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Relatos Ardientes

Tu fantasía me llevó a los brazos de otro

No me pidas que vuelva a ser la mujer que era. No ahora, ya no puedo. Esa mujer se quedó en una habitación de hotel con vistas al mar, y la que escribe esta carta es otra muy distinta. Necesito que lo entiendas, aunque sé que no vas a perdonármelo. Te lo debo, al menos, escrito de mi puño y letra.

Cuando te conocí yo tenía mis convicciones bien ordenadas, casi tan rígidas como las de mi padre. Cada cosa en su sitio, cada persona con la suya. Pensaba que el mundo funcionaba mejor cuando nadie se salía del guion que le habían escrito al nacer. Tú te reías de eso. Decías que algún día la vida me iba a desordenar todos los cajones, y que ese día me ibas a recordar lo terca que había sido.

Tenías razón, Gonzalo. Más razón de la que querías tener.

***

La fantasía no fue mía. Eso quiero que quede claro, no para echarte la culpa, sino porque es verdad. Empezaste a hablarme de ello una noche cualquiera, en la cama, con la voz baja que ponías cuando querías algo y no te atrevías a pedirlo de frente.

—¿Nunca te has imaginado con otro? —me preguntaste—. Conmigo mirando. Otra polla dentro de ti, mientras yo me la casco al lado.

Yo me reí. Te dije que estabas enfermo, que se te iba la cabeza, que las parejas normales no hablaban de esas cosas. Pero tú insististe noche tras noche, semana tras semana. Me lo susurrabas mientras me follabas, con la boca pegada a la oreja, describiéndome cómo otro hombre me abriría de piernas, cómo me metería la verga hasta el fondo mientras tú mirabas mi coño estirándose alrededor de él. Lo repetías cuando te corrías dentro de mí, jadeando la palabra «otro» como si fuera un rezo. Querías verme follada por otro hombre. Y no con cualquiera: tenías una idea muy concreta, un deseo que llevabas escondido desde mucho antes de conocerme.

Al principio me daba asco. Te lo dije sin rodeos. Me parecía una bajeza, una traición que tú mismo me estabas pidiendo cometer. Pero hay algo que pasa cuando alguien te repite cada noche la misma palabra al oído: deja de sonar a insulto y empieza a sonar a posibilidad. Y un día, sin darme cuenta, ya no me revolvía el estómago. Un día me descubrí pensando en ello en el coche, con la mano metida entre las piernas en un semáforo en rojo; en el trabajo, apretando los muslos bajo la mesa; en la ducha, restregándome el clítoris contra el chorro imaginando una polla desconocida entrando en mí.

Tú lo notaste antes que yo. Siempre fuiste bueno leyéndome la cara.

***

Fuiste tú quien propició el encuentro. No lo olvides nunca. Buscaste, elegiste, escribiste mensajes a mis espaldas y a la vez a la mía, organizando algo que decías que era para los dos. Lo llamaste Demba. Me enseñaste una foto en el teléfono una tarde de domingo, como quien presenta un regalo.

—Es él —dijiste, y te temblaba un poco la voz de la emoción.

Demba tenía una sonrisa tranquila y unos ojos que no pedían permiso para mirar. Era alto, de hombros anchos, con una calma en el gesto que yo no había visto en ningún hombre. Tú lo habías elegido por fuera, por la imagen que te excitaba, por el color de su piel contrastando con la mía. Yo todavía no sabía que iba a elegirlo por dentro.

—Amor, ¿y si sale mal? —te avisé esa misma tarde—. ¿Y si me arrepiento? ¿Y si me gusta?

Lo dije las tres cosas. Las tres. Que conste. Pero tú solo escuchabas tu propia obsesión, esa película que llevabas años proyectando en tu cabeza. Solo veías la escena que querías ver, conmigo en el centro y tú en el sillón, mirando. Me besaste y me dijiste que confiabas en mí, que nada iba a cambiar entre nosotros. Qué poco sabías de lo que estabas a punto de perder.

***

La primera vez fue en nuestra casa, una noche de verano con las ventanas abiertas y el ruido lejano de la calle. Tú lo organizaste todo: la música, las copas, las luces a media altura. Estabas más nervioso que yo, dando vueltas, sirviendo bebidas que nadie pedía.

