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Relatos Ardientes

Aquel otoño en la facultad lo cambió todo

Éramos jóvenes y absolutamente inexpertos. La pasión nos encontró un otoño cualquiera entre los pasillos de la facultad de filología y, desde la primera tarde, no fuimos capaces de soltarnos. Cualquier banco del campus servía para perdernos en besos largos, con esa urgencia de quien acaba de descubrir que existe el deseo.

Aún me acuerdo del sabor exacto de su saliva. Nos tocábamos por encima de la ropa, despacio, y luego las manos se metían debajo de las prendas casi sin querer, como si tuvieran voluntad propia. Yo nunca había estado con nadie. Ella decía que tampoco, y los dos nos creíamos esa mentira porque nos convenía.

Era pelirroja, aunque solo a contraluz se le notaba del todo. Sus pechos eran pequeños y se ponían duros con apenas rozarle el sujetador. La piel pálida le quedaba salpicada de pecas diminutas, color rosa pálido, hasta en los hombros y en el escote. Las caderas, en cambio, eran rotundas. El culo, alto y redondo, le tensaba los pantalones vaqueros de una manera que me obligaba a caminar detrás de ella por todos los pasillos.

Soñaba con verla desnuda. Con tenerla a solas, sin ropa, sin testigos. Pero ella tenía novio en el pueblo donde veraneaba, alguien a quien yo nunca había visto, y de momento no quería pasar de los besos.

Me bastaba mirarla a los ojos —verdes, almendrados, con una mancha más oscura cerca del lagrimal izquierdo— para que se me pusiera dura. Cada noche, al volver a mi piso de estudiante, todavía con su perfume floral pegado a la chaqueta, me masturbaba pensando en ella y me corría enseguida, imaginándola tumbada en una cama con solo un tanga blanco y una sonrisa.

Una tarde, al final de octubre, nos escondimos en el jardín de la facultad. Estaba oscureciendo y los últimos profesores se iban hacia el aparcamiento. Nos sentamos en un banco apartado y, mientras la besaba, su mano se me posó sobre la bragueta. Notó perfectamente el bulto y se quedó un segundo quieta, como decidiendo. Después me bajó la cremallera.

—Solo quiero tocarte la punta —susurró.

Me la hizo salir con cuidado, mirando por encima del hombro por si pasaba alguien. Pasó las yemas por el glande y yo apreté los dientes.

—Te la chuparía aquí mismo —dijo.

—Creía que no lo habías hecho nunca.

—En el pueblo, en verano, se hacen muchas cosas.

Sentí una punzada de celos retroactivos, una cosa absurda y caliente al mismo tiempo. La miré.

—Hazlo.

Era mi primera vez. La sensación de su lengua tibia en la polla me hizo temblar las rodillas. Mientras me la chupaba, le bajé el sujetador por debajo de la blusa y le encontré los pezones duros, pequeños, tan rosados como las pecas. Iba a inclinarme para morderle uno cuando se escuchó un ruido cerca, alguien tosió en otro pasillo, y los dos nos separamos como si nos hubieran pegado un calambre. Nos reímos en voz baja, asustados y excitados a partes iguales.

Las semanas siguientes pasaron entre escarceos a medio camino: besos demasiado largos en aulas vacías, manos metidas debajo del jersey en el cine, una mamada apresurada en su portal. Inocencia y morbo mezclados en la misma proporción.

Por entonces empecé a enterarme de cosas que no me gustaron. Un amigo común, un italiano que se llamaba Lorenzo y que oficialmente le daba clases particulares de su idioma, había hecho algo parecido con ella el curso anterior. Yo pensaba, pobre tonto, que solo le enseñaba a conjugar verbos. «Io bacio, tu baci», me decía ella riéndose. Imaginarla arrodillada delante de él me provocaba una mezcla rara de rabia y de calentón, las dos cosas a la vez.

También empezó a mencionar demasiado a un amigo del barrio. Un tal Marcos, alto, con canas precoces, que vivía a dos calles de su casa. Lo nombraba sin venir a cuento, en mitad de cualquier conversación, y cada vez que oía su nombre yo sentía un golpe seco en el estómago.

Los celos, sin embargo, no me apagaban. Al contrario, me ponían más cachondo. Ese culo, esos ojos, la sospecha de que se reía de mí a mis espaldas: todo eso me volvía loco. Las hormonas, ya se sabe, no tienen neuronas.

A finales de junio, un grupo grande del curso nos apuntamos a una semana de clases intensivas en una residencia universitaria de la sierra. La residencia tenía piscina, comedor común y habitaciones individuales con pestillo. Una tarde de mucho calor, después del baño, nos escabullimos juntos. Ella todavía llevaba el bikini mojado debajo de un pareo. Cerré el pestillo en cuanto entramos en mi habitación.

La abracé contra la puerta, todavía húmeda, oliendo a cloro. Nos besamos durante minutos enteros sin decir nada. Le desaté la parte de arriba del bikini sin pedir permiso y no protestó. Le bajé también la braguita de un tirón. Se quedó desnuda delante de mí por primera vez. Le pasé la mano por el pubis, suave, casi sin vello.

—Qué guay —dijo, y se le escapó una risa nerviosa.

La empujé despacio sobre la cama. Ella separó las piernas y estiró los brazos por encima de la cabeza, como si llevara mucho tiempo esperando ese momento. Me arrodillé en el suelo y le comí el coño durante un buen rato. Gemía bajito, con la punta de la lengua asomándole por la comisura de la boca, y yo le clavaba los dedos en los muslos para que no se moviera.

Cuando me subí encima, empalmado y con el sabor de ella todavía en la lengua, intenté metérsela despacio. Me detuvo con una mano firme contra el pecho.

—Por ahí no. Todavía no quiero.

