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Relatos Ardientes

Me fui del after con dos desconocidos y no me arrepiento

La empresa donde trabajo es famosa por sus fiestas. No exagero: cada diciembre alquilan un salón enorme, contratan barra libre y el after termina cuando el sol ya está saliendo. La posada de ese año no fue la excepción, y yo llegué con toda la intención de aprovecharla.

Esta es de esas historias que cuento en voz baja y solo a quien me cae bien. Pasó hace dos diciembres, en un salón de eventos de Providencia, en Guadalajara. Después de una noche entera viendo a mi jefe de cincuenta y ocho años intentar bailar reguetón como si tuviera veinte, un grupo grande nos escapamos a un antro de la avenida Chapultepec para seguir la fiesta.

Llegamos pasada la una de la mañana, justo cuando el lugar apenas se estaba prendiendo. La música estaba perfecta, las luces bajas, y yo me sentía dueña del mundo.

Esa noche había elegido el outfit más coqueto que tenía: un vestido negro pegadísimo, corto, y unos botines de plataforma altísimos que me hacían las piernas eternas. Debajo, una tanga negra para que no se marcara nada bajo la tela. Me había arreglado para gustar, y lo sabía.

Las horas se pasaron volando. Bailé sin parar, tomé como cualquier chica que sale a soltarse un viernes, y para cuando cerraron el antro yo ya no sentía los pies. Salimos en bola, todavía con ganas de más, directo a la taquería más famosa de la zona. Si eres de Guadalajara, ya sabes a cuál me refiero.

Me senté en una mesa larga con unos diez compañeros del trabajo. Entre risas y salsa verde, noté a lo lejos a dos hombres en otra mesa que no nos quitaban la vista de encima. No sabía si me miraban a mí o a alguna de mis amigas, pero la curiosidad me pudo.

Así que agarré mi plato de tacos, me levanté y, con toda la seguridad que regala el alcohol, me dejé caer en una de las sillas de su mesa.

—Hola, soy Renata —dije, como si los conociera de toda la vida.

—Yo soy Tomás, y él es Adrián —contestó el más guapo de los dos.

—A ver, díganme: ¿cuál de mis amigas les gusta? ¿La rubia, la del pelo largo, la del corte? ¿O estaban viéndome a mí? —solté, sin una pizca de vergüenza.

—A ti, obvio —respondió Tomás sin dudarlo.

—Ay, no, ¿cómo creen? Sé que no soy la más bonita de la mesa, pero sí la más interesante —dije riéndome.

—¿Qué te pasa? Estás preciosa —insistió él, mirándome de una forma que me hizo calor.

—¿Y de dónde eres? —preguntó Adrián, más callado, con genuina curiosidad.

—De aquí, de toda la vida —contesté coqueta—. ¿Y ustedes cuántos años tienen?

—Treinta y uno —dijo Tomás.

—Mmm, no te creo. Enséñame una identificación —lo reté, medio en broma.

Y el muy obediente sacó su credencial y me la pasó. Hice un escaneo mental rapidísimo: nombre completo, domicilio, fecha de nacimiento. Una costumbre tonta que tengo cuando salgo, de esas que una nunca pierde por más copas que lleve encima.

—Está bien, sí tienes treinta y uno —le devolví la credencial con una sonrisa.

Y nos quedamos un buen rato platicando las tonterías que platican tres borrachos comiendo tacos a las cinco de la mañana. Tomás tenía esa risa fácil que te desarma, y Adrián una mirada tranquila que cada tanto se me clavaba un segundo de más.

***

Cuando dieron las seis, saqué mi celular para pedir un coche y volver al hotel. Tomás me lo arrebató de la mano.

—No, ¿qué haces? Te vas conmigo —dijo, muy seguro.

—¿Cómo crees? Además ni voy a mi casa, estoy quedándome en un hotel porque no quise llegar tan tarde a la mía —le expliqué.

Canceló mi viaje sin pedir permiso y puso él mismo la dirección de mi hotel en su cuenta. Adrián pagó la cuenta de los tacos, se levantó como para despedirse, y yo salí de la taquería tomada de la mano de Tomás a esperar el coche.

Justo entonces, una camioneta se detuvo frente a nosotros. Era Adrián, al volante.

—¿Cuál coche de aplicación? Súbanse —dijo, bajando la ventanilla.

Intenté resistirme un segundo, por inercia más que por otra cosa, pero Tomás ya caminaba hacia la camioneta. Me abrió la puerta y me ayudó a subir.

Y ahí estaba yo otra vez, metida en una de esas historias reales de mi vida que estaban a punto de convertirse en la clase de película que tanto me gusta. De las prohibidas.

Tomás iba atrás conmigo, besándome como si llevara horas conteniéndose. Adrián manejaba intentando adivinar hacia dónde íbamos.

—Mi hotel, mi hotel —grité al reconocer la avenida—. Aquí, déjame aquí.

—Tu hotel es mi hotel —me susurró Tomás al oído—. La cadena es de mi familia.

Yo solo me reí, porque eso no podía ser verdad. Tenía menos de dos horas de conocerlo y ya estaba besándome con un desconocido, a punto de irme a la cama con él, y encima me salía con que era dueño del lugar. Pura labia de borracho, pensé.

***

Pero llegamos, y entramos por una puerta lateral a la que Tomás tenía acceso con una tarjeta especial. Los tres nos subimos al elevador en silencio, con esa tensión eléctrica que se siente cuando todos saben lo que va a pasar y nadie lo dice.

