Lo llamé borracha a las tres y le confesé todo
En ese instante exacto mi cuerpo entero temblaba. La rabia me subía por la garganta y me hacía castañear los dientes, como si en lugar de calor de verano corriera por mis venas un frío imposible. Estaba sentada al borde de la piscina, con los pies dentro del agua iluminada, y rebuscaba en mi memoria cualquier forma de recobrar la compostura antes de hacer una estupidez.
Y entonces tu voz se reprodujo dentro de mí, nítida, como el silbido de un pájaro al amanecer.
No lo pensé. Busqué el teléfono en mi bolso, pasé el dedo por la pantalla húmeda y marqué tu número. Eran las tres de la madrugada. Lo primero que escuché fue un bostezo largo, después tu voz ronca preguntando quién diablos llamaba a esa hora. Me reí sola en la oscuridad. Sonreí como una idiota.
—Hola, ¿cómo estás? —susurré, intentando que no se me notara el temblor.
Escuché una risita al otro lado, esa risa tuya baja y perezosa, y me dijiste que acababas de salir de la ducha. Sentí cómo la rabia se evaporaba de golpe. Como si yo misma me convirtiera en esas gotas minúsculas de agua, tan livianas como imperceptibles, que se desprenden del vapor y desaparecen en el aire.
Bostezando otra vez, me preguntaste qué hacía despierta.
—Bebiendo un poco —dije.
Quizás una botella entera.
—¿Y está bueno ese ron? —preguntaste.
En ese momento apenas me conocías, llevábamos un mes cruzándonos en los pasillos de la oficina y un par de cafés tibios. Pero sentí, con una certeza absurda, que ya me conocías de toda la vida.
—Oye, discúlpame por interrumpirte —murmuré—. Solo quería escuchar tu voz.
—¿Por qué? —tu tono cambió, se volvió más despierto, más atento.
—Porque cada vez que la escucho, cada vez que veo tu sonrisa... no esa sonrisa cerrada y educada que pones en las reuniones —hice una mueca de fastidio que no podías ver—, sino la otra, esa en la que se te marcan los dientes y los ojos se te achican.
Tomé aire. El agua de la piscina me lamía los tobillos.
—Veo tus manos. Lo gracioso que te quedan esos lentes que siempre se te resbalan por la nariz. Y me calmo, Nico. No sé cómo lo haces, pero me calmo.
Del otro lado solo había silencio, un silencio que no era incómodo sino lleno, como cuando alguien retiene el aire para no romper un momento. Imaginé tu cara en la penumbra de tu habitación, la toalla todavía en los hombros, el pelo goteándote por el cuello. Imaginé que sonreías sin querer sonreír. Yo sostenía el vaso sudado contra el pecho y sentía el frío del vidrio filtrarse a través de la tela mojada del traje de baño.
Sin darme cuenta cerré los ojos. Al otro lado de la línea te oí carraspear, como si no supieras qué hacer con lo que acababa de decir. Detrás de mí, la música seguía sonando, las voces se reían lejos, pero todo aquello me llegaba amortiguado, como si estuviera bajo el agua.
—Tranquilo —dije rápido, antes de arrepentirme—. No te molesto más.
Le hice una seña al chico de la barra para que me sirviera otro vaso. Mi voz salió más pequeña de lo que pretendía.
—¿Puedes desearme las buenas noches?
—Buenas noches, Renata.
—Buenas noches, Nico.
Estaba a punto de separar el teléfono de mi oreja cuando volviste a hablar. Me llamaste por mi nombre, bajito, y me detuve.
—Dime.
—¿Por qué yo? —preguntaste—. De toda la gente que hay en esa fiesta, ¿por qué me llamas a mí?
Bebí un sorbo largo del trago recién servido sin saber qué responderte. El hielo me golpeó los labios. Tardé tanto en contestar que pensaste que te había colgado.
—No lo sé —dije al fin—. Solo me haces sentir en calma. Me resultas tan cálido que sigo sin entender cómo hay gente capaz de querer humillarte, de ilusionarte para después dejarte tirado. Tu sola presencia ilumina el lugar y ni siquiera te das cuenta.
Hice una pausa. El corazón me latía en los oídos más fuerte que la música.
—Espero que algún día encuentres a alguien que te acompañe sin condiciones, sin juegos, sin letra pequeña. —Tragué saliva—. Me encantaría poder ser esa.
Y colgué antes de escuchar tu respuesta. Antes de darte la oportunidad de arruinarlo.
***
Abrí los ojos despacio. Me costó un segundo entender lo que veía. Ya no había nadie en la piscina, nadie en la barra, nadie bailando alrededor del parlante. Todos estaban formando un semicírculo a mi alrededor, mirándome en silencio, con caras entre divertidas y perplejas, como si acabaran de presenciar algo que no terminaban de creer.
