Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Fui a buscar a Bryan y terminé con su mejor amigo

Ya les conté una vez cómo fui el capricho de Bryan, cómo me usó a su antojo y dejó de hablarme después de que su madre nos encontró desnudos en su cuarto y me echó a la calle con cara de asco. Lo que no conté es lo que vino después. Porque un par de meses más tarde dejé de ser el juguete de Bryan para volverme el de Andrés, uno de sus amigos.

Había vuelto al pueblo donde vivía mi padre y lo primero que hice fue ir a buscar a Bryan. No lo voy a negar: me hacía falta. Quería sentirlo otra vez, aunque me hubiera tratado como basura. Fui hasta su casa y no estaba. Quien salió fue la hermana, y me miró como si yo fuera una plaga.

—Señorita, deje de buscar a mi hermano —me soltó desde la puerta—. ¿Qué le pasa? Tan joven y persiguiendo hombres por todo el pueblo.

—Eso a usted no le importa —le respondí sin bajar la mirada—. Es mi vida, no la suya.

—Mírenla, qué fresca. Deje de ofrecerse, que da pena verla.

—Si doy pena o no, es problema mío.

—Y vestida así, ¿qué espera que piense la gente?

No le seguí la discusión. Me di la vuelta y enfilé hacia mi casa, todavía con el orgullo picado. Y entonces, en plena calle, me crucé con Andrés.

Andrés tendría unos veinticinco, le sacaba seis o siete años a mi edad. Alto, moreno, delgado, con el pelo rizado siempre un poco revuelto. Cuando me vio, tragó saliva sin disimular. Esa mirada ya me la conocía: me la echaba encima desde mucho antes de lo de Bryan. Me deseaba, y yo, para qué mentir, también lo había mirado más de una vez. Hasta le había coqueteado delante de su amigo, solo por el gusto de provocarlo.

Ese día llevaba una minifalda negra cortísima, una blusa blanca con un escote en pico que dejaba poco a la imaginación y, debajo, una tanga celeste. Andrés no sabía dónde clavar los ojos: el escote, las piernas, todo a la vez.

—Hola, Valeria. ¿Qué andas haciendo? —dijo acercándose.

—Hola, Andrés. Buscando a tu amigo Bryan, que el muy idiota se hace el invisible.

Lo saludé con un beso en la mejilla, dejando que durara un segundo de más. Él sonrió de medio lado.

—¿Todavía lo buscas, después de todo lo que pasó?

—¿Y qué pasó, según tú? —le contesté con una risita, sabiendo perfectamente a qué se refería.

Me recorrió de arriba abajo, la vista pegada a mi escote.

—Pues que su mamá los encontró juntos en la casa. Yo lo vi todo, ¿eh? Con mis propios ojos.

Sentí que la cara me ardía. No tenía sentido negarlo.

—¿Ah, sí? ¿Y quién te contó esa historia?

—Nadie me la contó. Estaba ahí. Vi cuando su mamá te sacó a la calle sin ropa y la hermana te alcanzó el vestido.

Me tapé la cara, muerta de vergüenza, y él se rió.

—Te vi enterita —añadió bajando la voz—. Y vi que tienes unas tetas que dan ganas.

Antes de que pudiera reaccionar, su mano subió hasta mi pecho y lo apretó por encima de la blusa. Lo dejé. Miré a un lado y a otro, nerviosa.

—Andrés, así no, que nos van a ver —protesté sin demasiada convicción.

—¿O sea que a mí no me vas a dejar ni acercarme?

—A las malas no. Tampoco soy tan fácil —mentí.

—Si supieras la de cosas que Bryan anda contando de ti...

—¿Ah, sí? ¿Y qué dice el muy estúpido?

—Que te acuestas con cualquiera. Nos cuenta todo, cada detalle de lo que hicieron.

—Una sola vez me acosté con él. Una. Y ya el bocón se cree dueño de mi vida.

—Mira, si quieres salgo contigo mañana y te demuestro que yo no soy como Bryan —dijo mientras me tomaba de la barbilla.

—¿Seguro? ¿O solo quieres lo mismo que él?

—Mañana a las dos, en el parque. Ahí vas a ver.

Le devolví el beso, porque la verdad es que Andrés también me gustaba. Nos besamos un buen rato, ahí en plena calle, sin que me importara nada. Él aprovechó para agarrarme las nalgas con las dos manos.

—Estás muy rica, Valeria. Eres la mujer más linda que se me ha cruzado en la vida.

Me dijo otras tantas cosas bonitas, y con eso bastó para convencerme, aunque yo sabía de sobra que lo único que buscaba era llevarme a la cama. Daba igual. Yo estaba dispuesta a abrirle las piernas a cualquiera que supiera hablarme con dulzura. Me metió mano por debajo de la falda, me besó hasta dejarme sin aire, y al despedirse me dio una palmada en el trasero.

Caminé a casa todavía agitada, y a media cuadra me topé con mi prima Tatiana, que ató cabos en cuanto me vio la cara.

—Valeria, ¿por qué estás toda colorada?

—Por nada —solté demasiado rápido.

—Estabas con Andrés.

—Que no.

—Si los vi. Hasta te dejaste besar. Tú sí que caes rápido, prima.

No pude negárselo.

—Fui a buscar a Bryan, no estaba, y me encontré a Andrés en el camino.

