Lo que encontré en el campo cuando me quedé sola
Me llamo Daniela, tengo poco más de cuarenta y, aunque me cueste admitirlo, sigo siendo una mujer que llama la atención. Cuido mi cuerpo, me arreglo, y mi marido nunca fue de los celosos. Esa libertad que él me dio siempre fue un arma de doble filo, y este fin de semana lo confirmó.
Todo empezó con una invitación. El padre de un amigo de Andrés, mi esposo, tenía una finca en el interior y nos insistió durante semanas para que fuéramos a pasar un par de días. A mí el campo nunca me entusiasmó demasiado, pero entre los dos me convencieron, y terminé subiendo a la camioneta de mala gana.
El viaje fue largo y agotador. La carretera estaba en pésimo estado, y para cuando llegamos a la casa de don Marcelo ya tenía la espalda hecha un nudo. Nos recibió con una mesa puesta bajo una galería, vino tinto y unas cervezas bien frías. La tarde se fue volviendo amena, el cansancio nos venció, y caímos rendidos antes de las once.
—Mañana vamos al pueblo temprano —dijo Andrés mientras se metía en la cama—. Hay que comprar provisiones. Vos descansá.
Y eso hice. Dormí como hacía meses no dormía.
***
Cuando me desperté, los dos hombres ya se habían ido. La casa estaba en un silencio enorme, ese silencio de campo que al principio incomoda y después se vuelve adictivo. Me preparé un café, salí a la galería y miré las colinas que se extendían más allá del alambrado. Tenía toda la mañana para mí.
Me puse unas calzas ajustadas de colores, una blusa blanca liviana y unas botas marrones que había llevado por las dudas. Decidí que una caminata me vendría bien para desentumecer el cuerpo. Crucé la tranquera y tomé un sendero de tierra que se internaba entre los árboles.
Caminé un buen rato sin pensar en nada. El sol pegaba fuerte pero el sendero estaba salpicado de sombra, y cada tanto se escuchaba el agua de algún arroyo cercano. El aire olía a pasto cortado y a tierra húmeda, y por primera vez en mucho tiempo me sentí lejos de todo: del teléfono, de la casa, de las obligaciones que en la ciudad me asfixiaban sin que yo lo notara. Fue entonces cuando lo vi por primera vez.
Venía a caballo, despacio, por un costado del campo. Era alto, de hombros anchos, con una melena oscura medio desgreñada y la piel curtida por el sol. Me clavó la mirada sin decir una palabra, y yo se la sostuve más de lo que debía antes de apurar el paso. El corazón me golpeaba fuerte, y no era por la caminata.
Lo reconocí enseguida. Era el muchacho que la noche anterior había andado dando vueltas por la finca, el que le hacía los trabajos a don Marcelo. Qué tonta, Daniela, me dije, se te nota todo en la cara.
Seguí adelante hasta que el sendero se abrió a un claro con un riachuelo de agua transparente. Me senté en una piedra a descansar, me mojé la nuca y los brazos, y dejé que la brisa me secara. Estaba tan absorta que no lo escuché llegar.
—¿Le gusta el lugar? —dijo una voz a mis espaldas.
Me di vuelta de golpe. Era él, sin el caballo, parado a unos metros con las manos en los bolsillos y una media sonrisa.
—Es muy lindo —respondí, tratando de que no me temblara la voz—. No sabía que había alguien por acá.
—Conozco cada rincón de este campo. —Se acercó despacio, midiendo cada paso, dándome todo el tiempo del mundo para decirle que parara—. La vi anoche en la finca. Es la mujer del invitado de don Marcelo.
—Daniela —dije, y le tendí la mano.
—Tobías. —Me la apretó con firmeza, y no me la soltó enseguida.
Nos quedamos así, mirándonos, mientras el arroyo seguía corriendo. Había algo en cómo me observaba que me erizó la piel entera. No era una mirada agresiva; era una mirada paciente, de alguien que sabía esperar. Y yo, que llevaba años con la misma rutina, sentí que el estómago se me llenaba de algo que no había sentido en mucho tiempo. Sentí también, sin poder evitarlo, cómo se me endurecían los pezones bajo la blusa fina, y supe que él lo estaba viendo.
