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Relatos Ardientes

El que me humillaba volvió y no pude decirle que no

Mariana caminaba por las calles de Córdoba con el sol de la tarde pegándole en la piel, y por primera vez en mucho tiempo se sentía dueña de su propio cuerpo. Hubo una época en que cada espejo era un enemigo. En los años de la facultad había sido una chica insegura, rellenita, blanco fácil de todas las burlas. Y entre todos los que la marcaron, ninguno tanto como Damián.

Él y su grupo la acosaban sin tregua, pero Damián era el peor de todos. La acorralaba en los pasillos vacíos del edificio de aulas, se reía de su cuerpo, la tocaba como si tuviera algún derecho sobre ella. Lo más perverso de todo era que el cuerpo de ella, joven y traicionero, respondía aunque la cabeza quisiera salir corriendo.

—Mirá cómo te ponés por mí —le susurraba al oído, y ella se moría de vergüenza y de algo más que no se animaba a nombrar.

Con los años, Mariana cambió. Dietas, gimnasio, una disciplina que se volvió obsesión. Ahora era una mujer delgada, de curvas firmes y una seguridad nueva que hacía girar cabezas en la calle. Pero los recuerdos seguían ahí, latiendo como una herida que nunca terminó de cerrar del todo.

Esa tarde, en un café del centro, lo vio. Damián, sentado solo en una mesa junto a la ventana, más grande, más maduro, pero con la misma arrogancia tatuada en la mandíbula. El corazón le dio un vuelco seco. Él levantó la vista y la reconoció al instante.

—¿Mariana? No puede ser. Estás… distinta.

Ella se acercó temblando por dentro, pero con la espalda recta. Charlaron de cualquier cosa, de la vida, de quién quedó dónde. Y mientras hablaban, en su mente volvían los flashes: él empujándola contra una pared, las manos donde no debían, esa voz baja que la hacía odiarse por mojarse.

¿Por qué todavía me pasa esto?, pensó, sintiendo el calor subiéndole por dentro mientras él hablaba.

Salieron juntos del café como si nada, como si quince años de rencor no existieran. Damián la invitó a su departamento, «para ponernos al día». Ella aceptó sabiendo perfectamente que era una pésima idea. En el ascensor, el silencio era denso. Él la recorrió de arriba abajo, sin disimular.

—Antes te escondías debajo de la ropa. Ahora te la querés sacar vos sola, ¿no?

Las palabras la golpearon como antes, pero en lugar de enojarse, un latido sordo le bajó hasta la entrepierna.

***

El departamento era moderno, impersonal, en pleno Nueva Córdoba. Apenas cerraron la puerta, él la empujó contra la pared del recibidor, igual que en los viejos tiempos.

—Revivamos viejos recuerdos —murmuró, y la besó con fuerza, sin pedir permiso.

Mariana gimió contra su boca, las manos temblándole sobre el pecho de él.

—Damián… esto es una locura —dijo, pero la voz le salió rota, sin convicción.

Él se rio bajito, mordiéndole el labio.

—Sí que querés. Siempre quisiste.

Le abrió la blusa de un tirón, los botones saltando. Le amasó los pechos con una rudeza calculada, pellizcándole los pezones hasta arrancarle un quejido.

—Me hacés doler —jadeó ella.

—Ya lo sé.

Bajó la boca y le mordió uno, sin suavidad. Mariana arqueó la espalda contra la pared, un gemido escapándosele entre los dientes apretados. Él le subió la falda y le metió la mano dentro de la ropa interior con una sola orden silenciosa.

—Mojada. Como siempre. No cambiaste nada por dentro.

Ella cerró los ojos, dejándose invadir por esos dedos que conocía de memoria. Recuerdos enteros la inundaban: la humillación de antes, la mezcla imposible de rabia y deseo. Solo que ahora era ella la que abría las piernas, voluntaria, rendida.

***

La llevó hasta el sillón y la dobló sobre el respaldo. Le bajó la ropa interior de un movimiento y le dejó el culo expuesto bajo la luz de la tarde.

—Antes te tapabas hasta para mí. Mirate ahora.

Le dio una nalgada que tronó en el ambiente. Mariana gritó, pero el ardor se le mezcló con un placer que la avergonzaba reconocer. Él se desabrochó el pantalón y la penetró de una sola embestida, sin preámbulos.

—Decime que es lo que querías —gruñó, agarrándola del pelo para arquearla.

—Es lo que quería… seguí —suplicó ella, las uñas clavadas en el tapizado.

Él empezó a moverse con fuerza, cada empellón reviviendo algo enterrado. Le hablaba al oído, esa voz que tantas noches la había perseguido.

—¿Te acordás cuando te acorralaba y nadie te creía capaz de bancártelo? Mirá quién aguanta ahora.

Mariana gemía sin pudor, el sillón crujiendo bajo el peso de los dos. Se incorporó, lo empujó, lo hizo sentarse, y se montó encima con una sonrisa que no le conocía a sí misma.

—Mirá cómo te uso yo ahora —le dijo, cabalgándolo despacio, haciéndolo esperar.

Él le apretó las caderas, sorprendido y excitado por igual.

—Sos otra. Pero por dentro seguís siendo la misma viciosa.

Ella se corrió primero, las piernas temblándole, el placer cerrándose alrededor de él como un puño. Damián la sostuvo, embistiendo desde abajo hasta vaciarse, los dos jadeando, empapados, mirándose como si recién se reconocieran.

***

Después se quedaron tirados en la cama, sudados y rendidos. El aire olía a sexo. Mariana tenía la cabeza apoyada en el pecho de él, escuchándole el corazón todavía acelerado, mientras él le recorría perezosamente la curva de la cintura con la punta de los dedos.

Estuvieron en silencio un rato largo, hasta que ella lo rompió con la voz muy baja.