—Por eso vienes así, jadeando como si te hubieran prendido fuego —se burló—. Ese es otro que solo quiere lo mismo y ya.

—¿Y qué? Salgo con él y que pase lo que tenga que pasar.

Tatiana puso los ojos en blanco.

—Es solo sexo, Tati. ¿O tú no lo haces con tus novios?

—Sí, pero tú lo haces con el primero que te guste. Deja de ser tan fácil, que después se aburren y te dejan.

—Ya sé cómo soy —le dije riéndome—. Y así estoy bien.

***

Al día siguiente me arreglé para matar. Me puse solo una tanga de hilo diminuta, sin sostén, un vestido azul de licra ceñido al cuerpo, cortísimo, con un escote que marcaba todo. Tacones negros, el pelo suelto, maquillaje cuidado. La tela era tan fina que se me notaban los pezones con cualquier roce.

Cuando Tatiana me vio, soltó una carcajada.

—Mamita, que no se note tanto a lo que vas...

—No fastidies, Tati. No seas aguafiestas.

Mi abuela casi nos escucha, así que le dijimos que íbamos a vernos con unas amigas, y nos creyó. Tatiana me acompañó hasta el parque. Caminé rápido, ansiosa, y ahí estaba Andrés esperándome.

Lo saludé con un beso largo. Me pasó una mano por la cintura y la fue bajando despacio hasta las nalgas, apretándolas, y luego me hizo dar una vuelta para mirarme entera.

—Tienes una prima de lujo —le dijo a Tatiana, riéndose, y me dio otra palmada.

—Si se la van a comer, al menos invítenle algo —contestó ella, divertida, antes de dejarnos solos.

Andrés me tomó de la mano y me dijo que fuéramos a su casa. Lo seguí con mi caminado más coqueto, sintiéndome protegida por el hombre de turno.

***

Llegamos y nos sentamos en el sofá de la sala a besarnos. Sus manos no paraban: subían por mis muslos, se metían bajo el vestido. Me hizo sentarme a horcajadas sobre él y entonces lo sentí, duro, contra mis nalgas. Me restregué despacio mientras su lengua jugaba con la mía. Abrí las piernas para que viera que debajo no llevaba casi nada, porque el vestido se subía solo.

Sin dejar de mirarme a los ojos, llevó los dedos por encima de la tela y empezó a acariciarme. Yo ya estaba empapada. Insistió en el punto justo, con movimientos lentos, hasta arrancarme los primeros gemidos.

—¿Te gusta? —murmuró.

—Sí —fue todo lo que me salió.

Abrí más las piernas y él aceleró, hundiendo los dedos mientras me besaba el cuello. Como no llevaba sostén, me bajó el vestido de un tirón y se llevó un pezón a la boca. Lo chupó, lo mordisqueó suave, pasó la lengua por la punta una y otra vez hasta hacerme retorcer.

Me quité el vestido y la tanga, quedé desnuda, y me arrodillé frente a él. Le bajé el pantalón y la ropa interior de un solo movimiento. Lo besé entero, lo recorrí con la lengua, me lo metí en la boca hasta el fondo y se lo trabajé despacio, mirándolo. Él echaba la cabeza hacia atrás y se reía bajito de puro placer. Después se desnudó del todo y se quedó observándome.

—¿Lo quieres ya? —preguntó con la voz ronca.

Por dentro yo estaba ardiendo. Le subí encima, le puse los pechos en la cara para que los chupara.

—Métemelo todo —le pedí al oído.

Me llevé una mano a la espalda, lo acomodé en la entrada y bajé despacio hasta sentirlo completo. Empecé a moverme en círculos, adelante y atrás, sintiendo cada latido dentro de mí. Apoyé las manos en sus hombros y subí el ritmo, arriba y abajo, hasta que los dos terminamos casi a la vez. Me quedé encima de él un momento, temblando, con las piernas flojas y el cuerpo entero vibrando.

—Así te gusta, ¿verdad? —dijo él, todavía agitado.

No le contesté con palabras. Me tendí en el sofá, subí una pierna y dejé la otra estirada, y él se acomodó de nuevo entre mis muslos. Esta vez me hizo esperar, frotándome despacio antes de entrar, y cuando lo hizo lo sentí hasta lo más hondo. Con cada embestida se me escapaba un gemido que intentaba ahogar tapándome la boca, porque soy escandalosa y no quería que los vecinos escucharan.

Terminé de cuatro, con él agarrándome de las caderas, moviéndome a su antojo. Para entonces yo ya estaba deshecha: el maquillaje corrido, el rímel resbalándome por las mejillas mezclado con el sudor, el cuerpo entero rendido.

Con Andrés, a diferencia de Bryan, repetimos muchas veces. Y por si fuera poco, más adelante caí también con Cristian, el otro amigo del grupo. Los tres me trataron igual: como algo de usar y tirar, un capricho para las tardes aburridas. Y lo peor es que, sabiéndolo, volví cada vez que me llamaron.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Noctambulo77

Tremendo!! me dejó sin palabras, muy bien narrado

Martu_baires

Quiero la segunda parte!! como quedaron las cosas con Bryan despues de eso??

curiosa_stgo

Me encanto como lo contaste, se siente tan real. Estas cosas pasan mas seguido de lo que creemos jaja

Equilicua

El destino siempre tiene sus propios planes jajaja bien ahi

rosaura_k

Y Bryan se enteró algo despues? eso me quedó dando vueltas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.