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Relatos Ardientes

La noche que por fin me animé a dar ese paso

Tengo que confesarlo antes de que se me escape el detalle, porque hay noches que una guarda como se guardan las cosas que no se cuentan a nadie. Me llamo Camila, tengo poco más de treinta años, soy de estatura mediana, piel clara y el pelo teñido de un color vino que me costó decidir y que ahora no cambiaría por nada. No tengo un cuerpo de revista: soy delgada, las tetas más bien chicas pero con los pezones sensibles como pocos, las caderas suaves, el culo respingón. Pero hay algo que aprendí con el tiempo, y es que el deseo no se mide en centímetros. Se mide en cómo te mira alguien cuando cree que no te das cuenta.

Y Mateo me miraba así desde hacía semanas.

Lo nuestro venía de un par de años, de esos en los que ya conoces el mapa del otro de memoria y aun así te sorprende encontrar un camino nuevo. Una tarde, tirados en el sofá, hablando de tonterías, salió el tema casi sin querer. Una pregunta tímida, un «¿alguna vez pensaste en que te la meta por el culo?» que quedó flotando en el aire. Yo me reí, me puse colorada, cambié de tema. Pero no me lo saqué de la cabeza.

Esa noche, sola en la cama, me descubrí pensándolo. Con dos dedos metidos en el coño mojado y la otra mano apretándome un pezón, imaginé su verga abriéndome despacio ese agujero que nadie había tocado nunca. Me corrí mordiendo la almohada. Y al día siguiente también.

—¿Sigues dándole vueltas? —me preguntó él una semana después, con esa media sonrisa que tiene cuando ya sabe la respuesta.

—Puede ser —admití, mordiéndome el labio.

—No hay apuro, Cami. Si no quieres, no pasa nada.

Pero sí quería. Esa era la cuestión. Quería sentir su polla forzándome el culo, quería saber cómo era que me llenara ese hueco prohibido.

Decidimos planearlo. Suena raro decirlo así, tan calculado, pero a mí me dio una tranquilidad enorme. No era algo que iba a ocurrir de golpe, en medio de un arrebato del que después una se arrepiente. Era una decisión tomada entre los dos, con tiempo, con cuidado. Acordamos un día. Pusimos condiciones, casi como un contrato silencioso: él iría despacio, yo podía frenar todo en cualquier momento con una sola palabra, y por encima de cualquier cosa estaba la confianza. Esa fue la palabra que más repetimos. Confianza.

Durante esa semana, la anticipación se volvió un juego en sí misma. Un mensaje a media mañana diciéndome que ya me imaginaba en cuatro. Una mirada de más en la cena. Un roce en la cocina que duraba un segundo más de lo necesario, su mano pasándome por el culo mientras yo lavaba los platos. Cada gesto pequeño iba cargando el ambiente, como si entre los dos estuviéramos encendiendo una mecha muy lenta, disfrutando cada chispa. Llegué a esa semana masturbándome dos veces por día, y él lo sabía. Se lo confesé en un mensaje, y me contestó que él también se había hecho una paja en la ducha pensando en mí.

***

El día llegó un viernes. Habíamos despejado la agenda a propósito: nada de planes después, nada de relojes, nada de prisas. Cuando él entró por la puerta esa noche, yo ya tenía la casa en penumbra, una sola lámpara encendida en el dormitorio y una copa de vino esperándolo en la mesa. Debajo del vestido no tenía nada, ni bombacha ni corpiño, y él lo notó al primer abrazo.

—Veo que te tomaste en serio lo de la planificación —bromeó, dejando las llaves, con la mano ya subiéndome por el muslo.

—Soy una mujer de palabra —respondí, y le pasé la copa.

Nos sentamos en el borde de la cama, hombro con hombro, bebiendo despacio. Hablamos de cualquier cosa, del trabajo, de una serie que estábamos viendo, como si fuera una noche más. Y sin embargo no lo era, y los dos lo sabíamos. La tensión estaba ahí, debajo de cada frase, calentando el aire entre nosotros. Yo ya tenía el coño empapado de esperarlo.

Fue él quien dio el primer paso. Dejó su copa en la mesita y me apartó un mechón de la cara con una lentitud que me erizó la piel.

—¿Lista? —murmuró.

—Lista —dije, y la voz me tembló apenas.

