La deuda que acepté pagar esa noche en su club
Nadia, Carla y Lorena no salían de su asombro. Aquel hombre era seducción en estado puro, y cualquier mujer del local podía notarlo a tres metros de distancia. Cuando respondí que sí a su orden, las tres se quedaron descolocadas, mirándome como si acabara de cometer una locura que ellas envidiaban en secreto. Tenían los ojos tan abiertos que casi se les salían de las órbitas.
—Bruna, ¿qué haces? —me preguntó Lorena.
Su preocupación me golpeó durante un segundo. No sabría explicar por qué, pero había un miedo en su mirada que me hizo replantearme la decisión por un instante. Solo por un instante. Bastaba con volver a sentir el peso de la mano de ese hombre sobre mi muñeca para que la duda se me evaporara del cuerpo como un mal pensamiento.
Los dedos de él se deslizaban despacio por mis muñecas, trazando su contorno con una precisión casi obsesiva. Cada roce era un examen, un estudio minucioso, como si pudiera leer en mi piel secretos que ni yo misma conocía. Su mirada, fija y penetrante, me mantenía en un estado de alerta constante. La yema de su pulgar bajó hasta el pulso, se detuvo allí, y noté cómo la sangre me latía más rápido bajo su tacto. Como si aquel hijo de puta pudiera contarme las pulsaciones y adivinar, por el ritmo, lo mojada que me estaba poniendo la falda sin necesidad de meterme la mano entre las piernas.
Había algo en aquel hombre que me descolocaba por completo. Su presencia imponente, el traje negro impecable, la autoridad que emanaba sin el menor esfuerzo… todo en él exigía respeto. Pero, al mismo tiempo, su determinación, esa forma de sostenerme como si nada en el mundo pudiera apartarme de su lado, y ese magnetismo oscuro que irradiaba encendían en mí algo tan perturbador como irresistible. Los pezones se me habían endurecido bajo la tela del vestido hasta marcarse, y noté un tirón sordo, insistente, entre las piernas. Un latido en el coño que no había pedido permiso para empezar y que no pensaba pararse por mucho que yo apretara los muslos.
—Ven… vayamos por aquí —dijo con voz grave, cada palabra cargada de certeza.
Me tomó de la mano con una fuerza que no admitía réplica y tiró de mí. Al pasar junto a uno de sus hombres de seguridad, se inclinó lo justo para susurrarle algo al oído. Luego, sin soltarme, entrelazó sus dedos con los míos, como si sellara un pacto silencioso, y me condujo hacia un pasillo en penumbra donde la oscuridad parecía dispuesta a guardarnos cualquier secreto.
En cuestión de segundos estábamos en su despacho. Aunque la sala había cambiado ligeramente, seguía siendo el mismo lugar que había imaginado. Con algo más de luz, el ambiente resultaba casi acogedor, pero la sensación de control que ejercía aquel espacio permanecía intacta. Un gran sillón de cuero negro ocupaba la pared lateral, imponente, casi como un guardián. En el lado opuesto, otro sillón, desde el que él solía observar cada rincón de su local, parecía vigilarme también a mí.
—Por aquí —repitió.
Su mano, ahora más suave pero igual de firme, me guio por la cintura. El calor de su contacto me atravesaba la ropa, y antes de que pudiera apartar la mirada ya me había conducido hacia una puerta oculta tras una pesada cortina granate. Los dedos abiertos sobre mi cadera me quemaban a través del vestido como si me hubiera puesto la mano directamente sobre la piel desnuda; sentí su meñique bajar y rozar, apenas, el nacimiento de mi culo, y aquel gesto minúsculo me arrancó un espasmo mudo que me obligó a apretar los dientes para que no se me escapara un jadeo.
—¿A dónde lleva esto? —pregunté, intentando que mi voz no delatara la curiosidad que me devoraba.
—Pronto lo sabrás. —Su tono, grave y seguro, no dejaba espacio para más preguntas—. ¿Qué quieres tomar?
—Lo que llevo intentando pedir toda la noche… whisky con cola.
Una chispa de desafío se me escapó en las palabras.
