Así lo despierto cada mañana antes del trabajo
Lo que voy a contar no tiene nombres importantes, ni un orden, ni una gran historia detrás. Es solo una de esas mañanas cualquiera, un martes o un miércoles, uno de esos días entre semana que se confunden unos con otros. Lo escribo porque hay quien empieza la jornada con un café y nosotros, hace tiempo, encontramos una forma mucho mejor de espantar el sueño: nos lo espantamos a polla y coño, sin vueltas.
Suena la alarma. La oigo antes incluso de abrir los ojos, ese pitido seco que se mete por toda la habitación. Estiro el brazo a tientas para apagarla mientras me froto los párpados con la otra mano. Todavía no ha salido el sol. Por la rendija de la cortina entra una luz azulada, fría, de esas que avisan que el día va a llegar igual, lo quieras o no.
Me levanto despacio, con cuidado de no dejar entrar el aire frío bajo las sábanas. Rodeo la cama hasta tu lado. Estás boca abajo, con la cara hundida en la almohada y un brazo colgando fuera del colchón. Me agacho y te dejo un beso en la frente, suave, casi un roce.
La única respuesta que recibo es una nalgada.
Me río en voz baja, todavía medio dormida yo también, y me voy hacia el baño negando con la cabeza. Tú sigues sin moverte, fingiendo que aún duermes, aunque los dos sabemos que esa mano no se movió sola. Abro la llave de la ducha para que el agua se vaya calentando. El espejo empieza a empañarse por los bordes mientras el vapor llena el cuarto.
Vuelvo a buscarte. Ya estás sentado en el borde de la cama, con el pelo revuelto y esa cara de niño al que han despertado antes de tiempo. Me da ternura verte así, todavía sin armadura, sin reloj, sin prisa. Te paso la mano por el pelo, despacio, peinándotelo hacia atrás. Te extiendo la otra mano.
—Vamos —digo en voz baja—, que el agua se va a enfriar.
La tomas sin decir nada. Te pones de pie y caminamos juntos al baño, todavía calientes de la cama. Otro cariño en el pelo, porque no me puedo contener. Hueles a sueño, a sábanas, a ti. Hay algo en esa hora, cuando el resto del mundo aún duerme, que hace que todo se sienta secreto, como si nada de lo que pasara entre esas cuatro paredes contara para nadie más que nosotros.
Cuando intento dar media vuelta para dejarte solo y que te arregles, tu mano no suelta la mía. Tira de mí apenas, lo justo. Me vuelvo a acercar hasta quedar de frente a ti. Te miro. Tú me miras. No hace falta decir nada.
Empiezo a desabotonarte la parte de arriba de la pijama. Lo hago despacio, botón por botón, aunque no haya ninguna necesidad de hacerlo lento; supongo que me gusta el ritual. La tela se desliza sola por tus hombros y cae al piso sin ruido. Te paso una mano por el pecho, sintiendo el calor de la piel todavía tibia del sueño, y la bajo por el vientre hasta rozarte por encima del pantalón. Ahí ya está: dura, marcada bajo la tela fina, apuntando hacia arriba como si me hubiera estado esperando toda la noche.
Bajo las manos hasta el elástico del pantalón. Engancho los pulgares y tiro hacia abajo. La tela se amontona a tus pies y tú das un paso para salir de ella. Y ahí estoy, recompensada, encontrándote ya listo frente a mí sin que yo haya hecho casi nada. Tu polla salta libre a la altura de mi cara, dura, hinchada, con la punta brillante de una gota que ya se te asomaba. Me sonrío. Levanto la vista para que veas que me he dado cuenta, y le paso un dedo por el glande, muy despacio, extendiendo esa gota alrededor. Se te escapa un gemido corto por la nariz.
Hay algo que nunca le he dicho a nadie, y es que esta parte me gusta tanto como lo que viene después. El momento justo en que descubro lo que provoco en ti sin esfuerzo, solo con estar cerca, solo con desabrocharte un botón a media luz. Me hace sentir poderosa de una manera que no se parece a nada de lo que viene el resto del día, cuando soy una más en el transporte, en la oficina, en la fila del banco. Aquí, en este baño lleno de vapor, no soy una más. Soy la única, la que te tiene la verga tiesa antes del primer café.
