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Relatos Ardientes

Mi alumna se quedó un sábado y rompió mi disciplina

—La represión no es un error del sistema —dije, tapando el marcador y dejándolo sobre el borde del escritorio—. Es la factura que pagamos por vivir en sociedad.

El aula quedó en silencio. Treinta y tantas cabezas asintieron y copiaron la frase en sus cuadernos como si fuera un mandamiento. Llevo seis años dando Conducta Humana y me sé el guion de memoria. Soy el profesor Ezequiel, treinta y ocho años, flaco, camisa siempre planchada, voz baja. El que nunca grita y que se pone colorado si alguien suelta una grosería en clase.

Pero desde la tarima veo cosas que el resto no ve.

Mis ojos, escondidos detrás del reflejo de los lentes, fueron a parar a la primera fila. Otra vez.

Renata estaba ahí, desparramada en su pupitre con una pereza que debería estar prohibida por reglamento. Ese día había venido distinta. Llevaba unos jeans claros tan ceñidos que parecían pintados, dibujando cada línea de sus piernas con una precisión casi cruel. Es morena, de piel tibia y ojos oscuros que siempre parecen estar calculando algo. El pelo lacio le caía sobre los hombros mientras mordía la tapa de un bolígrafo rojo.

Se acomodó en el asiento y cruzó las piernas. La tela se tensó sobre sus muslos y sobre la curva firme de sus caderas. La blusa blanca era de lo más simple, pero en ella nada parecía simple: la cintura breve, el escote discreto, esa actitud de tener veintidós años y saberlo.

Renata notó que la miraba. Por supuesto que lo notó.

Soltó el bolígrafo y me sostuvo la mirada. No hubo vergüenza ni recato. Solo una sonrisa ladeada y una ceja apenas arqueada.

—Profesor —dijo, levantando la mano sin dejar de mirarme—. Entonces, según la teoría… ¿si uno se aguanta demasiado las ganas, termina enloqueciendo?

Hubo unas risitas nerviosas en el grupo. Sentí el calor trepándome por el cuello, esa reacción que tanto odio y que nunca aprendí a controlar.

—No exactamente, Renata —respondí, acomodándome los lentes para ganar segundos—. La energía psíquica busca una salida. Si no es a través del acto, sale como síntoma.

Ella asintió despacio y bajó la voz lo justo para que la siguiera escuchando.

—O sea que usted prefiere el síntoma antes que el acto. Qué paciencia, profe.

Sonó el timbre y me salvó de contestar. Mientras todos guardaban sus cosas, Renata se levantó despacio, me dio la espalda a propósito para agacharse a recoger la mochila y se aseguró de que yo viera cómo esos jeans se aferraban a su culo redondo, marcando cada centímetro de esa carne joven. Antes de salir, me guiñó un ojo y desapareció en el pasillo.

Manejé a casa con la mandíbula apretada y la polla dura contra el pantalón, algo que no me pasaba hacía años. Mi esposa ya dormía, así que cené cualquier cosa de pie en la cocina y revisé unos correos en el living, agradeciendo el silencio. O eso intenté. Mi cabeza seguía en esa aula, en ese culo, en esa sonrisa.

***

Eran casi las doce de la noche cuando el celular vibró sobre la mesa.

Fruncí el ceño. Nadie me escribe a esa hora. Lo tomé, bajé el brillo de la pantalla y lo desbloqueé. La foto de perfil la reconocí al instante: Renata frente a un espejo, con el teléfono tapándole la cara, pero mostrando esa cintura inconfundible.

«Profe, perdón la hora. Tengo una duda de la clase que no me deja dormir.»

Dudé. Mi sentido común gritaba que contestara a una hora decente. Mi instinto decía que era una trampa. Mis dedos se movieron solos.

«Renata, este número es solo para urgencias. Mándame un correo institucional mañana.»

La respuesta llegó en segundos.

«Por correo es muy frío. Y usted mismo dijo que reprimirse hace daño.»

«¿Usted cree que el autocontrol funciona siempre? Porque hoy, cuando explicaba las pulsiones, sentí que la teoría se le quedaba corta. Como si supiera que hay cosas que no se pueden esconder, por más serio que uno se ponga.»

Sentí una descarga en el estómago. Me incorporé en el sillón. Estaba usando mi propia materia para acorralarme, sin red.

«Estás sobreanalizando la clase. Andá a dormir.»

