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Relatos Ardientes

La curiosidad por el primo de mi novio me perdió

Aquí estoy otra vez, contando algo que me prometí no contarle a nadie. Los que siguen lo que escribo ya saben que llevo unos meses de novia con Damián, el chico de atletismo que me revolucionó la vida desde la primera noche. Es atento, es guapo y, para qué negarlo, está dotado de una manera que me había arruinado cualquier comparación anterior. Pensé que con él se me había curado para siempre esa debilidad mía por los hombres muy bien armados. Me equivoqué.

Lo que voy a confesar pasó a lo largo de varias semanas, así que tengan paciencia. Todo empezó una mañana, después de quedarme a dormir en su casa por primera vez.

Me desperté con ganas de ir al baño y caminé medio dormida por el pasillo. La puerta estaba abierta y, sin pensarlo, casi entro. Adentro había un hombre que no era Damián, de espaldas, acabando de orinar. Al escucharme se giró sin el menor pudor, todavía sosteniéndose la polla con una mano, y me soltó una sonrisa. Le eché el vistazo automático que una echa, y aunque la tenía blanda, se le veía gruesa, colgando pesada entre los dedos.

—¿Qué tal? ¿Cómo la ves? —dijo, como si fuera lo más normal del mundo, meneándola un poco hacia mí.

Me quedé congelada un segundo. Después reaccioné.

—Perdón… ¿tú quién eres? ¿Qué haces aquí?

—Soy el hermano de Damián. ¿Por? —contestó, sin moverse, sin taparse.

—Soy Mariana. La novia de Damián.

Se le borró la sonrisa de golpe. Se volteó rápido, se guardó la verga y empezó a disculparse.

—Metí la pata. Pensé que eras otra persona.

—¿Otra persona como quién? —pregunté.

—Nada, olvida lo que pasó. Discúlpame.

Salió casi corriendo y yo me volví a la habitación con Damián sin decir una palabra. Pero la imagen se me quedó pegada. No por morbo, al principio, sino por la pregunta que me dejó: ¿a qué clase de mujeres estaba acostumbrado a cruzarse a esa hora en esa casa, con la polla en la mano y ofreciéndosela? Esa familia tenía algo, y yo todavía no sabía qué.

***

Con el tiempo el hermano de Damián fue agarrando confianza conmigo. Era simpático, exagerado, de esos que cuentan todo entre carcajadas. Un fin de semana hubo una reunión en casa de la hermana de mi novio y ahí me presentó a un par de primos, todos altos, morenos, con esa misma seguridad escandalosa de la familia.

La cosa es que, a mitad de la tarde, Damián me avisó que tenía que salir a arreglar unos papeles con su entrenador. Le reclamé un poco —no conocía a casi nadie y me sentía fuera de lugar—, pero me prometió que volvía en dos horas y me pidió que me quedara, que aprovechara para conocer a su gente. Acepté de mala gana.

Me senté en una mesa con la novia de uno de los primos y, mientras corrían los tequilas, el ambiente se fue soltando. En algún momento empezaron a bromear con ella, a decirle que tenía premio asegurado esa noche, y entre risas terminaron hablando de lo bien dotado que era su novio, de que la dejaba destrozada cada vez que se la metía. El hermano de Damián, ya entonado, soltó la frase que lo cambió todo.

—Eso viene de familia, eh. Es más, a mi primito de allá le dicen «el Potro». Es el que la tiene más grande de todos nosotros, y mira que el muy desgraciado no consigue novia.

Todos se rieron. Yo también. Pero algo se me activó por dentro, esa vieja curiosidad que creía dormida, y noté cómo se me humedecían las bragas con solo imaginármela.

Poco a poco la mesa se fue vaciando. El hermano se levantó a saludar a otros invitados, la otra pareja se fue a bailar, y me quedé sola con el famoso Potro. Se llamaba Tomás. Era el más callado de todos, casi tímido, y eso lo hacía aún más interesante. El calor del tequila, la curiosidad y unas cuantas malas decisiones se juntaron en mi cabeza al mismo tiempo.

—Oye, Tomás… ¿es verdad lo que dicen tus primos? ¿Por eso te dicen así?

Se puso colorado y bajó la mirada.

—Pues… sí, es verdad. No me pongas nervioso —dijo, y se rio sin mirarme.