Demba se sentó frente a mí y no tuvo prisa. Esa fue la diferencia. Tú siempre tenías prisa, querías llegar al final como quien corre a ver el resultado de un partido. Él no. Él me habló durante una hora antes de tocarme. Me preguntó cosas, me escuchó de verdad, se rio con lo que yo decía. Cuando por fin me puso la mano en la rodilla, yo ya llevaba un buen rato con el coño mojado, apretando los muslos, deseando que la subiera.

Te miré una vez. Una sola. Estabas en el sillón, exactamente donde querías estar, con la respiración agitada y los ojos brillantes, la mano ya en la bragueta. Y entonces algo pasó dentro de mí, algo que no estaba en tu guion. Dejé de hacerlo para ti. Empecé a hacerlo para mí.

Demba me subió la falda con dos dedos, despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo. Me apartó las bragas hacia un lado y pasó la yema por mi coño de arriba abajo, sin prisa, notando cómo estaba empapada. Chasqueó la lengua bajito, casi como un halago.

—Mírala qué mojada está ya —le dijo a nadie, o a ti, o a mí—. Y todavía no le he hecho nada.

Se arrodilló entre mis piernas y me arrancó las bragas de un tirón seco. Yo di un respingo. Antes de que pudiera decir nada, tenía su boca pegada a mi coño, la lengua entera aplastada contra los labios, chupando, lamiendo de abajo hacia arriba con una lentitud que me hacía retorcerme. Me metió dos dedos gruesos hasta los nudillos y me los curvó hacia dentro, buscando el punto exacto, mientras la lengua me castigaba el clítoris en círculos. Yo me agarraba al sofá con las dos manos, arqueada, sin poder cerrar la boca. Me corrí en su cara en menos de cinco minutos, mordiéndome el labio para no gritar demasiado, sintiendo cómo me temblaban los muslos alrededor de su cabeza.

Él se apartó despacio, con la barbilla brillante de mis flujos, y se limpió con el dorso de la mano sonriendo. Se puso de pie delante de mí y se bajó los pantalones sin apuro. Cuando le vi la polla, se me escapó un sonido de la garganta que no sabía que podía hacer. Era grande, gruesa, oscura, con las venas marcadas y el glande hinchado apuntándome a la cara. Yo miré a Gonzalo un segundo, casi por reflejo, y luego me olvidé de que existías.

Me arrodillé en la alfombra y se la agarré con las dos manos. No me cabía entera en la boca. Me la metí como pude, escupiendo encima, chupándole el glande con los labios apretados, bajando la lengua por toda la longitud hasta los cojones y volviendo a subir. Él me puso una mano grande en la nuca y empezó a marcarme el ritmo, empujando despacio, hasta que sentí la punta chocarme en la garganta y las lágrimas me nublaron los ojos. No paré. Se la mamé con hambre, con saliva bajándome por la barbilla, gimiendo con la boca llena porque me gustaba, porque por primera vez en mi vida una polla me gustaba de verdad.

Me tumbó bocarriba en el sofá, me abrió las piernas hasta el techo y me la puso en la entrada del coño. No entró de golpe. Frotó la punta por mis labios empapados, arriba y abajo, mientras yo empujaba las caderas buscándolo, y solo entonces empezó a meterse. Centímetro a centímetro. Yo notaba cómo me abría por dentro, cómo mis paredes cedían para acomodarlo, y cuando llegó al fondo se quedó quieto un momento, mirándome, dejándome sentir hasta dónde le llegaba. Nunca me habían llenado así. Nunca.

Empezó a follarme despacio, con embestidas largas y profundas, sacándomela casi entera y volviéndola a hundir hasta el tope. Yo le clavaba las uñas en la espalda, jadeaba palabras que ni sabía que tenía en la cabeza, «más», «así», «no pares», «rómpeme». Me giró bocabajo y me puso a cuatro patas en la alfombra, me agarró de las caderas y me embistió desde atrás con la mano en mi nuca, empujándome la cara contra el suelo. El sonido de sus cojones chocando contra mi culo llenó la habitación, húmedo, obsceno, y yo grité sin importarme que tú estuvieras a dos metros con la polla en la mano.

Me corrí dos veces más en esa postura, una detrás de otra, apretándole la verga con el coño hasta que él soltó un gruñido ronco. Me sacó la polla, me giró la cara con dos dedos en la mandíbula y se corrió a chorros en mi lengua y en mis mejillas, un semen espeso y caliente que me resbaló por la barbilla y goteó sobre mis tetas. Yo me tragué lo que pude, con los ojos cerrados, y le pasé la lengua por el glande limpiándoselo hasta la última gota.

