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Relatos Ardientes

La cita del hotel que nunca debí aceptar

Me llamo Saray y, hasta aquella tarde, mi vida cabía en una sola línea: salir a correr al amanecer y acompañar a mi madre a hacer la compra. Tenía veintisiete años y nunca había tenido pareja. Tampoco amigos, la verdad. La timidez me había construido una burbuja de la que no sabía salir, y dentro de esa burbuja yo seguía siendo virgen, esperando sin demasiada fe a que alguien valiera la pena.

Soy alta, casi un metro setenta y cinco, y muy delgada. Tan delgada que se me marcan los huesos del pecho y casi no necesito sujetador. De tanto correr, en cambio, tengo un trasero redondo y firme, lo único que dicen que llama la atención de mí. Eso y la cara, que según mi madre es de niña buena, con el pelo largo castaño claro cayéndome por la espalda.

Como en mi pueblo no conocía a nadie nuevo, me abrí un perfil en una web de citas. Subí una foto con un vestido floreado, holgado, de los que no enseñan nada, y aun así me llovieron mensajes. La mayoría eran chicos de mi edad que solo querían una cosa y lo decían sin disimulo. Los borraba sin contestar.

Entonces apareció él.

Se hacía llamar Ricardo. Era amable, preguntaba por mi día, por mis carreras, por qué leía. No mandaba groserías. Estuvimos hablando casi tres meses y poco a poco las conversaciones se fueron tiñendo de algo más cálido. Me dijo que tenía treinta y cuatro años. En las fotos se veía un hombre corpulento, medio calvo, de cara ancha y cuerpo fuerte, nada que ver con lo que yo imaginaba para mí. Pero era atento, y la atención era algo que me faltaba.

—¿Y si nos conocemos en persona? —escribió una noche—. Solo tomar algo. Sin compromiso.

Solo tomar algo, me repetí. Eso sí podía hacerlo.

Acepté con una condición: que fuera en mi localidad, pero en un sitio discreto. No quería que ningún vecino me viera ni que la noticia llegara a oídos de mis padres. Él propuso un hotel a las afueras.

—Ni hablar —le contesté enseguida—. Yo no voy a hacer nada contigo. Soy virgen y mi primera vez será con alguien especial.

—No es por eso, mujer —se justificó—. Tienen servicio de habitaciones y allí nadie nos molesta. Hablamos tranquilos, tomamos algo y ya está.

Me sonó razonable. Estúpida de mí, confié.

***

El día de la cita era un sábado de calor pegajoso, de esos en que el aire tiembla sobre el asfalto. Aunque me había jurado que aquello no era una cita romántica, me arreglé igual, porque me apetecía sentirme guapa por una vez. Elegí un vestido distinto al de mi perfil: rosa, de palabra de honor, muy ceñido, que me dejaba los hombros al aire y me marcaba la única curva de mi cuerpo. Me miré en el espejo del recibidor y por un instante me gusté.

El hotel quedaba lejos, escondido entre naves industriales. La recepción olía a ambientador barato. Subí en el ascensor hasta el tercer piso buscando la habitación 308. En cuanto las puertas se abrieron al pasillo, algo se torció dentro de mí.

Se oían gemidos.

Gemidos amortiguados detrás de las puertas, algún golpe seco, una risa ronca. No era un hotel cualquiera. Se me heló la sangre y estuve a punto de girar sobre mis talones y volver al ascensor. Pero la idea de que el chico de recepción me viera salir corriendo, de tener que dar explicaciones, me paralizó. Soy así de tonta: prefiero el peligro al ridículo. Seguí caminando.

Llamé a la puerta de la 308 con fuerza, decidida a echarle en cara que me hubiera traído a un sitio semejante.

Me abrió, y lo primero que pensé fue que el hombre de las fotos no existía.

Era completamente calvo y mucho mayor, rondaría los cincuenta. Estaba en albornoz, con el torso descubierto, más ancho y más imponente de lo que parecía en pantalla. Me sacaba más de una cabeza. La sonrisa que me dedicó no llegó a tranquilizarme.

—¡Saray! —exclamó abriendo los brazos—. Pasa, pasa. Estás guapísima.

Entré un paso, solo uno, y noté cómo su mirada bajaba directa a mi trasero.

—¿Por qué estás así, sin vestir? —pregunté con la voz temblándome.

Me giré hacia él esperando una respuesta y lo vi dejar caer el albornoz al suelo. Estaba desnudo. No supe ni dónde mirar. Yo apenas había visto a un hombre así en mi vida, y aquello me pareció el gesto de alguien que daba por hecho algo que yo jamás había aceptado.

—Los dos sabemos a qué has venido, cielo —dijo con una calma que me dio más miedo que un grito—. Estás todavía mejor que en las fotos.

—Me voy —respondí, y caminé hacia la puerta sin mirarlo.

No llegué. Sentí un tirón brutal en el brazo que me dobló hacia delante, contra el pequeño mueble bar que había junto a la entrada. El borde se me clavó en el estómago.

—De aquí no te vas sin probar a lo que has venido —me susurró al oído, mientras de fondo seguían los gemidos de las otras habitaciones, ajenos a mí.

—¡No! ¡Me haces daño! —grité, esperando que alguien me oyera. Pero allí gritaba todo el mundo, y un grito más no significaba nada.

Me sujetaba el brazo retorcido contra la espalda y se apretaba contra mí desde atrás. Yo notaba su cuerpo enorme aplastándome, su respiración pesada en mi nuca.

—¡He venido solo a conocerte, a tomar algo! ¡No quiero nada más! —supliqué, ya con la voz quebrada.