—No es por nada. Es pura curiosidad —insistí, jugando con el borde del vaso, mordiéndome el labio sin darme cuenta.

Hubo un silencio largo. Le dio un trago hasta el fondo a su tequila y, como agarrando valor, soltó:

—¿Quieres comprobarlo?

Apenas lo dijo, se arrepintió.

—No, perdón, olvídalo. Eres la novia de Damián y eres muy guapa. No debí decir eso.

Me gustaba verlo nervioso. Me gustaba el poder que me daba.

—Tranquilo, no pasa nada. Tienes razón, no debería. Pero ya sabes que la de Damián no es precisamente pequeña, y por eso me da curiosidad saber si la tuya es más grande. Nada más.

—Si de verdad quieres verla… —dudó—, ve al baño en cinco minutos. Yo te espero.

—Solo será verla. Nada más —le advertí.

—Solo verla —repitió.

***

No pensé en las consecuencias. Me convencí de que no pasaría de una mirada y que esa curiosidad estúpida se apagaría sola. Me levanté con disimulo, miré que nadie me siguiera y caminé hasta el baño. Toqué la puerta con el corazón a mil y el coño ya latiéndome.

—¿Quién? —preguntó desde adentro.

—Mariana —susurré.

Abrí, entré y cerré con seguro. Cuando me giré, ahí estaba, con el pantalón bajado a media pierna y la verga ya empalmada, apuntando hacia arriba, gorda y venosa, con el glande morado brillándole. Le calculé casi un palmo largo y un grosor que no me cabía en la mano. Se me secó la boca.

—Dios mío —se me escapó—. Sí que era verdad lo del Potro.

—¿Te gusta? —preguntó, agarrándosela por la base y meneándola despacio para que la viera bien.

—La tienes muy bien —admití, sin acercarme, aunque los pies se me iban solos—. Pero ya, esto era solo verla, ¿de acuerdo? Ojalá encuentres a alguien que sepa lo que tiene enfrente. Me voy.

Salí antes de hacer una tontería. Lo conseguí por poco, porque ya estaba pensando en arrodillarme y metérmela en la boca solo para saber si me cabía. Volví a la mesa con las piernas temblando, las bragas empapadas y una culpa nueva instalándose en el pecho. Cuando Damián regresó, lo abracé fuerte, como si así pudiera borrar lo que acababa de pasar. Esa noche, antes de irme, Tomás me pidió mi número. Y yo, que debí decir que no, se lo di.

***

Pasaron un par de días en silencio. Después llegó el primer mensaje, inofensivo: que cómo estaba, que qué hacía. Contesté normal, sin darle vuelo. Pero al tercer día insistió, y esta vez no fue tan inocente.

—No dejo de pensar en ese día —escribió.

—Estuvo loco, ¿no? —respondí, riéndome sola frente a la pantalla.

—Mucho. Y es que estás preciosa. Mira cómo me dejaste.

Me mandó una foto. La verga entera, dura, empuñada, con una gota de presemen colgándole del glande. La miré más tiempo del que debería. Me la guardé un segundo en la cabeza y noté cómo se me apretaba el coño solo de imaginar cómo entraría eso.

—¿Y? ¿No vas a decir nada? —insistió.

—Es que recuerda que soy la novia de Damián.

—Lo sé, perdón. Pero esa curiosidad que tenías no fue por nada. Te gustan grandes. No me digas que no.

Tecleé y borré varias veces. Al final fui sincera.

—No lo voy a negar. Sí me gustan así.

Para hablar de frente era un tímido. Por mensaje era otra persona. Me dijo que ya había satisfecho la curiosidad de verla, pero que sentirla dentro era otra cosa, que necesitaba saber cómo me apretaba con mi coño, y que no me hiciera la difícil. Yo no quería traicionar a Damián, pero pesaba más de la cuenta aquella escena del hermano confundiéndome con cualquiera, y la idea de que esta era, probablemente, la única oportunidad de mi vida de que un pedazo de verga así me abriera en dos. Me convencí con la peor de las excusas: una vez, nadie se entera, y se acabó.

—Estoy confundida —escribí—. Sé que esto está mal. Pero no te voy a mentir, sí me gustaría.

