Mi alumna se quedó un sábado y rompió mi disciplina
—La represión no es un error del sistema —dije, tapando el marcador y dejándolo sobre el borde del escritorio—. Es la factura que pagamos por vivir en sociedad.
El aula quedó en silencio. Treinta y tantas cabezas asintieron y copiaron la frase en sus cuadernos como si fuera un mandamiento. Llevo seis años dando Conducta Humana y me sé el guion de memoria. Soy el profesor Ezequiel, treinta y ocho años, flaco, camisa siempre planchada, voz baja. El que nunca grita y que se pone colorado si alguien suelta una grosería en clase.
Pero desde la tarima veo cosas que el resto no ve.
Mis ojos, escondidos detrás del reflejo de los lentes, fueron a parar a la primera fila. Otra vez.
Renata estaba ahí, desparramada en su pupitre con una pereza que debería estar prohibida por reglamento. Ese día había venido distinta. Llevaba unos jeans claros tan ceñidos que parecían pintados, dibujando cada línea de sus piernas con una precisión casi cruel. Es morena, de piel tibia y ojos oscuros que siempre parecen estar calculando algo. El pelo lacio le caía sobre los hombros mientras mordía la tapa de un bolígrafo rojo.
Se acomodó en el asiento y cruzó las piernas. La tela se tensó sobre sus muslos y sobre la curva firme de sus caderas. La blusa blanca era de lo más simple, pero en ella nada parecía simple: la cintura breve, el escote discreto, esa actitud de tener veintidós años y saberlo.
Renata notó que la miraba. Por supuesto que lo notó.
Soltó el bolígrafo y me sostuvo la mirada. No hubo vergüenza ni recato. Solo una sonrisa ladeada y una ceja apenas arqueada.
—Profesor —dijo, levantando la mano sin dejar de mirarme—. Entonces, según la teoría… ¿si uno se aguanta demasiado las ganas, termina enloqueciendo?
Hubo unas risitas nerviosas en el grupo. Sentí el calor trepándome por el cuello, esa reacción que tanto odio y que nunca aprendí a controlar.
—No exactamente, Renata —respondí, acomodándome los lentes para ganar segundos—. La energía psíquica busca una salida. Si no es a través del acto, sale como síntoma.
Ella asintió despacio y bajó la voz lo justo para que la siguiera escuchando.
—O sea que usted prefiere el síntoma antes que el acto. Qué paciencia, profe.
Sonó el timbre y me salvó de contestar. Mientras todos guardaban sus cosas, Renata se levantó despacio, me dio la espalda a propósito para agacharse a recoger la mochila y se aseguró de que yo viera cómo esos jeans se aferraban a su cuerpo. Antes de salir, me guiñó un ojo y desapareció en el pasillo.
Manejé a casa con la mandíbula apretada. Mi esposa ya dormía, así que cené cualquier cosa de pie en la cocina y revisé unos correos en el living, agradeciendo el silencio. O eso intenté. Mi cabeza seguía en esa aula.
***
Eran casi las doce de la noche cuando el celular vibró sobre la mesa.
Fruncí el ceño. Nadie me escribe a esa hora. Lo tomé, bajé el brillo de la pantalla y lo desbloqueé. La foto de perfil la reconocí al instante: Renata frente a un espejo, con el teléfono tapándole la cara, pero mostrando esa cintura inconfundible.
«Profe, perdón la hora. Tengo una duda de la clase que no me deja dormir.»
Dudé. Mi sentido común gritaba que contestara a una hora decente. Mi instinto decía que era una trampa. Mis dedos se movieron solos.
«Renata, este número es solo para urgencias. Mándame un correo institucional mañana.»
La respuesta llegó en segundos.
«Por correo es muy frío. Y usted mismo dijo que reprimirse hace daño.»
«¿Usted cree que el autocontrol funciona siempre? Porque hoy, cuando explicaba las pulsiones, sentí que la teoría se le quedaba corta. Como si supiera que hay cosas que no se pueden esconder, por más serio que uno se ponga.»
