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Relatos Ardientes

La pareja tímida que me contrató para su primer trío

Cuando me dedicaba a esto, uno de los servicios que más me pedían era acompañar a parejas en su primer trío. Muchas veces era la primera vez que se atrevían, y contrataban a alguien como yo para tantear el terreno antes de meterse en el mundo de los intercambios o de las fiestas privadas. Querían saber si la cosa funcionaba con un extraño antes de complicarse la vida con conocidos.

Aquella pareja me escribió un martes por la tarde. Rondaban los treinta, vivían en un piso luminoso del centro y, según me explicaron por teléfono, querían algo muy concreto: que yo interactuara con los dos. Es decir, que él también tuviera sexo conmigo, no solo mirar mientras yo me ocupaba de ella. Acepté, acordamos precio y hora, y dos días después estaba llamando a su puerta.

Me recibieron con una amabilidad casi exagerada, de esas que delatan los nervios. Él se llamaba Bruno; ella, Carla. Me ofrecieron algo de beber, charlamos en el sofá unos minutos y enseguida noté que Carla estaba tensa. Sonreía, pero le costaba sostenerme la mirada y movía las manos sin parar sobre los muslos.

Cada cliente necesita un trato distinto, y con el sexo todavía más, porque el abanico de personalidades es enorme. Puedes encontrarte desde alguien a quien le va que lo azoten y lo traten mal, hasta una persona que lo único que busca es un poco de ternura y que seas amable. Por eso, antes de cualquier otra cosa, pregunto. Como vi a Carla nerviosa, le pregunté directamente si estaba segura de querer hacerlo. Miró a Bruno, soltó una risita incómoda y asintió con la cabeza.

—¿Habéis hecho algo parecido antes? —pregunté.

—No, nunca —respondió Bruno—. Le hemos dado muchas vueltas, pero nunca nos atrevimos.

Siempre me he implicado en la parte emocional de estos encuentros, y siempre insisto mucho en el consentimiento. En estas situaciones casi siempre hay uno de los dos que lo desea más que el otro, y la otra parte accede por complacer, no porque le apetezca de verdad. Cuando una escena no me cuadra, me gusta hablar a solas con cada uno. Así que les propuse hacerlo, y aceptaron.

Primero hablé con Bruno en la cocina. Me dijo más o menos lo mismo que ya sabía: quería probar el trío, ampliar lo que hacían en la cama y, sobre todo, comprobar qué sentía estando con otro hombre. Lo decía con una mezcla de vergüenza y curiosidad que me resultó tierna.

Después fue el turno de Carla. A solas se puso aún más nerviosa, así que le cogí la mano y le pedí que respirara.

—Si no estás segura, o si lo haces solo por él, dímelo ahora —le dije—. No pasa absolutamente nada. Me visto y me voy, y nadie se enfada.

Ella negó con la cabeza y sonrió de verdad por primera vez.

—Sí quiero —contestó—. Es que soy muy tímida y me cuesta soltarme con gente que no conozco. Pero quiero.

Era preciosa. Bajita, con una melena rubia y rizada que le caía sobre los hombros, y unos ojos azules enormes. Me alegró comprobar que estaba todo bien, no solo por el trabajo, sino porque la idea de pasar la tarde con aquella mujer empezaba a gustarme de verdad.

***

Aclarado lo importante, los tres nos fuimos a la habitación. Abracé a Carla, le acaricié esa cara tan bonita y empecé a besarla muy despacio. Seguía rígida, pero a medida que la besaba la notaba aflojarse, como si cada beso le quitara un poco de peso de encima. Besaba bien, con cuidado, y olía a algo dulce que no supe identificar.

Le acaricié de nuevo el rostro, ella sonrió y empecé a quitarme la ropa. Los dos comenzaron a tocarme, ella con miedo, apenas rozándome. Le cogí las manos y se las puse sobre mi pecho, luego sobre mi culo —los tres nos reímos— y por último sobre mi sexo. Le entró otra risa nerviosa, pero empezó a acariciarme y, mientras lo hacía, se le iba cortando la respiración.

Toqué a Bruno, que ya estaba duro, y le di un beso para que comprobara si le gustaba. Dudó medio segundo, y enseguida fue él quien me besó a mí, con más ganas de las que yo esperaba. Carla nos miraba acariciándonos a los dos, y se notaba que aquello le encantaba: ver a su novio besando a otra persona la encendía más que cualquier otra cosa.

Los besos dieron paso al sexo oral. Senté a Bruno en el borde de la cama y empecé a chupársela. Gemía y me sujetaba la cabeza mientras subía y bajaba. Entonces miré a Carla y le hice un gesto para que se uniera. Dirigí el miembro de su novio hacia su boca, ella le dio unas chupadas mientras yo le acariciaba el pelo, y en una pausa la besé. Lo pusimos entre las dos y lo chupamos a la vez.

Si nunca lo habéis probado, os lo recomiendo: compartir una polla con vuestra pareja, o con alguien que os gusta, sentir sus labios rozando los vuestros con un sexo de por medio, es de las cosas más excitantes que hay. Hace que la confianza entre vosotros crezca de golpe.