—Conozco un lugar bonito y discreto. Nadie lo sabrá, te lo prometo. Dame una sola oportunidad. ¿Qué dices?

Lo pensé unos minutos que se sintieron eternos.

—¿Hoy mismo? —pregunté, y me odié un poco al teclearlo.

—A las cuatro paso por ti.

***

Me arreglé con calma, me puse el conjunto de encaje negro que sé que me hace culo, y encima algo que me hacía sentir deseada. Salí al punto que habíamos acordado. La verdad es que dudé hasta el último segundo. Dos veces estuve a punto de dar media vuelta y dejarlo plantado. Bajé del taxi, miré alrededor y pensé «esto es una locura, no». Entonces lo vi dentro de un coche, llamándome con la mano.

—¡Mariana, aquí! —dijo.

Subí. Nos saludamos con torpeza y manejó unos minutos hasta un hotel pequeño y bonito, con espejos y una luz cálida que invitaba a perderse. Me senté en la cama, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Déjame admirarte —dijo él, y me pidió que me pusiera de pie y girara—. Qué suerte tiene Damián.

Empezó despacio, acariciándome los hombros, bajándome los tirantes de la blusa. Me solté yo misma la espalda del sostén y me quedé frente a él con las tetas al aire, los pezones ya duros y erguidos, expuesta y nerviosa.

—¿Te gustan? —pregunté, agarrándomelas y ofreciéndoselas.

—Son perfectas. Como todo lo demás.

Se acercó y me chupó un pezón, después el otro, tirándolo suave con los dientes hasta hacerme gemir. Me besó el cuello, bajó hasta los pechos y se entretuvo ahí, mamando y lamiendo, mientras yo, ya sin querer pensar, le buscaba el cinturón. Le desabroché los pantalones y se los bajé de un tirón junto con el bóxer. La verga saltó dura, casi golpeándome la cara, y confirmé que la realidad superaba a la foto. Se la agarré con las dos manos —porque con una sola era imposible abarcarla— y la sopesé. Latía. Le pasé el pulgar por el glande, esparciéndole la gota que le brillaba en la punta, y él soltó un jadeo largo.

—Joder, qué mano tienes —murmuró.

La acerqué a la boca. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, mirándolo a los ojos. Intenté metérmela y solo me entró la cabeza; le apreté los labios alrededor del glande y empecé a chupársela así, ayudándome con las dos manos para masturbarle el resto. Se le escapaba la voz.

—Así, Mariana, así, chúpamela así…

La saqué con un ruido húmedo, se la escupí encima y volví a mamársela, tragándome un poco más cada vez. Se me caía la baba por la barbilla, se me acumulaba entre las tetas. Él me agarró del pelo y me marcó el ritmo, follándome la boca hasta que las arcadas me hicieron soltarla para tomar aire. Tenía los ojos llorosos y una sonrisa idiota.

—Ven aquí —dijo, tumbándome en la cama. Me abrió las piernas, me arrancó las bragas empapadas y se quedó mirándome el coño un instante antes de hundir la cara entre ellas.

Lo hacía con un hambre que no esperaba de alguien tan callado. Me devoraba, me metía la lengua entera dentro y después me la sacaba para chuparme el clítoris con una succión constante que me hacía retorcerme. Me metió dos dedos, y luego tres, buscándome un punto por dentro mientras seguía lamiéndome arriba. Me aferré a las sábanas y dejé de contener los gemidos. Sentía cómo todo el cuerpo se me iba aflojando, cómo cada movimiento de su lengua me arrancaba la poca cordura que me quedaba.

—Sabes increíble —murmuró contra mi coño, con la boca brillante de mis flujos.

—No pares, no pares, me voy a correr —fue lo único que pude decir.

Me corrí en su boca con un temblor que me sacudió las piernas, apretándole la cara contra mí. Él no me soltó hasta que dejé de convulsionar.

Después cambiamos. Quise devolverle el favor en un sesenta y nueve; me subí encima de él boca abajo y volví a mamársela mientras él seguía comiéndome el coño desde abajo. Pero por la forma que tenía no era nada fácil; me costaba manejarlo, se me escapaba de la boca a cada rato y las arcadas volvían. Terminamos buscando otra postura. Me puse a horcajadas sobre su cara para que me la comiera bien mientras yo me inclinaba hacia adelante y le lamía los huevos y le hacía una paja lenta y apretada con las dos manos. Así fluyó mucho mejor. Lo sentía disfrutar, lo escuchaba respirar agitado bajo mi coño, y eso me prendía más que cualquier otra cosa. Me corrí otra vez encima de su boca, empapándolo entero.

