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Relatos Ardientes

El amigo que me espiaba en el río del pueblo

El pueblo donde vivía mi padre tenía un clima que no daba tregua. El calor se metía en la piel desde el amanecer y no aflojaba hasta bien entrada la noche, así que mi refugio durante aquellos veranos siempre fue el mismo: una cascada escondida en un río de aguas cristalinas, lejos del centro, donde casi nunca aparecía nadie.

A veces iba con mi prima Carolina. Caminábamos casi media hora por una trocha de tierra hasta dar con el recodo donde el agua caía formando una poza honda y quieta. Nos metíamos para quitarnos el bochorno de encima, unas veces en short y blusa, otras completamente desnudas, convencidas de que nadie nos veía. Ese era el trato silencioso entre nosotras: el río era nuestro, y nadie más lo conocía.

Hasta que un día dejó de serlo.

Estábamos nadando sin ropa cuando Carolina se quedó quieta de golpe. Había visto moverse un arbusto en la orilla, más de lo que cualquier brisa podía explicar. Se tapó con los brazos y salió del agua casi corriendo, muerta de vergüenza ante la idea de que un hombre la hubiera visto así.

A mí, en cambio, no me dio el mismo pudor. Había algo en saberme observada que no terminaba de molestarme. No me tapé, no me escondí. Salí del agua con calma, me vestí sin prisa y volvimos a casa de mi abuela hablando de cualquier otra cosa.

Pero esa sensación se me quedó pegada durante días.

***

La tarde siguiente que quise ir, Carolina no pudo acompañarme. No me importó. Es más, creo que en el fondo prefería ir sola. Me puse un vestido corto de licra, ceñido, con tirantes finos y un escote que no dejaba mucho a la imaginación. No llevaba sostén, porque la tela marcaba todo, y cada pocos pasos tenía que estirarlo hacia abajo porque se me subía por los muslos.

Camino a la cascada me crucé con Mateo.

Mateo era uno de los amigos de Camilo, ese grupo de muchachos del pueblo que siempre andaban juntos. Rondaba los treinta, varios años más que yo, alto, de piel clara, con una forma de mirar que no disimulaba nada. Hacía tiempo que me rondaba con los ojos, y yo lo sabía perfectamente.

—¡Hola, Daniela! —dijo, repasándome de pies a cabeza sin ningún reparo.

—Hola, Mateo. ¿Cómo estás? —contesté, dejando que mi voz sonara más dulce de lo necesario.

—Bien. Tú como siempre, tan bonita.

Sentí un cosquilleo bajarme por el vientre. Era una tontería, una frase de las que cualquiera suelta sin pensar, pero en su boca y con esa mirada encima tuvo otro peso.

—Gracias —dije, y me incliné apenas para que el escote hablara por mí.

No perdió detalle.

—¿Y para dónde vas tan solita? —preguntó.

—A caminar un rato.

—¿Así, sin Carolina?

—Hoy no pudo venir.

Nos despedimos, pero al alejarme sentí su mirada clavada en mi espalda, bajando hasta donde el vestido amenazaba con subirse otra vez. Me giré con una sonrisa que no tenía nada de inocente mientras me alisaba la tela sobre las nalgas.

—¿Qué tanto miras? —le solté.

Se puso colorado, nervioso.

—Nada, nada.

—Sí, claro —dije, con las manos en la cintura, y seguí mi camino sin mirar atrás.

Sabía que iba a seguirme. Lo sabía y no hice nada por evitarlo.

***

Llegué a la cascada y me senté un momento en una piedra tibia. Miré a un lado y al otro. Ni un alma. Me quité el vestido y la tanga, y me quedé desnuda bajo el sol antes de meterme al agua.

El frío del río me apretó la piel de golpe. Se me endurecieron los pezones y una corriente me recorrió entera, esa mezcla de frío y calor que solo se siente al meterse al agua bajo un sol pesado. Floté un rato boca arriba, con el sonido de la cascada de fondo, sintiendo cómo la corriente me empujaba suavemente contra las piedras lisas del fondo. Me acaricié sin pensarlo demasiado, primero el pecho, después más abajo, dejando que el agua y mis propios dedos hicieran el resto hasta que me temblaron las piernas y tuve que apoyarme en una roca para no perder el equilibrio.

Y entonces lo sentí de nuevo. Esa certeza en la nuca de estar siendo observada.

Miré hacia la orilla con calma, casi esperándolo. Y ahí estaba Mateo, de pie entre los árboles, mirándome con unos ojos que no escondían lo que pensaba. Por un momento me quedé quieta dentro del agua, devolviéndole la mirada. Después sonreí y empecé a salir.

Me repasó de arriba abajo y soltó una risa tímida, como un niño al que pillaron haciendo algo prohibido.

—Deja de mirarme así —dije, tapándome los pechos con un brazo y el sexo con la otra mano, aunque los dos sabíamos que era puro teatro.

—Es que estás muy rica —murmuró, sin apartar la vista.

