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Relatos Ardientes

La deuda que acepté pagar esa noche en su club

Nadia, Carla y Lorena no salían de su asombro. Aquel hombre era seducción en estado puro, y cualquier mujer del local podía notarlo a tres metros de distancia. Cuando respondí que sí a su orden, las tres se quedaron descolocadas, mirándome como si acabara de cometer una locura que ellas envidiaban en secreto. Tenían los ojos tan abiertos que casi se les salían de las órbitas.

—Bruna, ¿qué haces? —me preguntó Lorena.

Su preocupación me golpeó durante un segundo. No sabría explicar por qué, pero había un miedo en su mirada que me hizo replantearme la decisión por un instante. Solo por un instante.

Los dedos de él se deslizaban despacio por mis muñecas, trazando su contorno con una precisión casi obsesiva. Cada roce era un examen, un estudio minucioso, como si pudiera leer en mi piel secretos que ni yo misma conocía. Su mirada, fija y penetrante, me mantenía en un estado de alerta constante.

Había algo en aquel hombre que me descolocaba por completo. Su presencia imponente, el traje negro impecable, la autoridad que emanaba sin el menor esfuerzo… todo en él exigía respeto. Pero, al mismo tiempo, su determinación, esa forma de sostenerme como si nada en el mundo pudiera apartarme de su lado, y ese magnetismo oscuro que irradiaba encendían en mí algo tan perturbador como irresistible.

—Ven… vayamos por aquí —dijo con voz grave, cada palabra cargada de certeza.

Me tomó de la mano con una fuerza que no admitía réplica y tiró de mí. Al pasar junto a uno de sus hombres de seguridad, se inclinó lo justo para susurrarle algo al oído. Luego, sin soltarme, entrelazó sus dedos con los míos, como si sellara un pacto silencioso, y me condujo hacia un pasillo en penumbra donde la oscuridad parecía dispuesta a guardarnos cualquier secreto.

En cuestión de segundos estábamos en su despacho. Aunque la sala había cambiado ligeramente, seguía siendo el mismo lugar que había imaginado. Con algo más de luz, el ambiente resultaba casi acogedor, pero la sensación de control que ejercía aquel espacio permanecía intacta. Un gran sillón de cuero negro ocupaba la pared lateral, imponente, casi como un guardián. En el lado opuesto, otro sillón, desde el que él solía observar cada rincón de su local, parecía vigilarme también a mí.

—Por aquí —repitió.

Su mano, ahora más suave pero igual de firme, me guio por la cintura. El calor de su contacto me atravesaba la ropa, y antes de que pudiera apartar la mirada ya me había conducido hacia una puerta oculta tras una pesada cortina granate.

—¿A dónde lleva esto? —pregunté, intentando que mi voz no delatara la curiosidad que me devoraba.

—Pronto lo sabrás. —Su tono, grave y seguro, no dejaba espacio para más preguntas—. ¿Qué quieres tomar?

—Lo que llevo intentando pedir toda la noche… whisky con cola.

Una chispa de desafío se me escapó en las palabras.

—Shhh… —Su mirada se endureció mientras su voz se afilaba—. No seas insolente. Compórtate.

El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Sentí que aquella advertencia no era un simple regaño, sino una línea invisible que acababa de trazar entre los dos. Cruzarla tendría consecuencias que todavía no podía imaginar.

¿Quién se creía que era para hablarme así?

Por muy atractivo que fuera, por mucho que ese porte elegante y esa mirada de depredador me revolvieran por dentro, no iba a permitir que me tratara de esa manera. Ni aunque bajara del Olimpo vestido de dios griego.

Enderecé la espalda y sentí cómo mi voz adquiría un filo que no siempre me atrevía a mostrar.

—No vuelvas a dirigirte a mí así. No soy uno de tus perros para que me hables de ese modo.

No podría explicar cómo ocurrió lo que vino después. En un parpadeo, la amabilidad que había mostrado se desvaneció como humo, y en su lugar emergió algo más oscuro, más salvaje. Su cuerpo se movió con una decisión que no me dio tiempo a reaccionar.