Sentí una descarga en el estómago. Me incorporé en el sillón. Estaba usando mi propia materia para acorralarme, sin red.
«Estás sobreanalizando la clase. Andá a dormir.»
«Jaja. "Sobreanalizando". Qué palabra tan técnica para no admitir que lo pongo nervioso.»
El indicador de «escribiendo…» parpadeó y llegó una imagen. No era un desnudo; era peor. Eran sus piernas descubiertas desde medio muslo, cruzadas sobre unas sábanas blancas, con mi propio libro de texto abierto sobre las rodillas. La luz era tenue, íntima.
«No me puedo concentrar, profe. ¿Usted sí?»
Me quedé mirando la pantalla en la oscuridad. Podía bloquearla. Podía reportarla por la mañana. No hice ninguna de las dos cosas. Dejé el mensaje en visto y apoyé el teléfono en la mesa con el corazón golpeándome en la sien, sintiendo una mezcla de culpa y excitación que no me dejó dormir.
***
Pasaron tres días en los que evité la primera fila como si quemara. No la bloqueé, pero tampoco fui capaz de responder; no sabía qué decir sin derrumbar la barrera. Ese visto fue mi única defensa, y pesaba más que cualquier palabra torpe que pudiera escribir.
Renata lo sintió. La vi removerse en el asiento durante la semana, cruzando y descruzando las piernas, lanzándome miradas que iban de la arrogancia a la inseguridad.
Llegó el viernes por la tarde. El sol bajaba y pintaba de naranja las ventanas; todavía había luz suficiente para ver el polvo flotando en el aire. La facultad se vaciaba rápido: nadie quiere quedarse un viernes después de las seis.
Yo recogía mis cosas a las apuradas, metiendo marcadores y listas en el maletín, con ganas de salir antes de que el tránsito se volviera imposible. Quería llegar a la seguridad de mi casa y olvidarme de la tensión que cargaba en el cuello hacía tres días.
Cuando levanté la vista, descubrí que no estaba solo.
Renata no se había ido. Estaba recostada contra el marco de la puerta, mi única salida, con los brazos cruzados y la cadera ladeada de un modo que parecía burlarse de las leyes de la decencia académica. El sol entraba a mis espaldas y la iluminaba de frente. Llevaba una blusa negra de tiras que le dejaba los hombros al aire y, abajo, los mismos jeans de la foto.
—Ya es tarde, Renata —dije, cerrando el broche del maletín con un chasquido. Intenté sonar firme, pero tenía la garganta seca—. Si no te apurás, te cierran la salida principal.
No se movió. Solo ladeó la cabeza con la expresión de un gato que acaba de arrinconar a un ratón.
—Me dejó en visto, profe —soltó, sin preámbulos.
El calor me subió a las orejas. Me ajusté los lentes buscando una ruta de escape visual.
—Estaba ocupado —mentí, rodeando el escritorio hacia la puerta.
Ella no se corrió. Tuve que frenar a un metro para no chocarla. Un olor a vainilla me golpeó de lleno, dulce y mareador.
—Ocupado mirando la foto —corrigió con una risita, dando un paso minúsculo hacia mí, invadiendo mi espacio—. Lo sé porque tardó dos minutos en cerrar el chat.
Me quedé paralizado. Tenía razón, y negarlo me haría ver más culpable. La miré a los ojos, oscuros, brillantes de diversión. Disfrutaba esto. Disfrutaba ver al profesor Ezequiel nervioso, apretando el maletín como si fuera un escudo.
—Mantené la distancia —advertí, aunque la voz me salió sin fuerza.
—¿Por qué? —susurró, inclinándose apenas—. ¿Lo pongo nervioso, profe?
Se mordió el labio inferior, ese labio rojo que contrastaba con su piel. Mis ojos, traidores, bajaron a su boca y después a su escote. Ella lo notó y sonrió más ancho.