Esas palabras me subieron el ego más que cualquier otra cosa. Bajé los brazos despacio, me llevé las manos a la cintura y dejé que me viera entera.

—¿Por qué? ¿Nunca habías visto a una mujer desnuda? —pregunté, retándolo.

—Sí. Pero a una así, no.

Me acaricié el pecho con una mano mientras lo miraba a los ojos.

—¿La quieres?

No le di tiempo a responder. Me di la vuelta y me volví a meter al agua, sabiendo exactamente lo que iba a pasar a mis espaldas.

Cuando giré de nuevo, Mateo ya se estaba quitando la ropa. Se bajó la bermuda y todo lo demás sin ninguna vergüenza, y se metió al agua para acercarse a mí. Le bastaron tres brazadas.

***

Lo primero que hizo fue mirarme los pechos. Me tomó uno con la mano y apretó un pezón con más fuerza de la que esperaba. La piel se me puso dura y sensible bajo sus dedos, y solté un jadeo que me salió más agudo de lo que habría querido.

—Así no, no tan duro —protesté, riéndome, aunque ya estaba empapada y calentísima por dentro.

Aflojó la mano y me acercó hacia él. Empezó a besarme la mejilla, el cuello, esa zona justo debajo de la oreja que me deshace, y yo sentí cómo el calor que traía desde el camino se me concentraba entre las piernas. Le busqué la boca y le metí la lengua mientras le agarraba el sexo bajo el agua, acariciándolo despacio hasta sentirlo firme en mi mano. Estaba duro, caliente, palpitando contra mi palma, y me gustó notar cómo se tensaba cada vez que le rozaba la base con el pulgar.

—Mírame —le dije, pegando mi frente a la suya.

Él obedeció, respirando fuerte.

Separé un poco las piernas, dejando claro lo que quería. Él me hizo levantar una rodilla, apoyándola en su cadera, y se acomodó entre mis muslos. Primero me rozó la entrada, húmeda ya por el agua y por mí, y después empujó despacio, milímetro a milímetro, hasta hundirse en mí con un gemido ronco que vibró contra mi boca. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba entero el cuerpo desde abajo, y el agua alrededor nos empujaba con esa suavidad engañosa que volvía todo más salvaje.

—Así… así, carajo —murmuró, agarrándome por la cintura.

Yo me aferré a sus hombros, clavándole las uñas apenas, y empecé a moverme contra él. No había prisa. Me deslicé sobre su polla, dejándolo entrar y salir con un vaivén lento que enseguida se volvió más sucio, más profundo. Cada embestida me arrancaba un suspiro húmedo, cada choque de caderas levantaba pequeñas ondas alrededor de nuestros cuerpos. Le mordí el hombro para no gritar y él respondió apretándome el culo con ambas manos, haciéndome subir y bajar sobre él hasta que los dos terminamos casi al mismo tiempo, jadeando, con la frente pegada.

Salimos del río temblando un poco por el contraste con el aire caliente. Yo había llevado una toalla y nos secamos a medias, sin demasiada paciencia. La tela me raspaba la piel todavía sensible, y cada roce me recordaba el peso de su cuerpo dentro del mío.

Mateo me puso una mano en la nuca para besarme otra vez y la otra fue bajando por mi espalda hasta cerrarse sobre mis nalgas. Le respondí buscándolo de nuevo con la mano, despacio, mientras él me separaba con cuidado y me acariciaba con dos dedos, mirándome a los ojos. Yo le sonreía, sintiéndome más sensible de lo que jamás había estado.

—Te gusta que te joda, ¿verdad? —dijo, con la voz baja y áspera.

—Hazme lo que quieras —le contesté, sin apartar la vista.

Extendimos la toalla sobre el césped.

Me arrodillé frente a él y lo tomé con la mano. Tenía la polla gruesa, tibia, y la piel me rozaba la palma con una tensión deliciosa. Pasé la lengua despacio por la punta, saboreándolo, y luego lo metí entero en la boca, tragándomelo hasta sentirlo tocarme la garganta. Él me sujetaba el pelo y murmuraba cosas que no llegaba a entender, hasta que no aguantó más. Le chupé con más ganas, alternando lengua y succión, tragando saliva y dejándome manchar la boca con su sabor salado, mientras me empujaba suavemente la cabeza cuando se le venía encima.

—Eso, Daniela… así —gruñó, respirando a tirones.

Después me recosté sobre la toalla y abrí las piernas, mirándolo. Me acaricié yo misma, separándome los labios húmedos con los dedos para mostrarle cómo me tenía, y él soltó un sonido bajo al verme tan abierta y brillante. Entendió el mensaje. Bajó entre mis muslos y usó la lengua con una paciencia que no le conocía, alternando entre lamer y rodearme con la boca hasta hacerme retorcer sobre la tela. Me comió despacio al principio, hundiendo la lengua en mi coño y moviendo la punta en círculos que me hacían arquear la espalda; después fue directo, sin delicadeza, metiendo la cara entre mis piernas y chupándome con hambre, como si quisiera vaciarme entera.