Me sorprendía de mí misma. En mi vida de siempre yo era la mujer correcta, la que sonreía en las cenas y volvía a casa temprano. Pero ahí, sentada en una piedra al lado de un desconocido, con el sol entrando entre los árboles, esa mujer parecía pertenecer a otra persona. Andrés estaba a kilómetros, en un pueblo polvoriento comprando harina y clavos, y por una vez no pensé en él. Pensé en las manos grandes y curtidas de Tobías, y en cómo se sentirían apretándome el culo.
—Tendría que volver —dije, aunque no me moví.
—Todavía no —contestó él, y se sentó en la piedra de al lado.
***
Hablamos de pavadas durante un rato largo. De los caballos, del campo, de por qué una mujer de ciudad terminaba caminando sola por un sendero perdido. Pero las palabras eran apenas una excusa. Cada vez que me reía, él me miraba la boca. Cada vez que me corría un mechón de la cara, yo le miraba las manos, y también el bulto que se le marcaba en el pantalón gastado y que no hacía ningún esfuerzo por disimular.
En un momento se hizo un silencio. Uno de esos silencios que tienen peso. Tobías me apoyó la mano en la rodilla, despacio, sin presión, dándome la chance de apartarla. Después la subió, palma abierta, por la cara interna del muslo, encima de la calza, hasta que sentí el calor de sus dedos rozándome el coño por encima de la tela.
No la aparté. Al contrario, abrí un poco más las piernas.
—Decime que pare y paro —murmuró.
—No quiero que pares —dije, y me sorprendió mi propia voz.
Me besó. Fue un beso lento al principio, exploratorio, y después más hondo, más hambriento, con la lengua metiéndose en mi boca como si supiera perfectamente lo que buscaba. Tenía gusto a sol y a campo. Le pasé las manos por la espalda y sentí los músculos tensos bajo la camisa. Me tomó de la cintura y me sentó a horcajadas sobre sus piernas, y yo me dejé llevar como hacía años que no me dejaba llevar por nadie. Debajo de mí sentí la verga dura empujándome, y sin darme cuenta empecé a frotarme contra ella, moviendo la pelvis en círculos lentos que me arrancaban la respiración.
Tobías me metió las manos por debajo de la blusa y me subió el corpiño de un tirón. Me apretó las tetas con esas manos ásperas, me pellizcó los pezones hasta hacerme gemir, y después bajó la boca y empezó a chuparlos, uno primero, el otro después, mordiendo apenas, tirando con los dientes de la punta hasta que me arqueé contra él.
—Acá no —dije contra su boca, jadeando—. Alguien puede pasar.
—Mi casa está cerca. —Me miró a los ojos, y me tomó una mano y me la apoyó sobre su bulto, para que no quedaran dudas—. Si querés.
Asentí sin pensarlo, apretándole la verga por encima del pantalón.
***
Su casa era una construcción humilde, de techo bajo y paredes de adobe, con una sola cama angosta arrimada contra la pared. Olía a leña y a tierra mojada. Apenas cruzamos la puerta me volvió a besar, esta vez sin apuro, mientras me sacaba la blusa por encima de la cabeza y me desabrochaba el corpiño de un movimiento. Me quedé con las tetas al aire en el medio de esa habitación de campo, y él dio un paso atrás para mirarme.
—Sos hermosa —dijo, con la voz ronca—. Sacate todo.
Lo frené un segundo con la palma en su pecho.
—Hace mucho que no hago algo así —confesé.
—Vamos a ir despacio —dijo él, y me corrió el pelo para besarme el cuello mientras me bajaba la calza junto con la bombacha, arrastrándome la tela por las piernas hasta que quedé desnuda del todo.
Me hizo dar un paso atrás y me miró de arriba abajo, sin apuro, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Después se sacó la camisa. Tenía el pecho ancho, el vientre plano, marcado por el trabajo del campo, y una línea de vello oscuro que le bajaba desde el ombligo. Se abrió el pantalón y lo dejó caer. La verga le saltó afuera, dura, gruesa, más grande de lo que yo esperaba, con la punta ya brillante. Se me hizo agua la boca de sólo verla.