—Se puso colorado otra vez —dijo, rozando apenas la manga de mi saco—. No tiene que disimular tanto. Ya entendí que le gustó la foto… y que le gusto yo.
El silencio se estiró, tenso. No supe qué decir. Quería empujarla y quería agarrarla ahí mismo, y las dos cosas me daban el mismo pánico.
Antes de que pudiera balbucear una excusa, ella dio un paso atrás y liberó la puerta. Se acomodó la mochila al hombro como si nada.
—Nos vemos el lunes —dijo, y agregó con una voz cantarina—: Chau.
Salió al pasillo caminando despacio, asegurándose de que yo viera moverse esos jeans. Me quedé solo, con el maletín en la mano y la respiración agitada, sabiendo que mi huida ya no servía de nada: ella se me había metido en la cabeza.
***
Esa noche me encerré en el estudio con la excusa de corregir parciales. Cerré la puerta, me aflojé la corbata y saqué el teléfono. No había nada. Sentí una punzada absurda de decepción.
A las diez y media, vibró. El corazón me dio un salto idiota.
«¿Ya se le bajó el color, profe? ¿O sigue pensando en mí?»
Debería ignorarla. Debería borrar el chat. Pero el perfume de vainilla seguía pegado a mi memoria, y mis dedos volaron sobre el teclado antes de que la conciencia pudiera frenarlos. Total, me dije, es solo un mensaje. Nadie puede vernos.
«Deberías estar durmiendo. O estudiando.»
«Uy, qué genio. Estoy en la cama, pero sin sueño. Me quedé con ganas de seguir hablando. El que se escapó fue usted.»
«No me escapé. Tengo una vida y responsabilidades. Vos deberías buscarte las tuyas en vez de molestar profesores.»
«Jaja, "molestar". Si lo molestara, ya me habría bloqueado. Pero sigue acá, contestándome un viernes a la noche. Admítalo: le gusta que sea así. Las otras me tienen miedo, yo no.»
Apoyé la cabeza en el respaldo de la silla. Era verdad. Me gustaba que no me tuviera miedo, que rompiera mi rutina gris.
«Sos imprudente, Renata. Eso es lo que sos.»
«Y usted es muy reprimido, Ezequiel. (Ups, se me escapó el nombre.)»
Ver mi nombre escrito por ella, sin el título adelante, se sintió peligrosamente íntimo. Una corriente me bajó por la espalda. Ya no me defendí.
«Cuidado con lo que decís.»
«Prefiero tener cuidado con lo que hago. Mañana es sábado. ¿Va a ir a la facultad a revisar las tesis?»
Sabía mi horario. Sabía que los sábados pasaba un par de horas en mi cubículo adelantando trabajo. Era mi rutina sagrada.
«Sí. De diez a doce.»
«Perfecto. Ahí lo veo. Y más le vale no escaparse esta vez, que voy a ir linda para usted. Buenas noches, Ezequiel.»
Se desconectó. Me quedé solo, con la lámpara tenue y la certeza brillante en la mano de que acababa de pactar un encuentro. Me sentí culpable, sucio y, por primera vez en años, ansioso porque amaneciera.
***
El sábado, la facultad parecía un mausoleo. Los pasillos vacíos devolvían el eco de mis pasos hacia el aula de seminarios del tercer piso, la más apartada. Me dije que la elegí por la luz para leer. Mentía: la elegí porque ahí nadie sube.
Esparcí papeles sobre la mesa, abrí la laptop y agarré un bolígrafo rojo. Mis ojos no leían nada; miraban el reloj cada treinta segundos.
A las diez y cuarto, la puerta se abrió. No golpeó. Solo giró la perilla, entró y cerró detrás con una suavidad que hizo que el pestillo sonara como un disparo.
—Llegó temprano —dijo, recostándose contra la puerta.
Levanté la vista y el aire se me trabó. Cumplió la amenaza: vino linda. Una pollera de jean corta, una blusa blanca de tiras, el pelo suelto. Se veía insultantemente joven y viva en medio de ese edificio gris.