—Shhh… —Su mirada se endureció mientras su voz se afilaba—. No seas insolente. Compórtate.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Sentí que aquella advertencia no era un simple regaño, sino una línea invisible que acababa de trazar entre los dos. Cruzarla tendría consecuencias que todavía no podía imaginar.
¿Quién se creía que era para hablarme así?
Por muy atractivo que fuera, por mucho que ese porte elegante y esa mirada de depredador me revolvieran por dentro, no iba a permitir que me tratara de esa manera. Ni aunque bajara del Olimpo vestido de dios griego. Ni aunque tuviera entre las piernas la polla más gruesa de toda la ciudad y supiera exactamente cómo usarla, no iba a rendirme a la primera.
Enderecé la espalda y sentí cómo mi voz adquiría un filo que no siempre me atrevía a mostrar.
—No vuelvas a dirigirte a mí así. No soy uno de tus perros para que me hables de ese modo.
No podría explicar cómo ocurrió lo que vino después. En un parpadeo, la amabilidad que había mostrado se desvaneció como humo, y en su lugar emergió algo más oscuro, más salvaje. Su cuerpo se movió con una decisión que no me dio tiempo a reaccionar.
Me empujó. No con violencia gratuita, sino con una fuerza calculada, la justa para que mi espalda chocara contra la pared. El impacto me dejó sin aire, y antes de que pudiera apartarme ya me tenía encerrada, su cuerpo ocupando todo mi espacio, su calor invadiendo cada centímetro de mi piel sin llegar a tocarme. Sentí el bulto de su verga, dura, contra el hueso de mi cadera; una polla gorda, apretada dentro del pantalón del traje, que me buscaba sin disimulo. Fue solo un roce, un aviso, pero bastó para que se me escapara un gemido mínimo, contenido, que él escuchó perfectamente.
—¿Qué crees que estás haciendo? —logré decir, aunque mi voz sonó más temblorosa de lo que habría querido.
Él inclinó la cabeza, tan cerca que sentí el roce de su aliento en la mejilla, y clavó sus ojos en los míos con una intensidad que me ancló al sitio. Bajó una mano hasta mi muslo y me subió el bajo del vestido lo justo para que el aire fresco me golpeara la parte alta de las piernas. Sus dedos treparon un centímetro, dos, y se detuvieron en la cara interna del muslo, tan cerca de mi coño que me faltó respirar. No me tocó ahí. No hizo falta. Sabía perfectamente que yo estaba empapada bajo las bragas y quería que yo lo supiera también.
—No… —dijo despacio, con un tono bajo, cargado de promesas y advertencias—. No eres uno de mis perros. Lo que vas a ser… —se detuvo, dejando que el silencio me envolviera— es mía.
El mundo pareció encogerse en ese instante hasta caber en la distancia inexistente entre su voz y mi piel. Supe que estaba jugando una partida cuyas reglas no había escrito yo, pero en la que ya había apostado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Los dedos que tenía en el muslo se retiraron con la misma lentitud con la que habían subido, y él, sin apartarme la mirada, se los llevó a la nariz. Los olió. Y sonrió como quien acaba de confirmar algo que ya sabía.
Cuando aquella barbaridad escapó de sus labios, sentí que iba a estallar. La indignación me subió como fuego por la garganta. Quería gritarle, golpearle, borrarle de la cara esa arrogancia con una bofetada. Pero la realidad fue muy distinta.
Su voz, tan cerca de mi oído, había dejado una presión invisible en mi pecho, una oleada que me recorría entera y que no tenía nada que ver con la rabia. Sus palabras habían tocado un rincón oscuro y escondido de mí, uno que no comprendía… pero que ardía. Ardía entre las piernas, ardía en las tetas, ardía en la boca, que se me llenó de saliva pensando en lo que sería tener su polla dentro. El coño se me contraía solo, apretando el vacío como si ya tuviera algo dentro que ordeñar. Nunca en mi puta vida me había puesto tan mojada un hombre con solo dos frases y un empujón contra una pared.
