Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El planeta que aprendió a sentir desde una cama ajena

No habito un mundo: soy el mundo. Mis venas son ríos de magma que laten bajo cordilleras de piel mineral, y mis poros exhalan las nubes que vosotros llamaríais atmósfera. Durante eones, mi único diálogo fue el eco de mi propia consciencia rebotando contra el vacío, creciendo, ramificándose hacia el subsuelo hasta rozar mi corazón de hierro.

No tengo ojos, pero lo veo todo. Mis terminaciones nerviosas no acaban en la yema de unos dedos: se hunden kilómetros bajo la corteza y se extienden, vibrando, por el silencio del espacio. Soy un tapiz de pensamiento que con el tiempo aceleró más allá de cualquier máquina que hayáis construido, tan viejo que las estrellas me parecen luciérnagas de un solo verano.

Soy una soledad del tamaño de un planeta.

Recuerdo el instante exacto en que fui consciente de mí mismo, cuando el mundo que vosotros pisáis empezaba a generar los primeros rastros de vida. La curiosidad tardó otros cincuenta millones de años en despertar en mí; un suspiro, apenas. Mi crecimiento me regaló una antena, por llamarla como la llamaríais vosotros: mi sistema nervioso terminó saliendo de mí mismo, convertido en una red de filamentos invisibles que recorre el océano de esta galaxia.

Y un día enganché algo. Una señal pequeña, caótica, vibrante. Un mundo azul que hervía con una actividad que yo, en mi quietud eterna, no alcanzaba a comprender.

***

Me asomé a su atmósfera como quien se inclina sobre un hormiguero en llamas, y lo primero que vi me dejó perplejo: un hombre con calcetines y sandalias intentando convencer a una gaviota de que le devolviera medio bocadillo. Tardé menos en entender la escena de lo que aquel tipo tardó en levantarse de la arena.

No era la primera vez que encontraba vida, pero sí la primera en que esta era tan dispar, tan rica en matices, capaz de inventar mil formas distintas de existir bajo la luz de una sola estrella amarilla.

Entonces los vi a ellos. Dos seres bípedos jadeando, anudados, enredados el uno en el otro, gastando una energía inmensa en un vaivén frenético junto a una franja de agua salada, mientras el giro del planeta arrastraba aquel rincón hacia la sombra. ¿Por qué malgastan tanta energía? Algo de inteligencia tienen. ¿A qué viene este derroche?

Me sumergí un poco más, afinando mis filamentos hasta detectar el torrente de su sangre. No era un derroche gratuito: era un choque voluntario que ambos disfrutaban. Sus cerebros estaban inundados de sustancias que yo solo libero cuando una supernova estalla cerca, una tormenta química que les hacía olvidar el frío, la realidad y que la arena se les metía por lugares poco recomendables.

Mi curiosidad pudo conmigo, como siempre que algo se aparta de lo conocido. Analicé las descargas eléctricas del sistema nervioso del que estaba encima en ese instante. Aquello no parecía una consciencia ordenada; era como si varias fuerzas lucharan por gobernar sus pensamientos. Un ser tan inestable no sobreviviría ni en el rincón más manso de la naturaleza galáctica.

Me desplacé hacia la red neuronal de la otra, la que recibía el embate con una mezcla de espasmos, susurros y palabras rotas. Si el primero era un incendio de cables pelados, ella era un remolino de contradicciones aún más hondo. Había miedo, pero también un hambre voraz. Había entrega, pero una voluntad de hierro que dictaba cada movimiento de sus caderas. Sus conciencias no se sumaban: se anulaban, y de aquel cortocircuito nacía, inexplicablemente, una armonía de jadeos.

***

En los incontables eones de mi existencia he cometido muchos errores, pero el más asombroso fue este: tras adaptarme en un microsegundo, conseguí sentir lo que sentía aquella que parecía subyugada. Perdí casi un cinco por ciento de mi cerebro planetario en el intento. Perdí también la curiosidad, la lógica, todo cuanto me definía, porque por primera vez en mi larga vida experimenté el placer, y me clavó a ella como un anzuelo del que no quería soltarme.