Me besó. No fue un beso apurado de los que abren una noche cualquiera. Fue un beso largo, profundo, con lengua, de esos que te van desarmando por dentro. Sentí sus manos subir por mi espalda, una de ellas enredándose en mi pelo, la otra recorriéndome la cintura hasta encontrarme una teta por debajo del vestido y apretármela con ganas. Me besaba el cuello, detrás de la oreja, justo en ese punto que me deshace, y yo ya empezaba a perder el hilo de mis propios pensamientos.

Sus dedos encontraron el borde del vestido y lo fueron levantando sin prisa. Yo levanté los brazos para ayudarlo, y cuando la tela cayó al suelo me quedé un momento mirándolo, dejándome mirar, desnuda entera. Hay un poder enorme en eso, en sentirse deseada de esa manera tan abierta. Él me recorría con los ojos como si me viera por primera vez, y le vi el bulto duro debajo del pantalón.

—Eres preciosa —dijo, y no lo dijo como una frase hecha. Lo dijo en serio—. Estás toda mojada, Cami. Se te nota desde acá.

Le agarré la mano y me la llevé entre las piernas. Le hice sentir cuánto le chorreaba el coño con solo mirarme. Gemí bajito cuando dos de sus dedos se abrieron paso adentro, y él sonrió contra mi boca.

—Toda la semana así —le confesé al oído—. Toda la semana pensando en tu verga.

***

Lo empujé con suavidad hasta que quedó tendido sobre la cama y me subí encima de él, todavía con la respiración entrecortada. Le desabroché la camisa botón por botón, disfrutando de la espera, de la forma en que él contenía el aliento cada vez que mis dedos rozaban su piel. Me incliné y lo besé en el pecho, en el cuello, mientras mis caderas empezaban a moverse despacio contra las suyas. Le bajé el cierre del pantalón y le liberé la polla, dura y palpitando, con la punta ya perlada.

Me arrodillé entre sus piernas y se la agarré con las dos manos. Le pasé la lengua por toda la extensión, de la base a la punta, disfrutando de cómo se le contraía la panza. Me la metí en la boca hasta donde pude, chupándosela con ganas, con saliva chorreándome por la mandíbula. Él me agarró el pelo y me marcó el ritmo, empujando de a poco, gimiendo cada vez que la punta le tocaba el fondo de mi garganta. Se la mamé un buen rato, mirándolo de abajo, ensuciándome, mientras yo me pasaba una mano entre las piernas frotándome el clítoris.

—Para, para —jadeó él tirándome del pelo hacia arriba—. Me vas a hacer acabar así.

Le quité el resto de la ropa entre risas y tirones torpes, y cuando por fin los dos quedamos sin nada que nos separara, me tomé un momento solo para sentirlo. Su piel contra la mía, su respiración agitada, el latido acelerado bajo mis manos. Volví a montarme encima, me agarré su verga y me la fui metiendo despacio en el coño, centímetro a centímetro, empapada como estaba. La sentí abrirme entera, y solté un gemido largo cuando toqué fondo.

Empecé a moverme sobre él con un ritmo lento que fue creciendo solo. Subía y bajaba clavándomela hasta la base, apoyándome con las manos en su pecho. Él me sujetaba las caderas, marcándome el compás, mirándome a los ojos todo el tiempo, y de vez en cuando levantaba una mano para pellizcarme un pezón o para apretarme el culo. Esa mirada fue lo que me llevó al borde más rápido de lo que esperaba. Sentí cómo se me tensaba todo por dentro, cómo el coño le apretaba la verga en espasmos, y una ola tibia me subió desde el vientre y me sacudió entera. Me aferré a su pecho mientras el placer me recorría en oleadas, mordiéndome el labio para no gritar demasiado fuerte, corriéndome empalada arriba de él.

—Eso fue rápido —susurró él, sonriendo, con las manos todavía firmes en mi cintura, la polla todavía adentro palpitando.

—Llevaba toda la semana imaginándolo —confesé, sin aliento—. Era inevitable.

Me dejé caer sobre él un momento, recuperando el aire, sintiendo cómo el corazón se me iba calmando y cómo su verga seguía dura dentro de mí. Pero ninguno de los dos quería que terminara ahí. Faltaba lo que habíamos planeado. Faltaba el paso que me tenía nerviosa y, al mismo tiempo, muerta de ganas. Faltaba que me rompiera el culo.

***

—¿Todavía quieres? —me preguntó, apartándome el pelo húmedo de la frente.

Asentí. No me salían las palabras, pero asentí con una certeza que me sorprendió a mí misma.

—Decilo —insistió él, mordiéndome el hombro—. Quiero oírtelo.

