Lo que vi en la ducha de mi suegro no me deja dormir
Me llamo Mariana y soy madre de un nene de cuatro años. Trabajo todo el día, lo busco en el jardín, comparto el departamento con mi mamá y, en teoría, mi vida no tiene un solo hueco libre. Pero hay algo que se metió en mi cabeza hace un par de semanas y vive ahí sin pagar alquiler. Algo que no debería pensar. Algo que tiene que ver con el señor Aguirre, el padre de mi novio.
Empezó una tarde por puro accidente. La puerta del baño estaba entreabierta y yo iba distraída, con el celular en la mano, sin imaginar que él estaba adentro. El vapor salía en bocanadas por la rendija. Y ahí estaba, bajo la ducha, con el agua cayéndole por los hombros y el pecho.
Me quedé clavada en el lugar. No fue una mirada de un segundo, como me gustaría poder decir. Fue más larga. Lo suficiente para que la imagen se me grabara entera: su cuerpo grande, las manos anchas, y entre las piernas una verga que colgaba pesada incluso así, en reposo. Gruesa en la base, con los huevos llenos apoyados contra el muslo, y una cabeza ancha que se asomaba entre el prepucio a medio recoger. Tragué saliva sin darme cuenta. Cerré la puerta despacio y me fui al patio con el coño ya latiendo y las bragas mojadas, rezando para que no me hubiera escuchado.
Desde esa tarde no me lo puedo sacar de encima.
***
Hoy en la oficina fue una tortura. Tenía una pila de planillas para cerrar antes del mediodía y no entendía ni una sola línea. Mi cabeza estaba en otra parte. Me imaginaba al señor Aguirre apareciendo por detrás en la cocina de su casa, levantándome la pollera sin decir una palabra, una de esas manos enormes apretándome la cadera para mantenerme quieta mientras la otra me corría la bombacha a un costado y me metía dos dedos gruesos hasta el fondo, sin preguntar, comprobando que estaba mojada para él.
Esto está mal. Está muy mal.
Y aun así no podía frenar. Pensaba en su voz baja diciéndome al oído que no hiciera ruido, que su hijo estaba en el living, que me aguantara la verga entera aunque me doliera. Me lo imaginaba abriéndose el pantalón sin siquiera bajárselo del todo, sacándose esa polla enorme y apoyándomela entre las nalgas, restregándomela contra el coño empapado antes de metérmela de una. Para la hora del almuerzo tenía las bragas arruinadas, pegajosas, y las piernas cruzadas con fuerza debajo del escritorio, como si así pudiera disimular la humedad que se me escurría hasta el elástico de las medias. Cada vez que una compañera se acercaba a preguntarme algo, yo sonreía y asentía sin haber escuchado una palabra, apretando los muslos para hacerme presión en el clítoris hinchado.
Podría haberle escrito a mi novio. Tiene un cuerpo lindo, sabe lo que me gusta, normalmente me alcanza y me sobra. Pero hoy no. Hoy ni siquiera él me servía. Lo que se me había metido en la cabeza era otra cosa, algo más pesado, más bruto, algo del tamaño de esa verga que vi colgando entre el vapor.
De vuelta a casa, manejando, fantaseaba con frenar el auto en cualquier calle lateral, meterme la mano dentro del pantalón y terminar lo que tenía empezado ahí mismo, con la frente apoyada en el volante y los dedos hundidos en el coño. No lo hice. Pero pasé por el mercado.
***
Compré un pepino. Uno grande, lo elegí a propósito: largo, firme, ancho en la base, con esa piel verde y áspera. Lo sopesé con la mano por encima del cajón, midiéndolo mentalmente contra el recuerdo de lo que le había visto colgar entre las piernas al señor Aguirre. Mientras la cajera lo pasaba por la balanza me subió un calor a la cara que no me podía explicar. Como si ella supiera. Como si todo el mundo pudiera leerme la intención en la cara, oler la humedad que llevaba entre las piernas.
Sé que es ridículo. Nadie sabía nada. Pero hacer algo prohibido me llena de una culpa que, encima, me prende todavía más. Pagué rápido, guardé la bolsa en el fondo de la cartera y manejé las últimas cuadras con el pulso golpeándome en las muñecas y las tetas apretadas contra el corpiño, los pezones tan duros que me molestaban con el roce de la tela.
Llegué, saludé a mi mamá, le hice mimos a mi hijo. La rutina de siempre: la cena, la charla, mi nene contándome cada detalle de su día en el jardín con esa seriedad que me derrite. Yo asentía y le acariciaba el pelo, pero por dentro estaba en otro lado, contando los minutos para que se durmieran los dos.
Cuando por fin la casa quedó en silencio, me encerré en mi cuarto.