—Ven —dijo al fin, levantándome—. ¿Te acuerdas de lo que te prometí por mensaje? Voy a follarte con esta verga hasta que no puedas caminar.

Me llevó contra la pared, con la espalda pegada al frío del azulejo y su cuerpo apretado contra el mío. Me levantó una pierna y me la enganchó en la cadera. Me besaba mientras se pasaba la punta del glande por los labios del coño, arriba y abajo, empapándose en mis flujos, demorándose a propósito en la entrada, rozándome sin terminar de entrar, torturándome. Cada vez que la punta se me hundía un poco, la sacaba y volvía a rozarme el clítoris con ella.

—Vamos, ya, métemela, por favor —le supliqué—. Métemela toda.

Cuando por fin empezó, lo hizo despacio, dejándome acostumbrar. Me metió primero la cabeza y esperó, y ya con eso se me escapó un quejido largo. Fue empujando de a poco, ganando un centímetro cada vez, dejándome sentir cómo me iba abriendo. Al principio casi me dolía; después, conforme encontró el ritmo y me relajé, todo cambió. Cada vez que volvía a entrar tocaba un punto exacto en el fondo que me hacía ver borroso.

—Así… así, no pares, más adentro —jadeé, arañándole la espalda.

—Qué apretada estás, joder —gruñó él, con los dientes apretados—. Me estás exprimiendo la polla.

Me sujetaba las muñecas por encima de la cabeza con una mano y con la otra me apretaba una teta, me pellizcaba el pezón, me recorría el cuerpo entero. Cada embestida me golpeaba el culo contra la pared. El primer orgasmo me llegó casi sin avisar, suave, como una advertencia de lo que venía, una oleada larga que me hizo cerrarme sobre él y apretarlo por dentro. Él no se detuvo. Me soltó las manos, me tomó de las caderas y empezó a alternar entre embestidas lentas y profundas, en las que se hundía hasta los huevos y se quedaba ahí quieto haciéndome círculos con la cadera, y otras rápidas y secas que me sacaban el aire de golpe.

—Qué bien se siente estar dentro de ti —dijo, casi al oído, mordiéndome el lóbulo—. ¿Te gusta cómo te la meto? Dime que te gusta.

—Sí… sí, me encanta, no pares, rómpeme —contesté, perdida, sin reconocer mi propia voz—. Fóllame más fuerte.

Me sacó la verga entera, chorreando de mis flujos, y me giró contra la pared. Me hizo poner las manos contra el azulejo, me arqueó la espalda de un tirón y me abrió las piernas con una patadita suave. Se me quedó mirando el culo, me lo agarró, me lo apretó y me dio un par de nalgadas que me dejaron la piel ardiendo.

—Qué culo tienes, hostia —dijo, y volvió a metérmela de un solo empujón por detrás.

El grito que solté se debió escuchar en todo el pasillo del hotel. Empezó a follarme de pie por detrás, agarrándome del pelo, tirándomelo para que arqueara más la espalda. Cada envión me sacudía entera, me hacía chocar las tetas contra la pared. Le escuchaba los huevos golpear contra mí, le escuchaba el chapoteo de mi coño empapado tragándose y soltando su verga.

—Córrete, córrete otra vez, vamos —me susurraba pegado a la nuca—. Córrete en mi polla.

Me corrí de nuevo, largo, temblando de pies a cabeza, y él me sostuvo para que no me cayera. Después me cargó en brazos como si no pesara nada, me sostuvo contra la pared con las piernas alrededor de su cintura, y desde ahí me llevó al límite una y otra vez, embistiéndome de abajo hacia arriba con esa polla monstruosa que me llegaba hasta la garganta. Llegué a un punto en que ya no distinguía dónde terminaba un orgasmo y empezaba el siguiente. Le pedía que parara y, dos segundos después, le rogaba que continuara. Estaba completamente fuera de mí, con la baba cayéndome por la comisura, mordiéndole el hombro para no gritar.

