El día que me echaron por ayudar a una desconocida
Esto pasó hace un par de años y todavía me cuesta creer cómo se encadenó todo. Lo cuento tal cual lo viví, sin adornar, porque si lo adornara no me lo creería ni yo. Tenía veintiséis años, era padre solo de un nene chico y trabajaba en una constructora grande, la Vértice, en un puesto menor del área técnica. Lo único que me sostenía en ese laburo era la puntualidad. Nunca llegaba tarde. Nunca.
Esa mañana caminaba por el centro con el sol pegando fuerte y la camisa ya pegada a la espalda. Faltaban diez minutos para entrar y yo iba tranquilo, con tiempo de sobra. Entonces la vi.
Estaba agachada sobre una bicicleta en plena vereda, peleándose con la cadena que se le había salido. Maldecía bajito, con las manos manchadas de grasa y el pelo cayéndole sobre la cara. Tendría unos veinticuatro, un cuerpo que cualquiera habría mirado dos veces, pero lo que me frenó no fue eso. Fue la cara de fastidio, esa mezcla de apuro y bronca de alguien a quien se le arruina la mañana.
—¿Necesitás una mano? —le dije, dejando la mochila en el piso.
Ella levantó la vista y soltó el aire de golpe, aliviada.
—Por favor. Tengo que firmar algo importante y voy a llegar tardísimo.
Me arremangué y me puse a trabajar. La cadena estaba trabada contra el cuadro y la rueda no giraba. Me llevó más de lo que pensaba; terminé con los dedos negros y una mancha de grasa en la camisa blanca. Mientras yo forcejeaba, ella me hablaba, me preguntaba cosas, se reía de mi cara de concentrado. Cuando la rueda por fin giró limpia, me miró como si le hubiera resuelto la vida.
—Sos un sol. En serio. No sé qué habría hecho.
—Nada, andá tranquila —le dije, y recién ahí miré la hora.
Cuarenta minutos. Había perdido cuarenta minutos. Salí casi corriendo, pero ya estaba hecho.
***
Llegué transpirado, con la mancha de grasa como una confesión sobre el pecho. Mi jefe me esperaba parado al lado de mi escritorio, con esa cara de alguien que estuvo ensayando lo que iba a decir.
—Decís que tenés un hijo, que sos responsable, y mirá la hora. Esto es una empresa seria. Llevate tus cosas.
No hubo discusión. Junté lo poco que tenía en una caja: una foto de mi hijo, un par de lapiceras, el mate. Bajé en el ascensor mirando el piso, pensando en la cuota del jardín, en la abuela que me lo cuidaba, en cómo carajo iba a explicar esto en casa.
Y cuando salí al hall de entrada, ahí estaba ella otra vez. Empujando la misma bicicleta, entrando al mismo edificio. Nos cruzamos las miradas y se le iluminó la cara.
—¡El héroe de la bici! ¿Qué hacés acá?
—Acá trabajaba —dije, levantando la caja—. Hasta hace cinco minutos. Llegué tarde y me echaron.
Se le borró la sonrisa de a poco, como si recién atara los cabos.
—No me digas que fue por… —no terminó la frase—. Me quiero morir. Es por mi culpa.
—No es culpa tuya. Fue mi decisión parar.
—Esperame —dijo, agarrándome del brazo—. Tengo un trámite de cinco minutos adentro y después te invito a almorzar. Es lo mínimo. No me digas que no.
La esperé en la vereda, fumando, todavía sin caer del todo en que me había quedado sin laburo. Cuando salió, había algo distinto en cómo me miró. Menos culpa, más curiosidad.
—Soy Renata, por cierto.
—Damián.
***
Fuimos a un lugar chico a un par de cuadras, de esos con mesas pegadas y buen vino de la casa. Pedimos algo para compartir y se nos fue la tarde hablando. Le conté de mi hijo, de la rutina solo, de lo que significaba ese trabajo que acababa de perder. Ella escuchaba de verdad, con los codos sobre la mesa y los ojos clavados en mí.
En algún momento la conversación cambió de temperatura. No fue una frase ni un gesto puntual; fue todo junto. La forma en que se inclinó hacia adelante, cómo bajó la voz, el pie que me rozó la pierna por debajo del mantel y se quedó ahí, quieto, midiendo mi reacción. No lo retiré. Ella sonrió de costado y su pie subió, lento, hasta rozarme la bragueta. Me la encontró dura y soltó una risita ronca, sin apartar la mirada.