«Jaja. "Sobreanalizando". Qué palabra tan técnica para no admitir que lo pongo nervioso.»

El indicador de «escribiendo…» parpadeó y llegó una imagen. No era un desnudo; era peor. Eran sus piernas descubiertas desde medio muslo, cruzadas sobre unas sábanas blancas, con mi propio libro de texto abierto sobre las rodillas. La luz era tenue, íntima.

«No me puedo concentrar, profe. ¿Usted sí?»

Me quedé mirando la pantalla en la oscuridad. Podía bloquearla. Podía reportarla por la mañana. No hice ninguna de las dos cosas. Dejé el mensaje en visto y apoyé el teléfono en la mesa con el corazón golpeándome en la sien, con la verga hinchada apretándome bajo el pantalón de pijama y una mezcla de culpa y excitación que no me dejó dormir.

***

Pasaron tres días en los que evité la primera fila como si quemara. No la bloqueé, pero tampoco fui capaz de responder; no sabía qué decir sin derrumbar la barrera. Ese visto fue mi única defensa, y pesaba más que cualquier palabra torpe que pudiera escribir.

Renata lo sintió. La vi removerse en el asiento durante la semana, cruzando y descruzando las piernas, lanzándome miradas que iban de la arrogancia a la inseguridad.

Llegó el viernes por la tarde. El sol bajaba y pintaba de naranja las ventanas; todavía había luz suficiente para ver el polvo flotando en el aire. La facultad se vaciaba rápido: nadie quiere quedarse un viernes después de las seis.

Yo recogía mis cosas a las apuradas, metiendo marcadores y listas en el maletín, con ganas de salir antes de que el tránsito se volviera imposible. Quería llegar a la seguridad de mi casa y olvidarme de la tensión que cargaba en el cuello hacía tres días.

Cuando levanté la vista, descubrí que no estaba solo.

Renata no se había ido. Estaba recostada contra el marco de la puerta, mi única salida, con los brazos cruzados y la cadera ladeada de un modo que parecía burlarse de las leyes de la decencia académica. El sol entraba a mis espaldas y la iluminaba de frente. Llevaba una blusa negra de tiras que le dejaba los hombros al aire y, abajo, los mismos jeans de la foto.

—Ya es tarde, Renata —dije, cerrando el broche del maletín con un chasquido. Intenté sonar firme, pero tenía la garganta seca—. Si no te apurás, te cierran la salida principal.

No se movió. Solo ladeó la cabeza con la expresión de un gato que acaba de arrinconar a un ratón.

—Me dejó en visto, profe —soltó, sin preámbulos.

El calor me subió a las orejas. Me ajusté los lentes buscando una ruta de escape visual.

—Estaba ocupado —mentí, rodeando el escritorio hacia la puerta.

Ella no se corrió. Tuve que frenar a un metro para no chocarla. Un olor a vainilla me golpeó de lleno, dulce y mareador.

—Ocupado mirando la foto —corrigió con una risita, dando un paso minúsculo hacia mí, invadiendo mi espacio—. Lo sé porque tardó dos minutos en cerrar el chat.

Me quedé paralizado. Tenía razón, y negarlo me haría ver más culpable. La miré a los ojos, oscuros, brillantes de diversión. Disfrutaba esto. Disfrutaba ver al profesor Ezequiel nervioso, apretando el maletín como si fuera un escudo.

—Mantené la distancia —advertí, aunque la voz me salió sin fuerza.

—¿Por qué? —susurró, inclinándose apenas—. ¿Lo pongo nervioso, profe?

Se mordió el labio inferior, ese labio rojo que contrastaba con su piel. Mis ojos, traidores, bajaron a su boca y después a su escote. Ella lo notó y sonrió más ancho.

—Se puso colorado otra vez —dijo, rozando apenas la manga de mi saco—. No tiene que disimular tanto. Ya entendí que le gustó la foto… y que le gusto yo.

El silencio se estiró, tenso. No supe qué decir. Quería empujarla y quería agarrarla ahí mismo, cogérmela contra el escritorio hasta romperle la ropa, y las dos cosas me daban el mismo pánico.

Antes de que pudiera balbucear una excusa, ella dio un paso atrás y liberó la puerta. Se acomodó la mochila al hombro como si nada.

—Nos vemos el lunes —dijo, y agregó con una voz cantarina—: Chau.