—Quiero que me la metas por el culo —solté, y me sonrojé hasta las orejas de escucharme decirlo en voz alta.

Me ayudó a girar hasta quedar boca abajo, y él se acomodó detrás de mí. Me hizo levantar el culo apoyándome en las rodillas y en los codos, dejándome expuesta, con el coño chorreando y el ojete apretado a la vista. Lo primero que sentí no fue otra cosa que sus manos, recorriéndome la espalda de arriba abajo, masajeando mis hombros, bajando lentamente hasta separarme las nalgas. No había nada de apuro en él. Era pura paciencia, pura atención, y eso me fue relajando como no creí posible.

Sentí el frío del lubricante caer entre mis nalgas, y después su dedo dando vueltas alrededor de mi agujero, untándolo bien. Me pasó un dedo por encima, presionando apenas, hasta que sentí cómo se me abría de a poco y el primer nudillo entró. Gemí contra las sábanas, sorprendida de lo intenso que era sentir eso ahí.

—Avísame si quieres parar —dijo, su voz cálida contra mi nuca, mientras el dedo se hundía completo y empezaba a moverse en círculos—. En cualquier momento. Lo digo en serio.

—Confío en ti —respondí, y era verdad. Nunca había confiado tanto.

Metió un segundo dedo. Sentí un ardor, un estiramiento nuevo, y solté el aire despacio dejándome abrir. Él me la iba trabajando con paciencia, entrando y saliendo, mientras con la otra mano me buscaba el clítoris y me lo frotaba en círculos suaves. La combinación me nubló el juicio: entre el ardor del culo y los círculos en el clítoris ya no sabía si quería más o menos, solo sabía que no quería que parara.

—Ya, ya, hacelo —le pedí, apretándome contra sus dedos—. Metémela.

Sacó los dedos, se puso más lubricante en la polla, y la sentí apoyándose contra mi agujero, empujando con firmeza pero sin brutalidad. Fue despacio, tan despacio que la espera misma se volvió parte del placer. Cada movimiento estaba pensado, medido, atento a mis reacciones. Yo respiraba hondo, soltando la tensión a propósito, dejándome llevar. La punta empezó a abrirse paso, y sentí una punzada breve que me hizo apretar las sábanas entre los dedos. Él lo notó al segundo.

—Tranquila —murmuró, sin moverse, dándome tiempo, con la cabeza de la verga apenas adentro—. Respira. No hay prisa.

Y respiré. Y la molestia se fue disolviendo, transformándose en algo nuevo, en una sensación que no tenía con qué comparar. Sentí cómo iba avanzando de a poco, milímetro a milímetro, hasta que noté sus caderas contra mis nalgas y supe que la tenía toda adentro. Una mezcla extraña de vulnerabilidad y poder, de entrega absoluta y de control al mismo tiempo. Sentirlo así, con la verga clavada hasta la base en un lugar donde nunca había tenido nada, sabiendo que él estaba pendiente de cada gesto mío, me llevó a un lugar que no conocía.

—¿Bien? —preguntó, quieto, respirándome en la nuca.

—Muy bien —dije, y esta vez la voz me salió firme—. Movete. Cogeme.

***

A partir de ahí fue distinto. El cuerpo se me fue acostumbrando, la incomodidad inicial quedó atrás y empezó el placer de verdad. Mateo empezó a moverse con embestidas cortas al principio, saliendo apenas y volviendo a entrar, dejándome sentir cada centímetro. Poco a poco fue tomando ritmo, saliendo casi entero para volver a hundírmela hasta el fondo. Yo empecé a empujar el culo hacia atrás, a salir a su encuentro, sorprendida de cuánto lo estaba disfrutando. Los gemidos me salían solos, ahogados contra la almohada, mezclándose con el sonido húmedo de su verga metiéndose en mi culo y con su respiración pesada detrás de mí.

Una de sus manos me sostenía la cadera con firmeza; la otra subió por mi espalda hasta enredarse otra vez en mi pelo, y de un tirón me hizo levantar la cabeza. Ahora no había manera de ahogar los gritos: los gemidos me salían libres, en cada empujón, y a mí me daba lo mismo. Con la otra mano me estiró para atrás y me la metió toda de una, arrancándome un grito ronco.

—Así, así, no pares —le supliqué, con la cara colorada y la boca abierta—. Rompémelo.

—Qué culo, Cami, qué culo tenés —jadeaba él, cogiéndome con más fuerza—. Estás toda apretada, mi amor.