Me arrodillé sin que me lo pidiera. Le agarré la polla con la mano derecha, apenas pude cerrarla del todo alrededor, y la sostuve un segundo mirándosela de cerca, sintiendo el peso, el calor. Le pasé la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, despacio, y lo escuché soltar el aire de golpe. Después me la metí en la boca, todo lo que pude, y empecé a mamársela con hambre, con ganas atrasadas de años, ayudándome con la mano en la parte que no me entraba. Chupaba, sacaba, la lamía entera, la volvía a meter. Le llené la verga de saliva, la baba me caía por el mentón, y él me agarró de la nuca y empezó a marcarme el ritmo, empujándome la cabeza contra su pelvis hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Qué rico chupás, mierda —gruñó—. No pares.
Yo no quería parar. Me gustaba sentirlo palpitar contra mi lengua, escucharlo respirar cada vez más entrecortado, saber que esa verga era mía por un rato. Le chupé los huevos también, uno por uno, con la lengua plana, mientras le manejaba la polla con la mano, y él soltó un gemido largo que retumbó en la pieza vacía.
Me levantó de los brazos antes de correrse. Me recostó sobre el catre y se tomó su tiempo en cada parte de mi cuerpo, como si tuviéramos la tarde entera por delante. Me besó los hombros, el medio del pecho, el vientre. Me abrió las piernas con las manos, me miró el coño empapado unos segundos, y después bajó la cara y me lo empezó a comer. Yo le hundía los dedos en esa melena oscura y dejaba escapar sonidos que no reconocía como míos.
Sabía chupar. Sabía perfectamente. Me pasaba la lengua entera de arriba abajo, de la raja al clítoris, y ahí se quedaba haciéndome círculos lentos, chupándomelo con los labios como si fuera un caramelo. Me metió dos dedos, gruesos, y los empezó a mover doblados hacia arriba mientras seguía lamiéndome, y yo sentí que las piernas me temblaban solas. La cama vieja crujía con cada movimiento, y ese ruido, lejos de incomodarme, me prendía más.
—Ay, así, así —gemía yo, agarrándole la cabeza, apretándole la cara contra mi concha—. Me vas a hacer acabar, Tobías, me vas a hacer acabar.
Me hizo acabar. Me vino un orgasmo largo, sacudido, que me hizo cerrar las piernas contra sus orejas mientras él seguía chupándome sin piedad, alargándomelo, hasta que se lo tuve que sacar de un empujón porque no aguantaba más. Se levantó con la boca brillante, se limpió con el dorso de la mano y sonrió.
—Todavía falta lo mejor —dijo.
Cuando ya no aguanté más, lo busqué con la mano y lo guié. Se me apoyó en la entrada, restregándome la punta contra el clítoris un rato, empapándose bien en mis jugos, y después empujó de a poco. Lo sentí entrar despacio, centímetro a centímetro, atento a mi reacción, frenándose cada vez que yo tomaba aire. Era gruesa, me abría entera, y tuve que respirar hondo dos veces antes de acostumbrarme.
—Toda, metémela toda —le pedí.
Empujó de un envión y me la enterró hasta la base. Grité contra su hombro. Se quedó quieto adentro mío, dejándome sentirlo, y después el ritmo se fue volviendo más firme, más profundo. Me la sacaba casi entera y me la volvía a clavar, cada vez más fuerte, cada vez más rápido, y yo me agarré de los barrotes de la cama mientras el cuerpo entero se me sacudía. El catre golpeaba contra la pared con cada estocada, mis tetas rebotaban contra mi pecho, y él me miraba desde arriba, con los dientes apretados, cogiéndome sin apuro pero sin tregua.
—Así —le pedí—. No pares. Cogeme fuerte.
No paró. Me agarró de los tobillos y me subió las piernas hasta apoyármelas contra su pecho, y desde ese ángulo la verga me entraba de otra manera, más honda, tocándome un punto que me hacía ver luces. Me estaba clavando duro, sin piedad, y a mí me encantaba, le pedía más con la voz quebrada, le decía guarradas que jamás le había dicho a Andrés.
