Los excesos que vi cuando vendía mi cuerpo
A veces, la búsqueda de más placer y de hacer cosas cada vez más excitantes termina poniendo en riesgo lo más básico, que es la salud. Lo aprendí de la peor manera. En los años que estuve dedicándome al trabajo sexual conocí a gente que llegó a límites peligrosos, y yo mismo me asomé a alguno de ellos más de una vez. Alguna visita a urgencias me costó, y eso sin contar las secuelas que no se ven, las que uno se lleva a casa y arrastra durante meses.
Hay mucha gente que cree tener una situación «controlada» hasta que ocurre algo traumático. Lo he visto de cerca y, por desgracia, en alguna ocasión he sido parte de ello. El sexo no es algo para tomarse a broma ni para banalizar. Es algo que da placer, que a casi todo el mundo le gusta, pero que también puede causar mucho dolor y dejar marcas terribles. Lo escribo ahora con la calma de quien ya lo dejó atrás, pero no siempre lo vi tan claro.
Durante el tiempo que cobré por acostarme con desconocidos vi un montón de cuerpos. Culos, pollas y algún que otro coño. La mayoría de los clientes querían lo mismo: que se la chupara, que los penetrara o dejarse penetrar. Cosas dentro de lo previsible. Pero siempre había otros que, sin renunciar a lo anterior, buscaban prácticas más extremas. Parejas con dinámicas de dominación que a mí me resultaban perturbadoras. Y aquí quiero romper una idea que mucha gente da por hecha.
Se suele pensar que ese tipo de prácticas «duras» son cosa de hombres. No lo niego del todo, pero he conocido a mujeres con un apetito y un instinto dominador que me dejaban sin palabras. Mujeres que llevaban las riendas de una manera que asustaba un poco. Lo entendí del todo con una pareja concreta, una de esas citas que se te quedan grabadas aunque preferirías olvidarlas.
Con el tiempo aprendí a leer a la gente en los primeros minutos. Quién venía buscando compañía, quién venía buscando descargar y quién venía buscando empujar un límite cada vez más adentro. Esa última categoría era la que más cuidado me daba, porque casi nunca sabían dónde estaba su propio freno. Y yo, que cobraba por estar ahí, tenía que decidir hasta dónde acompañarlos sin acabar siendo cómplice de algo que después me pesara.
***
Me contactaron los dos juntos para una sesión. Ella rondaría los cuarenta y tantos, él se notaba bastante mayor, quizás cerca de los sesenta. Hablamos un rato antes, como hago siempre, para entender qué buscaban y poner límites claros. Ya en esa conversación noté algo extraño, una tensión que no terminaba de gustarme. Era ella quien hablaba; él apenas asentía, con los ojos fijos en el suelo, esperando instrucciones.
—Él hace lo que yo le diga —me dijo, y lo dijo como quien comenta el tiempo.
Nos desnudamos los tres. Empecé interactuando con ella. Nos besamos, le bajé hasta el coño y se lo comí despacio mientras él miraba de rodillas, sin moverse del sitio. Después ella me la chupó un rato y, sin avisar, le ordenó a su pareja que se incorporara. El hombre obedeció al instante. Me la chupó él mientras ella le sujetaba la nuca con una mano y le empujaba la cabeza contra mí, marcando el ritmo. Hasta ahí, nada que no hubiera visto antes.
Lo que vino después fue lo que me revolvió por dentro. Ella se colocó detrás de él y, mientras el hombre seguía con la boca ocupada, le metió la mano por el ano de golpe, sin preparación de ninguna clase. Él soltó un gemido largo y puso una cara que era mitad dolor, mitad placer. Yo me quedé helado. No había habido lubricante, ni paciencia, ni el más mínimo cuidado.
Esto no es normal, pensé, esto se les va a ir de las manos.
Pero a ellos no parecía irse de las manos nada. La mujer se agachó hasta quedar a la altura de su pareja, con la mano todavía metida en su cuerpo, y entonces los dos me la chuparon a la vez. Era una coreografía que tenían ensayada, eso estaba claro. Yo seguía el juego porque era mi trabajo, pero por dentro no dejaba de calcular cuánto faltaba para que algo se rompiera de verdad.
Cuando la mamada terminó, él se giró y pude verlo entero. Aquello me impactó más que cualquier otra cosa de la noche. Tenía unas nalgas castigadas y un ano abierto y estirado como no había visto nunca, una zona que años de abuso habían deformado por completo. Estuve a punto de perder la erección de la pura impresión.
