Lo que el portero me pidió a cambio de su silencio
No me equivoqué ni un milímetro. Anselmo no estaba dispuesto a dejar escapar una ocasión como aquella. Sabía perfectamente que no tendría muchas más en lo que le quedaba de vida. Y yo empecé a entender, en ese mismo instante, la encerrona que se me venía encima, mientras un sudor frío me bajaba por la espalda y se me metía entre los omóplatos.
—Pero, señorita Nuria… —replicó el muy cerdo, con esa cara de no haber roto un plato en su vida—. Creo que no se da usted cuenta de la situación. Lo que ha hecho está mal. Pero que muy mal.
—¿Qué… qué quiere decir? —me atraganté al ver sus ojos pequeños, cargados de una lujuria que no se molestaba en disimular.
—Pues que esto tendría yo que comunicárselo a sus padres —se descaró—. Si llegaran a enterarse de que yo sabía que guarda esas hierbas en casa y que me lo callé, podría perder mi puesto. Hágase usted cargo de mi posición.
Hablaba relamiéndose los labios resecos.
El muy baboso estaba buscando algo, y los dos lo sabíamos.
Y a mí, para colmo, me escocía el sexo por culpa de la mañanita que llevaba en el coche de Rubén. De volver a abrirme de piernas, ni hablar. No me quedaba ni paciencia ni cuerpo.
¿Pero qué diablos pretendía hacerme este hombre?
Estaba convencida de que no sería capaz de metérmela. A buen seguro llevaría más de una década sin que se le pusiera dura. Aun así, tenía que aclarar sus intenciones antes de decidir nada. Mejor ir de frente. Hacerme la timorata solo iba a darle alas.
—Hable claro, Anselmo —le solté de mala leche—. ¿Qué pretende? ¿Follarme? Si a usted ya no se le levanta, no podría metérmela ni con tres pastillas. ¿No querrá que le haga una paja para que se calle?
Pero el tío ya lo tenía todo pensado, y de follar nada, como yo suponía. De paja, tampoco.
—Uy, no, señorita Nuria —respondió tranquilo—. Ya me gustaría poder follarla, pero me pilla un poco mayor. Hace un par de años todavía le habría echado un polvo de campeonato, pero ya no puedo, qué desgracia. —Suspiró antes de continuar, alargando el momento como quien saborea un caramelo—. Aunque una paja no me vale. Ni de coña. Lo que quiero es que me la chupe. Tiene usted una boquita que me pone a cien, ¿no se ha dado cuenta?
Me quedé sin habla un segundo.
¿De qué tenía que haberme dado cuenta? ¿De que le ponía a cien, o de que tenía boquita de zorra?
Sería cabrón el puto viejo.
Porque de que le ponía a cien, vaya si me había dado cuenta. Como para no notarlo, si le bizqueaban los ojos cada vez que me veía cruzar el portal con el uniforme de la facultad.
—¡Chupársela, una mierda! —le enfrenté, plantándome—. ¡Le hago una paja y se da usted con un canto en los dientes! ¡Lo toma o lo deja!
Lo pensó un instante, rascándose la coronilla calva. No parecía convencerle la idea. Le sabía a poco, se le veía en la cara.
—¡Y dese prisa, que necesito ir al baño! —le urgí al ver que se lo pensaba demasiado.
—Pase usted al aseo de aquí —me ofreció, señalando una puertecita al fondo de la garita—. No es muy grande, pero está limpio.
Me temí que estuviera buscando una estrategia nueva para arrinconarme, quizá encerrarme en aquel cubículo, así que me negué en redondo.
—¡Ni de coña! Al baño no entro, no me fío de usted. Le hago la paja aquí fuera y me largo a casa a toda leche. Decida de una vez.
Volvió a poner cara de estar meditando una jugada de ajedrez.
Y al final claudicó. Debió de pensar que más valía pájaro en mano.
—Está bien, hágame la paja. Pero un buen pajote, señorita Nuria. De esos que le hacía a su novio en el hueco de detrás del ascensor. Si no me gusta, me voy de la lengua.
Puto viejo. Se sabía mi vida hasta el último detalle.
***
No me lo pensé dos veces. No podía arriesgarme a que cambiara de opinión, así que me remangué la blusa y me puse manos a la obra.
—Venga, bájese los pantalones y siéntese en el sillón —le ordené, dejando el bolso sobre la mesa y echando el pasador de la puerta.
Luego me arrodillé a sus pies y le ayudé a bajarse la ropa, tirando de la tela con más fuerza de la que él parecía capaz de reunir. Olía a colonia barata y a tabaco viejo.
—Levántese la falda, señorita Nuria —musitó acariciándome el pelo con una mano temblona—. Quiero verle las bragas mientras me la menea. Seguro que las trae mojaditas. Y enséñeme las tetas, que se nota que las lleva usted bien tiesas de la universidad.
No era demasiado lo que pedía, y decidí aceptar. Aunque con condiciones.
—Vale, le enseño las tetas y las bragas. Pero sin tocar, ¿eh, Anselmo? Sin tocar, que nos conocemos.
—Está bien, qué se le va a hacer… sin tocar… uffff —jadeó mientras se descapullaba con dos dedos la mínima polla a medio hinchar.
Seguí sus instrucciones con tal de que aquel martirio terminara cuanto antes. Me subí la falda, arrugada todavía por la faena en el coche de Rubén, me abrí de piernas y dejé a la vista una mancha de humedad que se veía a varios metros.