Salió al pasillo caminando despacio, asegurándose de que yo viera moverse esos jeans. Me quedé solo, con el maletín en la mano y la respiración agitada, sabiendo que mi huida ya no servía de nada: ella se me había metido en la cabeza.

***

Esa noche me encerré en el estudio con la excusa de corregir parciales. Cerré la puerta, me aflojé la corbata y saqué el teléfono. No había nada. Sentí una punzada absurda de decepción.

A las diez y media, vibró. El corazón me dio un salto idiota.

«¿Ya se le bajó el color, profe? ¿O sigue pensando en mí?»

Debería ignorarla. Debería borrar el chat. Pero el perfume de vainilla seguía pegado a mi memoria, y mis dedos volaron sobre el teclado antes de que la conciencia pudiera frenarlos. Total, me dije, es solo un mensaje. Nadie puede vernos.

«Deberías estar durmiendo. O estudiando.»

«Uy, qué genio. Estoy en la cama, pero sin sueño. Me quedé con ganas de seguir hablando. El que se escapó fue usted.»

«No me escapé. Tengo una vida y responsabilidades. Vos deberías buscarte las tuyas en vez de molestar profesores.»

«Jaja, "molestar". Si lo molestara, ya me habría bloqueado. Pero sigue acá, contestándome un viernes a la noche. Admítalo: le gusta que sea así. Las otras me tienen miedo, yo no.»

Apoyé la cabeza en el respaldo de la silla. Era verdad. Me gustaba que no me tuviera miedo, que rompiera mi rutina gris.

«Sos imprudente, Renata. Eso es lo que sos.»

«Y usted es muy reprimido, Ezequiel. (Ups, se me escapó el nombre.)»

Ver mi nombre escrito por ella, sin el título adelante, se sintió peligrosamente íntimo. Una corriente me bajó por la espalda hasta la verga, que ya empujaba dolorosamente el cierre del pantalón. Ya no me defendí.

«Cuidado con lo que decís.»

«Prefiero tener cuidado con lo que hago. Mañana es sábado. ¿Va a ir a la facultad a revisar las tesis?»

Sabía mi horario. Sabía que los sábados pasaba un par de horas en mi cubículo adelantando trabajo. Era mi rutina sagrada.

«Sí. De diez a doce.»

«Perfecto. Ahí lo veo. Y más le vale no escaparse esta vez, que voy a ir linda para usted. Buenas noches, Ezequiel.»

Se desconectó. Me quedé solo, con la lámpara tenue y la certeza brillante en la mano de que acababa de pactar un encuentro. Me sentí culpable, sucio y, por primera vez en años, ansioso porque amaneciera.

***

El sábado, la facultad parecía un mausoleo. Los pasillos vacíos devolvían el eco de mis pasos hacia el aula de seminarios del tercer piso, la más apartada. Me dije que la elegí por la luz para leer. Mentía: la elegí porque ahí nadie sube.

Esparcí papeles sobre la mesa, abrí la laptop y agarré un bolígrafo rojo. Mis ojos no leían nada; miraban el reloj cada treinta segundos.

A las diez y cuarto, la puerta se abrió. No golpeó. Solo giró la perilla, entró y cerró detrás con una suavidad que hizo que el pestillo sonara como un disparo.

—Llegó temprano —dijo, recostándose contra la puerta.

Levanté la vista y el aire se me trabó. Cumplió la amenaza: vino linda. Una pollera de jean corta, una blusa blanca de tiras, el pelo suelto. Se veía insultantemente joven y viva en medio de ese edificio gris.

—Tengo trabajo, Renata —respondí, con la voz demasiado formal, casi ridícula. Me aferré al bolígrafo como a un arma—. Si alguien nos ve acá…

—Los sábados no sube nadie —interrumpió, acercándose despacio—. Además, le puse seguro a la puerta. Yo misma.

Ese detalle me heló la sangre y, al mismo tiempo, la encendió. Se detuvo del otro lado de la mesa, miró mis papeles desordenados y después me miró a mí.

—Ni una página avanzó, profe. La hoja está en blanco.

—Estoy ordenando ideas.

—Usted siempre piensa de más —susurró, rodeando la mesa como una depredadora paciente.

Giré en la silla para no darle la espalda, pero me quedé clavado. Mi vieja timidez me paralizó. No sabía qué hacer con las manos. Renata llegó a mi lado y se apoyó en el borde del escritorio, quedando un poco más alta que yo.

