Grabé a mi novia con otro y no pude parar
Nunca pensé que escribiría esto, pero necesito sacarlo de dentro o no voy a dormir. Lucía y yo llevábamos cuatro años juntos cuando empezó la idea. Primero fue un juego de cama, una fantasía que susurrábamos a oscuras y que al día siguiente fingíamos haber olvidado. Hasta que un día dejamos de fingir.
Fue ella quien lo dijo en voz alta. Una madrugada, con la cabeza apoyada en mi pecho y mi polla todavía blanda entre sus dedos después de habernos corrido los dos, me confesó que quería sentir a otro hombre. No a mis espaldas, me aclaró enseguida: delante. Quería que yo lo viera todo, que lo grabara, que estuviera ahí mientras otro tío le abría las piernas y se la follaba con ganas. Y lo más raro es que la idea, en vez de destrozarme, me puso más duro de lo que llevaba meses. Se dio cuenta enseguida, me apretó la verga y se rió bajito contra mi cuello.
Tardamos semanas en atrevernos. Buscamos en foros, descartamos a decenas de tipos que solo querían una cosa rápida, hasta que apareció él. Se hacía llamar Damir, croata afincado en Ámsterdam, y lo primero que nos mandó no fue una foto, sino un listado de reglas. Yo grababa y obedecía. Lucía obedecía y disfrutaba. Él mandaba. Si aceptábamos, nos esperaba un fin de semana en su loft.
Aceptamos. Compramos los billetes esa misma noche, antes de arrepentirnos.
***
El loft estaba en una calle tranquila del barrio de De Pijp, en un edificio de ladrillo con un ascensor antiguo que daba directo al salón. Lucía se había puesto un abrigo largo encima de un conjunto de encaje negro que había elegido para él, no para mí, y eso ya me decía algo de la noche que venía. Yo llevaba la cámara en la mochila y un nudo en el estómago que no sabía si era miedo o ganas.
Damir era exactamente como en las fotos y peor para mi orgullo: más alto que yo, ancho, con los brazos tatuados y una calma que llenaba la habitación. Nos hizo pasar, nos ofreció agua y repasó las reglas una a una, mirándola a ella casi todo el rato y a mí solo cuando le tocaba humillarme un poco.
—Tú coges la cámara —me dijo, señalando el trípode—. De cerca. Quiero que no te pierdas nada. Tú quisiste estar aquí, así que vas a estar de verdad. Y quiero que se te ponga dura mientras la grabas. Si no se te pone, algo no estás haciendo bien.
Asentí. Saqué la cámara con las manos algo torpes, la encendí y la luz roja se quedó fija. A partir de ese momento todo iba a quedar registrado, y esa certeza me apretó la garganta.
Damir se acercó a Lucía sin prisa. Le desabrochó el abrigo botón a botón, mirándola a los ojos, y cuando la prenda cayó al suelo y apareció el encaje, ella ya respiraba con la boca entreabierta. La conocía lo suficiente para saber que estaba más excitada de lo que jamás la había puesto yo. Se le marcaban los pezones a través del sujetador y, cuando él le pasó la mano por la entrepierna por encima de las bragas, la tela ya estaba oscura de lo mojada que estaba.
—Acércate —me ordenó él sin volverse—. Graba la cara de tu novia. Y graba también esto. —Le enganchó dos dedos al borde de las bragas y las apartó lo justo para enseñar el coño hinchado y brillante a la cámara—. Mira lo mojada que la tiene tu chica y todavía no la he tocado.
***
La besó como si la conociera de toda la vida. No fue un beso tímido de primera cita, fue un beso que la dobló por la cintura, que la dejó agarrada a su pecho buscando aire. Le metió la lengua hasta el fondo y con la otra mano le arrancó el sujetador de un tirón, dejándole las tetas al aire. Se las agarró enteras, se las apretó, le pellizcó los pezones hasta que Lucía soltó un quejido dentro de su boca. Yo grababa a medio metro, viendo cómo Lucía se entregaba a esa boca, cómo gemía dentro de ella, cómo se le doblaban las rodillas cuando él le metió dos dedos de golpe dentro del coño por encima del encaje, y sentí algo nuevo: una mezcla de celos y de deseo tan intensa que me costaba sostener la cámara firme. Yo también estaba durísimo dentro del vaquero, y él lo sabía.
