principio, sin saber qué hacer con la lengua, con los dientes, con la respiración. Carla lo guió también en eso, como lo había guiado en el baile, suavizando el ritmo, mordiéndole apenas el labio inferior, metiéndole después la lengua entera en la boca. Sus manos subieron hasta la nuca de Mateo y lo atrajeron más.
Él se animó a tocarla. Le puso las manos en la cintura, las deslizó hacia abajo con una torpeza nerviosa hasta encontrar la curva de las nalgas firmes que había estado mirando toda la noche sin atreverse a admitirlo. Le apretó el culo con las dos manos, hundió los dedos en la carne dura, y ella soltó un jadeo bajo contra su boca. Subió después hasta las tetas, las apretó por encima de la blusa, buscó los pezones con los pulgares y los sintió duros como piedritas incluso a través de la tela del sostén.
—Tranquilo —murmuró Carla—. No tengas prisa.
Ella misma se desabotonó la blusa hasta la mitad y le tomó una mano para meterla adentro, contra la piel tibia. Mateo tanteó el broche del corpiño, no supo abrirlo, y Carla se rió bajito antes de bajarse la copa de un tirón y ofrecerle la teta desnuda. Él se quedó mirándola un segundo, incrédulo, y después bajó la cabeza y le chupó el pezón como un desesperado, con hambre, mordisqueándolo apenas, arrancándole a ella un gemido que ella misma se tragó tapándose la boca.
—Así, mi amor —susurró Carla, agarrándolo del pelo—. Con la lengua, sin dientes… así.
Mientras él le mamaba las tetas, ella le buscó la polla por encima del pantalón. Se la agarró por sobre la tela, la apretó una vez, la midió con la mano, y sonrió contra su oreja.
—La tenés durísima, sobrino. Mírate. ¿Todo esto por tu tía?
Mateo estaba mareado de deseo y de incredulidad. La besaba, la tocaba, y al mismo tiempo no podía creer que fuera real, que esa mujer que conocía de toda la vida lo tuviera contra una pared fría a las cuatro de la mañana, con una teta afuera y la mano metida entre sus piernas apretándole la verga como si fuera dueña de ella.
Carla le desabrochó el pantalón sin dejar de besarlo. Le metió la mano dentro del bóxer y le agarró la polla a piel, con los dedos frescos, y empezó a moverla arriba y abajo, muy despacio, midiéndole el aliento a cada tirón. Mateo dejó caer la cabeza contra la pared y cerró los ojos.
—Mírame —le ordenó ella, sin levantar la voz—. Quiero que me mires mientras te la toco.
Él la miró. Carla escupió sobre la palma, sin dejar de mirarlo a los ojos, y se la volvió a agarrar mojada, más resbaladiza, más obscena. Le puso el pulgar en la punta y le repartió las gotas que le brotaban de la polla. Mateo apretó los dientes para no gemir.
***
Carla se separó de golpe. Lo miró fijo unos segundos, con una sonrisa que él no le conocía, y entonces se arrodilló frente a él sobre el cemento.
—¿Qué hacés? —preguntó Mateo en un hilo de voz.
Ella no contestó. Se recogió el cabello revuelto en una coleta improvisada, con un gesto práctico, como quien se prepara para algo que tiene muy claro. Después llevó las manos a la cintura del pantalón de él y, sin apuro, le bajó la tela junto con el bóxer hasta las rodillas.
El frío del garaje le rozó la piel. Mateo contuvo la respiración. La luz del farol apenas iluminaba la mitad de la cara de su tía, lo suficiente para verla inclinarse hacia él con la boca entreabierta y la polla dura enfrente, casi rozándole los labios.
Lo tomó con una mano, lo levantó apenas y empezó por abajo, sacando la lengua y lamiéndole toda la verga desde la base, muy lento, como si la probara. Le lamió los huevos con la boca abierta, se los metió uno por uno en los labios y los soltó con un beso. Subió después, centímetro a centímetro, con la lengua plana pegada a la carne, hasta la punta, donde se detuvo. Cerró los ojos, abrió los labios y se lo metió entero en la boca de una vez.
Mateo apretó los puños contra la pared. La sensación era tan intensa que tuvo que morderse el labio para no gritar. Sintió cómo el fondo de la garganta de su tía le recibía la punta, cómo ella tragaba a su alrededor, cómo la lengua le empujaba por debajo mientras subía y bajaba. La saliva se le escurrió por la comisura y le cayó gorda hasta los huevos.
