Mi hija me convenció de volver a sentirme deseada
Me llamo Marina, tengo cuarenta años y hace seis meses firmé el divorcio que debí firmar hace una década. Aguanté todo ese tiempo por mi hija, convencida de que una casa rota era peor que una casa infeliz. Resultó que estaba equivocada en casi todo, menos en una cosa: criarla a ella fue lo único que hice bien.
Antes de dar el paso me senté a hablar con Camila. Esperaba reproches, lágrimas, esa mirada de hija que se siente abandonada. En cambio me tomó las manos por encima de la mesa de la cocina y me dijo que ya era hora.
—Mamá, mereces ser feliz —dijo con una calma que no era de sus dieciocho años—. No tengas miedo de quedarte sola. Sola se está mejor que mal acompañada.
Esas palabras me dieron el empujón. El divorcio fue limpio: él se iba del país, me dejó la casa, y como Camila ya era mayor no hubo nada que discutir. Lo que no esperaba era que esa libertad recién estrenada me acercara tanto a mi hija. Empezamos a hablar de todo. De verdad de todo.
—¿Nunca probaste algo más arriesgado? —me preguntó una noche, descalza en el sofá, con esa naturalidad con la que ella hablaba de sexo.
—En mis tiempos esas cosas estaban mal vistas —reí, un poco incómoda.
—Los tiempos cambiaron, ma. Hay que probar de todo. El que come de todo nunca pasa hambre.
Esta niña me va a matar de un infarto, pensé, aunque me reía con ella.
Lo que vino después fue una pregunta que ninguna madre quiere escuchar de su hija, y que sin embargo yo terminé contestando.
—¿Y vos hace cuánto que no, ya sabés…? —dijo, juntando las cejas con picardía.
—Camila, eso no se le pregunta a una madre.
—Yo te conté cosas mucho peores. Te toca.
Me rendí. Confesé que llevaba dos años. Dos años exactos sin que nadie me tocara. Ella abrió los ojos como si le hubiera dicho que había viajado a la Luna.
—¡Dos años! Mamá, a ese ritmo te vas a volver virgen de nuevo. Necesitás que alguien te haga el favor.
—Acabo de salir de un matrimonio, no quiero compromisos.
—¿Y quién habló de compromisos? —sonrió—. Tengo amigos que se mueren por vos. Cada vez que venían a casa me preguntaban por «tu mamá, la que está buenísima».
Me quedé sin palabras. La sola idea de que esos chicos me miraran así me dejó un calor incómodo en el pecho. Camila se fue a duchar como si nada, y yo subí a mi cuarto fingiendo indignación, cuando lo que de verdad sentía era otra cosa.
Esa noche, sola en mi cama, no pude dejar de pensar en lo que había dicho. En que todavía gustaba. Llevé la mano entre mis piernas casi sin darme cuenta, y el orgasmo llegó rápido, urgente, como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese permiso durante dos años.
***
Al día siguiente Camila volvió a la carga durante el desayuno. Y al otro. Y al otro. Yo decía que no, ella insistía con una paciencia de abogada.
—Hacelo una vez —dijo finalmente—. Si no te gusta, no insisto más. Te lo prometo.
—Una vez —cedí, con un suspiro que era mitad rendición y mitad alivio—. Una sola.
Sonrió como quien ya ganó la partida. Desapareció veinte minutos y volvió con un puñado de ropa que claramente no era mía.
—Le escribí a un amigo, ya viene en camino. No le dije nada, así que la sorpresa va a ser completa. Te vestís sexy y dejás que la cosa pase sola.
—Camila, esto es rarísimo.
—Quitate la ropa, ma, no tenemos todo el día.
Me desnudé frente a mi propia hija con una vergüenza que me ardía en las mejillas. Me pasó un hilo diminuto que me quedó todavía más chico de lo que ya era, una pollera de licra que apenas me cubría la mitad de las nalgas y una blusa recortada bajo la que se adivinaba todo.