Nos pasamos a la cama. Me puso a cuatro patas, me montó por detrás y me la volvió a meter hasta el fondo. Me apretaba la cintura con las dos manos, tirándome contra él, follándome tan hondo que le sentía cada vena por dentro. Después me pidió que me pusiera encima. Me senté sobre él a horcajadas y, mirándolo a los ojos, empecé a cabalgarlo despacio, sintiendo cómo se me hundía centímetro a centímetro hasta que le tocaba el fondo con el culo apoyado en sus muslos. Me agarraba las tetas, me las chupaba, me alentaba a que me moviera más rápido. Empecé a rebotar sobre su verga como una loca, y me corrí otra vez así, con las manos en su pecho, chillando.

—Avísame antes de venirte —alcancé a decirle, todavía temblando.

—Tranquila —respondió, y aceleró.

Me dio la vuelta, me tumbó boca arriba, se me subió encima y me la clavó otra vez a martillazos. Cuando sintió que se acercaba, me lo dijo. La sacó chorreando y yo me dejé caer de rodillas en la alfombra para recibirlo con la boca abierta y la lengua fuera. Empezó a masturbársela a un palmo de mi cara, con la mano rápida, y al ratito me soltó un chorro grueso de semen caliente que me pegó desde la frente hasta el mentón. Fueron chorro tras chorro, largos, espesos, cayéndome en la lengua, en los labios, en las tetas. Me sorprendió hasta en la cantidad. Me la metí en la boca para chuparle las últimas gotas y me tragué todo lo que le quedaba dentro. Me sorprendió hasta en eso: no fue desesperado ni torpe, sino casi pausado, y eso, no sé por qué, me encantó. Después me ayudó a subir a la cama, me limpió la cara con una toallita húmeda y nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aliento.

—Discúlpame —dijo de pronto—. Me decías que parara y, dos segundos después, me pedías más. No sabía a cuál hacerte caso.

—No te preocupes —me reí, agotada, con el coño palpitándome todavía—. Vaya que lo disfruté.

***

No quiero entrar en todo el detalle de lo que vino después, porque esto ya se está alargando y porque, sinceramente, todavía me da vergüenza reconocer hasta dónde llegué esa tarde. Solo diré que ese hombre callado y tímido me sacó más orgasmos de los que había tenido en toda mi vida junta, que volvió a follarme dos veces más antes de dejar el hotel —una en la ducha, con el agua cayéndonos encima, y otra tumbados en la cama, ya sin fuerzas— y que en algún momento dejé de llevar la cuenta. Salí de ahí casi sin sensibilidad de la cintura para abajo, con el coño ardiendo, las piernas que apenas me respondían, el semen todavía escurriéndoseme por dentro y una sonrisa idiota que no podía borrarme.

—Estás hecha toda una fiera —me dijo mientras me vestía—. Me dejaste muerto. ¿Repetimos otro día?

—No lo sé —contesté, y era verdad—. Por ahora no puedo responderte a eso.

De regreso a casa traté de convencerme de que tal vez había sido un día en el que estaba más sensible de lo normal, que por eso lo había vivido tan intenso, que no significaba nada. Pero era mentira, y en el fondo lo sabía. Todavía sentía la verga de Tomás abriéndome cada vez que cerraba las piernas.

El final de esta historia lo tenía escrito de otra forma. Iba a decir que no lo volvería a ver, que quiero a Damián y que esto fue un desliz y nada más. Y, en parte, es cierto: lo quiero. Pero pasó algo después que cambió las cosas, algo que prefiero contar en otro relato cuando junte el valor. Por ahora me quedo con la culpa, con la curiosidad satisfecha y con la certeza de que hay errores que una vuelve a cometer si le dan la oportunidad. Besos a todos, y no me juzguen demasiado.

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Comentarios(4)

NickCBA

increible!!! me dejo sin palabras

anita_lee

Me gusto mucho como lo describiste, se siente muy real. Esa duda con una misma es demasiado humana jaja. Seguí escribiendo!

Curiosa_28

Por favor una continuacion, no puede quedar asi. Quede con muchas ganas de saber que paso despues

Marcos_Gdl

Buenisimo. Me recordo a una situacion parecida hace años, esa mezcla de culpa y emocion es inconfundible

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