Entré a la ducha pensando que era mi novio
Mi novio, Damián, vivía con su padre en un departamento pequeño del centro. Damián trabajaba de día y su padre, el señor Rivas, hacía siempre el turno de noche. Casi todas las tardes, al salir yo del trabajo, me pasaba por ahí: nos duchábamos juntos, cenábamos cualquier cosa y nos dábamos un revolcón rápido antes de que su padre se fuera. El que llegaba primero se metía bajo el agua y esperaba al otro. Casi siempre era Damián, así que yo entraba y me unía a él.
Me llamo Lorena, tengo veintinueve años. Soy de pelo castaño y ojos oscuros, de cara redonda y algo cachetona. Tengo los labios gruesos y un lunar justo encima de la boca que, con mis lentes de miope, me da un aire entre tierno y travieso que a los hombres parece gustarles.
Hace unos años fui mamá y nunca terminé de bajar todo lo que subí. Pero buena parte de ese peso se me fue al pecho, así que tengo unas tetas enormes y no me quejo. Al contrario, esa parte del cambio me la quedo encantada.
Cuento esto porque hace poco me pasó algo que todavía no me saco de la cabeza. Lo escribo aquí porque no se lo puedo contar a nadie que conozca.
***
Aquella tarde empujé la puerta del departamento agotada, después de un día larguísimo. El lugar estaba en silencio, como cada vez que uno de los dos llegaba antes. Me quité los zapatos y caminé despacio hacia el baño. Se oía el ruido del agua: Damián había llegado primero.
Esa era nuestra rutina y me la sabía de memoria. Desnudarnos, meternos juntos bajo el chorro, dejar que el vapor nos aflojara el cansancio del día y después, antes de que su padre saliera al trabajo, terminar pegados contra los azulejos.
Me saqué la blusa y la falda en el pasillo, dejé que mis pechos pesados se soltaran del sostén y las bragas cayeron al suelo. Solo de imaginarlo esperándome ya sentía esa humedad familiar entre las piernas. Caminé descalza, todavía sonriendo, pensando en cómo iba a sorprenderlo.
Entreabrí la puerta del baño sin hacer ruido. El vapor me golpeó la cara de inmediato. La cortina estaba corrida a medias y, detrás, una figura alta me daba la espalda bajo el agua. Me deslicé adentro con el sigilo de quien va a abrazar a su pareja por sorpresa, y cerré la puerta tras de mí. El agua caliente me empapó la piel en segundos.
Pero esa espalda se veía rara. Distinta. Era ancha de un modo que no reconocía, los músculos marcados por años de trabajo duro, nada que ver con la complexión flaca de Damián. Espera. Damián no es tan alto. El corazón me dio un vuelco justo cuando la figura empezó a girarse. Y entonces lo vi: era el señor Rivas. El padre de mi novio.
Me quedé clavada en el lugar, el agua resbalándome por todo el cuerpo, los pechos subiendo y bajando con mi respiración descontrolada. Nuestras miradas se encontraron. Los dos completamente desnudos, a un palmo de distancia, encerrados en ese cubículo diminuto.
Su mirada bajó y se detuvo en mis tetas, en los pezones endurecidos por el calor y por el bochorno. La mía también bajó, sin que pudiera evitarlo. Su sexo colgaba ahí, grueso y pesado incluso en reposo, de esos que una ve en las películas y le hacen apretar las piernas sin querer.
—¿Lorena? —su voz salió grave, sorprendida, pero no enojada.
El agua le corría por el pecho y por la barriga, haciéndole brillar la piel. Tendría cincuenta y tantos, sí, pero estaba tan fuerte que habría podido sujetarme sin esfuerzo. No era el cuerpo de gimnasio que una se imagina cuando le dicen «hombre maduro». Era el de un hombre común, curtido, con su panza, los brazos gruesos y unas manos enormes. Cara ancha, mejillas marcadas, papada, ojos cansados pero firmes.
Y su miembro. Dios mío. Se veía grueso y lleno de venas. Yo no soy de las que calculan centímetros con solo mirar; para mí hay chicos y grandes, y el de mi suegro era de los grandes. Comparado con el de su hijo, lo veía descomunal, fácil el doble. Lo que más me perturbaba era cómo le colgaba pesado hacia abajo y se mecía despacio, como un péndulo, cada vez que él se movía.
Crucé los brazos sobre el pecho para tapar los pezones. El calor me subió a la cara y, más abajo, una humedad traicionera empezó a mezclarse con el agua.
—Perdón, señor Rivas. Pensé que era Damián —tartamudeé, y me di la vuelta para salir corriendo, regalándole de paso una vista completa de mi espalda y mi trasero.
Pero me detuvo. Su mano grande se cerró suave sobre mi brazo.
—No hace falta que corras, Lorena. Es solo una ducha. Hay espacio para los dos. Damián está de turno de noche, no vuelve hasta pasada la medianoche. Yo entro recién mañana. Quédate, termina de bañarte tranquila. —El tono era calmo, casi paternal. Pero sus ojos volvieron a recorrerme entera.
Dudé, con la piel erizada. La diferencia de edad, lo prohibido de todo aquello, me aceleraba el pulso de una manera que me daba vergüenza reconocer. El agua se sentía demasiado bien. Una parte de mí no quería salir de ahí.
—Está bien —susurré, y agarré el jabón del plato.
***
Me temblaban las manos mientras me enjabonaba. La espuma me resbalaba por los pechos y los hacía parecer todavía más llenos. Lo pillé mirándome. Y su sexo empezaba a hincharse, despacio, justo delante de mí.