—¿Sabés una cosa? Me arruinaste la mañana sin querer —dijo—. Dejame que te arregle la tarde. Te voy a coger hasta que te olvides del trabajo, de la hora y de tu propio nombre.
Pagó ella antes de que pudiera protestar, me tomó de la mano y caminamos hasta un hotel a la vuelta. En el ascensor ya no aguantamos. La besé contra el espejo, ella me agarró de la camisa manchada y me atrajo, me metió la lengua hasta el fondo y me clavó la mano en la entrepierna, apretándome la verga por encima del pantalón.
—Estás durísimo —me susurró contra la boca—. Me tenés que romper.
Para cuando se abrieron las puertas teníamos las bocas rojas y la respiración cortada.
Apenas cerramos la puerta de la habitación, el mundo de afuera dejó de existir. Le saqué el saco despacio, después la blusa, mientras ella me desabrochaba la camisa con dedos impacientes. Debajo tenía un corpiño negro que le empujaba las tetas hacia arriba; se lo desprendí de un tirón y le cayeron pesadas, los pezones ya duros, oscuros, pidiendo boca. Le agarré una teta con la mano llena, hundí los dedos en la carne y le chupé el pezón fuerte, tirándoselo con los dientes hasta que ella soltó un gemido largo y me clavó las uñas en la nuca.
—Así, dale, mordémelas —jadeó—. Más fuerte.
Le bajé la pollera y la bombacha de un solo movimiento. Estaba empapada; se le veía el brillo entre los muslos antes de que abriera las piernas. La piel le ardía. Cada vez que mis manos subían, ella arqueaba la espalda y respiraba más hondo, como si estuviera esperando esto desde que me arrodillé frente a su bicicleta. Me terminó de arrancar la camisa, me abrió el cinturón con torpeza y me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. Cuando le saltó la polla en la cara, se le escapó un "la puta madre" bajito y me la agarró con las dos manos.
—Qué verga tenés —dijo, y sin más se la metió en la boca.
Me la chupó despacio primero, midiendo, la lengua girándome en la punta, después más hondo, hasta hacerme tocar el fondo de la garganta y quedarse ahí, mirándome desde abajo con los ojos llenos de agua. Me la sacaba entera, escupía sobre el glande y me la volvía a tragar. Me pasaba la lengua por los huevos, se los metía en la boca, me chupaba de la base hasta la punta con la palma acompañando. Le agarré el pelo con las dos manos y le empecé a coger la boca despacio, cuidando, pero ella me clavó las uñas en las nalgas y tiró hacia adelante, pidiéndome más. Le empujé más fuerte, la lengua se le desbordaba, se le corría el rímel, y aun así no se apartaba.
—Vení acá —le dije, tirándole del pelo para levantarla—. Todavía no me quiero venir.
La recosté sobre la cama y me tomé mi tiempo. Le besé el cuello, bajé por el medio del pecho, le chupé cada teta, le mordí las costillas, la panza, el hueso de la cadera. Cuando llegué al coño, se lo abrí con los pulgares y me quedé un segundo mirándoselo, rosado, hinchado, chorreando. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, despacio, saboreándola, y ella pegó un gritito que le salió del fondo del pecho. La chupé lento primero, dibujándole el clítoris con la punta de la lengua, después le clavé dos dedos adentro y empecé a moverlos mientras le mamaba la concha con hambre. Ella me hundió los dedos en el pelo y empezó a moverse contra mi boca, primero despacio y después sin disimulo.
—Ahí, ahí, no pares, chupámela toda, no pares hijo de puta —me decía al oído con una mezcla de orden y súplica que me volvió loco—. Metémela con la lengua, dale, cogémela con la boca.
Le curvé los dedos adentro, apretándole el punto justo, y le sellé los labios contra el clítoris chupándoselo fuerte. Sentí cómo se le tensaba todo, cómo las paredes se le cerraban alrededor de mis dedos. Cuando se vino, lo hizo agarrada de las sábanas, con los muslos apretándome la cabeza y mordiéndose el labio para no gritar de más. Le siguió temblando la panza cuando le saqué la lengua, empapada de ella.
—Vení —me dijo, tirándome del brazo—. Ahora. Metémela ya.
Me trepé sobre ella y le pasé la punta por los labios, mojándome bien en su jugo, provocándola. Ella me buscó con la cadera, impaciente, y me agarró la polla para acomodársela en la entrada.