Saqué la tarjeta de mi habitación, abrí la puerta, y Tomás empezó a besarme apenas cruzamos el umbral. Adrián se quedó atrás, recargado contra la pared del fondo, observándonos sin decir nada.

Una parte de mí no entendía en qué momento me había metido en esto. La otra solo quería dejarse llevar, rendirse a esa sensación de sentirme tan deseada por dos hombres a la vez.

La habitación era amplia, con un ventanal enorme. Nos dejamos caer en un sillón que daba a la ciudad despierta, con sus edificios altos recortados contra el cielo que empezaba a aclarar.

Comencé a desabrochar la camisa negra de Tomás, botón por botón. Al levantar la vista hacia la ventana, lo vi en el reflejo: Adrián se había metido la mano dentro del pantalón y se acariciaba despacio, sin dejar de mirarnos. No apartaba los ojos de nosotros ni un segundo.

Tomás me sacó el vestido por la cabeza y quedé en mi conjunto de lencería negra, con liguero y todo. Porque aunque había salido solo a la fiesta, en el fondo ya sabía cómo quería terminar la noche: en los brazos de algún desconocido.

Me quitó el sostén y empezó a jugar con mis pezones, pequeños y duros bajo sus dedos. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón y me arrodillé en la alfombra para tomarlo con la boca. Estaba duro, grueso, y yo lo disfrutaba tanto que me ahogaba a propósito.

Escuché los pasos de Adrián acercándose por detrás. No lo vi llegar, pero sentí el cambio en el aire, su respiración más cerca.

Ya no aguantaba las ganas. Empujé a Tomás de vuelta al sillón, me senté a horcajadas sobre él y me dejé caer despacio. Sentirlo entrar fue eléctrico. Empecé a moverme encima de él, marcando el ritmo yo, mientras el sudor y los gemidos llenaban la habitación.

Entonces noté las manos de Adrián. Se había quitado la camisa y me abrazaba por la espalda, sus dedos subiendo por mi cintura hasta mis pechos, sus labios en mi cuello. Sentía su erección contra mí mientras yo seguía montando a su amigo.

Sacó un pequeño frasco de lubricante de algún lado y lo sentí frío contra mi piel.

—Tranquila —me dijo bajito, casi una orden suave.

Me estremecí entera. Empezó despacio, con un dedo, después dos, moviéndolos en círculos, preparándome con una paciencia que me volvió loca. Cuando por fin lo sentí entrar, los dos a la vez, perdí la noción de todo. Gemía sin control, atrapada entre los dos cuerpos, sintiéndome la mujer más deseada y más perdida del planeta.

***

Cambiamos de posición varias veces. Adrián me inclinó sobre el respaldo del sillón mientras seguía embistiéndome desde atrás. Después nos movimos a la cama. Me acosté sobre Tomás, que se había vuelto mi favorito de los dos, y él me besaba los pechos mientras yo me arqueaba.

Adrián me dio una nalgada que me hizo ver las estrellas y me dejó la mano marcada en la piel.

—No, otra no —grité, medio en serio, medio rogando que lo hiciera.

Me soltó otra todavía más fuerte, y sentí la piel arderme caliente y roja.

Tomás lo detuvo con un gesto y se acercó a besarme las nalgas enrojecidas, como pidiendo perdón por su amigo. Después me acomodó en cuatro y me penetró mientras me jalaba el cabello, hasta que se vino con un gruñido ronco.

Salió y yo quedé tendida sobre las sábanas, intentando recuperar el aliento. Miré hacia el sillón: Adrián parecía haberse quedado dormido, o eso fingía.

Tomás se dejó caer en la cama a mi lado, agotado. Pero yo todavía tenía energía, así que me levanté y caminé hacia el sillón. Adrián abrió los ojos, recuperó la postura y me chupó los pezones mientras yo me trepaba encima de él.

—Qué rica estás, mamita —me decía mientras yo me mecía sobre él.

Cuando lo sentí a punto de venirse, me bajé y lo terminé con la boca. Después me dejé caer a su lado un momento, los tres en silencio, sin aliento, mirando el techo.

***

Dejé a los dos hombres dormidos y me metí a la tina del baño, que llené con agua caliente y unas sales que el hotel tenía en una repisa. Me quedé ahí un buen rato, remojando el cuerpo, la cabeza y, supongo, también mis pecados de la noche.

Cuando el agua empezó a enfriarse, salí, me sequé y me vestí con ropa limpia de mi maleta. Miré el reloj: eran las nueve de la mañana de un sábado cualquiera de diciembre.

Recogí mis cosas, cerré la maleta que había dejado ahí desde la tarde anterior, y me fui. Sí, hui antes de que cualquiera de los dos despertara. Que supieran lo que se siente ser usados y abandonados por una desconocida discreta.

No intercambiamos números. Nunca volví a saber de Tomás ni de Adrián. Solo cerré la puerta detrás de mí y seguí adelante con mi día como si nada.

De vez en cuando me pregunto si Tomás de verdad era dueño del hotel, o si solo fue el invento más afortunado de un borracho con suerte. Pero la verdad es que nunca me importó demasiado averiguarlo.

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Comentarios (4)

CuriosaRio

increible!!! que valentia, gracias por compartirlo

Valentina_rosario

Por favor contanos como siguio despues, me quede con ganas de mas!!

RosaMar86

jajaja lo de los tacos a las seis de la mañana es un detalle genial, asi empiezan las mejores historias

Lectura22

Se siente muy autentico, como si te lo estuviera contando una amiga en persona. Muy bien escrito.

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