Soy hetero y no dejo de fantasear con otro hombre
Tengo treinta y cuatro años y, hasta hace poco, mi vida sexual había sido una línea recta. Predecible, cómoda, sin sorpresas. Siempre me consideré heterosexual sin pensarlo dos veces. Me gustan las mujeres: sus curvas, la suavidad de la piel, la forma en que huelen al despertarse. Tuve relaciones largas y otras de una sola noche, y nunca me faltó deseo. Era lo natural para mí, lo que mi cuerpo conocía de memoria.
Y entonces, hace unos meses, algo cambió. No de golpe. Fue una semilla pequeña, una curiosidad que empezó a crecer en silencio, y que no me deja en paz.
A veces, en el gimnasio, veo a un tipo bien armado, de hombros anchos, con esa seguridad que se le nota en la mirada, y siento un cosquilleo raro en el estómago. No es amor. No es siquiera ternura. Es una curiosidad puramente física que nunca antes había experimentado. Me pregunto cómo sería estar con otro hombre. Tocar una piel más áspera que la mía, notar una fuerza distinta, opuesta a la blandura femenina a la que estoy acostumbrado.
Es un pensamiento prohibido. Me asusta un poco. Pero también me excita en secreto, y esa es justamente la parte que no me atrevo a decir en voz alta, ni siquiera frente al espejo.
La primera vez que me pasó fue casi un accidente. Estaba terminando una serie de press de banca cuando un tipo nuevo se sentó en la máquina de enfrente. Tendría mi edad, la espalda ancha, los antebrazos marcados, y se secaba el sudor con el borde de la camiseta dejando ver una franja de piel. No pude apartar la vista. Sentí calor en la cara, como si me hubieran pillado en algo, aunque no había hecho nada. Esa noche, en casa, volví a pensar en él. Y al día siguiente. Y al otro.
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La curiosidad se volvió una obsesión callada que no puedo dejar de alimentar. Me paso el día imaginando la escena, recreándola con un nivel de detalle que a mí mismo me sorprende. Solo de pensarlo se me acelera el pulso y se me seca la garganta.
El centro de mi fantasía es arrodillarme. No se trata únicamente de mirar o de tocar, sino de ponerme de rodillas ante alguien que encarna esa masculinidad que quiero explorar. Pienso en su miembro, duro y firme, tan distinto al mío. En cómo sería sentir su peso en la palma de la mano, acariciar una erección que no es la mía, notar su temperatura y su rigidez bajo los dedos. Me fascina la idea de que sea real, grande, contundente. Un símbolo viril que exige sumisión.
Y después está el sabor. Ese es el detalle que de verdad me desarma. Quiero probarlo, sentir ese gusto único y salado mientras me entrego a su placer. Imaginar su glande en mi boca, sentir cómo reacciona a mi lengua, me provoca una mezcla de nervios y excitación visceral que jamás sentí con una mujer. Es extraño, sí. A ratos me siento culpable, confundido. Pero esa misma sensación de transgresión es lo que más me calienta.
Cuando estoy a solas, los pensamientos se vuelven cada vez más gráficos. La fantasía de hacerle una mamada no es solo el acto mecánico de usar la boca; es la entrega total al momento. Imagino el ritmo, la humedad, la forma en que respiraría. Y sobre todo el final. Pensar en recibir su descarga dentro de la boca me deja la respiración corta. Visualizo ese instante de liberación, el calor repentino en el paladar, decidir si tragar o retenerlo allí, saboreando el resultado de haberlo llevado al límite. Lo deseo con una urgencia que me da miedo.
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Lo más curioso es cómo se mezcla todo esto con lo que veo todavía en la pornografía hetero. Sigo mirando mujeres. Pero mi mirada cambió de lugar. Cuando veo a una actriz recibir una corrida en la cara, sonriendo a la cámara, ya no siento deseo por ella. Siento una envidia profunda, casi infantil. Me pongo en su lugar. Imagino que el que está arrodillado soy yo, recibiendo ese tributo en mi propia piel.
La idea de pasarme el semen de las mejillas a los labios me resulta morbosa de una manera que no sabía que existía. Me pregunto cómo sería la textura, verla brillar, tener que limpiarme con la lengua o con los dedos. No sé si me animaría a hacerlo de verdad, si perdería el coraje en el último segundo. Pero la sola idea de ser tan sucio, tan rendido al placer de otro, me mantiene despierto de noche, deseando que la fantasía se vuelva tangible.
¿En qué momento dejé de reconocerme?
Hay noches en que abro la conversación de alguna aplicación, esas de hombres que buscan a otros hombres, y me quedo mirando las fotos sin escribir nada. Veo perfiles a pocas calles de mi casa: tipos comunes, con trabajo, con rutina, que en sus mensajes describen exactamente lo que yo no me atrevo a pedir. Escribo una frase, la borro. Escribo otra, la borro. Me imagino la cita, el portal, el ascensor, el primer roce torpe. Y entonces cierro el teléfono de golpe, con el corazón latiéndome en la garganta, prometiéndome que mañana lo voy a olvidar. Nunca lo olvido.