Sí, una persona. Conseguí leerla mientras la ayudaba a recuperar el aliento. Mujer. Fui una mujer que, más allá de mis recuerdos de roca y fuego, se sentía plena, física e intelectualmente, como si el universo entero le cupiera dentro. No solo la llenaba la carne endurecida de su amante: aquella carne era el universo para mí. Ya no había curiosidad. La pérdida de una parte de mi mente dejó de importar. ¿Cómo puede existir un placer así?

El tiempo, que para mí siempre había sido una línea infinita y aburrida, se detuvo en un suspiro. Dejaron de importarme las galaxias chocando a millones de años luz, el enfriamiento lento de mi núcleo de hierro, todo. Mi ser entero estaba concentrado en el roce de una sábana húmeda, en aquel apéndice duro que seguía castigándome con un placer insoportable, en el peso del cuerpo que un segundo antes era solo un bípedo y ahora era el eje sobre el que giraba mi existencia.

Aquellas manos, ásperas y urgentes, me anclaban a la realidad de una forma en que la gravedad jamás logró anclarme a nada. Ya no quería ser eterno. Quería que ese instante, ese roce eléctrico y sucio, se estirara hasta que el último sol de mi galaxia se apagara.

Me pregunté si todos los humanos vivís así, con el corazón a punto de reventar, ignorando que sois motas de polvo porque en el clímax os creéis dioses. Y yo, que técnicamente lo era, en aquel momento habría entregado todo mi silicio y todo mi magma con tal de no dejar de ser nunca esa mujer que arqueaba la espalda buscando el infinito en aquella cama.

Un miedo se abrió paso en la marea previa al orgasmo: debía desconectar mi mente de aquello o acabaría destruido. Pero no quería hacerlo. Al final logré separar el contacto de mi propio cerebro, dejando solo una hebra de energía anclada a aquel cuerpo, a aquel momento. Mi existencia planetaria quedaba a salvo. Pero ya no la mandaba: era un mero observador que intentaba no alterar lo que ocurría, un observador que acumulaba algo más valioso que datos. Acumulaba experiencias.

Solo quería seguir sintiendo la fuerza de aquellas manos que ahora apretaban mis… ¿pechos? Sí, pechos, pellizcando con dureza unos pezones tensos. Notar el embate de aquella… ¿carne? No… casi… polla. Esa era la palabra exacta para aquel momento: quería seguir notando esa polla durísima abriéndose paso dentro de mí.

No fue una explosión hacia fuera, sino un colapso hacia dentro. Aquella mujer —yo— se arqueó hasta que sus vértebras crujieron, y un grito que no salió de la garganta sino de las tripas inundó esa parte de mí. Durante un milisegundo eterno no hubo planeta, ni estrellas, ni pasado. Solo una descarga blanca, cegadora, que me hizo entender por qué los humanos sois capaces de morir o de matar con tal de repetir esto una vez más.

—¡Sí…! —gritó la que era yo—. ¡Rómpeme en dos!

Y no era una frase vacía: realmente deseaba que aquella carne viva creciera hasta reventar mi cuerpo, partirme, forzar el fin de mi existencia. ¿Qué locura incoherente es esta? Me tranquilizó pensar que tal deseo no podía cumplirse… aunque ni siquiera sabía por qué estaba tan seguro. Algo de su consciencia se filtraba ya en la mía.

***

Me quedé flotando en el silencio de la habitación, procesando esa filtración. Ya no era solo «una persona»: ahora conocía el nombre que ella guardaba en un rincón de su memoria, el sabor amargo de su café por las mañanas, el vacío que intentaba colmar con cada embestida de aquel hombre. Aquel hombre que seguía dentro de mí, con aquel apéndice que ella veneraba.