—¿Por qué tiembla? —preguntó, mirándome las manos.

—No estoy temblando.

—Sí está. —Se inclinó y puso su mano sobre la mía. Tenía la piel tibia—. Relájese. No muerdo… todavía.

La broma no me hizo reír, pero me hizo soltar el aire que estaba conteniendo. La miré. Esta vez no había burla en sus ojos; había curiosidad y una rara ternura.

—Esto está mal. Soy tu profesor. Soy casado.

—Lo sé —admitió, acercando el rostro al mío, dándome tiempo de apartarme, de empujarla, de huir. No me moví—. Pero acá no hay nadie. Solo usted y yo. Y los dos sabemos que quiere cogerme tanto como yo quiero que lo haga.

La palabra en su boca de nena me atravesó como un cuchillo caliente. Sus dedos rozaron mi mejilla. Me estremecí. Bajaron hasta el nudo flojo de mi corbata.

—Así se ve mejor —murmuró, jugando con la tela—. Menos perfecto. Más real.

—Renata… —Mi voz fue un susurro ronco.

—Shh. No piense. Solo sienta.

Se inclinó y me besó.

Fue suave al principio, un roce tentativo. Me quedé rígido un segundo, apretando los apoyabrazos, peleando contra años de disciplina. Pero sus labios eran insistentes y sabían a brillo de frutilla. Algo se soltó en mi pecho. Mis manos dejaron la silla y, torpes, subieron a su cintura. La atraje. Ella suspiró, abrió la boca y me metió la lengua sin pedir permiso, revolviendo la mía, mordiéndome el labio inferior, arrancándome un gruñido que hacía años no salía de mi garganta.

Se movió para sentarse a horcajadas sobre mi regazo sin dejar de besarme. Sentí su peso, la fricción de la pollera contra la verga que ya no cabía en el pantalón, y ella lo notó al instante. Bajó una mano entre nuestros cuerpos y apretó la protuberancia con la palma abierta, midiéndome sobre la tela.

—Uy, profe —susurró contra mi boca, restregándose despacio contra ese bulto—. ¿Todo esto lo tenía guardado?

Me separé jadeando, con los lentes empañados y torcidos.

—Estás loca —dije, pero mis manos apretaron sus caderas en vez de soltarla.

—Loca por usted —respondió, quitándome los lentes y dejándolos sobre el escritorio, sin mi escudo—. Ahora sí, profe… enséñeme algo que no esté en los libros.

La tenía encima, con las piernas abiertas sobre mis muslos, y la veía con una claridad dolorosa: el rubor subiendo por su cuello, el brillo en sus labios hinchados, el modo en que su pecho subía y bajaba bajo la tela fina.

Mis manos, que tanto habían dudado, cobraron vida propia. Le arranqué las tiras de la blusa hacia abajo y la tela cedió con un frufrú áspero, dejando al aire dos tetas jóvenes, firmes, redondas, coronadas por unos pezones oscuros ya endurecidos como piedritas. Me quedé mirando un segundo, como un adolescente frente a su primer descubrimiento. Ella se rió bajito y me tomó la nuca.

—Chupámelas, profe. Ya no aguanto.

La obedecí. Me metí un pezón entero en la boca y lo succioné con hambre, mientras la otra mano le amasaba la otra teta, hundiendo los dedos en esa carne tibia. Ella gimió alto, echó la cabeza hacia atrás y empezó a mover las caderas encima de mí, restregando el coño caliente contra el bulto de mi pantalón. Cambié de teta, tironeé el pezón con los dientes hasta que la escuché gemir con un temblor nuevo, y le pasé la lengua ancha y lenta, dejándole el pecho brillante de saliva.

—Sos hermosa, carajo —solté, y mi propia palabrota me sonó ajena, extraña, deliciosa. Nunca decía carajo. Nunca decía nada.

—Diga más porquerías —jadeó ella, sonriendo con los ojos entornados—. Le queda bien.

La agarré de las caderas y la levanté como si nada, sorprendido de mi propia fuerza, y la senté sobre el escritorio, entre mis papeles. Le abrí las rodillas de un manotazo brusco, le arranqué la pollera hasta la cintura y le vi la bombachita de encaje negro, empapada, con una mancha oscura extendida en el centro que delataba todo. Le hundí dos dedos por sobre la tela y presioné el bulto de la vulva. La tela quedó pegada, ceñida a los labios hinchados. Ella se arqueó y soltó un gemido roto.