Te paso una mano por la cadera y siento cómo se te corta un segundo la respiración. Es un sonido pequeño, casi nada, pero lo conozco. Lo he aprendido a fuerza de mañanas como esta. Sé que ese pequeño quiebre en tu aliento es la señal de que ya no estás pensando en el reloj, ni en la reunión, ni en el correo que tienes que mandar. Solo estás pensando en mí, en mis manos, en mi boca, en dónde te la voy a meter a continuación.
Antes de que yo pueda intentar escaparme otra vez —no es que tuviera muchas ganas de hacerlo—, tus manos empiezan a recorrerme por encima de la ropa. Suben por mi espalda, bajan por mis costados, se quedan un instante en mi cintura. No me tocas la piel, pero no hace falta. El roce de la tela contra el cuerpo me eriza todo, la nuca, los brazos, hasta donde no creía que se me pusiera la piel de gallina. Me metes las manos por debajo de la camiseta vieja con la que duermo, me subes la prenda hasta los hombros y me la sacas por la cabeza de un tirón. Los pechos me caen libres, con los pezones ya duros del frío y de las ganas. Me pellizcas uno con dos dedos y me arqueo entera contra tu palma.
—Vas a llegar tarde —murmuras, con la voz rasposa de recién levantado.
—Tú también —contesto.
El vapor de la ducha ya lo ha llenado todo. Las gotas resbalan por el espejo, por los azulejos, y el cuarto se ha vuelto cálido y cerrado, un pequeño mundo aparte. Sé que no tenemos mucho tiempo. Nunca lo tenemos a esta hora. Pero precisamente por eso lo disfruto más: porque es robado, porque es nuestro, porque dentro de un rato cada uno tendrá que fingir delante del mundo que esta mañana no pasó nada.
Me arrodillo frente a ti.
Empiezo despacio, con las manos primero, recorriéndote, aprendiéndote otra vez como si fuera la primera. Te agarro la polla con la derecha, cerrando los dedos alrededor del tronco, y le doy dos pases lentos de arriba abajo, apretando cuando llego a la base. Con la izquierda te sostengo los huevos, los sopeso, los acaricio con la yema de los dedos. Tú ya tienes la mandíbula apretada. Después me acerco y le paso la lengua plana desde la raíz hasta la punta, un lametón largo, sucio, dejándote un rastro brillante que en el vapor casi echa humo. Cuando llego al glande, me lo meto en la boca entero, cerrándote los labios justo debajo de la corona, y chupo hacia adentro con fuerza, como si quisiera sacarte algo. Te oigo soltar el aire de golpe, una respiración larga que se te escapa sin que la puedas controlar. Apoyas una mano en el borde del lavamanos para no perder el equilibrio. La otra va directa a mi pelo.
Dejo que tus dedos enredados en mi cabello marquen el ritmo. Tú decides cuándo más despacio, cuándo un poco más, hasta dónde. Empiezo a bajar y subir la cabeza, tragándote hasta donde me da, dejando que la polla me choque contra el paladar y a veces contra el fondo de la garganta. Se me llenan los ojos de agua y se me escapa la saliva por la comisura, cayéndome hilos gruesos por el mentón hasta las tetas. No me importa; ya lo sabemos los dos, cuanto más guarro, mejor. Me gusta esa parte, dejarte el control de esto, sentir cómo tu mano me guía con una firmeza que no tiene a esta hora ni para hablar. De vez en cuando me la sacas y me das dos, tres cachetadas suaves con la punta húmeda en la mejilla, en los labios, en la lengua estirada, y yo me río con la boca abierta y la vuelvo a atrapar de un mordisco suave para tragármela otra vez. Mientras tanto, mis manos no se quedan quietas: te hacen cariños por las piernas, por los muslos, por donde alcanzo, despacio, sin prisa; una vuelve a los huevos y te los amasa despacito, contradiciendo el reloj que sé que corre del otro lado de la puerta.
Hoy todo va rápido. Lo noto en cómo cambia tu respiración, en cómo se te tensan las piernas bajo mis manos, en ese pequeño temblor que te empieza a recorrer. Se te hincha todavía más dentro de mi boca, se te pone dura como una piedra, y los huevos se te suben pegados al cuerpo. Conozco esa señal de memoria. Sé exactamente cuánto te queda.
—Espera —dices, casi sin voz.