—Despacio —se dijo a sí mismo en un susurro, pero ya estaba perdiendo la cabeza.
Carla la sacaba brillante, la miraba, se la pegaba en la mejilla, en la lengua, y volvía a metérsela. Le agarraba la base con la mano y la movía al mismo tiempo que subía y bajaba la boca, con una técnica que no dejaba lugar a dudas de cuántas vergas había chupado en su vida. De vez en cuando lo miraba desde abajo con los ojos húmedos y ese detalle —los ojos de su tía Carla clavados en él con la polla en la boca— era más fuerte que cualquier otra cosa.
—Qué rica tenés la polla, sobrino —murmuró en un descanso, con la voz ronca, sin dejar de pajearlo—. Qué rica y qué dura la tenés para tu tía.
Y volvió a metérsela hasta el fondo.
Por la poca experiencia que tenía, Mateo trataba de aguantar, de pensar en cualquier otra cosa, de alargar el momento. Carla lo notó. Levantó la vista un segundo, lo miró a los ojos y, como si aceptara un desafío, empezó a moverse con más fuerza y más velocidad, mamándosela entera de arriba abajo, tragándosela hasta el fondo cada vez, sin parar, con una destreza que a él le quitó cualquier idea de resistir. Con la otra mano le agarró los huevos y se los amasó despacio.
—Tía, espera, voy a... —jadeó.
Ella no se detuvo. Al contrario. Aceleró todavía más, apretó los labios alrededor de la polla y le clavó los ojos como diciéndole que se corriera de una vez, en su boca, sin resistirse.
Mateo no pudo más. El placer lo recorrió de golpe, le tembló todo el cuerpo y se vino con un gemido ahogado que tuvo que tragarse a medias para no despertar a la casa. La primera descarga la sintió salir con fuerza, larga, y después otra, y otra, chorros gruesos de semen que iban directo a la garganta de su tía. Carla no se apartó. Se lo tragó todo, sin dejar de moverle la mano en la base, exprimiéndole hasta la última gota, chupando la punta como si le sacara el tuétano. Fue, sin ninguna duda, el orgasmo más fuerte de su vida, una descarga que le dobló las rodillas y le dejó la espalda pegada al cemento.
Carla siguió un poco más, sin prisa, hasta el final. Le limpió la polla con la lengua, muy despacio, casi con cariño, recogiendo los restos que se le habían quedado en la piel, y después se incorporó despacio. Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, tragó por última vez y se quedó mirándolo con una calma que a él le resultó casi más perturbadora que todo lo anterior.
—Ya vístete —dijo, en voz baja.
Mateo, todavía temblando, se subió el bóxer y el pantalón con manos torpes. No entendía nada. La cabeza le daba vueltas.
—¿Y... las bolsas? —preguntó, porque no se le ocurrió otra cosa—. ¿No habías venido a buscar algo del coche?
Carla soltó una risa suave, casi tierna.
—No había nada que buscar —dijo—. Solo quería esto. Solo quería tu leche en mi boca, sobrino.
Mateo no supo qué responder. Se quedó ahí, contra la pared, mirándola como quien mira a alguien por primera vez.
Ella se acomodó la blusa, se abrochó los botones uno a uno, se ajustó la teta de vuelta dentro del corpiño, se pasó la mano por el pelo y recuperó en un instante la compostura de la tía de siempre, la que abrazaba en los cumpleaños y traía postres en las fiestas. Antes de subir los escalones hacia la cocina, se giró.
—Feliz Navidad, Mateo —dijo—. Y esto queda entre vos y yo.
Le dio un beso corto en los labios, apenas un roce con gusto todavía a él, y desapareció en la oscuridad de la casa.
Mateo se quedó solo en el garaje, con el corazón golpeándole el pecho y el frío del cemento ya olvidado. Tardó un largo rato en volver a su cuarto. Esa noche no durmió. Y durante años, cada vez que llegaba diciembre y la familia se juntaba a brindar, evitaba mirar a su tía a los ojos, porque sabía que entre los dos quedaría siempre aquel secreto, guardado bajo llave como el mejor y el más prohibido de los regalos.