Su mirada, casi blasfema, me atravesaba como si quisiera arrancarme la verdad de dentro. Y lo peor de todo es que estaba funcionando. Ningún hombre me había provocado así.
¿Qué demonios era esto? ¿Por qué me encendía que me llamara suya? ¿Por qué, en el fondo, la idea de pertenecerle me hacía arder? ¿Por qué me imaginaba, ya, arrodillada delante de él con la boca abierta, sacándosela del pantalón y mamándosela hasta hacerlo correrse en mi lengua?
—Déjame marcharme de aquí… por favor, déjame ir —pedí, aunque hasta mis propias palabras sonaban débiles.
—Aceptaste venir conmigo. Ya tienes tu copa. Ahora no puedes irte.
—¿Cómo que no puedo irme? ¿Acaso me estás reteniendo?
—Para nada. Eres libre de marcharte cuando pagues tu deuda conmigo.
—¿Deuda? ¿De qué deuda hablas?
—Aceptaste venir a cambio de tu copa. Eso tiene un precio… y yo decido cómo vas a pagarlo.
—Déjame irme —insistí, cada vez con menos convicción.
No contestó. Simplemente se adentró más en la habitación, sin tocarme ya, sin retenerme. Y, sin embargo, mis pies parecían anclados al suelo. No había cadenas, pero yo no podía moverme. Tenía las bragas pegadas al coño, empapadas, y notaba cómo un hilo de flujo empezaba a resbalar por la cara interna del muslo. Si daba un paso, iba a chorrear. Y él, si se giraba, iba a olerlo.
***
Cuando la opresión de tenerlo tan cerca se disipó, empecé a observar lo que me rodeaba. Lo que vi me heló la sangre y me aceleró el pulso al mismo tiempo.
Las paredes, revestidas de piedra y cuero. El olor metálico y dulce del aceite mezclado con la madera. Cadenas, grilletes, instrumentos cuyo propósito no necesitaba que nadie me explicara. Consoladores de distintos tamaños alineados sobre una mesa baja, algunos negros y gruesos como brazos, otros más finos, con formas que no sabía nombrar. Un banco tapizado en cuero rojo con anillas en las patas. Una cruz de madera pulida atornillada a la pared.
Había oído hablar de lugares así. Incluso había visto imágenes, fotografías frías que no transmitían nada… hasta esa noche.
No me hizo falta preguntar. Lo sabía. Estaba en una mazmorra.
Mil atrocidades cruzaron mi cabeza en ese momento, atrocidades que me hicieron entrar en pánico. Levanté la mirada y, pese al miedo, alineé mis ojos con los suyos. Lo que recibí de él fue, en cambio, una mirada serena.
—Tranquila, no tienes nada que temer. No usaré nada de lo que ves… a menos que me lo supliques. Y, en ese caso, tendrás que ganártelo.
—¿Vas a hacerme daño? —La pregunta salió de mis labios de repente.
—Jamás, princesa. No es eso lo que deseo de ti. —Su tono era pausado, casi tierno—. Lo que quiero contigo es follarte hasta que no te acuerdes ni de tu nombre, y lo quiero con las dos manos libres y las tuyas rodeándome el cuello. Los látigos y las cadenas vendrán después, cuando me lo pidas de rodillas.
Buscaba mi confianza. Quería darme una calma que le permitiera conseguir de mí exactamente lo que él deseaba. Y a la vez, con esa frase, acababa de dejarme el coño palpitando de tal manera que tuve que cruzar los muslos.
—¿Qué quieres entonces de mí? No puedo confiar en ti.
—Solo quiero conocerte. —Sonaba convincente.
—Curiosa forma de hacerlo, ¿no crees?
En realidad, y pese a la sombra que aquella habitación proyectaba sobre mí, no podía evitarlo: sentía curiosidad por saber qué cosas no pensaba usar conmigo. Algunos de los objetos que reposaban allí, silenciosos, parecían observarme a su vez y, para mi sorpresa, despertaban en mí un interés que no quería reconocer. Me habría gustado tener el valor de preguntarle por cada uno, de tocarlos, de sentir su peso entre las manos. Sobre todo el consolador negro más grueso, ese que parecía diseñado para partir un coño en dos y que, solo con mirarlo, me hacía apretar los muslos hasta hacerme daño.