—No me hagas rogar. Cogeme.
Se la metí de una, hasta el fondo, y los dos soltamos el aire al mismo tiempo. Estaba caliente, estrecha, apretándome como un puño mojado. La cogí despacio los primeros movimientos, dejándole sentir cada centímetro, y ella me abrazó con las piernas y me clavó los talones en el culo pidiendo más.
—Más fuerte, más fuerte, rompémela.
Me apoyé en las rodillas, le agarré las caderas y empecé a metérsela a fondo, sacándola casi entera y volviéndosela a clavar de una, hasta el hueso. La cama pegaba contra la pared, ella gemía con la boca abierta, las tetas rebotándole con cada embestida. Le escupí en el medio del pecho y le pasé la mano untándoselo por los pezones. Le agarré una teta con una mano y con la otra le apreté el cuello, apenas, y ella se vino de vuelta, clavándome las uñas en el antebrazo.
—Dame vuelta —jadeó cuando le aflojé—. Quiero de atrás.
La di vuelta y la puse en cuatro. El culo se le levantó redondo, blanco, con las marcas rojas de mis dedos en las caderas. Le pasé la mano por la espalda, hasta la nuca, y le empujé la cabeza contra la almohada, dejándole el culo bien arriba. Le pasé la punta por el coño, la mojé, y se la volví a meter entera. La agarré del pelo y empecé a cogerla en serio, marcando el compás con las caderas, cada golpe sonando seco contra sus nalgas. Le di una palmada en el culo y ella gritó pidiendo otra. Le di dos, tres, hasta dejarle la marca colorada. —Cogeme más fuerte, Damián, dale, dame con todo —repetía, con la boca contra la sábana.
Le mojé el dedo pulgar en su propia concha y se lo apoyé en el culito, apretando apenas. Ella gimió más agudo y arqueó más la espalda. Se lo metí despacio hasta la primera falange mientras seguía metiéndosela por adelante, y sentí cómo se le cerraba todo, cómo se estremecía entera. Se vino gritando contra la almohada, con el cuerpo doblado y las piernas temblándole tanto que casi no se sostenían.
La di vuelta otra vez, la levanté y me senté sobre la cama con ella encima, empalada. Nos buscábamos los ojos todo el tiempo, y eso —el mirarnos mientras se movía sobre mí— fue lo que volvió la cosa intensa de verdad. Ella subía y bajaba despacio, girando la cadera, con las manos apoyadas en mi pecho, y yo le agarraba las tetas y se las chupaba una y otra. Cuando sintió que se me tensaba todo, aceleró.
—¿Dónde? —le pregunté, apretando los dientes.
—Adentro. Vení adentro. Tomo pastillas. Llename toda.
No me lo tuvo que decir dos veces. La agarré de la cintura y la clavé sobre mi verga con las últimas embestidas, y me vine con un rugido, chorreándola por dentro, sintiendo cómo ella se venía otra vez sobre mí, apretándome hasta la última gota. Terminamos los dos a la vez, agotados, transpirados, riéndonos sin saber bien de qué.
Nos quedamos hasta la noche. Pedimos algo de tomar, y a la media hora ya estábamos otra vez, ella boca abajo mientras yo se la metía despacio desde atrás, sin apuro, hablándole al oído todas las guarradas que me venían a la cabeza. La tercera vez la cogí contra el vidrio del ventanal, con la ciudad de fondo, ella pegada al vidrio con las tetas aplastadas y yo cogiéndola parado desde atrás hasta que se vino gimiendo mi nombre. Hablamos entre medio de cosas que uno solo le cuenta a un desconocido o a alguien que ya siente cercano. No sé en qué momento dejó de ser una cosa de una tarde.
***
Lo que no sabía esa noche, acostado con la cabeza apoyada en su pecho, era quién era Renata. Me enteré después: era la hija única del dueño de la Vértice. La misma empresa que me había echado esa mañana. Había ido a firmar unos papeles de la cuenta familiar el día que se le rompió la bici. Yo le había arreglado la cadena a la heredera de la constructora sin tener la menor idea.
Pero eso lo até más tarde. Lo primero que pasó fue que no nos separamos más.
Nos veíamos todos los días. Yo la pasaba a buscar en mi auto viejo, ella aparecía con una sonrisa que me desarmaba. Una noche, después de coger sin prisa, con ella todavía a horcajadas sobre mí y mi verga adentro suyo aflojándose de a poco, me animé a contarle todo.