Cuando todo terminó y Demba se vistió despacio y me dio un beso en la sien antes de marcharse, yo me quedé temblando en la alfombra, medio desnuda, con su semen todavía secándose en la piel, y no era de placer. Era de miedo. Porque supe, en ese mismo instante, que aquello no había sido un juego.

***

Te vi la cara cuando se cerró la puerta. La tenías desencajada. Habías conseguido tu fantasía y te habías dado cuenta, demasiado tarde, de que las fantasías se cumplen pero no se controlan. Esa noche no me tocaste. Te diste la vuelta en la cama y fingiste que dormías. Yo me quedé mirando el techo, con el cuerpo todavía caliente, el coño palpitando de lo bien follada que estaba, y la cabeza en otra parte. En él.

Durante las semanas siguientes intentaste hacer como si nada. Pero ya no eras el mismo y yo tampoco. Me mirabas distinto, con una mezcla de deseo y de reproche que no sabías esconder. Querías repetir y a la vez te aterraba repetir. Y yo, que al principio te había seguido el juego por complacerte, ahora era la que buscaba cualquier excusa para volver a sentir esa verga dentro.

Cuando me follabas, cerraba los ojos y me imaginaba que eras él. Cuando me metías dos dedos, pensaba en los tres suyos. Cuando te corrías, apenas lo notaba, porque la referencia se me había roto para siempre.

Demba me había roto algo por dentro. No los esquemas, no los prejuicios que arrastraba desde niña, aunque también. Me había roto la idea de que lo que tú y yo teníamos era suficiente. Me había enseñado, sin proponérselo, lo que era sentirse follada como una mujer entera y no como una pieza de una fantasía ajena.

***

Por eso me reí por dentro cuando me propusiste el viaje a la playa. «Para recuperar lo nuestro», dijiste. Reservaste aquel hotel caro frente al mar, con la terraza y el desayuno incluido, convencido de que unos días lejos de todo nos devolverían lo que tu propio capricho había empezado a quitarnos.

Lo que tú no sabías es que yo reservé otra habitación. En el mismo hotel, tres plantas más abajo. A nombre de Demba.

Lo pagué con mi dinero, todos los días que estuvimos allí. Lo organicé con la misma frialdad con la que tú habías organizado aquella primera noche. Aprendí de ti, ¿sabes? Aprendí a planear, a mentir con la sonrisa puesta, a desear algo en silencio mientras decía lo contrario en voz alta.

Las primeras tardes fueron casi tiernas. Tú te esforzabas. Me llevabas a cenar, me cogías de la mano por el paseo marítimo, me hablabas del futuro como si todavía existiera. Y yo te seguía la corriente, asentía, te besaba en la mejilla. Pero por las noches, cuando el vino te vencía y te quedabas dormido a medias en la cama, derrotado por la borrachera de quien intuye que está perdiendo a su mujer, yo me levantaba sin hacer ruido.

Me ponía un vestido fino, sin bragas, me llevaba los tacones en la mano para no despertarte, y bajaba descalza por el pasillo enmoquetado. Tres plantas. El ascensor me daba tiempo a mirarme en el espejo y a no reconocerme, a meterme dos dedos entre las piernas para llegar ya mojada. Y luego una puerta, dos golpes suaves, y él abriendo en penumbra, esperándome despierto como si supiera que iba a bajar.

—Sabía que vendrías —me dijo la primera noche.

Y tenía razón. Igual que tú tenías razón cuando me decías que la vida iba a desordenarme los cajones. Solo que ninguno de los dos imaginó que el desorden tendría su nombre.

***

En aquella habitación de abajo descubrí lo que era el deseo sin público. Sin alguien mirando, sin tener que actuar para nadie, sin la sensación de estar cumpliendo el sueño de otro. Solo él y yo, las olas golpeando contra el espigón y la luz azulada del amanecer colándose por las cortinas cuando ya era hora de volver a subir.