Pero no es para que pare. Te apartas apenas, lo justo, y tu propia mano toma el relevo para terminar el movimiento. Te la sacudes rápido, con el puño cerrado y firme, delante de mi cara. Yo me quedo donde estoy, de rodillas, con la boca abierta, la lengua afuera y los ojos en alto, esperándote como me gusta. Unos segundos después siento el primer chorro cortarte el gemido en la garganta y aterrizarme tibio en la mejilla, y detrás otro en los labios, y otro más denso que me cae directo en la lengua, salado y espeso. Cierro los ojos un instante para no perderme ni una gota, dejando que el semen me resbale por el mentón hasta el cuello. La respiración se te rompe por fin.
Me quedo un instante así, sin moverme, dejando que recuperes el aliento. Después trago lo que tengo en la boca, despacio, mirándote fijo para que veas cómo se me baja por la garganta. Paso la lengua por mis labios, recojo con un dedo lo que me quedó en la mejilla y me lo llevo a la boca, chupándomelo. Traviesa, dejo que la lengua recoja una última gota que todavía sigue ahí, unida a su fuente, y le doy un besito húmedo al glande antes de soltarte. Levanto la vista. Tú me miras desde arriba con esa media sonrisa floja, todavía agarrado al lavamanos, todavía sin entender del todo cómo es que el día empieza así.
—Buenos días —te digo, y me río.
Tú niegas con la cabeza, sin palabras, me pasas el pulgar por el mentón para limpiarme un resto y me lo metes tú misma entre los labios para que lo termine de chupar. Después entras por fin en la ducha. El agua cae sobre ti y yo me quedo un momento mirando tu silueta borrosa a través del vidrio empañado, con esa sensación cálida y tonta en el pecho —y entre las piernas, empapada bajo el pantalón del pijama— que tengo siempre después.
***
Me ocupo de lo de siempre. Recojo tu pijama del piso y la dejo doblada sobre la cama. Limpio un poco. Después me voy a la cocina a preparar algo de desayuno, todavía descalza, todavía con el pelo revuelto y el sabor tuyo aún en la boca. Pongo la cafetera, saco el pan, miro por la ventana cómo el cielo se va aclarando poco a poco sobre los tejados de enfrente. La casa huele a café y a jabón.
Tú apareces un rato después, ya vestido, ya con la cara de adulto que el mundo espera de ti. Camisa, reloj, el celular en la mano revisando mensajes que no le importan a nadie. Nadie diría, viéndote así, que hace veinte minutos te estabas corriendo en mi cara en el baño. Y eso, no sé por qué, me gusta todavía más. Que sea un secreto que llevamos puesto debajo de la ropa.
Desayunamos rápido, casi sin hablar, cada uno con la cabeza ya medio metida en el día que viene. Tú revisas la hora dos veces. Yo me termino el café de pie, apoyada en la encimera, apretando los muslos disimuladamente porque el coño no se me ha calmado desde que salí del baño. Es una mañana normal, idéntica a tantas otras, y al mismo tiempo no lo es. Ninguna lo es, en realidad.
Cuando llega la hora de salir, te acompaño hasta la puerta. Te acomodo el cuello de la camisa, más por la excusa de tocarte que porque haga falta. Me das un beso, esta vez en la boca, corto, de los que ya saben a despedida y a rutina; me mordés el labio de abajo al soltarme, muy leve, como firma. Abres la puerta. Y justo antes de cruzarla, sin que yo lo vea venir, recibo otra nalgada, esta vez con la palma abierta y sonora, que me deja el culo tibio bajo la tela.
Me quedo en el marco, riéndome sola, viéndote bajar las escaleras con tu paso de persona seria que tiene cosas importantes que hacer. Y mientras tu figura desaparece, me doy cuenta de una cosa: va a ser un día largo. Larguísimo. Un día entero esperando que vuelvas a casa para terminar, con calma esta vez, lo que empezamos esta mañana con prisa; un día imaginando cómo me vas a follar de verdad en cuanto cierres la puerta, sin reloj, sin ducha esperando, con todo el tiempo del mundo para que me abras de piernas y me lo metas hasta el fondo.
Cierro la puerta. Apoyo la espalda contra ella un segundo. Bajo la mano por dentro del pantalón, me rozo apenas por encima de la ropa interior y compruebo lo que ya sabía: estoy empapada, el algodón se me pega al coño y los dedos me quedan brillantes con solo tocarme. Suspiro. Miro el reloj de la cocina. Yo también llego tarde.
Pero valió la pena. Siempre vale la pena.