—Estás chorreando, Renata.

—Por usted. Todo por usted. Hace semanas que me toco pensando en usted, profe.

La frase me atravesó. Le enganché la bombacha con dos dedos y se la corrí a un lado, sin quitársela, y me quedé viendo ese coño rosado, joven, con el vello prolijito y los labios brillantes de humedad. Un hilo transparente le colgaba hasta el borde del escritorio.

—Mierda —murmuré.

Me arrodillé entre sus piernas antes de pensarlo. La silla chirrió al ser empujada hacia atrás. Ella me miró desde arriba con la boca abierta, sin creerlo.

—Profe, no… Ezequiel, no hace falta que…

No la dejé terminar. Le apreté los muslos, los abrí más, y le enterré la boca en el coño. El sabor me golpeó, fuerte, salado, dulce al mismo tiempo. Lamí de abajo hacia arriba, con la lengua ancha, buscando el clítoris. Cuando lo encontré, chupé despacio y ella pegó un grito seco, tapándose la boca con las dos manos.

—Dios, dios, dios… —repetía, hundiéndome los tacos de las zapatillas en la espalda—. Así, así, no pare.

Le pasé la lengua en círculos sobre el clítoris hinchado, después la aplasté con la lengua entera y la moví arriba y abajo con rabia. Le metí dos dedos hasta el fondo y sentí cómo se abría, cómo esas paredes chupaban mis nudillos. La coneja apretaba, mojada, caliente, como si tuviera vida propia. Con los dedos busqué el punto rugoso adentro y lo froté al ritmo de la lengua. Ella se retorcía sobre el escritorio, tirando papeles al piso, arqueándose, con los pezones apuntando al techo.

—Me voy a correr en tu cara, profe, me voy a correr —balbuceó.

La chupé más fuerte, sacudiéndole el clítoris con la punta de la lengua, y le clavé un tercer dedo. Ella se puso rígida, aguantó dos segundos en silencio, y de golpe explotó: le sentí las paredes contraerse alrededor de mis dedos en espasmos brutales, chorreó una oleada de líquido tibio que me bañó la barbilla y el cuello de la camisa, y gritó mi nombre ahogado contra su propia mano. Le seguí lamiendo despacio, saboreándola, hasta que empujó mi cabeza hacia atrás porque no aguantaba más.

Me levanté con la boca brillante, la respiración agitada, y con los pantalones a punto de reventar. Renata estaba tirada hacia atrás sobre el escritorio, con las tetas al aire, la pollera hecha un bollo en la cintura, el pelo revuelto y una sonrisa boba, alcoholizada de placer.

—Nadie… nadie me lo había hecho así —jadeó—. Ahora yo.

Se sentó de golpe, me agarró del cinturón y con manos rápidas me lo desabrochó. El botón, el cierre, todo cedió en segundos. Me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón hasta las rodillas y mi verga saltó libre, dura, apuntándole a la cara, con la punta ya mojada de líquido preseminal.

—Uy, profe —murmuró, agarrándomela con la mano firme, midiéndola—. Con razón se aguantaba tanto. La tiene grande.

No me dio tiempo a contestar. Se inclinó y me la metió en la boca de una sola vez, hasta la mitad, cerrando los labios apretados alrededor. Un gruñido animal se me escapó del fondo del pecho. Le agarré el pelo con las dos manos, sin apretar, dejándola trabajar. Ella sabía lo que hacía. Subió y bajó despacio al principio, con la lengua enroscándose en el glande cada vez que llegaba arriba, y después empezó a acelerar, mamándola profundo, con ese ruido húmedo y obsceno que resonaba en el aula vacía.

—Renata, así… —le dije con la voz quebrada—. Chupámela así, no pares.

Me miró desde abajo, con la verga metida hasta la garganta, y los ojos oscuros brillándole de diablura. Se relajó y me la bajó entera, hasta que sentí la nariz contra mi vientre y la garganta abrazándome la punta. Se quedó ahí unos segundos, ahogándose apenas, tragando, y las paredes de su garganta me apretaron de un modo que casi me hace acabar en ese momento.

—Vení acá —le gruñí, tirándole del pelo hacia arriba—. Que me vengo si seguís.