Él se sentó en el sofá, se abrió la bragueta y se sacó la polla. Era más gruesa que la mía, más larga, y estaba ya completamente empalmada, con una vena marcada corriendo por todo el tronco. Guió a Lucía hacia abajo, hasta dejarla de rodillas entre sus piernas. La miró un instante, después me miró a mí.
—De cerca —repitió—. Que se vea bien cómo se la come.
Lucía lo tomó con la boca despacio, sacando la lengua primero para lamerle desde los huevos hasta la punta, con una entrega que no le había visto nunca. Se metió el glande entero y bajó milímetro a milímetro hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta y le saltaron las lágrimas. Subía y bajaba, usaba las dos manos alrededor del tronco, hacía ese ruido húmedo y sucio que ella nunca se atrevía a hacer conmigo, se apartaba para recuperar el aire con hilos de saliva colgando de la barbilla, y volvía a tragárselo entero. Damir le agarró la nuca y empezó a marcarle el ritmo, follándole la boca sin miramientos.
—Así, guarra, hasta abajo —le decía—. Que te la coma tu novio con los ojos.
En un momento me buscó con la mirada por encima del objetivo, los ojos brillantes y la boca llena, y me guiñó un ojo. Estaba diciéndome, sin palabras, lo mucho que le gustaba tener otra verga en la garganta mientras yo lo grababa. Se apartó, escupió sobre el glande, lo frotó contra sus tetas, se lo volvió a meter. Estuvo mamándosela así hasta que a él se le tensaron los muslos y tuvo que empujarla de la frente para no correrse todavía.
—Túmbate —le dijo al cabo de un rato, levantándola sin esfuerzo y dejándola sobre el sofá.
Le arrancó las bragas del todo, se las tiró a la cara y le abrió las piernas con las dos manos hasta ponerla completamente abierta contra el respaldo. Bajó la cabeza y le clavó la lengua entre los labios del coño de un lametón largo, de abajo arriba, terminando en el clítoris. Se lo chupó con hambre, se lo mordisqueó, le metió dos dedos y los curvó buscándole el punto por dentro mientras seguía comiéndosela. Lo que siguió no lo había visto Lucía conmigo en años: arqueó la espalda, se agarró a los cojines, cerró los muslos contra la cabeza de él y volvió a abrirlos, dejó de controlar los sonidos que hacía. Los gemidos se le rompieron en gritos, empezó a decir «así, así, no pares, así» a la cámara, a mí, a nadie. Se corrió contra su boca con un grito largo que rebotó en las paredes desnudas del loft, empapándole la barba, y yo lo grabé todo, de cerca, con la mano libre clavada en el muslo para no temblar y con la polla dándome tirones dentro del pantalón.
—Buena chica —dijo él, limpiándose con el dorso de la mano y enseñándole después los dedos brillantes a la cámara—. Ahora lo importante. Sigue grabando, y tú —me señaló sin mirarme— ponte donde lo veas todo. Quiero que veas cómo entra.
***
Cuando él se colocó sobre ella, sentí que se me secaba la boca. Se pasó la punta de la polla por los labios del coño, arriba y abajo, mojándose entero con lo que ella acababa de correrse. La punteó una, dos veces, sin llegar a meterla, hasta que Lucía levantó las caderas rogándole. Entonces empujó. Lucía lo recibió despacio, centímetro a centímetro, con los dedos clavados en sus hombros y la cara descompuesta entre el dolor y un placer que no le cabía en el cuerpo. Yo grababa la unión desde abajo: cómo el tronco desaparecía dentro de ella, cómo los labios del coño se estiraban alrededor, cómo salía brillante y volvía a entrar. Cada embestida sacaba de Lucía un «ah» agudo, casi de sorpresa, como si cada vez no se creyera del todo lo que le estaba pasando.
—Dile a tu novio lo que sientes —le ordenó él sin dejar de moverse, cada vez más hondo, cada vez más fuerte.
