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Relatos Ardientes

La excursión de la facultad que cambió todo

Aquel viaje de fin de curso lo organizó la facultad a un balneario de aguas termales a las afueras de Valle Verde. Fuimos casi cuarenta y hubo que alquilar dos autobuses. Nos acompañaban tres profesores, entre ellos el de educación física, que además entrenaba al equipo de básquet en el que yo jugaba. Siete días enteros, en plena primavera, con todo el tiempo libre que un grupo de veinteañeros podía desear.

Lo mejor fue que en el mismo complejo se hospedaba un grupo de otra carrera, y con ellas terminamos formando una pandilla. Por las noches nos juntábamos alrededor de una fogata a contar historias de todo tipo, y entre risas y miradas se fueron armando algunas parejas. Así conocí a Marisol, a su amiga Carla y a mi compañero Tomás, que no tardó en quedarse prendado de Carla.

Todo arrancó una tarde en la cancha de básquet. Tomás y yo estábamos lanzando a canasta cuando se acercaron las chicas y nos pusimos a jugar medio partido los cuatro. En una jugada, Marisol cayó mal y se torció el tobillo. Se sentó en el suelo quejándose, casi llorando, y yo me acerqué de inmediato. Le tomé el pie con cuidado mientras Tomás corría por una venda y una pomada.

—Quédate quieta, ya pasa —le dije, sosteniéndole el tobillo.

Se lo acomodé despacio y ella soltó un grito breve, pero enseguida se calmó al dejar de sentir el pinchazo. Le masajeé el tobillo y la pantorrilla un buen rato para tranquilizarla. Estaba arrodillado frente a ella, con un short ancho, y en algún momento noté que su mirada bajaba. Junté las rodillas, ella se ruborizó, yo le sonreí y seguí con el masaje hasta que pude ayudarla a levantarse. Se apoyó en mi hombro y caminamos hasta un banco, donde le vendé el pie. Así nació la amistad entre los cuatro.

De regreso a la ciudad seguimos viéndonos. Íbamos al cine, a tomar un café, a comer un helado, y poco a poco fuimos ganando confianza, sobre todo aprovechando la oscuridad de las salas. Eran besos largos y caricias que siempre se quedaban a mitad de camino, y más de una vez salí de ahí con un nudo en el estómago y las ganas a flor de piel.

***

Una tarde nos quedamos Marisol y yo solos en su casa, viendo una película. Sus padres habían salido a la tienda de abarrotes que tenían; se acercaban las fiestas y andaban con mucho trabajo. Empezamos a besarnos como siempre, pero esa vez algo era distinto. Ella llevaba un suéter verde tejido que dejaba entrever el sostén blanco, una falda corta y unas sandalias atadas a la pantorrilla. Mis manos se volvieron más atrevidas, subieron por sus muslos, y ella las detuvo justo antes de llegar adonde yo quería.

Se levantó y fue a la cocina por un refresco. La seguí. Mientras servía los vasos, la abracé por detrás, pegué mi cuerpo al suyo y le besé el cuello y el hombro. Ella se encogió, con la cara encendida.

—Ya estate quieto, Diego, por favor —dijo, sin demasiada convicción—. Toma tu refresco, anda, así te calmas.

—¿No te gustan mis caricias? ¿No tienes ni un poco de curiosidad por saber qué se siente?

—Sí, pero todavía no es el momento —contestó, y girándose me tomó la cara entre las manos y me besó—. Sé bueno, ¿sí?

La besé en los labios y el beso fue creciendo hasta volverse algo arrebatado. Ella me rodeó el cuello con los brazos y dejó que mi lengua entrara en su boca. Recorrí sus costados, su cadera, y metiendo las manos bajo la falda la levanté apretándole las nalgas. Suspiró y abrió mucho los ojos al sentir lo duro que estaba contra ella. Así la llevé hasta el sofá, sin dejar de besarla.

—No, espera, pueden llegar mis papás —murmuró.

No me detuve. Le subí el suéter, le desabroché el sostén y comencé a besarle los pechos. Sus protestas se convirtieron en suspiros, y me apretó contra ella.

—Aaah, Diego… —gimió bajito.

Bajé la mano a su entrepierna y la acaricié por encima de la ropa interior. Después la corrí a un lado y la toqué directamente. Al principio intentó cerrar las piernas y detenerme, pero cuando encontré su clítoris se rindió. Uní mis labios a los suyos y seguí acariciándola, cada vez más húmeda, hasta que empezó a temblar. Me clavó las uñas en la espalda, escondió la cara en mi pecho y soltó un gemido agudo, casi un chillido, mientras todo su cuerpo se sacudía.

Se fue calmando de a poco. Nos sentamos.

—Nunca había sentido esto —dijo, todavía agitada—. Fue tremendo.

—¿Nunca te habías tocado?