Me empujó. No con violencia gratuita, sino con una fuerza calculada, la justa para que mi espalda chocara contra la pared. El impacto me dejó sin aire, y antes de que pudiera apartarme ya me tenía encerrada, su cuerpo ocupando todo mi espacio, su calor invadiendo cada centímetro de mi piel sin llegar a tocarme.

—¿Qué crees que estás haciendo? —logré decir, aunque mi voz sonó más temblorosa de lo que habría querido.

Él inclinó la cabeza, tan cerca que sentí el roce de su aliento en la mejilla, y clavó sus ojos en los míos con una intensidad que me ancló al sitio.

—No… —dijo despacio, con un tono bajo, cargado de promesas y advertencias—. No eres uno de mis perros. Lo que vas a ser… —se detuvo, dejando que el silencio me envolviera— es mía.

El mundo pareció encogerse en ese instante hasta caber en la distancia inexistente entre su voz y mi piel. Supe que estaba jugando una partida cuyas reglas no había escrito yo, pero en la que ya había apostado más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Cuando aquella barbaridad escapó de sus labios, sentí que iba a estallar. La indignación me subió como fuego por la garganta. Quería gritarle, golpearle, borrarle de la cara esa arrogancia con una bofetada. Pero la realidad fue muy distinta.

Su voz, tan cerca de mi oído, había dejado una presión invisible en mi pecho, una oleada que me recorría entera y que no tenía nada que ver con la rabia. Sus palabras habían tocado un rincón oscuro y escondido de mí, uno que no comprendía… pero que ardía.

Su mirada, casi blasfema, me atravesaba como si quisiera arrancarme la verdad de dentro. Y lo peor de todo es que estaba funcionando. Ningún hombre me había provocado así.

¿Qué demonios era esto? ¿Por qué me encendía que me llamara suya? ¿Por qué, en el fondo, la idea de pertenecerle me hacía arder?

—Déjame marcharme de aquí… por favor, déjame ir —pedí, aunque hasta mis propias palabras sonaban débiles.

—Aceptaste venir conmigo. Ya tienes tu copa. Ahora no puedes irte.

—¿Cómo que no puedo irme? ¿Acaso me estás reteniendo?

—Para nada. Eres libre de marcharte cuando pagues tu deuda conmigo.

—¿Deuda? ¿De qué deuda hablas?

—Aceptaste venir a cambio de tu copa. Eso tiene un precio… y yo decido cómo vas a pagarlo.

—Déjame irme —insistí, cada vez con menos convicción.

No contestó. Simplemente se adentró más en la habitación, sin tocarme ya, sin retenerme. Y, sin embargo, mis pies parecían anclados al suelo. No había cadenas, pero yo no podía moverme.

***

Cuando la opresión de tenerlo tan cerca se disipó, empecé a observar lo que me rodeaba. Lo que vi me heló la sangre y me aceleró el pulso al mismo tiempo.

Las paredes, revestidas de piedra y cuero. El olor metálico y dulce del aceite mezclado con la madera. Cadenas, grilletes, instrumentos cuyo propósito no necesitaba que nadie me explicara.

Había oído hablar de lugares así. Incluso había visto imágenes, fotografías frías que no transmitían nada… hasta esa noche.

No me hizo falta preguntar. Lo sabía. Estaba en una mazmorra.

Mil atrocidades cruzaron mi cabeza en ese momento, atrocidades que me hicieron entrar en pánico. Levanté la mirada y, pese al miedo, alineé mis ojos con los suyos. Lo que recibí de él fue, en cambio, una mirada serena.

—Tranquila, no tienes nada que temer. No usaré nada de lo que ves… a menos que me lo supliques. Y, en ese caso, tendrás que ganártelo.

—¿Vas a hacerme daño? —La pregunta salió de mis labios de repente.

—Jamás, princesa. No es eso lo que deseo de ti. —Su tono era pausado, casi tierno.

Buscaba mi confianza. Quería darme una calma que le permitiera conseguir de mí exactamente lo que él deseaba.

—¿Qué quieres entonces de mí? No puedo confiar en ti.

—Solo quiero conocerte. —Sonaba convincente.