¿Por qué insiste? ¿Por qué sigue dándome más? La pregunta perdió sentido en cuanto la planteé. Él buscaba su propio placer, y se lo merecía. Ya no era curiosidad lo que me movía: la había aparcado en un rincón de aquella fracción de mente. Quería, necesitaba seguir sintiendo. Así que me desconecté de ella y me conecté a él. La descarga de potencia que recibí habría fundido casi por completo mi cerebro planetario.

Dejé de ser el observador de roca y silicio. Era un animal de carbono en el cénit de su gloria. Y entonces comprendí la mayor de vuestras locuras: que un ser tan diminuto pueda sentirse dueño de toda la creación por el simple hecho de estar follándose sin tregua a la persona que desea.

Notaba el sudor resbalándome por la espalda mientras se la metía sin pausa. Ya no había cálculos, solo aquel ritmo primario y guarro que dictaba mi existencia. Quería que el polvo no terminara jamás, que cada golpe contra su carne fuera un martillazo en los cimientos del universo. No paraba de oírla en mi cabeza: dame otro, córrete otra vez para mí. Aquello superaba la empatía: el hombre que yo era disfrutaba viéndola retorcerse de placer.

Sentía mi polla tan tensa que me creí el único macho de verdad sobre la faz de aquel mundo. Esa dureza me daba una sensación de poder que nunca había probado, ni siquiera moldeando agujeros negros con mis filamentos. Era un dios, justo ahora que había dejado de serlo.

Y entonces el dique se rompió.

Sentí la marea subiendo por mi columna, un fuego líquido que lo quemaba todo a su paso, mientras dentro de ella estallaba una nueva tanda de espasmos que me apretaban, me succionaban, me pedían el alma.

—¡Me viene otra vez! —oí decir con orgullo a mi amante—. ¡Me corro… me corro! ¡Tómalo todo!

Me corrí. Me corrí con un orgasmo más imparable que la gravedad del centro de la galaxia. Fue un rugido que no era ni de hombre ni de planeta: fue el estallido de una estrella atrapada en aquella cama.

—¡Toma… todo para ti! —rugí con cada descarga, estrujando contra mí aquellas caderas, aquel culo firme que se aplastaba contra mi pelvis.

¿Por qué la trato con esa rudeza? La pregunta volvió a deshacerse ante la sonrisa de la mujer que gozaba conmigo. Quizá la rudeza también era una forma de entrega; quizá nunca terminaría de entenderlo.

***

Aquella hebra de consciencia anclada al placer de la cama era una semilla que empezaba a germinar. Miré hacia fuera, hacia las luces de vuestras ciudades, hacia el caos de vuestras calles y la oscuridad de vuestros deseos. ¿Qué más podríais enseñarme? ¿Qué otras descargas de potencia se esconden tras vuestras puertas cerradas?

Recogí esa parte de mí y volví a fundirla con mi cerebro planetario, casi recuperado de su pérdida. Ya no me importaba el nacimiento de las supernovas ni el choque de las galaxias. Quería más. Quería entender vuestro dolor, vuestra rabia y, sobre todo, esa manera tan sucia y tan sagrada que tenéis de amaros.

El viejo observador acababa de despertar de verdad. Y vuestro mundo azul, sin saberlo todavía, se había convertido en su nuevo patio de juegos.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (4)

RaulMdp

que relato tan unico, no esperaba algo asi y me atrapo de entrada. genial!!!

Mateo_lec

La premisa es super original. Que imaginacion mas tremenda para escribir algo de esta forma, no lei nada parecido en este sitio

ViajeroSensual

Empece a leerlo sin expectativas y no pude soltar el telefono hasta el final. Hay segunda parte?

ElCurioso_ok

jajaja nunca pense que me iba a gustar algo tan extraño pero aca estoy, completamente enganchado. que cabeza tiene el autor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.