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Relatos Ardientes

Encontré a mi ahijada en el parking de la discoteca

Conocía a Noelia desde que era una cría que correteaba por el jardín de su casa. Es la hija de Andrés, mi mejor amigo desde el instituto, y yo soy su padrino. La vi crecer entre cumpleaños y comidas de domingo, y nunca la miré de otra forma hasta que dejó de ser una niña. Tras dos años fuera, estudiando en Canadá, volvió convertida en otra persona.

La primera vez que la vi después de aquel tiempo me quedé sin palabras. Veinte años, alta, morena, delgada, con esa cara de buena chica y unos modales impecables. Pero algo en su forma de moverse ya no tenía nada de inocente. Empecé a obsesionarme con ella de una manera que me daba vergüenza reconocer.

En las reuniones familiares llegué a pensar que tonteaba conmigo. Una mirada de más, una risa demasiado cerca. Siempre lo achacaba a mis propias ganas, a que veía lo que quería ver. Llegaba a casa y, cuando me acostaba con mi mujer, cerraba los ojos y pensaba en ella. El día que presentó a su novio a las dos familias di el asunto por cerrado. Hasta que ocurrió lo que voy a contar.

***

Un viernes salí a cenar con compañeros de la oficina. Al terminar, uno de ellos insistió en rematar la noche en un local de moda. Entramos en un garito abarrotado, decorado sin ningún criterio, con la música a un volumen que me taladraba la cabeza. Aguanté una copa y mis oídos dijeron basta. Me despedí y salí hacia el aparcamiento con ganas de meterme en la cama.

Al acercarme a mi coche la vi. Era Noelia, con el culo apoyado en el capó de mi BMW, enrollándose con un tío que no era su novio. Justo entonces le sonó el móvil, atendió la llamada y se zafó del chico de malas maneras.

—Eres una calientapollas —le soltó él—. Siempre haces lo mismo. Te pago la entrada, las copas, me das alas y luego me dejas tirado. Pues ahora te vuelves andando a tu casa.

—Vete a la mierda —le contestó ella, apoyando la espalda en el capó y empezando a gritar como una histérica.

El chaval se largó y yo me quedé clavado, sin saber muy bien qué decir.

—No sabía que de noche te transformabas en una chica mala —dije al fin—. Si no te importa, termina la escena en otro lado, que me vas a dejar el coche marcado.

—¿Qué coño dices? —gritó sin reconocerme en la penumbra. Cuando me identificó, cambió la cara—. Madre mía, qué corte… no es lo que parece… yo…

—Lo que parece es que le pones los cuernos a tu novio con un imbécil —la corté—. Seguro que está encantado contigo.

Se bajó del capó y me dejó el paso libre. Cuando ya estaba dentro del coche, dio dos golpecitos con los nudillos en la ventanilla.

—Oye… ¿me llevas? —balbuceó, con la barbilla temblándole como si fuera a echarse a llorar.

***

Subió al asiento del copiloto y se quedó callada un buen rato, con la cabeza gacha. En un semáforo en rojo me habló con un hilo de voz.

—¿Se lo vas a contar a mis padres?

—Deberías preocuparte más por tu novio. No creo que se merezca esto.

—¿Y tú qué sabes? —me espetó, aguantándome la mirada con los ojos brillantes.

El semáforo cambió y el claxon de atrás me obligó a arrancar. Conduje hasta su portal, pero al verlo me pidió que no la dejara allí. Sin pensarlo demasiado, la llevé a un pequeño apartamento que tengo alquilado para mis escapadas fuera del matrimonio.

—Te guardo el secreto si tú me guardas el mío —le dije al bajar del coche.

—¿Y esto qué es? —preguntó cuando entramos.

—Resulta que no eres la única con doble vida. Aquí es donde vengo cuando me acuesto con alguien que no es tu madrina.

—Madre mía… yo pensaba que…

—Que lo nuestro era el matrimonio perfecto, ¿verdad? Hay muchas cosas que no sabes de mi familia. Ni de la tuya. Anda, siéntate y dime qué quieres beber, porque dudo que tomes solo refresco.

Soltó una carcajada y me pidió un gin-tonic. Yo me serví un whisky con hielo y me senté a su lado.

—¿Qué piensas de lo que ha pasado? —preguntó tras el primer sorbo.

—No te hagas la ingenua conmigo. Alguna vez sospeché que detrás de la niña buena de las comidas familiares había otra cosa. Pero no me imaginaba pillarte engañando a tu novio con semejante idiota. Habría apostado por alguien mayor.