—Damián… hay algo que nunca le conté a nadie. Sobre por qué empecé a cambiar tanto. No fue solo por vos y lo de la facultad.

Él giró la cabeza, curioso.

—Contame.

Ella tragó saliva, mordiéndose el labio.

—Después de recibirme, en mi primer trabajo de verdad, en un estudio de diseño. La fiesta de fin de año. Yo todavía estaba como en la facultad, más o menos igual. Tenía vergüenza de mi cuerpo, pero fui igual. Me puse un vestido negro que me apretaba todo. Y ahí estaba Sebastián.

Damián arqueó una ceja, la mano deteniéndose en su cadera.

—¿Quién es Sebastián?

—Un compañero de otro equipo. Alto, callado, cara de bueno. Me invitó a bailar, me dio unos tragos. Por primera vez en años me sentí deseada. Terminamos en el baño que habían alquilado para la fiesta. Nadie nos vio entrar.

Hizo una pausa. Damián ya tenía la respiración más pesada.

—Seguí.

Mariana cerró los ojos, reviviéndolo.

—Me apoyó contra la pared y me levantó el vestido sin decir una palabra. Me metió los dedos directo. Yo ya estaba mojada, aunque tuviera miedo. Me dijo al oído algo que me dio vergüenza y me prendió fuego al mismo tiempo. Después me dio vuelta, me puso las manos contra los azulejos fríos y me la metió de golpe. Me partió en dos.

Se le escapó un gemido solo de recordarlo. Damián le pellizcó un pezón, animándola a seguir.

—¿Te dolió?

—Muchísimo. Pero no paré de mojarme. Me cogía fuerte, sin cuidado, tapándome la boca para que no se oyera. Me decía cosas horribles, que nadie me iba a dar suave, que las chicas como yo nos teníamos que conformar. Yo lloraba… y me corría. Las dos cosas a la vez. Cuando terminó, me dejó ahí, con el vestido arrugado, y me dijo al pasar que si quería que me trataran distinto, primero tenía que cambiar yo.

Silencio. Damián respiraba hondo, los ojos brillándole de un morbo oscuro.

—¿Y por eso adelgazaste? ¿Por ese tipo?

Ella asintió, vulnerable.

—Me destrozó el alma. Pero también me encendió algo. Quería dejar de ser la que se conformaba. Y mirá cómo terminé: de vuelta con vos, que me hacías lo mismo. Y recién ahora me doy cuenta de que me encanta. Me encanta que me usen, que me lo digan en la cara, que me rompan… aunque llore.

***

Damián la besó con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta. Cuando se separó, tenía una sonrisa torcida.

—Estás más rota que yo, Mariana. Y me encanta. ¿Querés que te haga lo mismo que ese? ¿Que te trate como te trataban antes, aunque ahora seas perfecta?

Ella gimió, abriendo las piernas por instinto. Ya estaba empapada otra vez.

—Sí. Tratame como si todavía fuera esa de antes. Decímelo, aunque sepas que no es verdad.

Damián no esperó más. La puso boca abajo, le separó las nalgas con rudeza y escupió antes de frotar con los dedos.

—Llorá. Llorá como esa noche —le ordenó.

Ella empezó a sollozar de mentira, pero pronto se volvió real: el morbo, la humillación, los recuerdos, todo junto. Él apoyó la punta y empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta hundirse entero.

—Llorá más fuerte —gruñó, agarrándola del pelo—. Decime que te lo merecés.

—Me lo merezco —jadeó ella entre lágrimas—. Seguí, Damián. Como esa vez.

Él aceleró, la pelvis chocando contra ella con sonidos húmedos y secos, dándole nalgadas mientras la cogía.

—Sebastián te hizo llorar. Yo te voy a hacer llorar y correr al mismo tiempo. Esa es la diferencia.

Mariana se corrió primero, temblando entera, el cuerpo apretándose alrededor de él. Damián gruñó, embistió más profundo y se vació con un estremecimiento largo, derrumbándose después sobre la espalda de ella.

Quedaron así, jadeando, pegados por el sudor. Él la abrazó por detrás.

—Ese tipo fue un imbécil —murmuró—. Pero gracias a él terminaste acá. Conmigo.

Mariana sonrió entre lágrimas y giró la cabeza para besarlo.

—Y vos sos el que me hace feliz siendo lo que soy. No pares nunca. Quiero más. Quiero que me hagas llorar de nuevo… pero que esta vez me hagas terminar después.

Él se rio bajito, mordiéndole el cuello.

—Tranquila. Esto recién empieza. Mañana te llevo a algún lado más arriesgado y te cojo pensando en cómo eras antes. Vas a llorar y vas a terminar al mismo tiempo, te lo prometo.

Ella se estremeció de anticipación, el cuerpo todavía latiendo, vacío y ansioso a la vez.

Y así siguieron, noche tras noche, alimentando un fuego que otro había encendido sin saberlo y que Damián ahora avivaba sin culpa. Lo que para cualquiera habría sido una herida, para Mariana se había vuelto un secreto que cuidaba con devoción: el deseo más oscuro y, paradójicamente, el más libre que había sentido nunca.

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Comentarios (5)

Lau_BsAs

Me enganche desde el primer parrafo!! tremendo relato

Rebeca_Norte

Que mezcla de sentimientos... creo que muchas podemos entender esa confusion aunque no lo admitamos. Muy bien escrito

GaboSanchez

parece una confesion de verdad, no un relato inventado. se nota que es genuino

VeroLectora

Lo lei de una sola tirada sin poder parar. La tension que transmite es impresionante, se siente real. Espero que haya mas de este estilo!!

PatriM_92

Quede con muchas ganas de saber como termino todo esto. Hay segunda parte?

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