Lucía giró la cabeza hacia la cámara, hacia mí, con los ojos vidriosos y la boca floja.
—Es… distinto —jadeó al ritmo de los golpes—. No es como contigo. Es más. Es más grande. Me llega hasta dentro. Lo siento todo, todo.
Tendría que haberme dolido más de lo que me dolió. Y lo cierto es que me dolió y me encendió a partes iguales, y odié no saber distinguir las dos cosas. Seguí grabando mientras él la cambiaba de postura sin preguntar: la puso boca abajo, le levantó el culo con una mano y con la otra la agarró del pelo, y volvió a metérsela de una embestida seca que hizo temblar el sofá. Le dio palmadas en las nalgas hasta dejárselas rojas, la folló así, a cuatro patas, con las tetas rebotando contra el cojín y la boca abierta contra la tela. Luego la levantó, se sentó él y la dejó marcar el ritmo sentada encima, empalada del todo, moviéndose hacia adelante y hacia atrás mientras él le chupaba los pezones y le clavaba los dedos en las caderas. Lucía se corrió otra vez encima de él, encogiéndose entera, y otra más cuando la puso de lado y le levantó una pierna sobre su hombro para entrarle desde un ángulo nuevo. Perdió la cuenta, se perdió ella misma. Le caía saliva por la comisura, tenía marcas rojas en el cuello, en los pechos, en el interior de los muslos. Yo no existía salvo como la mano que sostenía la cámara y como el bulto duro entre mis piernas que ya no me molestaba disimular.
La sesión se alargó tanto que perdí la noción del tiempo. Damir no tenía prisa por terminar; controlaba cada minuto como si el reloj le obedeciera a él también. La sacaba entera, esperaba a que ella lloriqueara pidiéndosela otra vez, y volvía a metérsela hasta el fondo. Cuando por fin avisó de que estaba cerca, la puso de espaldas, le pidió que le mirara, y se quedó dentro, empujando cada vez más hondo, más rápido, hasta que se le tensó todo el cuerpo encima de ella.
—Graba esto —me dijo, y por primera vez su voz sonó ronca, casi humana—. Graba cómo la lleno.
Grabé cómo se vaciaba en ella con tres, cuatro embestidas largas y profundas, cómo apretaba los dientes y soltaba un gruñido bajo, cómo Lucía cerraba los ojos y soltaba un suspiro larguísimo al sentir el chorro de semen caliente derramándose en su interior. Cuando él se apartó despacio, la corrida le empezó a escurrir por fuera del coño, blanca y espesa, resbalándole por el perineo hasta el sofá. Damir me hizo un gesto para que acercara el objetivo, y grabé el primer plano de mi novia abierta y llena de semen ajeno, con los muslos temblando y el coño hinchado goteando lo que otro le acababa de dejar dentro. Grabé el silencio que vino después, el sonido de las dos respiraciones, el goteo de la luz de la calle entrando por la ventana. Y me di cuenta, con la cámara temblando, de que acababa de ver lo más íntimo y lo más humillante de mi vida, y que no quería borrarlo.
***
Él se apartó del todo, se limpió la polla con una toalla sin dejar de mirarme, y me sonrió a medias.
—Te toca —dijo—. No para que disfrutes tú. Para que sientas la diferencia. Métesela ahora, con la mía todavía dentro, a ver qué notas.
No voy a fingir que me negué. Dejé la cámara en el trípode, todavía grabando, me bajé los pantalones con dedos torpes y me coloqué entre las piernas de Lucía. Tenía la polla dolorida de tanto rato empalmado. Ella me recibió sin resistirse, todavía temblando, y me buscó la cara con las manos.
—Sigue —susurró—. No pasa nada. Sigue, mi amor.