La primera noche allí me follaba nada más cerrar la puerta. Me empujaba contra la pared del recibidor, me subía el vestido a la cintura de un tirón y me metía la polla de pie, cargándome con las dos manos bajo el culo, dejándome atravesada por su verga mientras las piernas me colgaban en el aire. Yo le mordía el hombro para no gritar, sintiendo cómo cada embestida me levantaba unos centímetros y me volvía a clavar hasta el fondo.

Otras noches nos metíamos directos en la cama, y me pasaba horas con la cara aplastada contra el colchón y el culo en pompa, mientras él me trabajaba el coño con la lengua, con los dedos, con la polla, alternando sin dejarme descansar. Me hacía correrme cuatro, cinco veces por noche, hasta que ya no podía ni cerrar las piernas. Me abría de brazos y de piernas en aspa y me follaba mirándome a los ojos, sin dejarme apartar la vista, obligándome a decirle en voz alta lo que me estaba haciendo.

—Dime de quién es este coño —me susurraba con la boca pegada a la mía.

—Tuyo —le respondía yo, y no mentía—. Todo tuyo.

Me lamía las tetas mientras me metía dos dedos por detrás y la polla por delante, llenándome por los dos sitios a la vez, hasta que yo me deshacía en la cama gimiendo su nombre. Se corría dentro de mí sin sacarla, apretándome contra su cuerpo, y luego se quedaba quieto sintiendo cómo se le iba escurriendo por el coño abajo hasta manchar las sábanas del hotel que tú habías pagado.

Demba no me pedía que dijera nada para excitarse. No me usaba como decorado de una película que tenía en la cabeza. Me preguntaba qué quería yo, y esperaba la respuesta. Era territorial, sí, posesivo a su manera tranquila, de los que dejan claro que no comparten lo que consideran suyo. Y yo, que toda la vida había temido a los hombres así, me descubrí queriendo ser suya sin condiciones.

Cada madrugada volvía a tu cama con el coño abierto, con las marcas de sus dedos en las caderas, con su semen todavía dentro de mí, y me metía bajo las sábanas a tu lado. Fingía haber bajado solo a por agua, y tú murmurabas algo entre sueños y me abrazabas sin saber de dónde venía. Esa fue mi mayor crueldad, lo reconozco. Dejar que me abrazaras oliendo todavía a él, con su corrida escurriéndoseme entre los muslos a dos centímetros de tu pierna.

***

La última noche del viaje no bajé. Me quedé sentada en la terraza, mirando el mar negro, mientras tú dormías. Pensé en mi padre y en sus frases hechas, en la mujer ordenada y temerosa que yo había sido, en la lista de cosas que jamás creí que haría. Y entendí que no había vuelta atrás, que no la quería.

Tú abriste una puerta convencido de que controlabas lo que había al otro lado. Querías un juego, una escena, una historia que contarte a ti mismo en la oscuridad. Y al final te quedaste sin la fantasía y sin la mujer. Es injusto, lo sé. Pero también lo es pedirle a alguien que se asome al borde y luego reprocharle haber saltado.

No te escribo para hacerte daño. Te escribo porque mereces saber la verdad entera y no una versión recortada. Aquella primera noche no la hice por ti. Y todas las que vinieron después tampoco. Las hice porque por primera vez en mi vida me sentí dueña de algo que era solo mío.

Me voy con él. No sé si para siempre, no sé si me irá bien, no sé casi nada. Solo sé que no puedo seguir siendo tu mujer mientras pienso en su polla cada vez que cierras la puerta. Sería más cruel quedarme que marcharme.

Cuida de ti. Y la próxima vez que desees algo con tantas ganas, piénsalo dos veces antes de pedirlo en voz alta. Las palabras que repetimos a oscuras tienen la fea costumbre de volverse ciertas.

Adiós, Gonzalo. Soy de otro.

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Comentarios(5)

Caro_BA23

Increible, qué manera de contarlo. Me dejó sin palabras!!!

VerdadCruda_88

Es de las confesiones mas honestas que leí acá. No juzgo, al contrario, entiendo perfectamente esa sensación de cuando ya no te ven como antes. Muy bien narrado, se siente auténtico de verdad.

LeilaRBA

Ese inicio con los pasos descalzos por el pasillo... shivers. Me atrapó desde la primera línea.

SergioBernal

Me recordó a una noche en Bariloche que prefiero no contar jajaja. Tremendo relato.

MauroNB

Una pregunta, ¿tuvo continuación esa historia? Porque quedé colgado esperando saber que pasó después

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