La noche que un desconocido me hizo perder el control
No sé muy bien por qué escribo esto. Nunca fui de llevar un diario, y menos de poner por escrito algo que ni siquiera me atrevería a contarle a mi mejor amiga. Pero hay noches que se quedan pegadas a la piel, y si no las saco de adentro me parece que voy a explotar. Así que acá estoy, sentada en la cama, con la lámpara baja y la mano que todavía no me responde del todo.
Empiezo por el principio, aunque el principio fue una tontería: una invitación a una inauguración a la que no quería ir.
***
Mi compañera de trabajo, Carla, había insistido toda la semana. Una galería pequeña en el barrio viejo, vinos baratos en copas de plástico, gente que finge entender de arte. Le dije que sí solo para que dejara de molestarme, y a último momento ella canceló porque le agarró un dolor de cabeza. Pensé en quedarme en casa. No lo hice. Todavía no sé qué me empujó a salir con ese vestido negro que hacía meses no usaba.
La galería era exactamente como me la había imaginado: ruidosa, demasiado iluminada, llena de frases que nadie creía de verdad. Agarré una copa, me planté delante de un cuadro enorme de manchas rojas y traté de aparentar que reflexionaba. La verdad es que pensaba en el taxi de vuelta.
—Está fingiendo —dijo una voz a mi lado.
Me giré. Él estaba mirando el mismo cuadro, no a mí, con una media sonrisa que no pedía permiso para nada.
—¿Perdón?
—Que está fingiendo que le interesa. Lo hace bien, pero se le nota en los hombros. Cuando algo nos gusta de verdad, bajamos la guardia.
Qué tipo más insolente, pensé. Y al mismo tiempo sentí algo en el estómago que no había sentido en mucho tiempo.
Se llamaba Adrián. O eso dijo, y a esta altura ya da igual si era verdad. Tenía los ojos oscuros, de esos que parecen estar siempre a punto de preguntarte algo incómodo, y una manera de hablar pausada, sin apuro, como si tuviéramos toda la noche por delante. Hablamos de cualquier cosa: del vino malo, de la gente, de por qué uno termina yendo a lugares a los que no quiere ir. En ningún momento me preguntó si estaba sola, ni a qué me dedicaba, ni nada de lo que suele preguntar la gente para llenar el silencio.
En un momento dejó la copa en una repisa y me miró directo.
—¿Querés irte de acá?
No fue una insinuación grosera. Fue casi una pregunta práctica, como quien propone cambiar de bar. Y yo, que llevo años calculando cada paso, que mido las consecuencias de todo, dije que sí antes de pensarlo. Dejé mi copa al lado de la suya y salimos a la calle sin avisarle a nadie, sin mandar un mensaje, sin nada.
***
Caminamos unas cuadras en silencio. No era un silencio incómodo; era de esos que tensan el aire. Yo sentía el frío de la noche en los brazos y el calor que me subía por otro lado, completamente distinto. Cada tanto nuestras manos se rozaban y ninguno de los dos las apartaba. Esa pequeña cobardía compartida me excitó más que cualquier frase que pudiera haber dicho.
Su edificio quedaba cerca. Subimos por una escalera angosta, y en el descanso del segundo piso, antes de llegar a su puerta, él se detuvo y me miró otra vez con esa pregunta muda. Yo asentí. No hizo falta más.
Apenas la puerta se cerró detrás de nosotros, me dio vuelta y me apoyó contra ella. Lo escribo y todavía me cuesta creer que fui yo. Su boca cayó sobre la mía sin delicadeza, con una urgencia que me sacó el aire de los pulmones. Lo agarré de la camisa, no para frenarlo, sino para acercarlo más. No quería ternura esa noche. Quería exactamente eso: alguien que no me tratara como a algo que se puede romper.
Sus manos bajaron por mi espalda y encontraron el cierre del vestido. Lo abrió despacio, demasiado despacio para la urgencia con la que me besaba, y esa contradicción me volvió loca. Sentí el aire fresco sobre la piel desnuda de la espalda y un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Esperá —le dije, sin saber muy bien para qué pedía que esperara.
—¿Querés que pare? —preguntó, con la boca todavía sobre mi cuello.
—No.
Fue lo único que dije en mucho rato. No.
***
El departamento estaba casi a oscuras. Solo entraba la luz de la calle por una ventana grande sin cortinas, una luz amarillenta que dibujaba sombras largas sobre el piso de madera. Me llevó de la mano hasta el dormitorio sin encender nada. Yo lo seguí con el vestido a medio caer, descalza porque en algún momento me había sacado los zapatos sin darme cuenta.
