El pastor que zarpó sin saber adónde iba
Era el verano de 1492, aunque en aquellas islas del Atlántico el verano no terminaba nunca. Un cabrero guanche —así llamaban a los aborígenes de aquellas tierras— cuidaba de su rebaño en la más absoluta soledad. Gonzalo, que así lo conocían, no llegaba a los veinte años y apenas había cruzado palabra con otro ser humano que no fuera su madre.
Sus amistades eran las cabras. Las cuidaba con una dedicación que rozaba la ternura, y las pocas veces que había sentido el cuerpo de otro ser caliente contra el suyo había sido con alguna de ellas, en las noches frías de la montaña. No conocía mujer alguna. Quizás por eso no las echaba de menos: no se extraña lo que jamás se ha tenido.
Cada tarde bajaba de los riscos para darse un baño en una pequeña laguna que nacía al pie de una cascada estrecha. El agua era fría y limpia, y el rumor del salto apagaba cualquier otro ruido del mundo. Después volvía con el rebaño y, al anochecer, regresaba a la cabaña donde vivía con su madre. Su padre había muerto de unas fiebres cuando él era todavía un crío, y desde entonces la rutina nunca había cambiado: las cabras, la leche, la madre que bajaba al puerto a venderla.
Él jamás había pisado el puerto. Nada que estuviera más allá de sus montes le despertaba la menor curiosidad.
Hasta aquella tarde.
Cuando bajaba al baño de costumbre, vio que dentro del agua había una figura. Al principio se ocultó por instinto. Luego, con el sigilo del que acecha sin saber por qué, fue avanzando entre los matorrales hasta quedar lo bastante cerca para mirar sin ser visto.
Solo distinguía una espalda y una larga melena empapada. El cuerpo permanecía de pie, quieto, y únicamente se movían los brazos, que subían y bajaban echándose agua sobre la cabeza. Era la primera vez que veía a alguien en aquella laguna. Es más, era la primera vez que veía a alguien en aquellos montes que no fuera de su propia sangre.
Entonces la figura se dio la vuelta para salir.
Ante sus ojos apareció un rostro hermoso, el más hermoso que recordaba haber visto jamás. Y conforme la mujer avanzaba hacia la orilla, fue descubriendo algo más: dos pechos firmes, con los pezones erguidos apuntando al frente como si quisieran señalar un rumbo. Después el vientre, liso y perfecto. Y al final, el sexo cubierto de vello oscuro, hipnótico, que él no logró dejar de mirar.
La mujer terminó de salir del agua y se tumbó sobre la hierba, junto a un montón de telas que debían de ser sus ropas.
Gonzalo notó que, sin haberlo decidido, su miembro se había puesto no duro, sino durísimo. Latía. Ninguna noche con sus cabras le había provocado nunca semejante erección, y aquello lo asustó tanto como lo encendió.
Se quedó allí, escondido y temblando, hasta que la joven se vistió y se marchó por donde había venido.
Era desconcertante lo que acababa de ocurrir. ¿Qué me ha pasado?, se preguntaba, y no tenía a quién preguntárselo. Solo a las cabras, y de ellas no esperaba ninguna respuesta.
***
A la tarde siguiente volvió a la laguna con la esperanza ingenua de verla de nuevo. Se escondió en el mismo sitio y esperó. Pasaron las horas y no apareció nadie. Volvió la tarde siguiente, y la otra, siempre con el mismo resultado. Empezó a dudar si aquello había sucedido de verdad o si lo había soñado en alguna siesta bajo el sol.
Casi lo había dado por olvidado cuando, una tarde, mientras nadaba desnudo en el centro de la laguna, oyó pasos en el camino.
Era ella.
No le dio tiempo a salir del agua para ocultarse, así que se quedó inmóvil, con el agua por el pecho. La joven se acercó a la orilla y lo miró sin pudor. Le fascinó la cabellera rubia y mojada del muchacho, y aquellos hombros marcados por años de trepar riscos detrás de las cabras.
Lejos de marcharse, empezó a desnudarse despacio, sin apartar los ojos de él. Cuando estuvo completamente desnuda, fue entrando en el agua y acercándose.
—Hola. Me llamo Catalina. ¿Y tú?
—Eh… Gonzalo.