—No pares —le pedí, con la voz rota.

No paró. Me sostuvo las caderas con fuerza, me abrió más y siguió lamiéndome hasta que las piernas me empezaron a temblar sin control. Cuando ya no podía más, se acomodó sobre mí y entró otra vez, esta vez con fuerza, con cada embestida sacándome un grito que se perdía entre el ruido del agua cayendo. Mi cuerpo estaba al límite, hipersensible, respondiendo a todo. Lo sentía resbalar dentro de mí una y otra vez, golpeándome profundo, mientras él apretaba los dientes y me decía al oído que estaba apretadísima, que me sentía mejor que cualquier mujer que hubiera tocado.

***

Cuando recuperamos algo de aire, me puse de espaldas, apoyada sobre las manos y las rodillas. Mateo me sujetó de la cintura y entró despacio, abriéndome otra vez, y luego subió el ritmo poco a poco hasta hacerme morder la toalla. Me daba palmadas suaves en el culo, una tras otra, y yo sentía las piernas flojas, el cuerpo entero en tensión. El sonido de su piel chocando contra la mía se mezclaba con mi respiración rota, con los gemidos que se me escapaban sin permiso.

—Así, no te me muevas —me ordenó, hundiéndose más hondo.

Yo obedecí a medias, echando el trasero hacia atrás para buscarlo mejor, empujándolo con hambre. Después me hizo girar y me puso las piernas sobre sus hombros, hundiéndose hasta el fondo. Yo movía la pelvis a su encuentro, adelante y atrás, apretándolo con cada vaivén, hasta que lo sentí estremecerse entero contra mí. Me agarré a sus brazos, notando la tensión de sus músculos y el sudor resbalándole por el pecho.

Me quedé tendida sobre la toalla, con las piernas como dormidas y un temblor que no me dejaba en paz. Me toqué a mí misma, todavía hinchada y sensible, separando otra vez mis labios con los dedos para rozarme donde más me dolía de gusto, mientras él me besaba el hombro y me observaba con una mezcla de orgullo y agotamiento.

—Aprietas riquísimo —dijo, casi sin voz.

—Y tú no te quedas atrás —contesté, riéndome bajito.

Nos metimos al agua una última vez para refrescarnos. El sol ya empezaba a bajar y teñía la poza de un dorado espeso, y ahí, con el río hasta la cintura y él pegado a mi espalda, todavía encontramos fuerzas para una vez más. Me sostuvo de las caderas y volvió a entrar en mí despacio, dejándome sentir cada centímetro mientras yo me recostaba contra su pecho y le guiaba el ritmo con las manos por el muslo. Nos movíamos despacio, sin prisa, dejando que el cansancio y el placer se mezclaran en cada movimiento, que el agua nos lamiera la piel y nos enfriara apenas el ardor. La tarde entera se nos fue así, entre el agua fría y la toalla tibia, sin que ninguno de los dos quisiera ser el primero en marcharse.

***

A Mateo lo seguí viendo durante aquel verano. Más de una vez lo metí a escondidas a la casa de mi abuela, que dormía tan profundo que jamás se enteró de nada. No fue el único, lo admito sin rubor: por aquella época yo sabía exactamente lo que me gustaba y no tenía la menor intención de disculparme por buscarlo.

Lo que empezó como una sospecha en la orilla del río —la idea de que alguien me espiaba entre los árboles— terminó siendo una de las confesiones que todavía guardo con una sonrisa. No me arrepiento. Aquel verano caluroso, lejos de la ciudad, aprendí que a veces el deseo más intenso nace justo de saberte mirada.

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Comentarios(11)

Facundo_b

tremendo!!! me tuvo enganchado de principio a fin

LunaRoja

se hizo cortisimo, quedé con ganas de mas... ¿hay segunda parte?

Coqueta_Sur

jajaja esto me recordó a un verano en el río que tuve de adolescente. Esas cosas no se olvidan nunca. Muy bueno

OjoCurioso_67

¿y después que pasó con el amigo? eso es lo que mas curiosidad me da jeje

GabrielaNC

Me encanto como lo escribiste, se siente muy real. Esa mezcla de naturalidad y atrevimiento quedó perfecta. Seguí publicando!

NorbertoQ

la ambientacion del río y el bosque le da algo muy especial al relato. casi te transportas ahí

SilvestreOk

increible, de los mejores de confesiones que lei aca

MarielaNoche

excelente!!! espero el proximo

Maxi_PBA

escrito con clase, sin vulgaridades innecesarias. Esas vivencias de pueblo tienen algo que los relatos de ciudad no tienen. Muy bueno

RiojaLibre

el titulo ya te atrapa y el relato cumple. Bien ahi

NarradorX

uno de esos relatos que te hacen querer volver al campo jaja. Muy bien logrado

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