—¿Por qué dices eso?

—Porque me ha parecido más de una vez que flirteabas conmigo.

Se puso roja como un tomate, dio otro trago a su copa y no supo qué responder.

—Eh… yo…

—Venga, no seas cría —insistí, decidido a ir hasta el final.

Apuró el vaso de golpe y confesó como si le costara la vida.

—Pues sí. Siempre me han gustado los hombres mayores, con un punto rebelde. Como tú, con esa barba y…

—¿Y tu novio? —la interrumpí—. ¿Qué no sé yo de tu novio?

Le recordé la conversación a medias del coche y bajó la guardia.

—Lo de mi novio es puro paripé. Sus padres y los míos son amigos y medio nos arreglaron el noviazgo. Él dice que es bisexual, pero a mí ni me mira. Y yo…

—Y tú lo que buscas es que alguien te folle en condiciones —terminé por ella, acercándome y empezando a desabrocharle la blusa blanca entallada.

***

No se resistió ni medio segundo. La hice incorporarse para quitársela del todo y le solté el sujetador con la calma que da la experiencia. Le manoseé los pechos, no muy grandes pero firmes, con los pezones ya duros de pura excitación.

—Joder, padrino… —gimió, mordiéndose el labio—. Me estás poniendo a mil.

Agaché la cabeza y le metí un pezón en la boca. Lo chupé despacio, alternando entre uno y otro, mordiéndolos con suavidad. Cada caricia la hacía respirar más rápido.

—Sí, así… más… no te cortes…

Le pellizqué un pezón entre dos dedos y lo retorcí unos segundos. Cuando lo solté, abrió la boca y dejó escapar un grito que me puso aún más cachondo.

—¡Aaah! —chilló, recostándose en el sofá y abriendo un poco las piernas.

Me arrodillé frente a ella y se las separé del todo. La minifalda de cuadros se le subió hasta las caderas. Subí las manos por la cara interna de sus muslos, enganché las gomas de un tanga minúsculo y se lo bajé, completamente empapado.

—Veo que te gusta que tu padrino te deje sin bragas —dije, lanzándolo al otro extremo del sofá.

Se incorporó un poco, me miró con descaro y me puso las piernas sobre los hombros, ofreciéndome su sexo abierto y brillante. Hundí la lengua en él y empecé a lamer de abajo arriba, despacio. No hizo falta mucho. A los pocos lametones cerró los muslos sobre mi cabeza y se corrió temblando, apretándome la nuca con las dos manos.

—¡Aaah! ¡Sí, sí, sí!

Se quedó unos segundos así, con las piernas abiertas, recuperando el aliento. Yo me desabroché el cinturón, me quité los zapatos y la camisa y me quedé en ropa interior delante de ella. Le di un golpecito en el muslo para que volviera a la realidad.

—Ay… —se quejó, incorporándose.

Estiró los brazos hasta mi cintura. Antes de bajarme el bóxer palpó el bulto por encima de la tela, resopló y tiró de la goma hasta que mi polla saltó como un resorte. Se le abrió la boca.

—Madre mía, vaya rabo —dijo sin dejar de mirarla—. No me imaginaba que escondieras algo así. Es la más grande que he visto.

Me la sobó unos segundos, todavía alucinando.

—A ver qué sabes hacer con ella —le dije, acercándole la punta a los labios.

Abrió la boca y se la metió tras lamerla un par de veces. Cerró los ojos y empezó a chupar, tragando poco a poco. Cuando tenía dentro más de la mitad, le cogí una mano y se la llevé a mis huevos. No hizo falta decirle nada: los apretó y los masajeó al ritmo que marcaba con la boca. La escupió, volvió a ensalivarla y lo intentó de nuevo, sin llegar a tragarla entera.

La cogí de la nuca y presioné con suavidad para ver hasta dónde aguantaba. Soltó un ruido gutural y algo parecido a una tos cuando la punta le rozó la garganta.

—Ya casi… aguanta un poco más.

Con un movimiento corto de caderas se la metí hasta el fondo. Me miró con los ojos llorosos, roja entera, mientras se la mantenía dentro un instante. Luego la saqué casi de golpe. Se llevó las manos al pecho, tosiendo.

—Joder… creía que me ahogaba —acertó a decir entre arcadas—. Nunca había hecho algo así.

—Anda, vamos al dormitorio —la interrumpí, quitándole la falda que aún tenía enrollada en la cintura y dejándola desnuda del todo—. Ahí estaremos más cómodos.