La levanté del escritorio, la giré y le apoyé el pecho contra la mesa. Le levanté la pollera de un tirón por encima del culo, le corrí la bombacha a un lado otra vez y me quedé mirando: ese culo redondo, firme, joven, partido por una tira negra de encaje mojada, y el coño abajo, hinchado, rosado, brillando de mi saliva y de sus propios flujos.

—Cogeme, profe —suplicó, girando la cabeza sobre la mesa—. Cogeme fuerte. Vine para esto.

Me agarré la verga y le pasé la punta por los labios del coño, empapándola. Ella empujó el culo hacia atrás, buscándome. Cuando la clavé, lo hice de una sola embestida, entrando entero hasta las bolas. Los dos gemimos al unísono. Estaba tan estrecha que casi dolía; me apretaba como un puño, tibia y viva.

—Dios santo —solté, aferrándole las caderas con las dos manos—. Qué apretada estás, carajo.

—Cogeme, no hable —jadeó ella—. Muévase.

Empecé a embestir. Al principio despacio, sacándola casi toda y volviendo a hundirme entero, saboreando cada centímetro de esa estrechez. El escritorio se movía a cada empujón, arrastrando papeles al piso. Renata gemía con la mejilla apretada contra la madera, mordiéndose la muñeca para no gritar demasiado. Le pasé la mano por la espalda hasta el hombro y le agarré el pelo, tirándoselo hacia atrás para verla de perfil, con la boca abierta.

—Más rápido, profe, más rápido, así, así —repetía, y cada palabra me clavaba una espuela.

Aceleré. El chapoteo de nuestros cuerpos se volvió constante, húmedo, obsceno. Le solté el pelo y le clavé los dedos en las caderas, atrayéndola contra mí a cada embestida, penetrándola con toda la rabia contenida de tres días. La palma de mi mano se estampó contra su culo sin que yo lo planeara, dejándole una marca rosada.

—¡Sí! —gritó ella—. Otra vez, otra vez, pegame.

Le pegué otra nalgada, más fuerte, y sentí cómo el coño me apretaba en respuesta, como si esa violencia domesticada la volviera loca. Le pegué una tercera vez, en la otra nalga, viendo cómo la carne temblaba. La estaba descubriendo, y me estaba descubriendo a mí mismo.

—Date vuelta —le ordené, sorprendido de mi propia voz de mando—. Quiero verte la cara cuando te vengas.

Me la saqué de adentro con un ruido húmedo, la giré sobre el escritorio y le levanté las piernas, apoyándoselas sobre mis hombros. Le arranqué la bombacha de un tirón; la tela rota quedó colgando de una pierna. Me volví a hundir entero en ella, en esa posición, y ella arqueó la espalda con un grito largo.

—Ay, Ezequiel, así, así llegás más adentro, así, dios…

La cogí ahí, doblada sobre la mesa, con las tetas rebotando a cada embestida y los papeles de la tesis pegándosele a la espalda sudada. Me incliné y le atrapé un pezón con la boca sin dejar de embestir. Ella me clavó las uñas en la nuca y me arrancó un gemido. Le solté el pezón para mirarla: la piel morena bañada en sudor, la boca abierta, los ojos entrecerrados, el pelo revuelto sobre los papeles, mi verga entrando y saliendo de ese coño rosado y brillante.

—Tocate —le dije, con la voz ronca—. Tocate el clítoris mientras te cojo.

Ella bajó la mano obediente y empezó a frotarse en círculos rápidos mientras yo embestía. La visión me terminó de romper la cordura. Aceleré, embistiendo más profundo, más brusco, buscándole el fondo. La silla mía se había caído hacía rato; yo estaba parado, sudado, con la camisa abierta y la corbata torcida colgándome del cuello, cogiéndome a mi alumna sobre el escritorio del aula de seminarios.

—Me vengo, me vengo otra vez, ay dios, profe, me vengo —empezó a gimotear, con los dedos moviéndose frenéticos sobre el clítoris.

—Vení, vení encima mío, mostrame cómo te venís, puta hermosa.

La palabra puta me salió sola y a ella le hizo un efecto brutal. Se tensó entera, arqueó la espalda hasta despegar el culo del escritorio, y explotó por segunda vez. Sentí las paredes del coño contraerse alrededor de mi verga en espasmos violentos, ordeñándome, apretándome tanto que fue imposible aguantar. Le clavé tres, cuatro embestidas más, brutales, hasta el fondo, y me vacié adentro con un rugido bajo, sintiendo cada chorro salir caliente y espeso, llenándola, mientras la placer me nublaba la vista y las piernas me temblaban.

