Desperté desnudo a su lado sin recordar la noche
El roce áspero de la sábana contra mi piel desnuda me arrastró fuera de la oscuridad. Un sonido ronco se me escapó de la garganta antes de que pudiera abrir los ojos. La cabeza me latía con un zumbido sordo, un tambor lento que me golpeaba las sienes. Quise moverme y descubrí un peso tibio apoyado contra mi costado. No era una almohada.
Abrí los párpados del todo. El techo de mi habitación giró un instante antes de quedarse quieto. Giré el cuello despacio, oyéndolo crujir, y entonces la vi.
Mariana.
Estaba a mi lado, también desnuda, su cuerpo una curva suave bajo la luz gris que entraba por la persiana. El pelo castaño le caía sobre la almohada en ondas, enmarcando una cara que, incluso dormida, conservaba algo indomable. ¿Mariana? ¿Aquí? ¿Por qué no recuerdo nada? Tenía un agujero negro en la memoria, un vacío que se había tragado las últimas horas de la noche.
Mis ojos bajaron por su cuerpo: la línea de la cadera, el vientre apenas redondeado, los pechos subiendo y bajando con cada respiración lenta. Sentí un escalofrío que no era de frío. Algo en mí, todavía dormido y blando, empezó a despertar.
Ella se removió. Un suspiro corto se le escapó entre los labios entreabiertos. Sus ojos, del color de la miel, se abrieron poco a poco, parpadeando con la misma confusión que sentía yo. Me miró. Una ceja arqueada, una pregunta que no llegó a formular. No había sorpresa en su cara, solo una curiosidad mezclada con algo más hambriento.
El silencio de la habitación era espeso, cargado de preguntas que ninguno de los dos hizo. La tensión crecía con cada segundo que pasaba. Una chispa de picardía se encendió en el fondo de sus ojos.
Se acercó de golpe. El movimiento fue fluido, casi felino, y antes de que pudiera procesarlo su boca ya estaba sobre la mía. No fue un beso tierno ni un beso de tanteo. Fue una declaración. Me succionó el labio inferior, su lengua caliente buscó la mía con un sabor a alcohol de la noche perdida. Mis manos subieron solas hasta su cintura y la atrajeron, sintiendo la suavidad de su piel contra la mía.
Mientras me besaba, una de sus manos se deslizó por mi muslo. Su tacto fue ligero al principio, una caricia apenas. Después se volvió firme, decidido. Me rodeó con la palma, ya duro, y apretó con una seguridad que me arrancó un gemido ahogado. Ella lo absorbió con su boca y profundizó el beso.
Sus dedos empezaron a moverse en un ritmo lento y experto: la base, el tronco, una presión que me hacía hincharme aún más bajo su mano. El placer me recorría como una descarga, concentrándose entre las piernas. Cuando se separó de mi boca, el aire me entró a los pulmones de un solo jadeo.
—¿No recuerdas nada, verdad? —su voz era un susurro ronco, cargado de una malicia juguetona.
Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra, hipnotizado por la forma en que su mano seguía trabajando.
—No importa —siguió, ensanchando la sonrisa—. Lo único que importa es lo que está pasando ahora.
Y entonces se movió. Su cuerpo resbaló hacia abajo por el mío, los pechos rozándome el abdomen, los pezones duros dejando un rastro de calor a su paso. Seguí cada movimiento con la respiración acelerada. Su cabeza se inclinó, el pelo me rozó la piel, y un suspiro se me escapó cuando sentí el calor de su boca.
Su lengua, suave y húmeda, recorrió la punta, y una sacudida de placer me subió por dentro. Después la sentí entera: el calor envolvente, la presión, una destreza que me dejó sin aliento. Las mejillas se le hundían cada vez que me tomaba más profundo, la lengua aterciopelada subiendo y bajando.
—Así… —gemí, los dedos enredados en su pelo, tirando apenas.
Ella respondió con un sonido gutural que me resonó entre las piernas. Sus manos se aferraron a mis muslos, empujándose más abajo, tomándome por completo hasta donde podía. El movimiento era rítmico, y el placer tan intenso que las piernas me temblaban. Oía el sonido húmedo de su boca, el aire entrando y saliendo.
Mis manos bajaron por su espalda, siguiendo la curva de su columna hasta detenerse en la base. Mis dedos resbalaron entre sus nalgas, buscando, hasta encontrar el calor húmedo entre sus piernas. Estaba mojada, vibrante. Tanteé la entrada, la suavidad de sus labios, mientras ella gemía con la boca todavía ocupada.
—Ah… sí… más —murmuró, casi ininteligible.
Mis dedos se adentraron, encontrando el clítoris hinchado bajo el pulgar. Lo estimulé con movimientos lentos y circulares mientras ella seguía con lo suyo. El contraste me abrumaba: el calor de su boca por un lado, la humedad de mis dedos por el otro.