Me metió una mano entre las piernas y me empezó a frotar el clítoris mientras me la seguía clavando en el culo. Yo me sentía completamente abierta, completamente suya, con un agujero relleno y con el coño chorreando entre sus dedos, y nunca me había sentido tan deseada en mi vida. Sentí que otra vez me venía, distinto esta vez, más profundo, más denso, subiéndome desde algún lugar que no sabía que existía.

—Me vengo —alcancé a avisar—. Me vengo otra vez.

—Vení, dale, corrémela toda —me pidió, empujando más fuerte.

El orgasmo me partió al medio. Grité contra la almohada, apretándole la verga con el culo en unos espasmos que no podía controlar, temblando entera, con las piernas ya sin fuerza. Él no paró: siguió cogiéndome mientras yo me venía, prolongándomelo hasta un punto que casi no soporté.

—No sabes lo que me haces —jadeó él, con la voz cada vez más ronca.

—Vení adentro —le pedí sin pensarlo, todavía temblando—. Vení adentro del culo.

El calor entre los dos fue subiendo hasta volverse insoportable, en el mejor de los sentidos. Lo sentí tensarse, su ritmo perder la calma cuidadosa de antes, agarrarme del pelo con las dos manos y coger sin control, embistiendo con toda la fuerza. Me aferré a las sábanas, empujando hacia atrás, queriéndolo todo. Cuando llegó al final, soltó mi nombre en un suspiro ronco y sentí los chorros calientes de su leche adentro, llenándome, uno tras otro, mientras me clavaba las uñas en las caderas. Se quedó quieto, derrumbándose despacio sobre mi espalda, todavía adentro, todavía abrazándome.

Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, recuperando el aliento, su pecho subiendo y bajando contra mi piel, la verga ablandándose de a poco dentro de mí. Cuando finalmente salió, sentí el semen escurriéndoseme entre las nalgas, y en vez de darme vergüenza me dio un placer raro, sucio, saber que me había dejado ahí adentro. Afuera, la ciudad seguía con su ruido lejano, ajena a lo que acababa de pasar entre estas cuatro paredes.

***

Después vino la parte que, para mí, fue casi tan importante como todo lo anterior. Mateo se levantó, fue a buscar una toalla tibia y volvió. Me limpió con un cuidado que me llenó los ojos de lágrimas sin saber muy bien por qué. Me pasó la toalla entre las piernas, por el culo todavía abierto, por el coño chorreando de mis propios jugos. Me besó la espalda, los hombros, la nuca. Me abrazó por detrás y me apretó contra él.

—¿Estás bien? —preguntó por enésima vez esa noche.

—Mejor que bien —dije, y me reí bajito—. No pensé que iba a gustarme tanto que me cojan el culo.

—Yo tampoco pensé que iba a verte así —admitió—. Tan… entregada. Tan puta para mí.

—Solo para vos —le contesté, y se lo dije en serio.

Nos acomodamos bajo las sábanas, él detrás de mí, su brazo cruzado sobre mi cintura, la mano sosteniéndome una teta. Y mientras me iba quedando dormida, pensé en lo curioso que es el deseo. En cómo algo que durante años había sido apenas una idea lejana, una fantasía sin forma, se había convertido en uno de los recuerdos más íntimos de mi vida. No por lo que hicimos, sino por cómo lo hicimos: con tiempo, con confianza, con esa complicidad que no se improvisa.

Lo que descubrí esa noche no fue solo una sensación nueva del cuerpo. Fue darme cuenta de hasta dónde podía dejarme llevar cuando confío de verdad en alguien. De que entregarse no es perder nada, sino encontrar un lugar al que nunca habías llegado.

Por eso lo escribo. Porque hay cosas que una guarda para sí misma, sí, pero también hay confesiones que merecen contarse, aunque sea en voz baja, aunque sea a desconocidos que leen estas líneas. Esa noche aprendí algo de mí, y la verdad, no me arrepiento de nada.

Hay decisiones que una toma con miedo y termina agradeciendo. Esta fue una de ellas. Y desde entonces, cada tanto, se la vuelvo a pedir.

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Comentarios(4)

KarlaF_mdq

Que relatazo!!! me encantó de principio a fin.

SilvioRdr

Se nota que es real, eso lo hace mucho mejor que los inventados. Muy bien narrado.

PaulaZ

y despues de esa noche como continuo? hay segunda parte o fue algo unico?

CorazonBrave

Me quede sin palabras al final, de verdad. Escribís muy bien!!

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