—Parezco cualquier cosa —protesté frente al espejo.
—Parecés una mujer que sabe lo que tiene —corrigió ella—. A los hombres les encanta. Relajate.
El timbre sonó antes de que pudiera arrepentirme. Camila fue a abrir, y por la voz reconocí a Tomás, un chico que venía seguido por casa. Me escondí en mi cuarto con el corazón a mil. Entonces la escuché gritar que se iba a lo de una amiga, que por favor le ofreciera algo de tomar a su invitado. Y la puerta se cerró.
No me dejó ni la opción de negarme.
***
Salí porque no podía dejarlo solo en el comedor. Tomás levantó la vista del teléfono y se quedó mirándome como si hubiera visto algo que no esperaba. Se puso de pie, me dio un beso en la mejilla, y yo huí hacia la cocina a buscar el agua. La cocina está conectada al comedor, así que sentí sus ojos clavados en mi espalda, en lo que la pollera no alcanzaba a tapar.
Le serví el vaso. Charlamos cinco minutos de cualquier cosa, y él volvió a pedirme agua. Cuando me di vuelta, lo tenía a un palmo de distancia.
—Espero no ofenderla —dijo, con una sonrisa ladeada—, pero el divorcio le sentó increíble.
—Soy demasiado mayor para vos —respondí, y mi voz salió más floja de lo que quería.
—A mí me gustan así. Y usted me gusta desde hace tiempo.
Su mano encontró mi cintura y me atrajo. El beso llegó sin que yo opusiera la menor resistencia, profundo, hambriento, distinto a todo lo que conocía. Me apretó las nalgas, subió a mis pechos, y yo sentí su erección presionando contra mi vientre. Algo se rompió dentro de mí, algo que había mantenido cerrado con llave durante dos años.
Bajé la mano dentro de su pantalón y lo acaricié. Me arrodillé sin pensarlo, lo desnudé y me lo llevé a la boca con un deseo que ni yo me reconocía. Él enredó los dedos en mi pelo, marcando el ritmo, mientras yo lo sentía crecer contra mi lengua.
Me llevó al sofá, me puso en cuatro y me fue penetrando despacio, centímetro a centímetro. Me mordí los labios. Cuando empezó a moverse con fuerza, sujetándome de las caderas, el placer me llegó en oleadas que me dejaban sin aire. Después me sentó sobre él, me abrió las piernas y me la clavó mientras nos besábamos. Yo le clavaba las uñas en la espalda, perdida.
Y entonces abrí los ojos.
Camila estaba en el pasillo, mirándome con una sonrisa cómplice. No dijo nada. Se dio media vuelta y se fue a su cuarto, como quien comprueba que un plan salió bien. El golpe de verla, lejos de frenarme, me empujó a un orgasmo que casi me hace perder el sentido. Tomás terminó dentro de mí, y nos quedamos los dos agotados, respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.
***
Después de ducharme fui a hablar con ella. Estaba tirada en la cama, fingiendo leer el teléfono.
—Vaya, vaya, mamá —canturreó.
—No empieces, Camila.
—¿Cómo no voy a empezar? Si parecías en otro planeta —se rió—. Me alegro. Te lo merecías.
—Lo necesitaba —admití, sentándome en el borde de su cama—. No me había dado cuenta de cuánto.
—Le di tu número a Tomás, por cierto. Y hay otros que se mueren por conocerte.
—No soy una cualquiera, Camila.
—No se trata de eso. Se trata de disfrutar. Cada uno es distinto, ma. Tenés que probar.
Suspiré. Una parte de mí sabía que debía ponerle un límite a esa conversación. La otra, la que llevaba dos años dormida, ganó.
—Uno más. Y nadie se entera.
—Obvio —dijo, y entonces se puso seria un segundo—. Ma, ¿ahora que hay más confianza, puedo traer yo también a mis chicos para acá?
Me reí, porque después de lo de esa tarde no me quedaba moral para decirle que no.