—Ahora folla ese culo —me ordenó ella, con la misma frialdad de antes.
Me puse el condón y cumplí. No voy a mentir: me costó, no por dificultad física sino porque aquello me daba aprensión. Entró sin la menor resistencia. Apenas notaba presión, y él casi ni se inmutó, como si su cuerpo ya no registrara la diferencia entre tener algo dentro o no tenerlo. Creo que es una de las veces que más desagradable me ha resultado penetrar a alguien. No por la persona, sino por lo que ese cuerpo me estaba contando sin palabras.
Después follé con ella. Y en mitad del polvo, sin avisar de nuevo, volvió a meterle la mano entera por el culo a su pareja mientras yo la penetraba a ella. Lo hacía con una naturalidad que me dejaba mudo. Él terminó corriéndose sobre las tetas de ella, y después acabé yo. Me vestí más rápido de lo habitual y me marché con una sensación rara metida en el cuerpo, una que tardó días en irse.
***
Aquella cita me hizo pensar mucho, y me reafirmó en una decisión que ya venía rondándome: no practicar fisting. Lo había probado y lo había visto hacer alguna vez, pero siempre fue algo que me imponía un respeto enorme. Sé que hay gente que lo disfruta y que, hecho con cabeza, con tiempo y con cuidado, no tiene por qué acabar mal. Pero después de experiencias como aquella me quedó claro que los riesgos, para mí, no compensaban. Ver lo que ese hombre le había hecho a su propio cuerpo, o lo que dejaba que le hicieran, me bastó.
Y no fue el único caso que me marcó en ese sentido.
***
En otra ocasión estuve con una mujer que aún no había cumplido los cincuenta, pero cuyo sexo parecía el de alguien mucho mayor, el de una mujer que hubiera parido una docena de hijos. No lo digo con crueldad, lo digo porque me impresionó. Le gustaba el sexo muy duro: consoladores enormes, que la follara con toda la fuerza posible, que le metiera la mano por la vagina. Cosas que ella misma me pedía con una lista mental, como quien recita una receta.
Lo más triste no era eso. Lo más triste era la consecuencia. Aquella mujer ya no disfrutaba de un sexo «normal». Había llevado su cuerpo a un punto en el que necesitaba estímulos cada vez mayores para sentir algo. Necesitaba miembros de gran tamaño o la mano entera para llegar al orgasmo. Un encuentro suave, lento, de los que a muchas personas les sobran, a ella la dejaba completamente indiferente.
—Más fuerte —repetía—. No siento nada, más fuerte.
Hubo un momento en que me detuve un segundo, casi sin querer, y la miré a la cara. No había placer en su gesto, había una especie de búsqueda angustiada, como quien rasca y rasca un picor que ya no se calma con nada. Me dio una pena enorme. Terminé el servicio, cobré y me fui, pero esa imagen se me quedó pegada mucho más tiempo que cualquier cuerpo bonito de los que pasaron por mis manos.
Y yo la complacía, porque para eso me pagaba, pero salía de allí con la cabeza dándole vueltas a lo mismo de siempre. ¿En qué momento el placer se convierte en una carrera por sentir cada vez más, hasta que ya no se siente casi nada? ¿Cuándo deja de ser un juego y empieza a ser una dependencia?
***
No quiero que esto suene a sermón de quien ya no está en ese mundo y se permite juzgar a los demás. Cada uno hace con su cuerpo lo que quiere, y faltaría más. No niego que estas prácticas puedan resultar muy placenteras, ni que haya gente capaz de mantenerlas en el tiempo sin que pase nada, si las hacen con conocimiento y respeto. He visto disfrutar de verdad a personas que sabían lo que tenían entre manos.
Pero también he visto lo otro. He visto cuerpos rotos, dependencias, urgencias a las cuatro de la mañana y miradas perdidas después de una sesión que se fue demasiado lejos. Lo he visto y, alguna vez, lo he vivido en primera persona. Por eso escribo todo esto: no para asustar a nadie, sino para que quien lea esta confesión sepa que detrás de la búsqueda del exceso muchas veces hay un precio que no se ve hasta que ya es tarde.
El placer es una de las mejores cosas que tenemos. Pero, como casi todo lo bueno, conviene tratarlo con un poco de respeto. Yo aprendí esa lección mirando los límites de otros, y agradezco haber sabido frenar antes de cruzar los míos. No todo el mundo tiene esa suerte, y esas son las historias que de verdad me quitan el sueño.