La mujer madura del bar que me eligió esa noche
Hay cosas que uno no cuenta ni a su mejor amigo, y esta es una de ellas. La conocí un martes cualquiera, en un bar de barrio adonde yo iba a beber solo después del trabajo. Tenía treinta años y la certeza estúpida de que ya lo sabía todo. Ella entró con el pelo recogido y unas canas que no se molestaba en disimular, y de pronto el resto de las mujeres del local dejó de existir.
Se sentó dos taburetes más allá y pidió un whisky sin hielo. Le calculé unos cuarenta y tantos, diez más que yo por lo menos. No era la edad lo que me cortó la respiración, sino la manera en que sostenía el vaso, como si nada en el mundo le quedara por demostrar.
—¿Siempre mirás así a las desconocidas? —dijo sin girar la cabeza.
—Solo cuando vale la pena —contesté, y me sorprendió mi propio descaro.
Sonrió de lado. Se llamaba Mariela. Hablamos una hora larga de cosas que ya no recuerdo, porque toda mi atención estaba puesta en otra parte: en la línea de su escote, en cómo cruzaba las piernas, en esa risa ronca que me ponía nervioso como a un adolescente. Yo intentaba parecer interesante. Ella me dejaba hacer, con la paciencia de quien ya conoce el final de la película.
—Chico —me interrumpió de golpe—, ¿vas a invitarme a tu casa o vas a seguir hablando del fútbol?
No supe si reírme o agradecer al cielo.
Vivía yo a tres cuadras, en un departamento de soltero con la cama sin hacer. No le importó. Apenas cerré la puerta, me empujó contra ella y me besó como si llevara semanas pensándolo. Su boca sabía a whisky y a algo más viejo, a experiencia, a todas las veces que alguien la había besado antes y no había estado a la altura. Le devolví el beso con torpeza, con ganas, y ella me mordió el labio inferior para que bajara el ritmo.
—Tranquilo —murmuró contra mi boca—. No tengo apuro. Y vos tampoco deberías.
Me llevó de la mano hasta el dormitorio. Ahí, frente a la ventana sin cortina, se desnudó despacio, sin teatro y sin vergüenza. Su cuerpo no era el de una chica de veinte y ella lo sabía perfectamente: los pechos más bajos, el vientre suave, las caderas anchas. Pero había en esa desnudez una seguridad que yo nunca había visto en nadie. No pedía permiso para gustarme. Simplemente gustaba.
—¿Qué mirás? —preguntó.
—A vos —dije, y era la verdad más limpia que había dicho en años.
Se acostó en mi cama y me hizo un gesto con el dedo. Me saqué la ropa como pude, las manos torpes, y me tendí sobre ella. Empezó a guiarme con la voz, con las uñas en mi espalda, con la presión justa de su muslo entre mis piernas. Cuando le besé el cuello suspiró bajo. Cuando bajé hasta sus pechos y le tomé un pezón en la boca, me sujetó la cabeza para que no me apurara.
—Más despacio. Tenemos toda la noche.
Bajé por su vientre besando cada centímetro, y ella abrió las piernas sin que yo se lo pidiera. La encontré húmeda, abierta, lista. La lamí torpe al principio, buscando el ritmo, hasta que su mano en mi nuca me marcó dónde y cómo. Aprendí rápido. Cuando empezó a respirar más fuerte y a apretarme con los muslos, supe que iba bien.
—Ahí, justo ahí —dijo entre dientes—. No pares.
No paré. Se corrió con un temblor largo, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar, y por primera vez en mi vida sentí que el placer de otra persona valía más que el mío. Subí de nuevo hasta su boca y me besó saboreándose, sin asco, riéndose de mi cara de orgullo.
—Nada mal para un pendejo de treinta —dijo—. Ahora cogeme.
La penetré despacio, mirándola a los ojos, y ella sostuvo mi mirada todo el tiempo. No cerró los párpados ni una vez. Me clavaba esos ojos oscuros mientras yo me movía, y esa intensidad me desarmaba más que cualquier cosa. Me rodeó la cintura con las piernas y marcó el ritmo con las caderas, enseñándome sin palabras cómo le gustaba: hondo, firme, sin prisa hasta el final.
—Así —jadeaba—. Sentí cómo te aprieto.
La di vuelta. Quedó boca abajo, levantó la cadera y me ofreció esa espalda ancha y esas nalgas que pedían manos. La tomé de la cintura y la embestí más fuerte. Ella hundió la cara en la almohada y empujó hacia atrás, encontrándome a mitad de camino en cada golpe.
—Más —pidió, la voz ahogada en la tela—. Más fuerte, no te voy a romper.
Aguanté todo lo que pude. Cuando ya no di más, me corrí dentro de ella con un gruñido que no reconocí como mío. Caímos los dos de lado, sudados, su espalda contra mi pecho, mi brazo cruzado sobre su cintura. Me besó la mano en silencio. Afuera empezaba a llover.