—Avisame nada más.
***
Dos días después, recién duchada, encontré sobre mi cama la «ropa» que mi hija me había elegido: una minifalda que apenas existía, otro hilo, un sostén que se reducía a dos triángulos sobre los pezones. Me miré al espejo y casi no me reconocí. No era la Marina que había aguantado un matrimonio infeliz. Era otra, una que me empezaba a gustar.
Cuando Camila me llamó, salí del cuarto algo avergonzada. En la sala no estaba solo el amigo que esperaba: había dos chicos. Bruno, más tímido, y un tal Iván que me recorrió de arriba abajo sin disimulo.
—Esme, tu vieja está increíble —soltó Iván, y yo me quise morir.
—¿Viste? —respondió mi hija, y me dio una palmada en la nalga que me hizo saltar—. Mirá nada más.
Iván se fue con Camila a su cuarto. Yo tomé a Bruno de la mano y lo llevé al mío. Era más callado, pero no me quitaba los ojos de encima. Apenas cerré la puerta me besó, me recostó sobre la cama, recorrió mi cuerpo con la boca hasta hacerme temblar. Cuando entró en mí fue puro placer; y mientras me embestía, sus dedos empezaron a jugar más atrás, en un terreno que yo nunca había explorado.
Lo hizo con una paciencia que no esperaba. Despacio, sin prisa, hasta que lo que parecía imposible se volvió una sensación nueva, intensa, que me arrancó un orgasmo distinto a todos los anteriores. Al fondo de la casa se escuchaban los gemidos de mi hija, y por alguna razón eso, en lugar de incomodarme, me encendía todavía más.
En medio de todo, la puerta se abrió. Iván entró sin pedir permiso, desnudo.
—Camila pregunta si querés ir con ella —le dijo a Bruno.
Bruno suspiró, me dio un beso y se fue prometiendo volver otro día a terminar lo empezado. Iván ocupó su lugar sin que yo alcanzara a decir nada. Tenía esa seguridad de los que saben que gustan, y la usó toda. Me hizo cabalgarlo, me puso boca arriba, me besó mientras me daba con fuerza, hasta que el orgasmo nos alcanzó a los dos casi al mismo tiempo.
Caímos rendidos sobre la cama, riéndonos como dos cómplices.
—Qué bien estás, Marina —jadeó él.
—Vos no lo hacés nada mal —contesté.
***
Más tarde los cuatro terminamos en la cocina buscando agua, ellos en ropa interior, Camila y yo apenas cubiertas, riéndonos de cualquier cosa. Nunca había compartido algo así con mi hija, ese nivel de confianza absurda y total. No sabría explicar cómo, pero esa tarde dejé de verla como a la niña que crié y empecé a verla como a una mujer que, sin proponérselo, me había devuelto a la vida.
Pasamos al sofá. Iván en el medio, una mano en mi muslo y otra en el de ella. Lo que siguió fue una mezcla de risas y caricias en la que perdí la cuenta de los límites. En algún momento Camila me tomó la cara y me besó, y yo, en lugar de apartarme, me dejé llevar por la corriente que esa casa entera parecía haberse vuelto. Fue un instante extraño y vertiginoso, de esos que una se promete olvidar y nunca olvida.
Cuando los chicos por fin se fueron, nos quedamos las dos solas, agotadas, mirándonos como si recién nos conociéramos.
—¿Estás bien, ma? —preguntó Camila, de pronto seria.
—Mejor que nunca —dije, y era verdad.
Lo cierto es que esa tarde fue apenas el principio. Mi hija me había sacado de dos años de encierro, y a partir de entonces nada volvió a ser como antes. No me arrepiento. A veces la felicidad llega por los caminos que una jamás habría elegido, empujada por la persona que menos esperabas. En mi caso, fue ella.
Hay confesiones que no se cuentan ni a la mejor amiga. Esta es una de ellas. Y, sin embargo, aquí está, porque guardarla me pesaba más que contarla.