De repente se incorporó, separándose con un sonido húmedo.
—Ahora tú —jadeó, y antes de que pudiera responder, se movió.
Se montó sobre mí dándome la espalda y se deslizó hacia abajo hasta apoyarse sobre mi boca. El olor a sexo, a sudor y a ella misma me invadió los sentidos.
—Cómemelo —ordenó, en un murmullo urgente.
Y lo hice. Mi lengua salió a su encuentro, lamiendo, sintiendo la humedad que se escapaba de ella. El sabor era salado y dulce a la vez, embriagador. Mis manos se aferraron a sus caderas, levantándola un poco para tener mejor acceso. Mi lengua subió hasta el clítoris, lo rozó, lo succionó con avidez.
—Ohhh… Tomás… —gimió, las caderas moviéndose en un ritmo frenético contra mi boca.
Mis dedos, todavía dentro de ella, presionaron con más fuerza mientras mi lengua se concentraba en el clítoris, lamiéndolo, mordisqueándolo apenas. Ella se retorcía sobre mí, los gemidos cada vez más agudos.
—Sí… así… más… —jadeó, todo el cuerpo en tensión.
Hundí los dedos buscando ese punto, presionando con ritmo. Su respiración se volvió errática, los músculos se le contrajeron, y con un grito ahogado se corrió. Su cuerpo se arqueó, los muslos me apretaron la cabeza, y una oleada de calor me inundó la boca. Lo tragué sin dudar.
Los espasmos fueron bajando y su cuerpo se aflojó sobre el mío. Se quedó así un momento, jadeando.
—Otra vez —dijo, con la voz ronca—. Quiero más.
Guió mi cabeza de nuevo entre sus piernas. No tuve que pensarlo. Volví a lamerla con la misma dedicación, los dedos otra vez trabajando dentro, la lengua en el clítoris, llevándola al borde. Los gemidos volvieron, más fuertes, más urgentes. Sus caderas se movían solas, buscando lo que le ofrecía.
—¡Sí! ¡Me corro otra vez! —gritó, y todo su cuerpo se tensó de nuevo, otra oleada inundándome. Esta vez más intensa, más larga. La saboreé entera.
***
Cuando los temblores cesaron, no se levantó. Se quedó sentada a horcajadas sobre mi cintura, de espaldas. Yo seguía duro, palpitando entre sus nalgas. Con un movimiento lento y deliberado me tomó con una mano y me guió hacia ella.
Sentí la punta presionar contra sus labios. Se inclinó un poco hacia atrás y dejó que entrara, lento, suave. El calor y la humedad me envolvieron, una sensación apretada y deliciosa.
—Mmm… ahhh… —gimió, las caderas meciéndose, ajustándose a mí.
El placer era exquisito. Mis manos subieron a sus caderas, guiando el movimiento. Ella se reclinó sobre mi pecho, abriendo un poco más las piernas, y me hundí más profundo.
—Ohhh… eso es… —murmuró, la voz convertida en un jadeo.
Una de mis manos subió por su espalda hasta sus pechos. Los apreté, sintiendo la firmeza de los pezones bajo los pulgares. La otra encontró el clítoris, hinchado y sensible, y lo acaricié con movimientos rítmicos mientras ella cabalgaba sobre mí, subiendo y bajando con una urgencia creciente.
—Ahhh… más fuerte —jadeó, y sus movimientos se volvieron más rápidos.
El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación: el golpe de sus nalgas contra mi pelvis, sus gemidos, mis propios gruñidos. Mis dedos en sus pechos, mis pulgares en su clítoris, y ella retorciéndose, buscando más.
—¡Me corro otra vez! —gritó, y sus músculos se cerraron a mi alrededor. Un temblor la recorrió entera, las caderas apretándose contra las mías, exprimiendo cada gota de placer. Su gemido se convirtió en un grito largo.
Cuando los temblores bajaron, la moví con suavidad. Ella resbaló fuera de mí, todavía empapada. Con un movimiento rápido la giré y la dejé boca abajo sobre la cama, las nalgas redondas alzándose en una invitación. Me arrodillé detrás de ella.
—¿Lista para más? —le susurré al oído, la voz ronca de deseo.
Ella gimió, el cuerpo todavía tembloroso.
—Siempre —murmuró contra la almohada.
Abrió un poco las piernas. Me deslicé entre sus nalgas hasta encontrar la entrada y, con un empuje lento y firme, me adentré en ella.
—Ahhh… —suspiró.
La sentí apretada, caliente, envolviéndome. Sus músculos se cerraron a mi alrededor y no pude contener un gruñido. Mis manos se apoyaron en sus caderas, marcando un ritmo lento que poco a poco se fue volviendo más rápido, más fuerte. La cama crujía bajo nuestro peso.