Me acerqué un paso, casi sin darme cuenta, hacia una hilera de correas de cuero colgadas de la pared. La luz baja arrancaba reflejos apagados a las hebillas. Él lo notó. Claro que lo notó. No se le escapaba nada.
—Adelante —dijo, sin moverse de su sitio—. Tócalo. Quiero ver qué eliges.
Retiré la mano de golpe, como si el cuero quemara. No. Lo único en lo que debía pensar era en salir de allí cuanto antes.
—No voy a tocar nada —contesté, intentando recuperar el control de mi voz.
—Mientes muy mal, Bruna. —Sonrió por primera vez, y aquella sonrisa fue más peligrosa que cualquier amenaza—. Tu boca dice una cosa y tus ojos llevan rato diciendo otra. Y tu coño una tercera, que huelo desde aquí. Yo me limito a esperar a que se pongan de acuerdo.
Tragué saliva. Tenía razón, y eso era lo que más me asustaba. No el cuero, ni las cadenas, ni la puerta cerrada a mi espalda. Lo que me aterraba era el modo en que mi propio cuerpo había empezado a traicionarme, latiendo en lugares donde no debería, respirando más hondo de lo necesario. Las bragas se me pegaban al coño empapado, los pezones se me marcaban a través del vestido como dos guijarros duros, y notaba el clítoris hinchado, tirante, palpitando cada vez que él respiraba. Si me metía un dedo en ese momento, me correría en dos caricias. Y él lo sabía. Ese hijo de puta lo sabía y estaba disfrutando cada segundo de mi humillación.
Él se sentó en el gran sillón de cuero, cruzó una pierna sobre la otra y me observó con la paciencia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Vi cómo se acomodaba el bulto del pantalón con el dorso de la mano, sin disimulo, dejándome claro que estaba tan empalmado como yo mojada. Su polla marcada bajo la tela oscura era una promesa que me hacía tragar saliva.
—Siéntate —dijo, señalando un punto frente a él—. No voy a tocarte. Esta noche solo vamos a hablar. Esa es la primera cuota de tu deuda.
—¿Hablar? —repetí, incrédula.
—Hablar. Quiero que me cuentes qué te trajo hasta mi local con esas dos amigas. Qué buscabas. Qué te ha dado tanto miedo aceptar una simple copa.
Me quedé de pie unos segundos más, sopesando la trampa. Porque era una trampa, lo sabía. Sentarme significaba aceptar sus reglas, entrar en su juego, reconocer que la deuda existía. Pero marcharme… marcharme significaba renunciar a descubrir hasta dónde llegaba aquello, y una parte de mí, una que apenas reconocía, no estaba dispuesta a renunciar todavía. Una parte que quería ver esa polla fuera del pantalón. Una parte que llevaba diez minutos imaginándose cómo sabría su semen, cómo sonaría él corriéndose dentro de mí, cuánto pesaría su cuerpo encima cuando por fin se derrumbara agotado.
Caminé despacio hasta el asiento que me había indicado y me dejé caer en él. El cuero estaba frío bajo mis muslos y ese contacto, junto con la humedad que me empapaba las bragas, me arrancó otro estremecimiento que apreté la mandíbula para disimular. Él sonrió de nuevo, satisfecho, como si acabara de ganar una mano sin haber mostrado una sola carta.
—Buena chica —murmuró—. Empecemos por tu nombre completo. Y por lo que tu cuerpo lleva toda la noche pidiéndome sin que tú te atrevas a decirlo en voz alta.
Apreté los labios. Afuera, al otro lado de la cortina granate, seguía sonando la música del local, ajena a todo. Aquí dentro solo existíamos él, yo, una deuda cuyo precio aún no me había atrevido a calcular y el olor inconfundible de mi coño mojado llenando el aire entre los dos.
Y, que Dios me perdonara, una parte de mí deseaba que la cuenta fuera larga.
—Selene —dije al fin—. Me llamo Selene.