Me senté en el borde de la cama y él se arrodilló frente a mí. Empezó por los tobillos, subiendo con la boca por las piernas, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo y yo fuera lo único que existía en esa habitación. Cada beso era un escalón. Cuando llegó al interior de los muslos sentí que me temblaban las piernas, y no de nervios.
—Mirame —me dijo.
Y lo miré. Eso fue lo más íntimo de toda la noche: sostenerle la mirada mientras me deshacía. No los gritos, no lo que vino después. Esa orden suave y obscena, mirame, y la incapacidad total de desobedecer.
Me recostó sobre las sábanas. Su boca recorrió mi cuello, mis pechos, el vientre, dejando una línea de calor que me iba consumiendo de a poco. Yo enredé los dedos en su pelo y arqueé la espalda, ofreciéndome de una manera que jamás creí que sería capaz. No reconocía mi propia voz. No reconocía a la mujer que respondía a cada caricia con tanta hambre.
Hubo un momento, justo antes, en que se detuvo. Apoyó la frente contra la mía y los dos nos quedamos respirando fuerte, mirándonos en la penumbra. No dijo nada. Yo tampoco. Pero en ese silencio quedó claro que ya no había vuelta atrás, y que ninguno de los dos quería que la hubiera.
Cuando por fin se hundió en mí, cerré los ojos y se me escapó un sonido que no era una palabra ni un nombre, algo más viejo que eso. Se movía despacio al principio, midiéndome, leyendo cada reacción de mi cuerpo como si supiera leer cosas que yo misma no sabía. Después el ritmo cambió, se volvió hondo, exigente, y yo me aferré a su espalda y le clavé las uñas sin pedir disculpas.
No fue romántico. No hubo declaraciones ni promesas. Hubo dos cuerpos en la oscuridad reconociéndose por primera vez, una conversación hecha de respiraciones entrecortadas y manos que agarraban con fuerza. Me llevó al borde y me retuvo ahí, jugando, hasta que le rogué. Sí, rogué. Yo, que nunca ruego por nada.
Cuando terminé, fue una ola que me arrasó de los pies a la cabeza, larga, casi insoportable, y me dejó vacía y llena al mismo tiempo. Lo escuché decir mi nombre con la voz rota contra mi hombro, y eso fue suficiente para que el placer me sacudiera otra vez, como una réplica de un temblor.
***
Después nos quedamos quietos un largo rato, las piernas entrelazadas, la piel pegada por el sudor. El corazón me golpeaba en los oídos. Él me corrió un mechón de la cara con un gesto que, por primera vez en toda la noche, fue casi tierno. No dijimos nada. A veces las palabras arruinan las cosas, y los dos lo sabíamos.
Me vestí cuando ya empezaba a clarear. Él me ofreció pedirme un taxi y le dije que prefería caminar un poco. La verdad es que necesitaba estar sola con lo que acababa de pasar, masticarlo, entenderlo. En la puerta me besó una última vez, sin urgencia esta vez, despacio, y me dijo que ojalá nos volviéramos a ver. No le dejé mi número. No sé por qué. Tal vez porque tenía miedo de gastar esa noche queriendo repetirla.
Caminé las cuadras de vuelta con las primeras luces del día y una sonrisa que no me podía sacar. Por la calle vacía, con los zapatos en la mano, me sentí más libre de lo que me había sentido en años.
***
Ahora, mientras escribo esto, me doy cuenta de algo que me cuesta confesar incluso en estas páginas que nadie va a leer. No fue el sexo lo que me cambió, aunque vaya si fue intenso. Fue descubrir que adentro mío vivía esta otra mujer, una que es capaz de decir que sí, de salir de la galería con un desconocido, de pedir lo que quiere sin disculparse. Llevaba tanto tiempo siendo prudente, siendo correcta, siendo lo que se esperaba de mí, que me había olvidado de que también tengo deseo, y que el deseo no pide permiso.
No sé si voy a volver a verlo. Probablemente no. Pero no lo necesito. Lo que se me quedó no es él; es la versión de mí que apareció esa noche. Y a esa, ahora que la conozco, no pienso volver a guardarla en un cajón.
Mañana es lunes. Volveré a la oficina, a las reuniones, a ser la de siempre para todo el mundo. Pero yo voy a saber. Cada vez que me mire al espejo voy a acordarme de la mujer que caminó descalza al amanecer, y eso, por ahora, me alcanza.