***

Me siguió sin protestar. Aparté la colcha, me tumbé boca arriba apoyado en el cabecero y palmeé el colchón. Se acercó obediente, pasó una pierna por encima de mí y se colocó a horcajadas. Me cogió la polla por la base y se la restregó por toda la raja, abriéndose los labios, frotándose el clítoris con la punta. Resopló y gimió varias veces.

Le apoyé las manos en los hombros y entendió lo que tenía que hacer.

—Uf… esto me va a gustar —dijo antes de empezar a bajar.

Levantó un poco el culo y se la clavó despacio. Cuando le entró la punta, abrió los ojos como platos y la boca sin que le saliera ningún sonido. Sin darle tregua, empujé sus hombros hacia abajo a la vez que movía las caderas hacia arriba, metiéndosela entera de una embestida. Su grito retumbó en todo el apartamento.

—¡Aaah! ¡Sí! ¡Estoy llenísima!

La cogí de la cintura y la ayudé a moverse arriba y abajo. Empezó lento, saboreando cada centímetro, pero a los pocos segundos cabalgaba como una loca, completamente fuera de sí.

—¡Sí, sí, sí! ¡Más, más! ¡Qué rico, joder!

No aguantó demasiado. De pronto se tensó entera, empezó a jadear como si le faltara el aire y me dio un par de manotazos en el pecho avisando de que se corría.

—¡Ya, ya, ya! ¡Me viene, me…!

Antes de que terminara la frase di un golpe seco de caderas y se la clavé hasta el fondo. Puso los ojos en blanco, se sacudió y se corrió gritando, hecha un ovillo sobre mi pecho.

—¡Me corrooo!

Estuvo un buen rato temblando encima de mí, buscando aire.

—Joder, qué corrida… me vas a matar, cabrón —dijo al incorporarse, aún con la polla dentro.

***

La saqué de encima y la coloqué a cuatro patas, con las tetas apoyadas en el colchón y el culo en pompa. Adivinó lo que pretendía y miró hacia atrás, suplicando con un hilo de voz.

—Por favor, con cuidado… por detrás no…

Sin dejarla terminar, le escupí en el ojete y empecé a hacer círculos con un par de dedos. Soltó un gemido y, al notarla relajada, presioné hasta romper la resistencia del esfínter.

—Tranquila, después de todo lo que has soltado estás de sobra lubricada —le dije, apoyando la punta en su agujero, que palpitaba como si respirara.

Despacio, con mucho cuidado, fui abriéndome paso. Cuando la punta desapareció dentro, soltó una exclamación que era puro placer.

—Madre mía… qué gusto…

Con un par de empujones se la metí entera, hasta que choqué con sus nalgas. Empalada por detrás, no tardó en notar que se acercaba otra vez.

—Ay, qué rico… joder, que me corro otra vez…

Bastaron unos cuantos movimientos a buen ritmo para que se corriera de nuevo, gritando como una posesa.

—¡Ya, ya, sí! ¡Qué gusto, Dios, qué gusto!

Tuve que sujetarla para que no se diera contra el cabecero. Retorcía las sábanas con cada réplica.

—Joder, joder… qué gusto, por Dios —repitió, antes de pedirme entre jadeos que la llenara.

Me agarré con fuerza a sus caderas y empecé a embestirla rítmicamente, cada vez más fuerte.

—Sí, así… más fuerte… ¡así! Esto es un hombre de verdad. Venga, más, más… ¡revienta a tu ahijada!

Fui acelerando hasta que ya no pude más. Me agarré a sus caderas, le di una buena tanda de azotes en las nalgas y me corrí dentro, bufando como un animal.

—Toma, toma… ¡aaah!

Lo notó. Se metió una mano entre las piernas, se frotó el clítoris un par de veces y se corrió por última vez antes de desplomarse como una muñeca de trapo sobre el colchón empapado.

—Anda, vamos a ducharnos —le dije al salir de ella, mientras un hilo le bajaba por el muslo—. Que aún queda mucha noche.

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Comentarios (5)

Gaston_MDQ

Tremendo relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo, se nota que hay feeling de verdad detras.

NochesDeRelato

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto

PatoNocturno

Me enganchó desde la primera linea. Ese tipo de situaciones tienen una tension que no se puede fingir, y aca se nota. Muy bien narrado.

Maru_ok

increible como fuiste construyendo la tension sin apurarte!!!

Rolo_lector

¿y despues que paso? no me podes dejar asi jaja

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