—Tengo trabajo, Renata —respondí, con la voz demasiado formal, casi ridícula. Me aferré al bolígrafo como a un arma—. Si alguien nos ve acá…
—Los sábados no sube nadie —interrumpió, acercándose despacio—. Además, le puse seguro a la puerta. Yo misma.
Ese detalle me heló la sangre y, al mismo tiempo, la encendió. Se detuvo del otro lado de la mesa, miró mis papeles desordenados y después me miró a mí.
—Ni una página avanzó, profe. La hoja está en blanco.
—Estoy ordenando ideas.
—Usted siempre piensa de más —susurró, rodeando la mesa como una depredadora paciente.
Giré en la silla para no darle la espalda, pero me quedé clavado. Mi vieja timidez me paralizó. No sabía qué hacer con las manos. Renata llegó a mi lado y se apoyó en el borde del escritorio, quedando un poco más alta que yo.
—¿Por qué tiembla? —preguntó, mirándome las manos.
—No estoy temblando.
—Sí está. —Se inclinó y puso su mano sobre la mía. Tenía la piel tibia—. Relájese. No muerdo… todavía.
La broma no me hizo reír, pero me hizo soltar el aire que estaba conteniendo. La miré. Esta vez no había burla en sus ojos; había curiosidad y una rara ternura.
—Esto está mal. Soy tu profesor. Soy casado.
—Lo sé —admitió, acercando el rostro al mío, dándome tiempo de apartarme, de empujarla, de huir. No me moví—. Pero acá no hay nadie. Solo usted y yo. Y los dos sabemos que quiere tocarme tanto como yo quiero que lo haga.
Sus dedos rozaron mi mejilla. Me estremecí. Bajaron hasta el nudo flojo de mi corbata.
—Así se ve mejor —murmuró, jugando con la tela—. Menos perfecto. Más real.
—Renata… —Mi voz fue un susurro ronco.
—Shh. No piense. Solo sienta.
Se inclinó y me besó.
Fue suave al principio, un roce tentativo. Me quedé rígido un segundo, apretando los apoyabrazos, peleando contra años de disciplina. Pero sus labios eran insistentes y sabían a brillo de frutilla. Algo se soltó en mi pecho. Mis manos dejaron la silla y, torpes, subieron a su cintura. La atraje. Ella suspiró, abrió la boca y el beso se volvió hambriento, húmedo, desordenado.
Se movió para sentarse a horcajadas sobre mi regazo sin dejar de besarme. Sentí su peso, la fricción de la pollera contra mi pantalón. Me separé jadeando, con los lentes empañados y torcidos.
—Estás loca —dije, pero mis manos apretaron sus caderas en vez de soltarla.
—Loca por usted —respondió, quitándome los lentes y dejándolos sobre el escritorio, sin mi escudo—. Ahora sí, profe… enséñeme algo que no esté en los libros.
La tenía encima, con las piernas abiertas sobre mis muslos, y la veía con una claridad dolorosa: el rubor subiendo por su cuello, el brillo en sus labios hinchados, el modo en que su pecho subía y bajaba bajo la tela fina.
Mis manos, que tanto habían dudado, cobraron vida propia. Las deslicé por debajo de la blusa y el contacto con su piel desnuda fue un sacudón. Subí las palmas y encontré la carne tibia de sus pechos, firmes, llenándome las manos justo a la medida. Sentí los pezones endurecerse al instante contra mi piel.
—Ezequiel… —susurró, arqueando la espalda, ofreciéndose—. No pare.
Bajé las manos por su vientre tenso hasta el borde de la pollera y ahuequé sus nalgas, firmes y redondas, apretándolas a través de la tela áspera. La atraje contra mí, obligándola a frotarse contra la erección que ya me dolía bajo el pantalón.
—Tenés el cuerpo ardiendo —gruñí, fascinado.
—Es por usted —jadeó, abriendo más las rodillas—. Todo es para usted.