Me quedé quieto, hundido hasta las bolas, sintiendo cómo ella todavía se contraía suavemente, exprimiendo hasta la última gota. Salí despacio y un hilo blanco y espeso se me escapó, resbalándole por el coño hinchado hasta el borde del escritorio.

***

Nos quedamos quietos unos segundos eternos, ella colapsada sobre la mesa con las piernas todavía abiertas, yo apoyado con las dos manos a los costados de sus caderas, los dos empapados en sudor. Solo se escuchaba el zumbido de la laptop y mi corazón bajando de a poco de revoluciones.

—Ezequiel… —susurró, levantando la cara. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una mirada que ya no tenía nada de alumna. Era la de una mujer que acababa de marcar su territorio.

—Tenemos que irnos —dije, intentando recuperar algo de autoridad. Sonó débil incluso para mí.

Ella sonrió, perezosa y satisfecha. Se levantó despacio del escritorio, se pasó dos dedos entre las piernas recogiendo lo que le chorreaba, y los miró un segundo con curiosidad antes de metérselos en la boca y chuparlos limpios, sin dejar de mirarme. Casi se me para de nuevo.

—Buenísimo —murmuró, sonriendo—. Ahora sí me acomodo.

Se bajó la pollera, se acomodó las tiras rotas de la blusa lo mejor que pudo, cruzó los brazos sobre el escote para tapar el desastre. La bombacha destrozada quedó tirada bajo el escritorio; la miramos los dos y no la levantó. Yo me subí el cierre y me abroché el cinturón con manos torpes. Me sentía liviano, vaciado, como si me hubieran sacado un peso que cargaba hacía años. Busqué los lentes, me los puse y el mundo volvió a enfocarse.

—¿Y ahora? —preguntó, cruzando los tobillos contra el escritorio.

—Ahora te vas a tu casa. Y yo termino de revisar las tesis.

Soltó una risita y negó con la cabeza.

—Usted es increíble. Acabamos de coger sobre esos papeles, y ya quiere ponerse a leer.

Se acercó una última vez, me acomodó el cuello de la camisa y me apretó el nudo de la corbata con una familiaridad que me asustó porque me gustó demasiado.

—Pero está bien —dijo, poniéndose en puntas de pie para besarme la mejilla—. Me voy. Pero no crea que esto se termina acá, profe. Ya no hay vuelta atrás. Ya sé que no es tan santo como aparenta. Y ya sé cómo la usa.

Caminó hacia la puerta con las piernas todavía temblando apenas. Antes de salir, se giró y me guiñó un ojo, con la chispa traviesa de vuelta.

—Gracias por la clase particular, Ezequiel. Estuvo… intensa.

Salió y el clic del seguro resonó en el vacío.

Me dejé caer en la silla. Todo olía a ella, a sexo, a vainilla y a semen. Me toqué los labios, recordando el sabor de su coño y la sensación de su cuerpo apretado contra el mío. Sabía que tenía que sentir culpa, que mi ética y mi matrimonio acababan de recibir un tiro de gracia. Pero mientras cerraba los ojos y respiraba ese aire cargado que quedaba en el aula, no sentí culpa.

Sentí hambre. Hambre de que fuera lunes para volver a verla, para volver a metérsela, para escucharla gemir mi nombre otra vez. Por primera vez en mi vida, no tenía ganas de reprimir nada.

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Comentarios(8)

RomeoLector

increible, uno de los mejores que lei en este sitio en mucho tiempo

curiosa_del_sur

Es todo verdad o hay algo inventado? Juro que se siente muy real, como si lo estuviera viviendo

TomyCba

y al final la disciplina no sirvio de nada jaja. Muy bueno

Valentina_rs

buenisimo!! sigue escribiendo por favor

Fercho_Rdz

Lo que mas me gusto es como describiste la tension antes de que pase todo. Eso es lo que le falta a muchos relatos de este tipo. Saludos desde Córdoba

ProfesorMDQ

jajaja esto me hizo acordar a algo que vivi parecido, aunque en mi caso fui yo el que no supo aguantar la situacion. Que tiempos esos

LunaLect

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo entre los dos

lector_anon77

Me engancho desde el principio. Se nota que sabes contar una historia, no solo describir, sino generar tension de verdad. Muy bien

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