Y, agarrándome la polla, me apuntó el ano. La entrada fue más suave de lo que jamás hubiera imaginado. Ella jadeaba.

—Solo un poco —repetía, mientras se masajeaba el clítoris con dos dedos.

«Solo un poco» se convirtió en mucho más. Sus caderas empezaron a buscarme y yo aceleré sin pensar. Sentí su orgasmo, un temblor seco, y al mismo tiempo me corrí dentro de aquel canal estrecho. Nos quedamos quietos, pegados, sin atrevernos a hablar durante un par de minutos. Después se levantó, fue al baño y volvió con la mirada distinta. Algo había cambiado, aunque yo todavía no sabía qué.

***

A partir de aquella tarde empecé a notar que me esquivaba. Pequeños detalles: tardaba en contestar los mensajes, salía de clase sin esperarme, ponía excusas para no quedar. Una mañana de principios de julio, ya en la ciudad, me dejó subir a su piso porque sus padres estaban fuera. Me tumbé desnudo en su cama y me pegué a su espalda. Le metí la polla, ya dura, entre los muslos y empecé a moverme despacio, buscando el calor entre sus piernas. Cuando intenté bajarle el tanga, sin girarse, me detuvo con la mano.

—Hoy no me apetece.

No insistí, pero me quedé un rato mirando el techo, contando las grietas, sintiendo cómo una puerta se cerraba con mucho cuidado, sin portazo.

Las señales se acumulaban y yo me negaba a leerlas. Por las noches, mientras intentaba dormir, sus ojos verdes me aparecían mirándome con esa indiferencia nueva. Creía sentir todavía el sabor salado de sus pezones, el peso de su pelo entre mis dedos, el roce de su clítoris contra la lengua. La quería tanto que estaba dispuesto a hacer como que no veía nada.

A mediados de julio, los más cercanos del curso quedamos para cenar en un restaurante del centro. Era una cena doble: el final del curso y el final de la carrera. Ella se sentó lejos de mí y apenas me dirigió la palabra. Luego, en la discoteca, con un vestido corto de color verde que no le había visto puesto antes, se puso a bailar muy pegada a otra chica del grupo, una compañera del aula de al lado. Reían demasiado alto. Yo las miraba desde la barra, con un vodka con naranja en la mano y un cigarro consumiéndose en el cenicero.

De madrugada apareció Marcos con un grupo de amigos suyos. Llegó por la puerta de la pista con esa altura suya tan exagerada y las canas brillándole bajo las luces de colores. En cuanto lo vio, ella corrió a través de la pista y le besó en la boca, delante de todo el mundo. Un beso largo, sin disimulo.

Sentí algo concreto romperse en el pecho, una cosa pequeña y dura, como si se me hubiera soltado un tornillo dentro. Dos amigos me agarraron por los hombros.

—Mejor te llevamos a dar una vuelta —dijo uno.

Salimos a la calle. Hacía calor todavía. Anduvimos sin rumbo por avenidas vacías mientras los otros hablaban de tonterías para distraerme. Yo no decía nada. Pensaba en sus pecas rosadas, en su risa nerviosa de aquella tarde en la residencia, en lo poco que tarda una persona en convertirse en otra distinta.

***

Estuve unos días sin saber de ella. Recordé que se iba al pueblo a pasar el resto del verano y, una mañana, fui a la estación de autobuses. Era una decisión absurda, pero a esa edad las decisiones absurdas tienen prisa.

La vi de lejos, con una mochila grande y unas gafas de sol oscuras. Cuando me acerqué, levantó las cejas, sorprendida, y se quitó las gafas como si así pudiera leerme mejor la cara.

—¿Qué haces aquí? —dijo.

—Pasaba —mentí.

Estuvimos un par de minutos hablando de cualquier cosa. Del calor. Del último examen. De un libro que ella estaba leyendo y yo no había leído. Anunciaron su autobús por megafonía y supe que se acababa el tiempo.

—Creo que Marcos no estaba en el guion de la película —le dije de pronto.

Ella me miró un segundo, sin enfadarse, casi con pena.

—Quizás eras tú el que no estaba.

Se despidió con un beso rápido en la mejilla, casi formal, y se metió por la puerta de embarque. Yo me quedé en la cristalera, mirando cómo subía al autobús. Primero le vi las piernas, después la falda, después el pelo rojizo recogido en una cola. Cuando ella se giró por última vez hacia la ventana, yo ya estaba bajando las escaleras de la estación.

No la volví a ver nunca más.

Han pasado muchos años. Estoy casado, tengo dos hijas, una hipoteca razonable y una vida tranquila que me gusta. Pero hay noches, sobre todo cuando empieza el otoño y el aire huele a hojas húmedas, en que me viene a la memoria ese banco del jardín de la facultad. Las pecas rosadas, los ojos verdes con la manchita oscura, la primera vez que alguien me bajó la cremallera. Y siempre me pregunto, sin esperar respuesta, qué habrá sido de ella, si todavía vive en el pueblo, si Marcos le seguirá pareciendo tan alto como aquella noche.

Es lo único que conservo intacto de aquella época: la certeza de que el primer amor no se olvida, ni siquiera cuando se va sin avisar.

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Comentarios (5)

ValentinaH

Genial relato!! me saque las lagrimas sin querer jaja

LectorGBA

Me quedé con ganas de mas. ¿Hay segunda parte o fue lo que fue?

FedeCordo88

Me recordó a mi primer año en la facu, esa mezcla de nervios y emocion es inconfundible. Muy bien escrito

RomiArg

¿Volviste a saber algo de ella despues? Me quedé intrigada la verdad

carlos_mend

de los mejores relatos que lei aca, tiene esa cosa emotiva que pocos tienen. bien

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