Después llegó el turno de ella. La tumbé en la cama, la besé otra vez, le chupé esos pechos pequeños y firmes, y bajé a comerle el coño con un hambre que no fingí. Tenía muy poco vello, era rosado y delicioso. Ella gemía mientras Bruno le mordisqueaba los pezones, y el nerviosismo del principio se había convertido en puro placer. Cuando le provoqué el orgasmo, se quedó unos segundos quieta, con los ojos cerrados, disfrutando del temblor.

***

Le pregunté a Bruno si quería probar mi polla. Se encogió de hombros con un «vale» que no engañaba a nadie: se moría de ganas, solo le faltaba el permiso. Me tumbé junto a Carla y él se la metió en la boca. Se notaba que no lo había hecho nunca, así que le fui dando indicaciones suaves, sin prisa.

—Más despacio. Con la lengua, no solo con los labios. Eso es.

Mientras él exploraba cómo chupar su primera polla, yo acariciaba a aquella rubia, que ahora miraba atenta cómo su novio me hacía el trabajo. Tras un rato, ella se sumó, compartieron mi sexo, y cuando Bruno pareció tener bastante, se quedó ella sola chupándomela. Lo hacía con ansia, sin rastro de la timidez del principio. Ya no quedaba nada de la mujer asustada del sofá; ahora era puro deseo.

La besé otra vez y volví a comerle el coño un poco más. Estaba muy mojada, así que me puse el condón, miré esos ojos azules y la penetré despacio. Fui subiendo el ritmo mientras ella gemía cada vez más fuerte y me clavaba las uñas en los brazos. Hice una pausa, la puse a cuatro patas, y entonces fue Bruno quien la penetró mientras ella me la chupaba a mí.

Tenía una cara tan bonita que cada poco interrumpía la mamada para besarla. Al final me senté delante de ella, le sujeté la cabeza y estuve besándola mientras su novio la embestía. Nuestros labios se encontraban entre gemido y gemido, con esa expresión de placer que no se puede fingir.

***

Hicimos una pausa para beber agua. Les pregunté entonces si querían penetrarme. Se miraron y los dos asintieron. Ahora en sus ojos había expectación, como si se les abriera una puerta hacia algo que nunca habían imaginado.

Saqué de la mochila un dildo y el lubricante, pero antes les pregunté si se atrevían a comerme el culo. Bruno dudó, no parecía muy convencido, pero Carla sí quiso. Me puse boca arriba con las piernas levantadas y ella empezó a lamerme. Le indiqué que lo estimulara también con los dedos y la animé a meter uno.

Me hizo caso. Sonreía, risueña, descubriendo algo nuevo que la emocionaba. Cuando noté su dedo dentro me excité muchísimo, y después de un rato jugando le dije que cogiera el dildo, lo lubricara bien y lo metiera. No era enorme, pero tenía un tamaño que a alguien sin experiencia podía intimidarlo.

—¿Quieres que te lo meta entero? —me preguntó, entre sorprendida y divertida.

Asentí. Con muchísimo cuidado fue abriéndome poco a poco. Le pedí que lo metiera más adentro, y cuando solté un resoplido, ella se quedó fascinada. Tenía aquel juguete dentro de mí por completo, y parecía no creérselo. Le indiqué que lo sacara y lo metiera, y se puso a la tarea como una niña con un regalo nuevo, abriéndome el culo y poniéndose cachonda al mismo tiempo.

Cuando estuve preparado, le dije a Bruno que me penetrara. Se acercó algo temeroso y me la metió despacio. Al sentir cómo lo apretaba, se mordió el labio inferior y empezó a moverse. Poco a poco el miedo se le fue disipando y comenzó a embestirme con ganas. Mientras yo gemía, agarré a Carla y le pedí que me besara, cosa que hizo encantada.

Pasado un rato avisé de que me iba a correr. Ella puso la boca sobre mi sexo y recibió el final, me dio unas cuantas chupadas más y se quedó con la cara cubierta. Se rió y me besó. Poco después Bruno salió, se quitó el condón y se corrió sobre la boca de las dos. Le di unas chupadas yo, luego ella, y volvimos a besarnos con las caras llenas, sin ningún pudor.

***

Lo cierto es que Carla me había gustado más de lo que esperaba. Después del servicio estuve pensando en ella una temporada, más de lo que debería. Una sabe que no hay que mezclar las cosas, pero a veces es difícil no sentir cierta conexión, cierto afecto, por un cliente, sobre todo cuando la experiencia ha sido tan buena como aquella.

Me pasaba con algunas mujeres, nunca con un hombre. Los hombres, para mí, eran solo trabajo y placer físico; con las mujeres había algo más, un hilo de sentimiento que de vez en cuando se me enredaba. Y aquella tarde, con aquella rubia tímida que dejó de tener miedo entre mis brazos, fue una de las pocas veces que terminé un poco enganchada de alguien a quien sabía que no iba a volver a ver.

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Comentarios (5)

Toni_BA

Que relato!!! Me engancho desde la primera linea. Muy bien narrado

Lucia_1988

Por favor, hay segunda parte?? Justo cuando se estaba poniendo bueno se termino, quede con ganas de mas

NorbertoSF

Me recordo un poco a algo que viví hace años. Los nervios al principio son lo mas difícil de superar, lo captaste muy bien

Rodrigo_lector

Una pregunta, fue una sola noche o hubo algo despues entre ellos tres? Quedé intrigado jaja

Pame_cba

increible!!! sigan publicando cosas así

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