—Curiosa forma de hacerlo, ¿no crees?

En realidad, y pese a la sombra que aquella habitación proyectaba sobre mí, no podía evitarlo: sentía curiosidad por saber qué cosas no pensaba usar conmigo. Algunos de los objetos que reposaban allí, silenciosos, parecían observarme a su vez y, para mi sorpresa, despertaban en mí un interés que no quería reconocer. Me habría gustado tener el valor de preguntarle por cada uno, de tocarlos, de sentir su peso entre las manos.

Me acerqué un paso, casi sin darme cuenta, hacia una hilera de correas de cuero colgadas de la pared. La luz baja arrancaba reflejos apagados a las hebillas. Él lo notó. Claro que lo notó. No se le escapaba nada.

—Adelante —dijo, sin moverse de su sitio—. Tócalo. Quiero ver qué eliges.

Retiré la mano de golpe, como si el cuero quemara. No. Lo único en lo que debía pensar era en salir de allí cuanto antes.

—No voy a tocar nada —contesté, intentando recuperar el control de mi voz.

—Mientes muy mal, Bruna. —Sonrió por primera vez, y aquella sonrisa fue más peligrosa que cualquier amenaza—. Tu boca dice una cosa y tus ojos llevan rato diciendo otra. Yo me limito a esperar a que se pongan de acuerdo.

Tragué saliva. Tenía razón, y eso era lo que más me asustaba. No el cuero, ni las cadenas, ni la puerta cerrada a mi espalda. Lo que me aterraba era el modo en que mi propio cuerpo había empezado a traicionarme, latiendo en lugares donde no debería, respirando más hondo de lo necesario.

Él se sentó en el gran sillón de cuero, cruzó una pierna sobre la otra y me observó con la paciencia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

—Siéntate —dijo, señalando un punto frente a él—. No voy a tocarte. Esta noche solo vamos a hablar. Esa es la primera cuota de tu deuda.

—¿Hablar? —repetí, incrédula.

—Hablar. Quiero que me cuentes qué te trajo hasta mi local con esas dos amigas. Qué buscabas. Qué te ha dado tanto miedo aceptar una simple copa.

Me quedé de pie unos segundos más, sopesando la trampa. Porque era una trampa, lo sabía. Sentarme significaba aceptar sus reglas, entrar en su juego, reconocer que la deuda existía. Pero marcharme… marcharme significaba renunciar a descubrir hasta dónde llegaba aquello, y una parte de mí, una que apenas reconocía, no estaba dispuesta a renunciar todavía.

Caminé despacio hasta el asiento que me había indicado y me dejé caer en él. El cuero estaba frío bajo mis muslos. Él sonrió de nuevo, satisfecho, como si acabara de ganar una mano sin haber mostrado una sola carta.

—Buena chica —murmuró—. Empecemos por tu nombre completo. Y por lo que tu cuerpo lleva toda la noche pidiéndome sin que tú te atrevas a decirlo en voz alta.

Apreté los labios. Afuera, al otro lado de la cortina granate, seguía sonando la música del local, ajena a todo. Aquí dentro solo existíamos él, yo y una deuda cuyo precio aún no me había atrevido a calcular.

Y, que Dios me perdonara, una parte de mí deseaba que la cuenta fuera larga.

—Selene —dije al fin—. Me llamo Selene.

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Comentarios (6)

Patricio_Sur

tremendo relato!!!

Fede_BA

Me enganchó desde la primera línea, no lo pude soltar. Muy bien narrado, gracias por compartirlo.

CuriosaLectora22

Necesito saber cómo siguió todo después de esa noche... por favor una segunda parte!

ElFantasma_77

Lo que mas me gustó es esa tension entre querer irse y quedarse. Lo describis de una manera que se siente muy real, nada forzado. Ojalá sigas escribiendo.

LectorSigiloso_

jajaja eso de que los pies no se movieron lo dice todo. uno sabe cuando algo le gana aunque no quiera admitirlo jeje

NocheSolitaria45

Me recordo a una situación parecida que yo viví hace tiempo. Esas noches que no planeás pero terminan siendo las que mas recordas. Muy bueno.

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