El hombre que me había estado molestando toda la noche, el mismo que hacía media hora me había dicho cosas que me hirvieron la sangre, estaba sentado justo a mi lado. Tenía el rostro enrojecido y los ojos vidriosos. Lo vi tragar saliva, forzar una sonrisa que no le salía y levantar su vaso para chocarlo contra el mío.
—Espero que la pases bien con él —dijo con la voz pastosa.
Apoyó el codo en la rodilla y se inclinó hacia mí.
—No olvides invitarme a tu boda.
Le pregunté de qué demonios hablaba. La cabeza me daba vueltas, el ron y la confesión se me mezclaban en el pecho. Ladeó la cabeza con una lentitud teatral y me mostró la pantalla de su teléfono.
En la foto estaba yo. Bronceada, con el vestido de baño todavía húmedo por el pelo mojado que me caía sobre los hombros. Sostenía el teléfono contra la oreja con la mano derecha mientras con la izquierda jugaba con el borde del vaso. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa traviesa en la boca, y un brillo extraño, algo que no me había visto nunca, me cruzaba la cara y me hacía parecer otra. Me hacía parecer hermosa.
No recordaba que nadie me hubiera tomado esa foto. No recordaba haber estado tan entregada, tan sin defensas, frente a toda esa gente.
Me quedé mirando la pantalla más tiempo del que debía. En esa imagen no estaba la mujer furiosa que se había sentado al borde de la piscina con ganas de partirle la botella en la cabeza a alguien. Estaba otra, más blanda, más cierta, una que llevaba meses escondiendo detrás de los cafés tibios y las sonrisas educadas de oficina. Me reconocí en ella y, al mismo tiempo, me dio un poco de miedo cuánto se me notaba todo.
Un escalofrío me recorrió la espalda a pesar del calor. Había vaciado el pecho entero por teléfono, en voz alta, delante de desconocidos. Y ni siquiera me había enterado.
—Estabas… —el hombre buscó la palabra—. Estabas radiante. Daba envidia.
Se rió con amargura y apuró su trago de un solo golpe.
Antes de que pudiera responderle, una mano se posó sobre mi hombro desnudo. Cálida, firme, con esos dedos que yo había descrito hacía un rato sin saber que alguien los escuchaba. Me giré despacio.
Adrián, el anfitrión de la fiesta, el dueño de la casa, estaba de pie detrás de mí. Sonreía con una calma inquietante, esa de quien ya sabe cómo termina la historia. Se agachó hasta quedar a mi altura, me tomó la barbilla con dos dedos y me besó la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. Su aliento olía a menta y a algo más oscuro.
—Mírate —murmuró pasándome el pulgar por el flequillo mojado—. Ni siquiera has empezado y ya sabes que es tuyo.
Sentí su voz vibrarme en la nuca. No entendía si era una felicitación o una advertencia.
—No te sigo —dije, aunque algo dentro de mí empezaba a entenderlo todo.
Adrián se sentó en la tumbona de al lado sin soltarme la mirada. La piscina nos devolvía su reflejo tembloroso.
—Lo de esta noche no fue casualidad, Renata. —Hablaba bajo, solo para mí—. El imbécil que te calentó la cabeza, la botella de ron que apareció justo cuando la necesitabas, la foto. Quería ver de qué eras capaz cuando creías que nadie te miraba. Y vaya que lo vi.
Tragué saliva. El corazón se me había acelerado de nuevo, pero esta vez no era rabia. Era esa mezcla incómoda y deliciosa de vergüenza y excitación que nunca sé cómo nombrar.
—¿Y qué viste? —pregunté, y me odié un poco por el hilo de voz con que lo dije.
—Vi a una mujer que se desnuda entera por una sola voz al teléfono. —Se acercó hasta que su boca quedó a un palmo de mi oído—. Me pregunto qué harías si esa voz estuviera frente a ti.
Sentí el calor subirme por el cuello, por las mejillas, por detrás de las orejas. El vestido húmedo se me pegaba al cuerpo y, de pronto, cada centímetro de tela me molestaba. Pensé en Nico, en su risa perezosa, en sus manos. Pensé en lo que acababa de confesar sin querer. Y pensé que tal vez ya era demasiado tarde para fingir que no quería que alguien me tomara la palabra.
No has empezado y ya sabes que es tuyo.
La frase me daba vueltas en la cabeza mientras Adrián esperaba, paciente, una respuesta que él ya conocía. La música había vuelto a sonar. La gente se había dispersado. Y yo seguía con el teléfono apretado en la mano, todavía caliente, con el nombre de Nico iluminado en la pantalla y la tentación de marcar otra vez.
No sé en qué momento decidí que esa noche iba a confesarlo todo. No solo por teléfono. No solo con palabras.
Me puse de pie, dejé el vaso en el borde de la piscina y le sostuve la mirada a Adrián. Las piernas me temblaban, pero no de miedo.
—Enséñame esa foto otra vez —dije.
Y por primera vez en toda la noche, fui yo la que sonrió sabiendo cómo terminaba la historia.