***
Me saqué la ropa con apuro, dejando todo tirado en el piso. La blusa, el pantalón, el corpiño, las bragas empapadas que tuve que despegarme del coño con dos dedos. El aire fresco del cuarto me erizó la piel y los pezones se me pusieron duros casi al instante, chiquitos y rosados, tirando hacia arriba como si pidieran una boca. Me pasé las manos por las tetas, pellizcándomelos apenas, y solté un suspiro largo. Me acosté boca arriba, abrí las piernas y agarré el pepino. Lo miré un rato, dándole vueltas en la mano, imaginando que era su verga. Que era ese peso que había visto esa tarde bajo el agua, ahora duro, hinchado, latiendo para mí.
Señor Aguirre, ¿por qué me dejó así?
Pasé la lengua por la punta, despacio, mientras volvía a la escena de la ducha como vuelvo cada noche. Él de espaldas, el agua resbalándole por la columna, las nalgas duras contrayéndose bajo el chorro. Esa imagen sola me había mantenido viva las últimas dos semanas, cada vez que me quedaba sola y metía la mano entre las piernas. Me lo llevé a la boca un poco más, chupándolo despacio, mojándolo con mi propia saliva. Abrí grande la boca, dejé que la punta gruesa me estirara los labios, y lo empujé hacia adentro hasta que me dio arcada. Se me llenaron los ojos de lágrimas y me sonreí sola, imaginándome de rodillas frente a él, con esa polla enorme atragantándome, y él agarrándome del pelo para que no me apartara.
—Chupá bien, nuera —susurré con la voz que le puse en la cabeza—. Mojála toda que después te la meto entera.
Bajé la otra mano. Ya estaba mojada, mucho más de lo que esperaba, tanto que sentí el hilo tibio que se me escurría por la raja del culo hasta la sábana. Me toqué primero por arriba, en círculos lentos sobre el clítoris hinchado, sintiendo cómo cada caricia me arrancaba un suspiro que tenía que tragar para no hacer ruido. Después dos dedos adentro, despacio, abriéndome, preparándome. El coño estaba tan mojado que los dedos me entraban sin resistencia, con un ruido pegajoso que me daba vergüenza y me calentaba al mismo tiempo. Los saqué chorreando y me los llevé a la boca para probarme y, de paso, imaginar que era su semen lo que tragaba.
—Quedate quieta —me dije a mí misma, fingiendo que era su voz ronca la que lo ordenaba—. No te muevas, puta. Abrite bien de piernas y esperá.
Me estremecí. El calor me subía desde el coño hasta el pecho, me endurecía todavía más los pezones.
***
Apoyé la punta del pepino en la entrada del coño y empujé apenas. Tan grueso que costaba, presionando contra los labios hinchados, obligándome a respirar hondo para aflojar. La piel áspera del pepino se me enganchaba en el borde, y tuve que bajar otra vez la mano y untarme más flujo alrededor para que resbalara. Empujé de a poco, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, el frío de la verdura chocando con lo caliente que estaba por dentro. El coño me chupaba solo, me tironeaba hacia adentro.
—Ay, despacio… —murmuré contra la almohada, mordiéndome el labio para no levantar la voz—. Es muy grande, señor, es muy grande…
Dolía y me gustaba a la vez, esa mezcla rara que no sabría explicarle a nadie. Cerré los ojos y me imaginé que era él el que empujaba, con todo su peso encima, las manos grandes sosteniéndome los muslos abiertos para que no me escapara, la verga abriéndome de a poco mientras me miraba a los ojos y me decía sucio al oído.
Aguantá. Tomá toda la polla. No te voy a dejar ir hasta que me lo pidas llorando.
Lo metí más adentro, despacio, con paciencia, dejando que mi cuerpo se fuera acostumbrando a cada milímetro. A la mitad ya sentía el ardor, esa quemazón en la entrada, pero más abajo todo palpitaba pidiendo más. Empecé a moverlo, sacándolo casi entero y volviéndolo a hundir, encontrando un ritmo lento que me hacía arquear la espalda contra el colchón. Cada vez que lo hundía hasta el fondo, sentía cómo me golpeaba adentro, allá donde ni mi novio llega, y se me escapaba un gemido ronco que ahogaba contra la sábana.
Me imaginaba la escena completa. Él parado al costado de la cama, con la bata abierta y la verga apuntándome, mirándome desde arriba, una sonrisa apenas dibujada mientras me veía cogerme sola con la verdura para él. Le decía que se acercara. Le suplicaba que me la reemplazara con la suya, que me lo hiciera de verdad. La culpa de estar fantaseando justo con él, el padre del hombre con el que duermo, me prendía como nada. Eso era lo peor y lo mejor de todo: que estuviera tan prohibido.