—¿Y qué haces aquí? Nunca había visto a nadie en esta laguna.
—Soy pastor. Vengo casi todas las tardes a bañarme. ¿Y tú?
—Creo que está claro —se rió—. Me estoy bañando.
—Eso ya lo veo. Pero por aquí no viene nunca nadie.
—Llegué a la isla hace dos semanas. Soy hija del conde de Almenara, el señor de estas tierras. Descubrí la laguna un día que salí a pasear y me escapé de las damas.
—No conozco a ese conde —dijo él, encogiéndose de hombros—. Ni sabía que esta isla tuviera dueño.
Catalina volvió a reírse y le lanzó un puñado de agua a la cara. Gonzalo pasó de la sorpresa al contraataque, y así, casi sin darse cuenta, empezaron unos juegos que los iban acercando a cada salpicadura. Se agarraban, trataban de hundirse el uno al otro, y entre risas sus cuerpos quedaban cada vez más pegados, resbaladizos y fríos en la superficie, ardientes por dentro.
Después de un rato, ella salió y se tumbó otra vez sobre la hierba.
—Gonzalo, ven. Túmbate a mi lado.
El muchacho salió del agua con una erección que ya no podía disimular. La joven se quedó con la boca entreabierta al ver el miembro del pastor. No había visto demasiados hombres desnudos, pero aquello superaba con mucho cualquier cosa que hubiera imaginado.
Él se tumbó. Ella no apartaba la vista.
—¿Por qué me miras tanto?
—Nunca había visto nada parecido. Es enorme.
—Supongo que todos los hombres lo tenemos igual —respondió él, que de verdad no sabía otra cosa.
—¿Igual? Ni de lejos. ¿Puedo tocarlo?
—Si quieres, no me importa.
Catalina cerró la mano alrededor de aquel miembro y empezó a moverla despacio, de arriba abajo. En pocos segundos lo tenía duro como la piedra de la cascada. Notó que su propio sexo se humedecía, y no le importó: todos sus sentidos estaban concentrados en lo que tenía entre los dedos.
—Es increíble —murmuró.
Gonzalo cerró los ojos. Las piernas se le tensaron, el vientre se le encogió, y un chorro espeso salió disparado trazando un arco largo sobre la hierba. A Catalina se le abrieron los ojos de par en par, pero no detuvo la mano. Y, lejos de aflojarse, el miembro siguió tan firme como antes.
Entonces ella se inclinó y se lo metió en la boca. El muchacho creyó tocar la gloria. Catalina intentaba abarcar cuanto podía, pero apenas alcanzaba una tercera parte. Un par de minutos más y él volvió a descargar, esta vez en su boca. Sin dejar de tragar, ella se llevó dos dedos a su propio sexo y, mientras lo hacía, tuvo un orgasmo que ni siquiera intentó disimular.
Cuando recuperó el aliento, se incorporó y empezó a vestirse.
—Tengo que irme. Mi padre me estará echando en falta. ¿Mañana?
—Aquí estaré, Catalina.
***
La tarde siguiente se encontraron de nuevo. Primero el baño, después el resto. Esta vez lo consumaron sobre la hierba, ella encima, él incapaz de creer lo que estaba viviendo. Catalina se sentía completamente llena, y sus orgasmos se sucedían uno tras otro sin darle tregua. Gonzalo parecía incansable; a su tamaño sumaba una dureza que no cedía nunca.
Se buscaban sin descanso y solo paraban cuando llegaba la hora del regreso. Día tras día volvían a la laguna, y día tras día se entregaban como si el mundo fuera a terminarse al anochecer.
Un par de semanas después, el conde de Almenara empezó a inquietarse. Su hija salía todas las tardes sin explicación, y su aspecto había cambiado: tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes y una delgadez nueva que él no sabía cómo interpretar. Ordenó a uno de sus caballeros que la siguiera sin ser visto y le informara de todo.
Al caer la tarde, el caballero regresó cabizbajo.
—Mi señor, la joven Catalina se encuentra cada tarde con un isleño en una laguna no muy lejana. Se bañan desnudos y luego… se entregan el uno al otro sin recato.
El conde montó en cólera. Ordenó que al día siguiente salieran a dar caza al pastor y lo trajeran encadenado a su presencia.