—¡Más! ¡Más fuerte! —jadeó, la voz temblándole.
Y le di más. Mis embestidas se volvieron salvajes, hundiéndome una y otra vez, llenándola por completo. Con cada empuje su clítoris rozaba la base de mi cuerpo, y eso solo la encendía más.
—¡Sí! ¡No pares! —gritó, arqueándose, las nalgas alzándose hacia mí.
La cambié de posición otra vez, esta vez a cuatro patas en el borde de la cama, las manos aferradas al colchón. Me puse de pie detrás de ella. El ángulo era perfecto. Volví a entrar, y la sentí aún más mojada, más apretada. Me incliné, las manos en sus caderas, las embestidas más profundas, más potentes.
—Ahhh… Tomás… —gimió, la voz quebrándose.
Mientras la embestía, mi pulgar buscó el borde de su otra entrada y presionó apenas. Ella se tensó.
—Por ahí no… —murmuró, casi inaudible.
Bajé el ritmo. La miré por encima del hombro.
—¿Segura? —pregunté, esperando.
Tardó un segundo. Después arqueó la espalda y empujó hacia atrás, contra mi pulgar.
—Despacio —pidió, y eso fue todo lo que necesité oír.
Con un movimiento suave, mi pulgar se adentró. Sus músculos se contrajeron alrededor, pero las embestidas en su sexo la mantenían al borde, incapaz de articular palabra. El placer y la sorpresa se mezclaban en su cara. Mis embestidas se volvieron más rápidas, el pulgar moviéndose dentro de ella, mientras yo seguía golpeando el fondo.
—¡Me corro! ¡Ahhhhh! —gritó, y todo su cuerpo se cerró de golpe a mi alrededor. Un torrente de calor se derramó de ella, exprimiéndome con una fuerza increíble.
Aproveché el momento, con sus músculos todavía relajados por el orgasmo. Saqué mi pulgar y, despacio, presioné contra esa entrada con la punta. Mariana se incorporó un poco.
—Despacio… —repitió, conteniendo el aliento.
Empujé con cuidado. Sentí una resistencia leve y luego un estiramiento. Un gemido de sorpresa se le escapó.
—Ah… —jadeó, el cuerpo tenso.
Me detuve, dejándola acostumbrarse. Cuando su respiración se asentó, empujé un poco más. El primer instante de incomodidad dio paso a otra cosa, una sensación nueva, prohibida, que la hizo gemir distinto.
—No pares… —murmuró, y esta vez la voz le pedía exactamente lo contrario a antes.
Empecé a moverme con un ritmo lento y profundo. El sonido era más seco, más contundente. Mis manos se aferraron a sus caderas, atrayéndola, y la otra subió hasta sus pechos, los pezones duros bajo mis dedos.
—Ahhh… sí… —gimió, la voz subiendo con cada embestida.
Entonces sus propias manos bajaron, buscándose, todavía sensible por los orgasmos anteriores. Empezó a acariciarse mientras yo seguía detrás de ella. La visión de Mariana a cuatro patas, penetrada por mí y trabajándose a sí misma al mismo tiempo, me llevó al límite.
—¡Córrete para mí! —le grité, la voz rota de deseo.
Ella gimió, los ojos cerrados, la cara contraída de placer, los dedos moviéndose con una urgencia frenética.
—¡Sí! ¡Me corro! —gritó, y su cuerpo se tensó por última vez, los músculos cerrándose alrededor de mí con una fuerza brutal.
Fue demasiado. Un gemido gutural me subió desde el fondo, mi cuerpo entero se arqueó, y sentí el calor brotar de mí dentro de ella. La combinación de su contracción y mi propio orgasmo fue el más explosivo de mi vida.
Me quedé quieto un momento, jadeando, todavía pulsando dentro de ella. Mariana también estaba inmóvil, temblando, las manos aún entre sus piernas. El silencio volvió a la habitación, pero esta vez lleno de la resonancia de nuestros gritos, del olor a sexo y a sudor que llenaba el aire.
Despacio, salí de ella. Mariana se desplomó sobre la cama, el cuerpo agotado, una sonrisa satisfecha extendiéndose por su cara. Me senté a su lado, la respiración irregular.
Ella giró la cabeza para mirarme, los ojos brillantes, el pelo pegado a la frente por el sudor.
—Ha… —jadeó, todavía ronca—. Ha estado genial.
Me incliné y la besé, esta vez suave, despacio, saboreando lo que quedaba en sus labios.
—Lo fue —murmuré.
Nos quedamos así, en silencio, los cuerpos entrelazados, la memoria de lo que acabábamos de hacer grabada a fuego. Seguía sin recordar cómo habíamos llegado hasta ahí, pero en ese momento daba igual. Lo único que importaba era lo que habíamos compartido. Y la promesa silenciosa de que habría más.