—Sos terrible —me decía a mí misma con su voz inventada—. Mirá cómo tenés el coño por tu suegro. Toda mojada, toda abierta, esperando que te la meta.
Con la mano libre me apreté una teta, me tironeé el pezón, me lo pellizqué hasta que me dolió. Después bajé y me froté el clítoris en círculos rápidos mientras seguía cogiéndome con el pepino, dos ritmos distintos al mismo tiempo, el coño chorreando alrededor de la verdura, la sábana empapada debajo del culo.
***
No paré. Aceleré el ritmo, empujando hasta el fondo, sintiendo cada relieve de la piel del pepino rozándome por dentro, tocando un punto que me hacía apretar los dientes para no gritar. El cuarto estaba en silencio salvo por mi respiración entrecortada y el sonido húmedo, obsceno, del pepino entrando y saliendo de mi coño empapado, chof, chof, chof, un ruido pegajoso que me daba más vergüenza todavía. Tenía la frente y el pecho cubiertos de sudor, el pelo pegado a la cara, la boca abierta jadeando contra la almohada.
Levanté las rodillas, me abrí más de piernas, me clavé el pepino hasta donde entraba y giré la muñeca para que me refregara adentro. Después lo saqué entero, me lo pasé por el clítoris, me lo apoyé contra el ojete del culo apenas, jugando con la idea, pensando si él me lo haría también ahí, si me abriría los cachetes con esas manos anchas y me metería la lengua primero, si me lo pediría con esa voz baja mientras me tenía boca abajo. La sola idea me hizo temblar.
Lo volví a meter en el coño, esta vez de golpe, hasta el fondo, y solté un quejido ahogado. Me clavé las uñas de la otra mano en la sábana. Las piernas me empezaron a temblar solas, una señal que conozco bien. Estaba cerca. Lo perseguí con cada embestida, cada vez más rápido, repitiendo su nombre en silencio dentro de mi cabeza como si fuera un rezo al revés, mientras me machacaba el clítoris con dos dedos.
Señor Aguirre, no pare. Por favor, no pare ahora. Lléneme, lléneme el coño, córrase adentro, cárgueme de leche.
Y entonces llegó. Me vino de golpe, una ola que me empezó en el coño y me recorrió entera, dejándome rígida un segundo y temblando al siguiente. Tuve que apretar la cara contra la almohada para ahogar el grito. El coño se me contrajo alrededor del pepino, una y otra vez, apretándolo con tanta fuerza que se me hacía imposible moverlo, mientras las piernas se me sacudían sin que pudiera controlarlas y un chorro tibio se me escapaba por los costados, empapándome los muslos, el culo, la sábana. Nunca me había pasado así de fuerte, ni con mi novio, ni con nadie.
Me quedé así un rato largo, jadeando, con todo el cuerpo flojo y la piel erizada por las últimas réplicas del orgasmo, con espasmos chiquitos que me sacudían el vientre cada tantos segundos. La sábana estaba húmeda debajo de mí, hecha un desastre, con una mancha oscura que se me estiraba desde el culo hasta las rodillas. Saqué el pepino despacio, muy despacio, sintiendo cada centímetro salir de mí, y lo dejé a un lado, brilloso, chorreando de mi flujo, sintiéndome ridícula y satisfecha en partes iguales. Me llevé un dedo al coño todavía abierto y palpitante, lo hundí para acariciarme por dentro una última vez, y me lo chupé.
***
Ahora estoy acá, tirada en la cama, recuperando el aire, escribiendo esto en el celular para contárselo a ustedes, gente que no me conoce y nunca me va a conocer. Es la única forma que encontré de sacarme un poco de adentro lo que me pasa. De decirlo en voz alta sin tener que mirar a nadie a la cara.
Porque mañana voy a volver a verlo. El domingo comemos todos en la casa de mis suegros, como siempre. Voy a saludar al señor Aguirre con un beso en la mejilla, le voy a pasar el pan en la mesa, le voy a sonreír mientras mi novio me agarra la mano. Y voy a tener que disimular que cada vez que él se levanta para ir a buscar algo, yo me acuerdo de esa verga colgando bajo el agua, del pepino entrándome hasta el fondo esta noche, y se me seca la boca mientras el coño se me vuelve a mojar debajo de la pollera.
Sé que esto no debería pasarme. Que está mal por todos lados. Pero el deseo no me pregunta si está bien antes de aparecer. Por ahora me conformo con esto, con mis noches a solas, mi pepino escondido en el cajón y mi imaginación trabajando horas extra. Es lo único que tengo para aguantar sin cruzar la línea de verdad.
¿Alguien más carga con una fantasía que sabe que jamás debería contar? Capaz que leerlas me ayude a sentirme un poco menos sola con la mía.