***
Aquella tarde, Gonzalo notó que algo no iba bien. Catalina no aparecía, y en cambio percibía movimientos extraños entre los matorrales. El instinto del que ha crecido entre riscos lo puso en alerta antes de comprender por qué.
Los soldados surgieron de golpe, corriendo hacia él con las espadas en alto y gritando que se rindiera. El muchacho tuvo reflejos suficientes para, en dos saltos, encaramarse a una gran roca a sus espaldas.
—¡Rápido, apresadlo!
Pero Gonzalo conocía cada piedra de aquellos montes. Con la agilidad de una cabra montés se escabulló ladera arriba y desapareció entre las rocas antes de que nadie pudiera alcanzarlo.
Cuando le informaron de la huida, el conde apretó los puños.
—Maldición. Mañana lleváis más hombres. Y si hay que rastrear toda esta isla palmo a palmo, lo hacéis. Lo quiero vivo o muerto.
Lo intentaron durante días. El pastor siempre los tenía a la vista y jamás se dejaba ver. Ante la imposibilidad de atraparlo, el conde tomó otra decisión: enviaría a Catalina de vuelta a la península en el primer barco que zarpara, lejos de aquel salvaje. Ya habría tiempo de cazarlo después.
Las protestas de la joven no sirvieron de nada. Volvía a Castilla. Pero estaba decidida a despedirse de su amado costara lo que costara.
***
La víspera de su partida logró escabullirse. No sabía si lo encontraría, pero tenía la certeza de que él sí la vería a ella. Y así fue: fue Gonzalo quien le salió al paso en un recodo del camino.
—Me envían de vuelta a Sevilla —le dijo ella, con los ojos húmedos.
—No quiero que te vayas.
—Yo tampoco quiero irme. Pero no me dejan elegir.
—Entonces me voy contigo.
—No puedes venir en mi barco. Te estarán esperando para apresarte. Pero puedes embarcar en otro, más adelante, y reunirte conmigo.
—¿Y cómo sé qué barco tomar?
—Eso da igual —dijo ella, agarrándole las manos—. Cualquier nave que salga de aquí pone rumbo a Cádiz o a Huelva. Esto es el fin del mundo, Gonzalo. Una vez en la península, busca el palacio del conde de Almenara, en Sevilla. Allí estaré yo.
—¿Dices que cualquier barco me llevará?
—Cualquiera. No hay otro destino desde aquí. Tengo que irme ya. Te quiero.
—Te quiero, Catalina. Nos vemos en Sevilla.
Ella embarcó al amanecer siguiente. Gonzalo esperó una semana entera, hasta que creyó que la vigilancia se había relajado, y entonces bajó por primera vez en su vida al puerto.
***
El puerto era un hervidero de marineros, fardos y voces que él no entendía. Preguntó por el primer barco que estuviera a punto de partir. Le señalaron tres naves que se preparaban para levar anclas.
Aprovechó el ir y venir de los hombres que subían mercancía para colarse en una de ellas. Se ocultó bajo unas lonas, en un rincón de cubierta, y por un agujero de la tela observó el trajín. Sobre la caseta del timón alcanzó a leer el nombre de la nave: Carabela María Galante.
Pensó en Catalina. Pensó en Sevilla, en un palacio que no podía imaginar, en una vida junto a ella que apenas se atrevía a soñar. Por primera vez, el fin del mundo no le parecía tan terrible.
Una hora después, una voz cruzó la cubierta como un latigazo.
—¡Todavía no habéis cambiado el nombre! ¡Hacedlo ya!
Unos marineros se acercaron con tablas y herramientas. Arrancaron el rótulo donde decía María Galante y clavaron otro en su lugar. Desde su escondite, Gonzalo deletreó con esfuerzo las letras nuevas: La Santa María.
Quince minutos más tarde, otra voz, enérgica y solemne, se elevó sobre el rumor del puerto.
—¡Almirante, estamos listos!
—Bien. Soltad amarras —respondió el hombre—. El océano inmenso y las Indias nos esperan. La Virgen y los Reyes Católicos nos protegen.
Y bajo las lonas, soñando con Sevilla, el pastor que jamás había salido de su isla puso rumbo, sin saberlo, al otro extremo del mundo.