Me la metí de una sola vez y casi me corro ahí mismo. Fue la sensación más extraña que recuerdo: el calor absurdo que había dentro, lo abierto y resbaladizo que la notaba, el semen de otro tío envolviéndome la verga entera con cada empujón, saliendo por los bordes cuando entraba a fondo. La mirada de Damir vigilándolo todo desde el sillón con los brazos cruzados y la polla otra vez medio dura, satisfecho. Cada embestida hacía un ruido húmedo, obsceno, y Lucía me miraba desde abajo con una ternura rara mientras me pasaba las manos por la espalda. Me hizo sentir pequeño y, a la vez, parte de algo que ninguno de los dos sabía nombrar. Aguanté sin terminar, la saqué antes de correrme, no porque me lo ordenaran, sino porque sentía que ese final no me pertenecía esa noche.
—Ya está —dijo él al rato, levantándose—. Buena primera sesión. Mañana, si queréis, repetimos.
Apagué la cámara con los dedos entumecidos. El loft se quedó en un silencio raro, denso, mientras Lucía y yo nos vestíamos sin hablar, evitándonos la mirada como dos cómplices de algo que aún no entendíamos. Ella se guardó las bragas rotas en el bolso.
***
En el taxi de vuelta al hotel, Lucía apoyó la cabeza en mi hombro y no dijo nada durante un buen rato. Yo miraba pasar las farolas mojadas y repasaba mentalmente cada plano que había grabado, incapaz de decidir si lo que sentía era amor, celos o las dos cosas hervidas juntas.
—¿Estás bien? —preguntó al fin, con un hilo de voz.
—No lo sé —respondí, y era la verdad—. ¿Y tú?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, me apretó la mano y me la guió por debajo del abrigo hasta ponérmela entre las piernas. Todavía estaba mojada, todavía estaba caliente.
—Nunca me había sentido tan deseada. Y nunca me he sentido tan unida a ti como cuando te miraba detrás de la cámara.
Esa noche, en la habitación pequeña del hotel, pusimos el vídeo en el móvil y lo vimos juntos, abrazados en la cama. A los dos minutos ya la tenía otra vez encima de mí, desnuda, con la pantalla apoyada en la almohada de al lado. Se sentó sobre mi polla y se dejó caer entera de una sola vez, con el coño todavía sensible, gimiendo bajito para no despertar al del cuarto de al lado. Se movió despacio, mirando el vídeo por encima de mi hombro, contándome al oído lo que había sentido en cada momento: cómo le dolió la primera embestida de Damir, cómo se corrió sin poder evitarlo con la boca de él entre las piernas, cómo notó el chorro caliente por dentro cuando se corrió. A mí se me escapó la corrida a los pocos minutos, empujando hacia arriba dentro de ella mientras en la pantalla otro se corría también en su coño. No sé en qué punto exacto entendí que aquello no iba a ser una sola vez. Quizás cuando ella, sin apartar los ojos de la pantalla, susurró que quería volver.
—Mañana —dijo, más afirmación que pregunta, mientras yo todavía estaba dentro de ella—. ¿Volvemos mañana?
La miré. Tenía los ojos cansados y, sin embargo, encendidos, esperando mi respuesta como si de ella dependiera todo.
—Volvemos —contesté.
***
Escribimos a Damir por la mañana, los dos juntos, eligiendo cada palabra. Le dimos las gracias, le pedimos una segunda sesión, le prometimos cumplir sus reglas otra vez. Contestó en menos de diez minutos con una hora y una sola frase: que preparáramos las ganas.
Pasamos el día en una nube de nervios. Lucía compró un conjunto nuevo, esta vez rojo, más atrevido, con unas bragas de rejilla que apenas tapaban nada. Yo limpié la lente de la cámara tres veces sin necesidad, solo para tener las manos ocupadas. Ninguno mencionó lo evidente: que habíamos cruzado una línea de la que no se vuelve, y que ya no queríamos volver.
Han pasado meses desde aquel primer viaje. Tenemos una carpeta entera de vídeos que solo vemos nosotros dos, y un secreto que nos une más de lo que nos separa. La gente diría que perdí algo aquella noche en Ámsterdam. Yo, cuando me sincero del todo, sé que encontré una versión de Lucía y de mí mismo que no sabía que existía.
No espero que nadie lo entienda. Solo necesitaba contarlo, por una vez, tal como fue. Y confesar que, si ella me lo pidiera ahora mismo, volvería a coger la cámara sin dudarlo.