***
Pensé que sería una noche y nada más. Me equivoqué. Tres días después golpeó mi puerta sin avisar, con una botella de vino tinto y la misma sonrisa de lado.
—No te ilusiones —dijo entrando—. Solo me aburría.
Mentía, y los dos lo sabíamos. Así empezó lo que duró meses: ella aparecía cuando quería, se iba cuando quería, y entre medio me enseñaba cosas que yo creía saber y no sabía. Mariela cogía como vivía, sin pedir disculpas. Una noche me ataba las muñecas con su propio cinturón y se sentaba encima a tomarse su tiempo; otra me arrodillaba en el piso y me hacía esperar mientras se desnudaba mirándome desde la cama.
—La paciencia es lo único que les falta a los jóvenes —decía—. Lo demás se aprende.
Aprendí. Aprendí a leer su respiración, a saber cuándo quería ternura y cuándo quería que la tratara sin delicadeza. Aprendí que el cuerpo de una mujer que ya vivió pesa distinto entre las manos, que cada arruga era un mapa y no un defecto. Le besaba el vientre blando y ella me revolvía el pelo, medio burlona, medio conmovida.
Había una noche en particular que vuelvo a ver completa. Llegó empapada de lluvia, se quitó la ropa mojada en mi living y me ordenó que me arrodillara antes de tocarla siquiera. La obedecí con la boca seca. De pie contra la pared, abrió las piernas y me dejó probarla largo rato, hasta que las rodillas se le doblaron y tuvo que apoyarse en mi cabeza para no caer.
—Levantate —jadeó después—. Ahora me lo debés.
Me llevó al sillón, se sentó encima y se tomó su tiempo otra vez, esa eternidad lenta que era su firma. Yo le sostenía las caderas mientras subía y bajaba, las uñas clavadas en mi pecho, los dientes apretados. Cuando finalmente la sentí temblar entera, me dejó terminar y se quedó quieta sobre mí, recuperando el aire, con una sonrisa que valía más que cualquier palabra.
—Sos un sentimental —me decía—. Eso te va a hacer sufrir.
Una de esas noches me pidió algo que nunca había hecho con nadie. Estábamos los dos agitados, ella boca abajo otra vez, y me guio la mano hacia donde yo no me había animado.
—Despacio —advirtió—. Con saliva, con calma. Si lo hacés bien, te lo voy a agradecer.
Lo hice como me indicó, centímetro a centímetro, atento a cada sonido que salía de ella. La sentí ceder, abrirse, tensarse y después relajarse contra mí. Cuando estuvo del todo dentro, se quedó quieta unos segundos, respirando hondo, y luego empezó a moverse ella sola.
—Quieto —ordenó—. Dejame a mí.
Obedecí, porque con ella obedecer era el mejor de los placeres. Marcó el vaivén sin apuro, una mano entre sus propias piernas, hasta que su cuerpo entero se sacudió en un temblor que la dejó sin voz. Yo la seguí enseguida, abrazado a su espalda, la cara enterrada en su nuca que olía a sudor y perfume gastado.
—¿Ves? —dijo después, todavía jadeando—. Hay cosas que solo una mujer grande te va a enseñar bien.
***
El problema no fue el sexo. El problema fue que me enamoré, justo lo que ella había predicho la primera semana. Empecé a querer cosas de día: un café compartido, una mano en la mía por la calle, saber dónde dormía cuando no dormía conmigo. Mariela olía esas ganas a kilómetros y las cortaba de raíz.
—No te confundas —me dijo una madrugada, vistiéndose en la oscuridad—. Esto es lo que es. El día que quieras casarte, va a ser con una de tu edad. Yo no estoy para arreglar la vida de nadie.
—¿Y si no quiero a una de mi edad?
Se quedó callada un momento, con la blusa a medio abrochar. Por primera vez la vi dudar.
—Entonces sos más tonto de lo que pensaba —dijo al fin, y me besó la frente como se besa a alguien de quien uno se despide.
La última vez fue en su casa, no en la mía. Me dejó entrar a su mundo por una sola noche: las fotos en la repisa, el aroma a su jabón, la cama grande donde dormía sola. Me cogió despacio esa vez, casi con dulzura, mirándome a los ojos como la primera noche en el bar. No hubo cinturones ni órdenes ni juegos. Solo dos cuerpos y un final que los dos veíamos venir.
—Acordate de mí cuando estés con otra —susurró al terminar, acariciándome la cara—. Y no le cuentes que existí.
No volvió a golpear mi puerta. Pasé semanas yendo a aquel bar con la esperanza estúpida de verla pedir un whisky sin hielo. Nunca apareció. Con el tiempo conocí a otras, salí, hasta llegué a pensar que la había olvidado.
Mentira. Todavía la recuerdo. Cada vez que una mujer me sostiene la mirada sin miedo, vuelvo a tener treinta años y a creer que no sé nada. Y la verdad, Mariela, dondequiera que estés: nunca volví a saber tanto como la noche en que vos me elegiste a mí.