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El sexo anal es el lugar exacto donde mi deseo choca de frente con mi miedo. Una contradicción permanente. Por un lado, me atrae de manera visceral la idea de ser penetrado. Pienso en la humillación y en la sumisión de abrirme para otro hombre, en ceder el control, en sentir cómo me llenan. Es una fantasía que me deja sin aire, imaginando una polla grande entrando en mí, cruzando esa barrera por primera vez.
Por el otro, me aterra. Me da miedo el dolor, no saber si voy a poder, si va a ser demasiado. Mis parejas, siempre mujeres, fueron más bien tradicionales en eso. Ninguna me dejó probar con mi miembro ese terreno; todas pusieron un límite firme allí. Aunque recuerdo a una en particular, con quien viví algo muy intenso. Ella me dejaba comerle el culo, y la verdad es que me volvía loco. El sabor, la intimidad de ese gesto, ver cómo se retorcía de placer mientras lo hacía. Fue lo más cerca que estuve de esa zona. Y sin embargo, teniendo acceso libre, nunca me permitió entrar. Ese «no» se me quedó grabado, como si fuera un territorio vedado para siempre.
Ahora, cuando me meto bajo la ducha y el agua cae sobre mi nuca, los instintos toman el mando. Me meto un dedo, despacio, sintiendo la tensión y la elasticidad de mi propia carne. En esos momentos cierro los ojos y dejo de ser yo. Imagino que no es mi dedo, sino una verga de verdad. A veces fantaseo con un desconocido, alguien a quien no volvería a ver. Otras, mi cabeza viaja directo a los machos del gimnasio, esos tipos que levantan hierro y desbordan fuerza. Me imagino que soy su juguete, que me usan solo para su gusto, y mientras empujo el dedo más adentro, deseo con desesperación que fuera real.
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El gimnasio se transformó en un campo minado de excitación. Llegué a un punto en el que planifico mis entrenamientos solo para poder usar las duchas en el horario más vacío. Necesito estar a solas, o al menos sentir que tengo un rincón donde dejarme llevar sin que nadie me note. Pero incluso cuando hay gente, el impulso es más fuerte que la vergüenza. No puedo evitar desviar la vista, robar miradas furtivas hacia los otros hombres mientras se cambian o se enjabonan.
Me obsesionan. Las veo en todos los estados: algunas blandas, colgando pesadas; otras, por el calor del agua, empezando a endurecerse de a poco. Me fijo en cada detalle, en cómo se balancean al caminar, en los tamaños. Algunas peludas, brutas, viriles. Otras depiladas, lisas, casi elegantes. Cada una dispara en mí esa misma mezcla de deseo y de nervios que ya no sé cómo apagar.
Mi mente se desboca conectando esas imágenes con lo que acabo de ver en la sala de pesas. Pienso en los tipos que estaban haciendo remo o levantando para los bíceps, sudando, apretando los dientes. Solo que ahora no los imagino con las máquinas, sino usándome a mí como su instrumento. Fantaseo con que me tienen agarrado y me dan durante horas, como parte de su rutina. Me veo en medio de ellos, siendo el objeto de su descarga, usado por sus cuerpos fuertes para calmar los instintos más básicos.
Una tarde estuve a punto. Quedaban dos tipos en los vestuarios además de mí. Uno se duchaba de espaldas, dejando que el agua le corriera por la columna; el otro se enjabonaba despacio, sin pudor, como si estuviera solo en el mundo. Me senté en el banco fingiendo revisar el móvil, con la toalla en la cintura y el pulso desbocado. Por un segundo pensé en cruzar las tres baldosas que me separaban de él y simplemente mirarlo a los ojos, dejar que entendiera. No hizo falta valor para imaginarlo: la escena se armó sola en mi cabeza, completa, nítida. Lo que me faltó fue el último paso. Me vestí con las manos temblando y salí a la calle como si huyera de un incendio.
En el coche, todavía con el pelo mojado, me quedé quieto mirando el volante. Sentía rabia y alivio en la misma proporción. Rabia por no atreverme. Alivio por seguir, una noche más, del lado seguro de la línea. Y debajo de las dos cosas, intacto, ese deseo que no se apaga con nada.
La idea de ser el recurso que esos hombres usan para desfogarse después de tanta tensión me tiene permanentemente al borde. Y lo peor —o lo mejor, ya no lo sé— es que cuanto más lo pienso, menos me importa entender qué soy. Hetero, curioso, otra cosa. Las etiquetas dejaron de servirme. Lo único cierto es el cosquilleo en el estómago, la garganta seca, y esa fantasía que cada noche se hace un poco más difícil de contener.
Quizás algún día deje de imaginarlo. O quizás algún día, simplemente, baje las escaleras hacia esas duchas y deje que pase.