El cubículo era minúsculo y nos obligaba a estar pegados. Con Damián eso era parte del juego; con el señor Rivas era otra cosa, algo que no sabía cómo nombrar. Al girarme para enjuagarme, su cuerpo rozó el mío: el muslo contra mi cadera, y después esa longitud caliente, ya endurecida, contra la curva de mi trasero. Solté el aire de golpe. Él se rió bajito.
—Disculpá, Lorena —murmuró con voz ronca, y su miembro latió contra mi piel mojada—. Es natural, viéndote así. No lo puedo evitar.
Me mordí el labio. Me arrepentí de las palabras antes de decirlas, pero igual salieron.
—No se preocupe, señor Rivas. Yo… estoy en la misma situación.
Y era verdad. Estaba empapada, y no por el agua. Los labios hinchados, abiertos, latiéndome.
Él se movió y otra vez su miembro chocó contra mis nalgas.
—Perdón. El espacio es chico —dijo.
Pero volvió a pasar cuando se estiró para alcanzar el champú: su carne dura se deslizó por la hendidura de mi trasero, la punta rozando peligrosamente más abajo, por una fracción de segundo. El clítoris me palpitaba. Me reí con torpeza, intentando disimular, pero por dentro ardía. ¿Lo hace a propósito? Aquello estaba mal en todos los sentidos posibles, y aun así mi cuerpo parecía decidido a ignorarlo.
Otro empujón, esta vez con más fuerza, la parte de abajo de su miembro frotándose contra mí por detrás. Me mordí el labio para tragarme un gemido. Tenía los pezones durísimos y las tetas balanceándose mientras me pasaba la espuma por el vientre. Lo miraba de reojo, imaginando cómo me abriría, cómo me llenaría de un modo que Damián jamás había logrado.
—Dejame enjabonarte la espalda —dijo de pronto, la voz más áspera todavía.
Antes de que pudiera protestar, me quitó el jabón de la mano rozándome los dedos. La espuma me tocó la piel y su palma empezó a deslizarse por mis hombros, bajando por la columna. Sus manos fuertes y ásperas repartían el jabón por todo mi cuerpo, rodeando los hoyuelos de la parte baja de mi espalda.
Me arqueé sin pensarlo, empujando hacia atrás, y su miembro quedó apoyado justo contra la raya de mis nalgas. Lo sentí caliente, insistente.
El agua jabonosa me corría por el trasero y su mano la seguía, el pulgar rozándome apenas. Por dentro yo estaba vacía, contrayéndome, goteando de deseo.
Quería darme la vuelta. Quería tomarle la mano y subírmela hasta los pechos, dejar que me los apretara, que me pellizcara los pezones mientras su sexo latía contra mí. La tensión crecía con cada segundo: el vapor, los cuerpos expuestos, el riesgo de que Damián entrara más tarde y oliera algo en el aire. Todo eso le echaba más leña al deseo prohibido.
Pero me callé. Un calor tímido me recorrió entera cuando su tacto se demoró un instante de más.
—Se siente bien, ¿verdad? —murmuró, con el aliento caliente en mi cuello.
—Sí… se siente bien, muy rico —admití, con la voz apenas audible por encima del agua, la cabeza pidiéndome más mientras el resto de mí intentaba resistir.
Su erección seguía latiendo contra mí, frotándose despacio. Me arqueé otra vez, las tetas agitándose, los pezones duros como piedras. Por dentro gritaba por girarme y empujar su mano contra mi pecho. Pero me contuve, mordiéndome los labios mientras la punta me rozaba por detrás, justo en la entrada, provocándome.
***
Y entonces el cuerpo me traicionó del todo. El café de la tarde, los nervios, la tensión imposible de todo aquello. Se me escapó un chorro caliente que le salpicó la pierna y se fue por el desagüe, mezclándose con la espuma.
Ni se inmutó. Al contrario: su agarre se cerró un poco más y sus caderas se movieron hacia adelante.
—Perdón, perdón, perdón —dije, muerta de vergüenza, sin atreverme a mirarlo.
—No te preocupes. Son cosas que pasan —contestó, como si nada.
Nos enjuagamos los dos en silencio absoluto, sin volver a tocarnos. Al salir, él se envolvió una toalla en la cintura, con el bulto todavía marcado debajo.
—Tomate tu tiempo, Lorena —dijo, y se fue.
Me dejó ahí, con el agua golpeándome la piel encendida y los dedos muriéndose por bajar entre mis piernas y apagar el incendio que esa ducha había prendido. Pero no lo hice. Todavía no. La puerta se cerró y me apoyé contra los azulejos, el corazón a mil, preguntándome cómo había logrado aguantarme.
***
Diez minutos después entré a la cocina. El señor Rivas estaba preparándose un café, aún con la toalla. Mis ojos buscaron solos el bulto bajo la tela: había desaparecido. Él estaba tranquilo, como si nada. Yo, en cambio, recién bañada, seguía sintiéndome húmeda.
—Ya me voy, señor Rivas. Por favor… no le diga nada a Damián. Por favor —dije con voz titubeante.
—¿Decirle qué? No pasó nada, Lorena. Quedate tranquila.
Le agradecí, me despedí y salí casi corriendo a tomar mi auto rumbo a casa. Él seguía en la cocina con su café, como si de verdad no hubiera pasado nada. Tal cual me lo había dicho.
Y eso fue lo que más me dolió. Para mí había sido algo enorme, algo que no me iba a sacar nunca de la cabeza. Para él, parecía haber sido cualquier cosa. Salí de ahí con la entrepierna empapada y el ego herido a partes iguales.
No hace falta que cuente lo que pasó esa noche, ya en mi cama. Me toqué pensando en él, en esa ducha, en ese péndulo pesado meciéndose a un palmo de mi piel, hasta quedarme dormida. Y deseando, contra todo lo que debería, que aquello no hubiera quedado solo en un roce.