—Dame la polla, dámela toda, rompeme —le decía, y él se reía por lo bajo y me la daba, cada vez más fuerte, hasta que la pieza entera olía a sexo.
Me dio vuelta con cuidado, me acomodó de rodillas contra el catre, con el culo levantado y la cara aplastada contra la almohada áspera. Me preguntó al oído si quería, y cuando le dije que sí me agarró de las caderas y me la volvió a meter de un solo empujón. La sentí de una forma nueva, más intensa, más profunda, que me arrancó un gemido largo y ronco. Me la clavaba con las dos manos en mi cintura, tirándome hacia atrás con cada embestida, haciéndome chocar el culo contra su pelvis con un ruido húmedo que llenaba la pieza.
Tobías era paciente y brutal a la vez, sabía exactamente cuándo apurar y cuándo demorarse. Frenaba de golpe, con la verga hundida entera adentro mío, y hacía círculos con las caderas, revolviéndomela, dejándome sentir cada centímetro. Después me daba una serie de estocadas rápidas y secas, palmada incluida en una nalga, y me volvía a frenar cuando estaba por acabar de nuevo. Me tenía en el borde, jugando conmigo. Cada espasmo de placer me dejaba sin aire, y él lo notaba, y jugaba con eso.
—Por favor —le supliqué, con la voz irreconocible—, hacéme acabar de vuelta, no me hagas esperar.
Me pasó una mano por debajo del vientre y me buscó el clítoris con dos dedos, mientras me seguía cogiendo por atrás a un ritmo constante. Me lo frotó rápido, en círculos, y yo sentí que se me venía otra vez, más fuerte que la primera, un orgasmo que me nació del fondo del coño y me subió por toda la espalda. Terminé temblando, apretándole la verga con espasmos, con la cara hundida en la almohada áspera y un gemido largo saliéndome contra la tela.
—Me voy a correr —jadeó él—. ¿Dónde?
—Adentro no —alcancé a decir—. En la espalda, en el culo, donde quieras, pero adentro no.
La sacó a último momento y sentí los chorros calientes caer sobre mi cintura, sobre mis nalgas, gruesos, uno tras otro, mientras él soltaba un gemido ronco y me apretaba las caderas hasta dejarme las marcas de los dedos. Se derrumbó sobre mi espalda con la respiración entrecortada, la verga todavía palpitando, aplastando el semen entre mi piel y la suya. Nos quedamos así, pegados, sudados, sin decir nada, escuchando los grillos que empezaban a sonar afuera.
***
Después nos bañamos en el riachuelo, riéndonos como dos adolescentes que se acaban de conocer. El agua fría me devolvió a la realidad de a poco, aunque cuando le vi la verga floja colgando entre las piernas se me volvió a mover algo en la panza. Mientras nos vestíamos, miré la hora en el celular y me di cuenta de que se me había hecho tardísimo.
—Tengo que volver antes de que llegue mi marido —dije.
Tobías asintió sin reproches. Me acompañó por el sendero hasta que se vio la finca a lo lejos, y ahí se detuvo.
—Hasta acá llego yo —dijo.
Lo besé una última vez, un beso suave, de despedida, y caminé los últimos metros sola, sintiendo todavía el ardor entre las piernas y la humedad de él corriéndome por el muslo. Cuando entré a la casa, Andrés y don Marcelo todavía no habían vuelto. Me metí un rato bajo la ducha, me limpié bien, me serví un vaso de agua, me senté en la galería y traté de poner en orden lo que acababa de pasar.
No me sentía culpable. Esa era la parte que más me costaba aceptar. Sentía el cuerpo liviano, la piel despierta, el coño hinchado y una sonrisa que no se me iba. Esa misma noche, cuando Andrés me abrazó dormido, me quedé mirando el techo pensando en un campo, en un riachuelo y en un desconocido que supo esperar, y en la polla dura de Tobías que todavía sentía metida entre las piernas.
Nunca le conté esto a nadie. Lo escribo ahora porque hay cosas que una necesita sacarse de adentro, aunque sea ante extraños. Y si les gustó, quizás algún día me anime a contarles lo que pasó la segunda vez que volvimos a esa finca.