—Mi ex me dejó embarazada de ocho meses —le dije, mirando el techo—. Se fue con otro. Yo seguí esperando que volviera, como un idiota. Un día tocó la puerta una amiga de ella con un bebé de dos días en brazos. Me lo dejó ahí, con una mamadera y nada más. Desde entonces soy padre y madre al mismo tiempo.
Renata se quedó en silencio. Después me abrazó fuerte, sin decir nada, que fue justo lo que necesitaba.
—Yo tampoco la tuve fácil —dijo al rato—. Mi viejo me crió con plata pero sin tiempo. Mi mamá se murió cuando yo era chica y él me mandó a colegios pupilos para no tener que mirarme. Tengo todo y no tengo nada. Con vos, por primera vez, siento que armo algo de verdad.
***
A los pocos días le presenté a mi hijo. Fue en la plaza, a la salida del jardín. El nene la miró, la estudió como hacen los chicos, y de golpe se le colgó de las piernas y le preguntó si era una princesa. Renata se rió con los ojos llenos de lágrimas. A partir de ahí fueron uña y carne: ella le cocinaba, le inventaba cuentos, se quedaban dormidos los dos en el sillón frente a los dibujitos. Verlos así me terminó de convencer de algo que ya sabía.
Una tarde de lluvia, con el mate amargo entre los dos y el nene durmiendo la siesta, Renata me tiró la idea.
—Vos sabés un montón de sistemas y de obra. Yo tengo contactos y algo de plata ahorrada. ¿Por qué no armamos algo nuestro? Software para constructoras, una app, lo que sea. De a poco.
La besé como respuesta, y ese beso terminó con ella sentada arriba de la mesa de la cocina, la pollera arremangada hasta la cintura, la bombacha corrida a un costado y yo de rodillas mamándole el coño hasta que se vino tapándose la boca para no despertar al nene. Después me paré, la agarré del culo, la arrastré hasta el borde de la mesa y se la metí de una, cogiéndola despacio para que no hiciera ruido la madera, mirándola a los ojos todo el tiempo, hasta terminar adentro suyo con la frente apoyada contra la de ella.
Montamos la empresa en un local minúsculo, ella manejaba los clientes y yo programaba hasta cualquier hora. El primer contrato bueno nos puso en el mapa. Y el combustible de todo eso, más allá del trabajo, era lo que pasaba cuando cerrábamos la persiana: ella sentada en el escritorio con las piernas abiertas, yo entre sus piernas comiéndole el coño hasta dejarla temblando, y después cogiéndola sobre los papeles de un cliente, contra el archivero, en el piso, donde cayera. Las ganas estaban intactas desde aquella primera tarde en el hotel.
***
Faltaba una sola cosa: conocer a su familia. Y ahí estuvo la última vuelta de tuerca.
Fuimos una noche a la casa de su padre, una construcción enorme en un barrio cerrado. Entramos tomados de la mano. En el living, de pie, esperaba un hombre de unos sesenta años, traje impecable, cara de no perder nunca una negociación. Renata hizo las presentaciones.
—Pa, él es Damián. Mi novio, y mi socio.
El tipo me miró fijo y se le fue el color de la cara. Yo lo reconocí un segundo después que él a mí.
—Vos sos el pibe que eché de la Vértice por llegar tarde —dijo, despacio.
Se me hizo un nudo en el estómago. Renata nos miraba a uno y a otro sin entender.
—Sí, señor —dije—. Llegué tarde por ayudar a su hija con la bicicleta.
Renata se tapó la boca.
—¡Era él! ¡Lo echaste el día que vine a firmar los papeles!
Hubo un silencio largo, de esos que duran una vida. El viejo me sostuvo la mirada, después miró a su hija, y algo se le aflojó en la cara.
—Te eché sin razón —dijo por fin—. Y terminaste haciendo feliz a mi hija y armando una empresa que anda mejor que algunos de mis negocios. —Estiró la mano—. No podía caerle mejor candidato a esta testaruda. Bienvenido.
Esa noche nos quedamos a dormir en la casa. Y la verdad, todavía me río cuando lo cuento: perdí el mejor trabajo de mi vida por ayudar a una desconocida en la calle, y resultó ser lo mejor que me pasó. A veces las cosas se ordenan justo cuando uno cree que se le están cayendo a pedazos.