—¿Y por qué no me dijiste que no cuando te mandé las fotos? —dijo con una sonrisa en la voz—. Eso es que te apetecía.

De un tirón me subió el vestido ceñido por encima de la cadera. El aire de la habitación me rozó la piel.

—¿Llevas bragas? —preguntó, como si le decepcionara.

—Sí, ¿qué problema hay? —contesté, absurdamente extrañada por la pregunta, agarrándome a cualquier conversación con tal de retrasar lo que venía.

Eran unas bragas normales, blancas, finas, suaves. Empezó a sobarme las nalgas por encima de la tela con una mano mientras con la otra me mantenía sujeta. Yo cerraba los ojos con todas mis fuerzas, como si no ver lo que pasaba pudiera borrarlo.

—Qué suaves —murmuró—. Quédate quieta.

***

Lo que vino después lo recuerdo a trozos, como si le hubiera ocurrido a otra. El roce insistente, los cachetes, su peso doblándome cada vez que intentaba enderezarme. Lloré sin disimulo, le pedí que parara, le dije que era un cerdo, que me soltara. Nada de aquello lo detuvo. Los gemidos del pasillo tapaban los míos hasta volverlos inútiles.

—Suéltame, por favor —repetía yo entre sollozos, con la mejilla pegada a la madera fría del mueble.

—¿Soltarte? —se rió—. Si ahora empieza lo bueno.

Me bajó las bragas hasta las rodillas de un tirón. El frío del aire acondicionado me recorrió entero. Me dio una palmada fuerte que me arrancó un gemido involuntario de dolor.

—Qué culo tienes, niña. Duro como una piedra de tanto correr, ¿eh? —dijo, y noté cómo se colocaba detrás de mí.

—¿Qué haces? No, no, por ahí no —imploré, adivinando sus intenciones.

Lo intentó. Yo apreté cada músculo del cuerpo, rígida de pánico, y mi cuerpo virgen se cerró como una puerta. No entraba. Lo intentó otra vez y solté un alarido sordo de dolor cuando empujó.

—Joder, qué estrecha estás —masculló, frenado por mi propia resistencia.

Por un instante pensé que se rendiría. No lo hizo. Aflojó la presión sobre mi brazo, se inclinó, y sentí su lengua donde nadie me había tocado nunca. El gesto, tan inesperado, me dejó sin habla. Un calor extraño y confuso me subió por dentro, una mezcla de horror y de algo que no quería reconocer. El miedo no desapareció, pero por unos segundos se mezcló con una sensación que me hizo odiarme a mí misma.

—Mucho mejor así —dijo él, volviéndose a incorporar.

—No, no, por favor —fue lo último que alcancé a decir antes de que me agarrara del pelo y empujara de nuevo, esta vez sin freno.

El dolor fue brutal, eléctrico, como si me partiera en dos. Grité con todo lo que tenía. Sentí su cuerpo entero contra el mío, su peso, sus embestidas haciendo temblar el mueble bar. Yo lloraba y gritaba, y mis gritos eran tan altos que ya ni siquiera oía a las otras habitaciones. Lo único que existía en el mundo era el dolor y aquella habitación de hotel barato.

—Esto es a lo que has venido —repetía él, jadeando, sujetándome el vestido para que no se bajara—. Esto es a lo que has venido.

No sé cuánto duró. Mi mente se desconectó en algún momento, se fue a otra parte y me dejó allí, doblada, esperando a que terminara. Cuando por fin se detuvo, con un quejido ronco y largo, yo seguía con la mejilla pegada a la madera, los ojos fijos en la pared.

—Ha sido magnífico, Saray —dijo, alejándose hacia el otro extremo de la habitación como si nada—. Me llevo un recuerdo precioso.

***

Me quedé inmóvil unos segundos que se me hicieron eternos. Luego, despacio, me subí las bragas, me bajé el vestido y me obligué a moverme aunque cada paso me doliera. Cuando me giré hacia la puerta, lo vi al fondo, observándome con una sonrisa tranquila, como si esperara que le diera las gracias.

Corrí. Corrí por aquel pasillo lleno de gemidos ajenos, bajé las escaleras sin esperar el ascensor y crucé la recepción sin mirar a nadie. No paré hasta que el aire caliente de la calle me golpeó la cara y me apoyé en una farola a vomitar el miedo.

Nunca volví a saber de Ricardo, ni de Aurelio, ni de cuál fuera su verdadero nombre. Lo borré de la aplicación, cerré el perfil y tardé meses en contárselo a nadie. De hecho, esta es la primera vez que lo escribo entero, y me tiemblan las manos al hacerlo.

Lo cuento porque sé que no soy la única que confió en un desconocido detrás de una pantalla, en un perfil amable que resultó ser una mentira de tres meses. Lo cuento para que la próxima Saray dé media vuelta en ese pasillo y no le importe el ridículo. Para que se vaya. El miedo al qué dirán no vale lo que cuesta quedarse.

Con el tiempo aprendí a poner límites, a hablar más alto, a no deberle una explicación a nadie. Pero esa tarde, en la habitación 308, todavía no sabía nada de eso. Ojalá lo hubiera sabido.

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Comentarios(5)

SebaCba88

tremendo relato!!! me dejaste con el corazon en la mano

ElenaConf

Por favor segui contando, necesito saber que paso despues de esa tarde jaja

RocioLeer

increible como narraste la tension, se siente real de principio a fin

MarisolNoche

me recordo a una situacion similar que vivi hace unos años. Al final uno siempre sospecha algo pero igual va... cosas que pasan jaja. Muy buen relato

Diegote77

Muy buen relato, engancha desde el primer parrafo. Tenes mas escritos? espero que publiques seguido

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