Negó con la cabeza y me dio un beso. Su mano se deslizó por mi pecho, mi abdomen, y al abrazarme quedó sobre mi erección. La palpó por encima del pantalón, me miró, la apretó otra vez y la retiró. Acomodó su falda, fue al baño y volvió mucho más serena. Yo seguía encendido, pero no quise presionar: para ella había sido demasiado intenso. Llegó su madre poco después, charlamos un rato y me fui a casa.

***

Pasaron varias semanas. Nuestras caricias se volvieron más directas; aprendimos los puntos exactos del otro. La hice terminar tres o cuatro veces más, una de pie en su portal al despedirnos, otra en el transporte, un par en el cine. Empezamos a hablar mucho de sexo, de lo que sentíamos. Ella ya me tocaba por iniciativa propia, aunque siempre por encima del pantalón, hasta que una tarde, en un banco apartado del parque, lo acarició con más deseo que nunca.

—¿Te gusta sentirlo? —le pregunté mientras mis dedos jugaban con el borde de su ropa interior.

Asintió, tragando saliva.

—¿Te gustaría verlo?

Miró rápido a los lados.

—No, ¿cómo crees?

—¿En serio no te da curiosidad?

—Sí… pero no ahora, ni aquí.

Y sola movió la mano de arriba abajo, despacio. Al sentir cómo reaccionaba lo apretó un poco más antes de soltarlo. Estaba oscureciendo, así que la acompañé a casa. Al despedirnos volví a pegarme a ella.

—Está muy duro y caliente —susurró contra mi oído.

—Así me dejas siempre, Mari —le dije, y me marché.

***

El sábado nos pusimos de acuerdo Tomás, Sergio y yo, cada uno con su chica, y fuimos al boliche. Entre risas, bromas y roces nos fuimos calentando todos, y de ahí terminamos en un cine viejo del centro. Cada pareja se fue a las últimas filas y, en nuestro caso, ni nos enteramos de qué iba la película. Esa noche Marisol me acarició por primera vez sin nada de por medio, y yo la llevé hasta el orgasmo. Le fui explicando, en voz baja, cómo me gustaba, y estuve a punto de terminar cuando el acomodador se acercó y tuvimos que parar.

Al salir, Tomás se separó para llevar a Carla a su casa. Sergio consiguió el auto de su madre y nos fuimos al autocine de las afueras: su novia Lucía, él, Marisol y yo. Elegimos un lugar estratégico, lejos del restaurante y de la pantalla. Cuando pasó la chica del menú, Sergio le dio una propina para que no volviera, y ella se alejó con una sonrisa.

Charlamos un poco antes de que empezara la función. Después se hizo un silencio y cada quien se concentró en su pareja. Marisol volvió a buscarme; yo me bajé el cierre del pantalón con la excusa de la incomodidad y ella, por su cuenta, metió la mano. Me acariciaba con una lentitud delicada, tal como le había enseñado, mientras yo le bajaba la ropa interior y me inclinaba hacia ella.

—¿Qué haces? Espera… no sigas —dijo, con la voz tensa.

—Tranquila, solo voy a darte placer con la boca. No pasa nada.

Apenas mi lengua la rozó, se estremeció y ahogó un gemido tapándose la boca. Y entonces se quedó congelada, mirando hacia el asiento de al lado: Lucía tenía el sexo de Sergio en la boca, lamiendo sin disimulo. Verlo la prendió de golpe. Estaba empapada. Moví la lengua más rápido sobre su clítoris y ella bajó la cadera buscándome, soltando un gemido que sonó casi a grito.

Sergio propuso que cambiáramos de lugar, porque entre Marisol y yo la cosa no avanzaba más allá de las caricias y el sexo oral. Entre bromas saltamos los respaldos. Marisol, ruborizada y en silencio, pasó por encima de mí y se sentó a mi lado, con una mano en el volante y la otra en mi pierna. La abracé y le acerqué la mano a mi sexo para que siguiera. Detrás, Lucía se recostaba y abría las piernas, y Sergio se acomodaba entre ellas.

—Lo van a hacer aquí —murmuró Marisol, girándose rápido hacia el frente.

Sonreí, moví el retrovisor para enfocarlos y, con la mirada, la invité a mirar. Apretó mi sexo y volvió la vista a la pantalla, pero separó las piernas lo suficiente para que mi mano llegara hasta ella. Nos acariciamos escuchando los jadeos del asiento de atrás, los suspiros, las cosas que se decían. Los vidrios completamente empañados nos daban toda la privacidad del mundo.

La recosté, le besé los pechos, le acaricié el clítoris mientras ella gemía cada vez más excitada. Intenté quitarle la ropa interior, pero se resistió.

—No, Diego, por favor, aquí no —dijo, con los ojos vidriosos.

—¿No lo deseas? Mira cómo estoy, ya no aguanto.

—Por favor, entiéndeme.

Vi sus lágrimas a punto de caer y me incorporé.

—Tienes razón —le dije.