Metí la mano bajo la pollera, aparté la tela de su ropa interior y la toqué. Estaba empapada, caliente, resbalosa. Ella dio un espasmo y me clavó las uñas en los hombros.
—Ya no quiero los dedos —suplicó con los ojos vidriosos—. Lo quiero a usted.
La urgencia me ganó. Con la mano temblorosa me liberé del pantalón. Ella se enderezó, me miró mordiéndose el labio y me guio con su mano. Cuando empezó a bajar, sentí lo estrecha que era; sus paredes me abrazaron con una presión exquisita mientras terminaba de sentarse sobre mí hasta el fondo.
—Dios… —solté, aferrándole las caderas—. No puedo creer esto.
Se dejó caer contra mi pecho, me abrazó el cuello y empezó a moverse. La obedecí. Embestí hacia arriba, clavándome en ella, y la silla crujió bajo nuestro peso con un chirrido rítmico que se mezclaba con nuestros cuerpos chocando.
—¡Así! —gimió, apoyando las manos en mis hombros para bajar con más fuerza—. Me encanta.
La estrechez era una locura. Me apretaba en cada movimiento, exprimiendo lo poco que quedaba de mi voluntad. Subí una mano para atrapar un pecho y pasé el pulgar sobre el pezón endurecido. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo que rebotó en las paredes del aula vacía.
—Me voy a venir —avisó, la respiración hecha sollozos—. Profe, me vengo.
—Vení —le pedí, golpeando una última vez contra su punto exacto.
Se tensó entera. Sus músculos se contrajeron alrededor de mí en espasmos violentos. Gritó mi nombre, arqueando la espalda. Sentirla así detonó mi propio final: me vacié dentro de ella con tres embestidas finales, profundas, mientras el placer me nublaba la vista.
***
Nos quedamos quietos unos segundos eternos, ella colapsada sobre mi pecho, yo con la cabeza contra el respaldo, los dos empapados en sudor. Solo se escuchaba el zumbido de la laptop y mi corazón bajando de a poco de revoluciones.
—Ezequiel… —susurró, levantando la cara. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una mirada que ya no tenía nada de alumna. Era la de una mujer que acababa de marcar su territorio.
—Tenemos que irnos —dije, intentando recuperar algo de autoridad. Sonó débil incluso para mí.
Ella sonrió, perezosa y satisfecha. Se levantó despacio, se acomodó la pollera y la blusa. Yo me subí el cierre y me abroché el cinturón con manos torpes. Me sentía liviano, vaciado, como si me hubieran sacado un peso que cargaba hacía años. Busqué los lentes, me los puse y el mundo volvió a enfocarse.
—¿Y ahora? —preguntó, cruzando los tobillos contra el escritorio.
—Ahora te vas a tu casa. Y yo termino de revisar las tesis.
Soltó una risita y negó con la cabeza.
—Usted es increíble. Acabamos de… bueno, ya sabe, y ya quiere ponerse a leer.
Se acercó una última vez, me acomodó el cuello de la camisa y me apretó el nudo de la corbata con una familiaridad que me asustó porque me gustó demasiado.
—Pero está bien —dijo, poniéndose en puntas de pie para besarme la mejilla—. Me voy. Pero no crea que esto se termina acá, profe. Ya no hay vuelta atrás. Ya sé que no es tan santo como aparenta.
Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró y me guiñó un ojo, con la chispa traviesa de vuelta.
—Gracias por la clase particular, Ezequiel. Estuvo… intensa.
Salió y el clic del seguro resonó en el vacío.
Me dejé caer en la silla. Todo olía a ella. Me toqué los labios, recordando el sabor de su boca y la sensación de su cuerpo apretado contra el mío. Sabía que tenía que sentir culpa, que mi ética y mi matrimonio acababan de recibir un tiro de gracia. Pero mientras cerraba los ojos y respiraba el aroma a vainilla que quedaba en el aire, no sentí culpa.
Sentí hambre. Hambre de que fuera lunes para volver a verla. Por primera vez en mi vida, no tenía ganas de reprimir nada.