—Uffff… Qué coño más guarrete tiene usted, señorita Nuria —apostilló, arrellanándose en el sillón con un crujido de muelles—. A saber quién le habrá dejado esa humedad, je, je… Su novio seguro que no. Él estudia lejos y esta mañana no han podido verse, ¿verdad?
Le miré con todo el desprecio que pude reunir y cogí la polla que me ofrecía abriéndose de piernas. Sin decir una palabra, la masajeé despacio para tomarle el pulso. Era una polla de viejo, más pellejo que carne, oscura, colgona, como un guiñapo. En mis manos se movía como goma de mascar, blanda, escurridiza. Iba a costarme un esfuerzo enorme que aquello se endureciera.
Pero tenía prisa.
Así que empecé a menearla deprisa. Con una mano le subía y le bajaba el pellejo, con la otra le sostenía los testículos. El conserje se relamía y gruñía sin parar.
—Hummm… ay, señorita Nuria, qué gustito… y qué manos tan suaves —murmuraba con los ojos cerrados—. No se imagina usted lo que he soñado con este momento. Las pajas que me habré hecho pensando en cómo me lo haría. Y mire, aquí estamos. Qué maravilla es la vida, ¿no le parece?
—Vamos, Anselmo, deje de hablar y concéntrese —le corté sin dejar de menear—. No vaya a venir una vecina y se quede usted a medias.
—Oh, no pasaría nada, señorita —replicó jadeante—. Si viniera alguien, ya me lo acaba otro día. Por mí no hay prisa.
Pero por mí sí, pedazo de cerdo.
Me mordí la lengua. Una discusión solo iba a alargar aquel horror, y yo lo único que quería era acabar.
***
En contra de lo que esperaba, en un par de minutos la polla de Anselmo estaba tiesa como un palo. Y el viejo baboso jadeaba como un animal herido.
—Aaaahhhh… hummmm… así, así, señorita… siga usted así…
Había engordado más de lo que yo hubiera apostado, aunque era tan corta que no dejaba de parecer un pingajo. Loca por que el tipo se corriera de una vez y me dejara marchar, decidí dar un paso más. Saqué la lengua, la apoyé sobre sus testículos y recorrí el tronco hasta la punta, que atrapé con los labios y humedecí con un golpe de saliva.
Anselmo dio un respingo en el sillón.
—Guau… señorita Nuria… me mata usted… hágalo otra vez, por lo que más quiera…
Riéndome por dentro de la cara de gusto que ponía el hombrecillo, repetí el recorrido, esta vez metiéndome el glande entero en la boca y succionando como si fuera un caramelo.
—Guauuuu… —saltó el viejales mientras aquel esperpento crecía un par de centímetros más. Y yo volví a partirme de risa por dentro. Estaba tan ridículo con la polla al aire que no me provocaba ni asco. Solo una rara mezcla de lástima y ternura.
—¿Qué tal? —le pregunté, casi divertida con su estado.
—Me mata, señorita Nuria, se lo juro —respondió con una expresión de placer que parecía de sufrimiento puro.
Me volví a meter el capullo entre los labios y lo golpeé con la lengua una y otra vez. El conserje daba botes sobre el sillón y yo no podía dejar de sonreír. Al fin y al cabo, aquel vejete se mostraba más agradecido ante mis caricias que muchos de los tíos con los que me había acostado. No recordaba a ninguno que pusiera aquellas caras tan estrambóticas de gozo cuando se la chupaba.
—Chúpemela, señorita… chúpemela… —imploraba—. Le prometo que se lo agradeceré toda la vida.
Le di otra chupada al glande y volvió a saltar.
Mi extraña ternura hacia él crecía al verlo tan vulnerable. Pensé que el pobre viejo no iba a tener otra oportunidad como aquella nunca más. Y a mí me costaba bien poco hacerle una mamada en condiciones de aquella mini polla que apenas me llenaba los carrillos, tan pequeña que ni siquiera molestaba.
Así que la succioné con todas mis fuerzas, dispuesta a darle la mamada que llevaba un rato rogándome. Que disfrutara el pobre hombre de una hembra de verdad antes de morir. Porque eso era Anselmo, me dije: un pobre viejo al final de su vida y…
¡¡Plaaass!!
La bofetada me giró la cara del revés sin que supiera de dónde venía.
Cuando quise darme cuenta, el tipejo se había puesto en pie, me había empujado contra la mesa camilla haciéndome caer de culo al suelo, y me agarraba con fuerza por el pelo.
¡¡Plaaass!!
Otra bofetada, y más desconcierto por mi parte.
Joder, ¿qué le pasa a este?
Intenté zafarme sin conseguirlo. El muy cabrón tenía una fuerza increíble para un hombre de su edad. Imposible soltarme. Me tenía tan sujeta del pelo que, si movía la cabeza, acabaría arrancándomelo a tirones.
Parecía que se hubiera transformado en otra persona.
Menudo cabronazo.
¡¡Plaaass!!
Una nueva hostia, y el pelo se me venía sobre la cara cegándome la vista.
—¡Chupa, zorra! —rugió el muy cabrito con cara de loco tras abofetearme por tercera vez—. ¡Chupa hasta que te hartes, putón verbenero!
Me apretó por la coronilla, enterrándome la polla hasta el fondo de la garganta. Yo no me resistí. Imposible hacerlo en aquella postura ridícula: sentada en el suelo, la espalda contra la mesa camilla, las piernas abiertas y la falda subida hasta la cintura.
Y mientras notaba sus dedos huesudos clavados en mi cabeza, entendí la lección de aquella mañana: nunca, jamás, hay que confiarse con quien no tiene nada que perder.