Ella me besó, agradecida, y me masturbó hasta que terminé. Yo seguí acariciándola hasta que se dejó ir, apretándome la mano con fuerza al llegar al orgasmo. Nos acomodamos la ropa y vimos la película mientras Sergio y Lucía empezaban su segundo asalto. Marisol me miró, nos reímos, y se recostó contra mi pecho.

***

Cuando terminaron y la función acabó, Sergio me pidió que manejara. Dejamos a Lucía y fuimos a casa de Marisol. Nos despedimos de ellos y entramos. Sobre la mesita de la entrada había una nota de su madre: los habían esperado para ir a una fiesta de un tío, y al no llegar habían dejado la cena lista, avisando que volverían muy tarde.

—¿Quieres cenar? —preguntó, caminando hacia la cocina.

La seguí. Mientras revisaba lo que le habían dejado, la abracé por detrás, le besé el cuello y me apreté contra ella.

—Te deseo muchísimo —le dije al oído, bajando la mano a su entrepierna.

Ella se giró y la abracé fuerte, levantando su falda por delante hasta sentir su piel desnuda contra la mía. La besé con todo, y ella respondió uniendo su lengua a la mía. Me quité la camisa, le desabroché la blusa y pegué mi pecho a sus senos.

—Qué hermosa eres —murmuré.

—Y yo a ti… pero —empezó.

—¿Pero qué, nena? ¿Hay un lugar más seguro que este? ¿No te excitó escucharlos?

No dijo nada más. Me abrazó y me besó con una pasión que no le conocía. La cargué y subimos las escaleras; con la mano señaló su habitación. Cerré la puerta con el pie y la dejé sobre la cama. Ella apartó las sábanas; yo me desvestí hasta quedar en ropa interior y ella se quitó la blusa y la falda. Nos metimos entre las sábanas y nos besamos con una urgencia nueva, despojándonos el uno al otro de lo que quedaba.

La admiré desnuda y empecé a recorrerla con la boca: el cuello, los pechos, el vientre, hasta llegar entre sus piernas. Las separé, las besé, y le hice un oral lento que la llevó otra vez al borde y la hizo terminar.

Me coloqué sobre ella. Me miró con las manos en mis hombros.

—Sé gentil —pidió.

La besé y, apoyando mi sexo en su entrada, lo deslicé despacio de arriba abajo hasta que se estremeció. Empecé a empujar con cuidado hasta sentir la resistencia. Ella cerró los ojos. Le levanté las piernas, empujé con firmeza un par de veces y, cuando la barrera cedió, ahogué su grito con un beso y entré por completo. Me quedé quieto unos segundos; ella, con lágrimas en los ojos, me abrazó con fuerza.

Me moví muy lento al principio, besándola, acariciándola, hasta que se relajó. Gracias al orgasmo anterior, mi cuerpo se deslizaba ajustado dentro del suyo. Ella entrelazaba los dedos en mi pelo y, poco a poco, dejó atrás el dolor. Empezó a moverse conmigo, a abrazarme con brazos y piernas, a decirme lo bien que se sentía. Tuvo su primer orgasmo así, conmigo dentro.

Seguimos hasta que ambos terminamos. Por sus reacciones, creo que llegó dos veces antes de que yo lo hiciera. Nos quedamos enlazados, abrazados, sin querer separarnos. Al rato volví a endurecerme dentro de ella.

—Está creciendo otra vez —dijo, sonriendo.

Retomamos con un vaivén pausado. La giré de lado, le levanté una pierna y seguí, besándole los pechos. Después salí, me coloqué detrás de ella y volví a entrar, con las manos en sus senos. Se inclinó hacia adelante buscando más profundidad y tuvo otro orgasmo, gimiendo que no podía creer lo que sentía. La dejé disfrutarlo y, finalmente, terminé por segunda vez.

Descansamos un buen rato, abrazados, comentando lo que acabábamos de vivir. Ella se levantó a bañarse; yo solo me enjuagué y me vestí, llevándome encima ese olor mezclado de piel, sudor y algo nuevo entre los dos. Me ofrecí a cambiar las sábanas.

—No —dijo—. Quiero dejarlas así. Mañana las cambio antes de que mi mamá se entere.

Nos despedimos y me fui a casa mientras ella entraba al baño. Fue el primero de muchos encuentros, en los que aprendimos juntos todas las maneras posibles de disfrutarnos.

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Comentarios (4)

pampero_73

buenisimo!!! me enganche desde el primer parrafo y no pare hasta el final. Saludos desde cordoba

Florencia_mp

Me encanto como lo fuiste contando de a poco, sin apurarse. Lleguee al final con ganas de saber mas, por favor una segunda parte!

Nando_Baires

tremendo, no me lo esperaba para nada

SilencioLetor

Me recordo a algo parecido que me paso en la facultad hace muchos años. Esas cosas que empiezan por casualidad y terminan cambiandote algo por dentro. Muy bien escrito, gracias.

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